Conferencia dada por el Profesor Alfred A. Tomatis en el curso de un seminario organizado en 1976*.*

Apenas podía elegir un tema más vasto, hasta tal punto es cierto que el mundo de la audición abarca una infinidad de planos que tocan lo humano. Es por descontado del oído de lo que voy a hablarles, pero también de acústica, de sonidos, de habla, de lenguaje — otros tantos trampolines que nos sumergirán en el psiquismo, el pensamiento, y la noción de conciencia, conteniendo en su esencia la presencia misma del Ser. Ven ustedes que el tiempo asignado es muy corto; sin embargo, nos parece necesario limitar tal tema, cuyas dimensiones reales salen a cada momento del esbozo que se desearía exponer.

Comenzaré gustosamente esta charla con este dicho de Hermes Trismegisto, que perderá sin duda su hermetismo a medida que se desarrolle nuestro propósito. Este sabio calificado de Tres veces Grande decía:

«Es el sonido el que ha fabricado el oído; y, si quieres conocer el sonido, estudia el oído.»

Esta manera condensada de contemplar el problema resulta de una veracidad tal que, tras múltiples años de investigaciones en este ámbito, llego a considerar este adagio como un verdadero prolegómeno a toda investigación que toque los elementos constitutivos del universo auditivo.

Por ello comenzaré hablándoles del oído — de ese oído que todos ustedes conocen, y cuyo pabellón sigue, mediante el magnífico signo de interrogación que dibuja, importunando a todos los curiosos ávidos de descubrir sus misterios. Pero este primer acercamiento interrogativo se abre sobre un dominio en el que me gustaría hacerles penetrar dándoles algunas precisiones que les permitirán así tener clarificaciones sobre la cuestión que un buen número de investigadores se plantean a propósito del oído humano.

De hecho, por los datos iniciales de su ciencia o de su técnica, estos investigadores se encuentran bloqueados en su recorrido por a priori sólidamente apuntalados, construidos sobre razonamientos de aspecto científico. Es ciertamente difícil, incluso deseándolo, pensar que el oído tenga otras funciones que la centrada únicamente en la audición y que define su papel de percepción sensorial de los sonidos. Fuera de este concepto restringido, una infinidad de preguntas se plantea en lo que concierne a la influencia del oído sobre el cuerpo y el psiquismo.

Sin entrar en un estudio teórico que pondría en falso esta visión simplista —lo que no quiere decir simple— del oído, diremos que el órgano denominado «aparato auditivo» sirve al menos para dos funciones esenciales, que sí son bien conocidas por los zoólogos.

Primera función: la carga cortical

Una de estas funciones, que considero como la función mayor de ese conjunto que comienza al final del oído y que va hasta el complejo del árbol neuronal con el que se imbrica íntimamente, es la que denominaré la función de carga cortical, o efecto «dinamo».

Se acepta por lo demás desde hace algunos años con cada vez más convicción el hecho de que el cerebro y el sistema nervioso en su totalidad son activados por una energía cuya fuente no es esencialmente metabólica, nutricional en suma. Todo concurre en efecto a pensar que las estimulaciones que vienen de la periferia por intermedio de los órganos de los sentidos aseguran esta potencialidad. Nos ha sido dado, hace una veintena de años, aportar la prueba de que el órgano auditivo constituía una de las fuentes más importantes de tal energetización.

Los médicos están aún poco abiertos a esta manera de concebir la función del aparato auditivo, del órgano sensorial cócleo-vestibular más precisamente. Los zoólogos, en cambio, más versados en observación y menos tentados de proyectar sus propias percepciones sobre las del reino animal, han podido experimentalmente verificar la presencia de esta función primordial.

Puede resumirse de la forma siguiente: cada vez que existe una célula sensorial del tipo de las que se emparientan con las células de Corti, puede tenerse la certeza de que el órgano en el que está incluida opera a la manera de una dinamo que asegura la carga. Esto es cierto desde la simple estatocisto de las medusas, hasta el oído humano, pasando por la línea lateral, después los otolitos de los peces, y toda la gradación de organizaciones más complejas que se sabe distinguir actualmente en los distintos estadios del reino animal.

Así la progresión —o si se prefiere la evolución, aunque estas dos palabras sean de las más delicadas de manejar conceptualmente (mejor sería pensar en el estudio comparativo de los distintos «oídos» que corresponden a cada especie)— nos revela con mayor precisión la función dinamizadora del conjunto celular ciliado de Corti. Es por lo demás interesante analizar el balanceo arquitectónico que existe entre la estructura más o menos compleja de este aparato sensorial y la del sistema nervioso. Existe una organización común que sería útil profundizar y que podría poner en evidencia determinados mecanismos aún mal conocidos en el ámbito que toca la finalidad de estos dos órganos.

Segunda función: la equilibración

La segunda función, imbricada con la primera, es la que responde para el observador a lo que es convenido llamar la equilibración. Esta función que asegura el equilibrio exige algunas explicaciones. En general, cada uno sabe —o cree saber— a qué corresponde esta función. El lenguaje está lleno de fórmulas que muestran que tal concepto está comúnmente extendido: tener un buen equilibrio, estar en equilibrio, a la inversa de estar desequilibrado. Sin embargo, cuando se reflexiona en ello, se descubre rápidamente que una noción más precisa se desprende, dejando suponer que esta función está fundada en la toma de conciencia del medio circundante. El descubrimiento de la presencia de lo que constituye el mundo exterior se alía así con la convicción cada vez más afirmada de que la partícula viva, cualquiera que sea, existe en su fuero interno. Desde entonces, el diálogo está entablado, en cuyo curso se instituye una noción de interacciones recíprocas basadas inicialmente en los movimientos y su juego relativo.

Es, en efecto, a la parte llamada «vestibular» del órgano auditivo a la que se atribuye esta equilibración. Vuelve sensibles todos los movimientos que registra en el nivel de dos pequeños aparatos llamados utrículo y sáculo, estando el primero coronado por sus tres canales semicirculares. Integra, pues, todo desplazamiento del laberinto vestibular y, a fortiori, del cuerpo en el que este aparato está incluido, respecto al entorno.

El mecanismo es simple: los aparatos están llenos de líquido, y los desplazamientos relativos de estos últimos respecto al movimiento ejecutado por el continente crean una respuesta que registra las aceleraciones. A la inversa, toda movilización de los líquidos determina una movilización del cuerpo: es el caso de la música, y más especialmente de la música de baile, o la, más arrastradora aún, de la música militar.

Para comprender mejor cómo simples impulsos creados en líquidos incluidos en minúsculos canales pueden tener tan gran influencia sobre lo que es habitual llamar «la imagen del cuerpo», basta con recordar que al grupo de células sensibles a estos fenómenos —y muy próximas de las células de Corti— están afiliados nervios llamados vestibulares. Estos se difunden de tal manera que todos los músculos del cuerpo sin excepción están bajo su férula. Haces recolectados en el nivel del cerebelo, y sin duda sobre el córtex, aseguran la coordinación. El diálogo más importante que el laberinto regula en permanencia es, a decir verdad, el que se establece con la gravedad. Es en suma a partir de este equilibrio surgido de una suerte de dialéctica permanente, de todos los instantes, como la excitación vestibular encuentra una gran parte de su energetización, tanto más cuanto que, gracias a ella, se ponen en acción las centrales de estímulos que se sitúan en los músculos, en las articulaciones en particular.

Música, ritmo y acústica

Puesto que acabamos de evocar la acción de la música, precisemos que esta última solo sabe jugar sobre el aparato vestibular por acción discontinua, marcando el tempo el ritmo de las aceleraciones y de las desaceleraciones aplicadas a los líquidos laberínticos. Pero el ritmo no es, a decir verdad, sino una parte de la frase musical.

Igualmente en el lenguaje existe la espiración que modula la frase, la inspiración que la escande con un silencio, después la retomada que da así las aceleraciones-desaceleraciones a las que hemos hecho alusión. Pero hay más: queda por detectar los sonidos, analizarlos, diferenciarlos. Para preparar estas distintas iniciativas, el vestíbulo se asocia un complejo capaz de proceder a este programa.

En efecto, por su forma, por su estructura, lo que se llama comúnmente la cóclea —o el caracol— procede al registro de los movimientos rápidos, hechos de aceleraciones-desaceleraciones sin descansos intermedios entre los dos cambios de dirección del movimiento. Estos microdesplazamientos son justamente aquellos sobre los que se construye el mundo de la acústica.

Es, pues, necesario saber que el oído permite no solo asegurar la audición tal como se la contempla comúnmente, sino también la carga cortical. Y esta última función es tanto más eficaz cuanto que los sonidos, en su distribución sobre el aparato de análisis coclear, se localizan allí mismo donde las células de Corti son más numerosas, es decir, en la parte reservada a las frecuencias elevadas. Así, los sonidos agudos distribuidos según cierto ritmo son benéficos. Procuran una carga considerable al córtex. Esta puede por lo demás ser verificada con ayuda de exámenes electroencefalográficos y por el estudio de las tasas de vigilancia que se acrecientan paralelamente.

¿Cuáles son los ritmos más favorables? Ciertamente los que no invitan, o poco, al cuerpo a desplazarse, pero que, en cambio, responden electivamente a los ritmos fisiológicos como los ritmos cardíacos, el flujo y el reflujo respiratorio. Sin ir más lejos en los mecanismos mismos del aparato auditivo cócleo-vestibular, se percibe fácilmente la posibilidad de ampliación del concepto de comunicación y el efecto de la interacción estimuladora del medio ambiente.

Una pedagogía de la Escucha

Una vez instalado en esta concepción, pueden imaginarse fácilmente los medios considerables que ofrece el uso de los sonidos y de los ritmos en el plano educativo. Es por una pedagogía de la Escucha como se puede conducir el órgano auditivo —incluyendo, por descontado, sus anejos neuronales tomados en su totalidad— a volverse el aparato capaz de aguzar la vigilancia por el efecto dinamizador, y, por consiguiente, de potenciar la concentración, la memorización: otros tantos mecanismos corticales que se ejecutan tanto mejor cuanto que el córtex y el sistema nervioso están altamente cargados en estimulaciones.

Ya no es más que un juego entrar a continuación en la comunicación verbal, que, por sí sola, reúne los ritmos, las entonaciones, los colores de la voz, las inflexiones más sutiles — esos mil matices a los que un oído ejercitado sabe responder por una escucha atenta.

Actualmente, gracias a técnicas llamadas audio-psico-fonológicas, porque utilizan el oído, el psiquismo consciente y el lenguaje, es fácil ofrecer al aparato auditivo esa postura que es la de la Escucha — la que totaliza por sí sola, mediante un juego de regulaciones de la musculatura del oído medio, todas las condiciones requeridas para que el oído sepa adaptar su apertura al mayor número de estímulos. Excluimos por descontado los sonidos no estimulantes, como los graves por ejemplo, cuyo único efecto es arrastrar al cuerpo a gastos energéticos por movimientos, sin asegurar por ello la equivalencia de una estimulación cortical compensadora.

Estar fatigado, estar deprimido, es por regla general no saber ya captar esas estimulaciones, sin embargo, tan ampliamente distribuidas. Numerosos casos tomados de la patología psiquiátrica atestiguan esta imperfección funcional y deben, por ello, a fin de evitar seguir el periplo infernal que todos conocemos, ser dirigidos hacia especialistas capaces de recargar su potencial cortical.

Esta aptitud para saber escuchar es, hay que reconocerlo, particularmente excepcional. Y se sabe que el leitmotiv que hace del hombre ese famoso antropoide provisto de oídos que no saben —o no quieren— oír, estipula con la misma agudeza que los que oyen no saben escuchar.

Permanezco persuadido de que el hombre que se realiza en su cualidad de humano es el que sabe escuchar: escuchar al otro, escucharse a sí mismo —y por ello controlarse— pero también escuchar al Universo que le habla y que se descubre, y del que no es sino el traductor más o menos fiel.

El Oído Electrónico y la ontogénesis de la Escucha

Las técnicas puestas a punto en el ámbito que es el nuestro permiten justamente despertar esta excepcional función gracias a complejos electrónicos cuyo juego acústico enseña al oído humano a adaptarse a su papel dinamizador — que, lo hemos visto, va de la mano con el aumento del campo consciente. Esta última prestación perfecciona la Escucha. Desde entonces el sujeto se integra en el grupo.

Entre los aparatos que utilizamos, el más conocido es el Oído Electrónico, ya operante desde hace veinte años. Por la dinamización cortical que suscita, permite al sujeto hacerse cargo de sí mismo y aumentar su motivación, su deseo de vivir y de actuar.

Tales iniciativas se realizan gracias a una progresión sónica que recrea la ontogénesis de la escucha desde sus prolegómenos uterinos hasta el estadio más elevado de la audición consciente. Para que este proceso se entable, la audición se somete ante todo a ambientes acústicos «sensorializantes» idénticos a los de la vida fetal, después, en el camino, se une a la audición del niño, luego a la del adolescente, hasta la gran escucha de la vida exterior e interior — que no es otra cosa que la revelación misma del logos que se expresa.

Aplicaciones clínicas

De modo que estas técnicas de aprendizaje audio-psico-fonológico se aplican a todo incidente sobrevenido en la función de escucha consciente, cuya desaparición deja sitio a las hojas del inconsciente. Se conocen todos los desórdenes que se siguen de ello: melancolía, fenómenos depresivos, incluso obsesivos o delirantes — que representan la exclusión o la alienación del sujeto respecto al grupo social al que pertenece.

Se aplican igualmente a las deficiencias inherentes a la no-maduración de esta iniciativa hacia la escucha, cuya manifestación se inscribe en la línea de los trastornos de la comunicación y de la relación, que se muestran tanto más profundos cuanto más precoces:

  • la esquizofrenia del niño, cuyo origen se sitúa en el nivel de la vida fetal;

  • el autismo, que concierne a la vida neonatal;

  • la tartamudez, que expresa una fijación lingüística a una edad que varía de 2 a 4 años;

  • la dislexia y la serie de trastornos escolares que intervienen más tarde en la vida relacional del niño.

La extensión de estas técnicas, que les confiere un alcance tan universal en cuanto al enderezamiento de los trastornos del lenguaje y del comportamiento, viene simplemente del hecho de que actúan sobre la fuente misma de los mecanismos corticales y sobre los procesos de energetización del conjunto cortical.

— Prof. Alfred A. Tomatis, conferencia dada en el curso de un seminario en 1976.