La música, noción indispensable y sin embargo supuesta superflua
Artículo aparecido en el número extraordinario Diapason — 25.º Aniversario (1981), por el Dr Alfred Tomatis.
Alfred Tomatis, otorrinolaringólogo, se ha especializado en los trastornos de la audición y del lenguaje. Desde hace años, se apasiona por el oído y la voz. Ha inventado aparatos —el oído electrónico en particular— para tratar los trastornos de la voz y de la audición. Profesor de audio-psico-fonología en la École d’anthropologie de París, es la providencia de las grandes voces en dificultad. Es el autor, en particular, de L’Oreille et la Vie*, aparecido en Robert Laffont.*
Decir que la música es una noción exige sin duda que uno se explique sobre el significado de este término. Es, a nuestro entender, más que eso — mucho más que eso. Y quizá podremos, al final de esta exposición, entrever su verdadera naturaleza.
Por el momento, intentemos comprender por qué es indispensable al ser humano; esforcémonos por saber en qué preside a la realización de este en sus funciones más elevadas, que son las del lenguaje.
Es como neurofisiólogo especializado en los procesos de la escucha como abordaré este problema, disculpándome de antemano por la tecnicidad que corre el riesgo de desprenderse de tal propósito. Me parece difícil, por mi parte, hablar de música sin hablar de oído y de sistema nervioso. Me parece imposible evocar el mundo musical sin insistir sobre el papel esencial que está llamado a jugar en la estructuración del lenguaje humano.
El hombre, sistema nervioso receptor-emisor
El hombre es un sistema nervioso en su totalidad. En ello, es un excepcional receptor-emisor, y las ondas acústicas están muy particularmente destinadas a responder a las necesidades del medio al que está sometido. En un primer momento, esta red neuronal se construye mediante un metabolismo complejo, mientras se organiza por otra parte para asegurar una dinámica que atestigua su vitalidad — esta basada en gran parte en el aporte de las solicitaciones exteriores y en las respuestas que de ellas resultan. De hecho, los mecanismos puestos en juego son más elaborados y más sutiles que los enunciados aquí bajo una forma algo lapidaria.
Para que se ponga en marcha tal dinámica —a la que se añaden a la vez la volición, la reflexión y todo lo que constituye el vigor del pensamiento humano— es útil que el sistema nervioso reciba un lote importante de estimulaciones. Además de las percepciones que desencadenan respuestas, una activación es necesaria para permitir alcanzar un nivel de energetización capaz de mantener todas las funciones de orden psíquico. Es evidente que es difícil definir qué es realmente esta energía. Digamos que se manifiesta por un aumento de la vigilancia en diversas actividades intelectuales, por una agudeza particular en la concentración, redoblada de una facultad aguzada de la memoria. Para ser efectiva, esta energetización requiere la presencia de «centrales» — siendo la principal de ellas el oído.
Vestíbulo y cóclea: dos vías, una misión
En efecto, el oído asegura por sí solo la mayor parte de esta dinamización. Para lograrlo, opera de dos maneras dependientes ellas mismas de dos actividades: una vestibular, la otra coclear.
El vestíbulo tiene por función asegurar la estática y la cinética, así como la posición relativa de cada uno de los miembros o de cada una de las partes de estos últimos. Interviene por ejemplo en la gestualidad que regula la posición de los dedos. Igualmente, asegura los movimientos oculares. Dicho de otro modo, no hay un solo músculo del cuerpo que no esté sometido a su control y, por consiguiente, no existe un solo movimiento que pueda escapar a su intervención. Toda actitud, toda postura y toda actividad dinámica se integran al nivel vestibular, y luego se distribuyen al sistema nervioso correspondiente — el integrador vestibular, somático, corporal.
Pero este aparato, particularmente sensible al ritmo, no está habilitado para diferenciar los sonidos en sus alturas tonales, como tampoco en sus cualidades espectrales — en sus composiciones frecuenciales, en suma. Es gracias a la adjunción de la cóclea como se opera esta segunda etapa.
El sistema nervioso vinculado a este conjunto va a integrar a continuación todo lo que le distribuye la vesícula laberíntica. No solo goza de la dinamización que determina el mensaje sonoro, sino que además discrimina, con una agudeza que va afirmándose, todos los movimientos por otra parte memorizados, añadiéndoles movimientos nuevos que se registran así sobre lo adquirido anteriormente. Los mecanismos así elaborados son particularmente interesantes de estudiar en el sentido de que permiten comprender cómo se construye una imagen del cuerpo fuera de la elaborada paralelamente por el tacto y por la vista.
Los codificados neuronales que el sonido determina juegan un papel considerable; y me atreveré a afirmar que son más importantes que los que emanan de los demás sentidos, pues están destinados a preparar la estructura neurológica extremadamente afinada que va a exigir ulteriormente la construcción lingüística. El lenguaje oral está hecho de sonidos, pero les asocia inflexiones, modulaciones variadas, silencios, ritmos; de modo que, en permanencia, cóclea y vestíbulo intervienen para hacer jugar esta dinámica — variando esta de una lengua a otra.
La música como sustrato del lenguaje
Es el sustrato de este mecanismo esencial, tan específico del ser humano, lo que la música está llamada a organizar. Se puede ciertamente hablar sin haber oído jamás música. Pero si uno se aplica a analizar tal lenguaje, no tarda en detectar en él ciertas fallas y en notar la ausencia de modulaciones de orden musical y, por consiguiente, de orden poético. Es cierto que un largo aprendizaje puede permitir ulteriormente compensar este defecto y recuperar cierto sentido musical. Pero ¿para qué perder tiempo?
Es evidente que la música sola no basta para hacer integrar el lenguaje, y muchos músicos, incluso músicos de calidad, no siempre están provistos de un lenguaje particular y afinado. Pero el hecho de esta observación exigiría que se explicara lo que se entiende por «ser músico». Igualmente, convendría precisar qué quiere decir la palabra «música», en particular en el plano neuro-psico-fisiológico.
¿Por qué Mozart?
Una larga experiencia en el ámbito de la pedagogía de la escucha nos ha permitido constatar que solo determinadas músicas tienen la facultad de preparar al cuerpo para volverse el instrumento del lenguaje. Tras haber experimentado un gran número de obras tanto en el ámbito de la música clásica como en el de la música moderna, contemporánea, folclórica, incluso pop, hemos llegado a elegir electivamente un compositor y uno solo: Mozart. No resistiré a la tentación de añadir «por supuesto», como si esto cayera por su propio peso. Pienso que el no advertido espera esta conclusión tanto como el más experimentado.
¿Por qué Mozart? Desde hace treinta años, me inclino regularmente sobre esta cuestión, puesto que aplicamos cotidianamente el efecto de la música mozartiana sobre centenares de sujetos en educación, y ello en todos los rincones del mundo, sin distinción de culturas, de medios ni de razas. Su eficacia supera con mucho lo que podemos observar tanto con los músicos que le precedieron —como J. S. Bach, por ejemplo— como con sus contemporáneos o sus sucesores. Esto puede parecer extraño. ¿No es la expresión musical de Mozart en efecto el reflejo de su siglo, de su medio? Cierto que sí. Pero el vasto abanico que ha tocado —o más bien que le ha tocado— nos lo hace deliberadamente distinguir de todos los demás músicos por la indeleble impronta que ha dejado en cada una de sus composiciones.
En toda su producción, desde sus primeras obras hasta las de sus años de adulto, sigue siendo el más fresco, el más sereno, el más joven de los compositores. Y es quizá a esta esencial facultad de juventud a la que debemos vincular la cualidad específica que caracteriza su expresión musical.
Prodigio sin precedente, ha —desde su vida uterina, a través de un embarazo materno impregnado de música— codificado su sistema nervioso sobre ritmos fisiológicos, verdaderos, universales, cósmicos, me atreveré a decir; y que le han permitido ajustar su instrumento corporal a las modulaciones que ha sentido durante este excepcional período. Su ritmo seguirá siendo este, incluso cuando empieza a hablar, a crear, a componer sus primeras obras desde los cinco años.
Esta impronta inicial ha hecho de Mozart lo que es, un ser fuera de lo común en todas las dimensiones cuando se trata de música. Se servirá de este lenguaje para expresarse —o más bien para expresar lo que recibe de otra parte, lo que siente en lo más profundo de sí mismo. Y es este incomparable lenguaje musical el que hacemos pasar en nuestras técnicas bajo formas diversas, evocando ya sea la escucha fetal, ya sea el momento del nacimiento —lo que llamamos el parto sónico— ya sea el período prelingüístico. Durante este, utilizamos también otros materiales musicales, en particular el gregoriano, asociado a nanas para los más pequeños y a cantos folclóricos para los adolescentes y los adultos.
Mozart, gregoriano, nanas: un programa sonoro
Cuando la música mozartiana ha asegurado el despertar, la creatividad, la carga cortical, la motivación, introducimos con el gregoriano ritmos más apaciguadores, pero no por ello menos tonificantes. De hecho, trabajamos con determinados cantos gregorianos, y más expresamente con algunas piezas electivas escogidas por su eficacia. En cuanto a las nanas y a las canciones folclóricas, basadas esencialmente en la expresión étnica y en las estructuras lingüísticas del país representado, aportan las modulaciones, los ritmos, las cadencias, los acentos que servirán para construir el lenguaje propiamente dicho.
Gracias a la composición muy particular de estas distintas expresiones musicales, y gracias al tratamiento acústico que efectuamos con ayuda de técnicas electrónicas, favorecemos en permanencia la percepción de las frecuencias agudas —es decir, las que constituyen los elementos más importantes para la carga cortical en el nivel de la cóclea. Esta se sitúa entonces en postura adecuada para percibir esos sonidos, mientras el vestíbulo rectifica su posición, determinando por reacción-reflejo una puesta en verticalidad del conjunto del cuerpo al actuar muy particularmente sobre la columna vertebral.
La escucha, facultad que suscita el diálogo
Esta dinámica, que induce el cuerpo a una postura de rectitud indispensable para la expresión del lenguaje, supone por descontado que la función de escucha esté perfectamente en su lugar. Quizá sería bueno que me explicara un poco sobre lo que representa para mí esta esencial función, sin la cual la música no tendría su razón de ser. Injertada sobre la audición —sea esta buena o defectuosa—, permite aprehender ciertos sonidos, en particular los del lenguaje, seleccionarlos, decodificarlos, con un fin de información y bajo el efecto de una voluntad atenta expresada bajo forma de conciencia. La escucha es esa facultad determinante que suscita el diálogo, la compartición, la comunicación del ser consigo mismo y con su entorno. Es esa voluntad de ir hacia el otro, a través de un autocontrol que exige la puesta en marcha de circuitos neurológicos muy particulares.
La música juega un papel predominante en el fundamento mismo de estos condicionamientos neuronales sobre los que se estructurará ulteriormente todo el lenguaje. Constituye un verdadero aprestado para el cuerpo y el sistema nervioso, gracias a la carga de las estimulaciones que sabe aportar — no solo por sí misma, sino por el juego de las contrarreacciones posturales que desencadena gracias a la intervención del sistema cócleo-vestibular.
El cuerpo así preparado para acceder al verdadero diálogo tendrá a su disposición circuitos cibernéticos que traducen la puesta en marcha de una jerarquización dinámica de los dos hemisferios cerebrales: el izquierdo realizando las funciones, y el derecho asegurando los controles. Nos parece necesario mencionar aquí la importancia de esta organización cortical en la que la música participa en tanto que elemento estructurante destinado a ordenar los procesos de lateralización de alto nivel.
La música, modulación del espíritu
El papel que puede jugar la música —una cierta música, diré— en la humanización de un ser, y muy especialmente en su recorrido hacia la función lingüística, nos deja entrever el aspecto esencial de su intervención en el plano de la educación del niño y del adulto. Gracias a ella, el hombre se vuelve una antena al sonido que lo hace entrar en resonancia. Es el fruto postural de su lenguaje, que lo esculpe.
Así, el hombre aparece como un sistema neurológico dinámico sobre el que los trenes de ondas se derraman, arrastrados por las modulaciones primeras. Estas, verdaderas modulaciones del espíritu en movimiento, son tanto más indispensables cuanto que forman la trama de todo pensamiento en su formulación. ¿No es ahí donde reencontramos lo que la música contiene de esencial — al suscitar a la vez el movimiento del espíritu y el de la memoria, gracias al juego sutil de un tiempo medido en cadencia, recortado en un mosaico tonal y tan fluido como el pensamiento mismo?
— Prof. Alfred A. Tomatis, en Diapason — 25.º Aniversario (número extraordinario, 1981).