Artículo del Doctor Alfred Tomatis publicado en la revista L’Hôpital — Hors Série de abril de 1964 (páginas 248-250). Tomatis reivindica en él el papel central que debe ocupar la otorrinolaringología en el estudio del lenguaje: a través de tres parámetros fundamentales —el flujo, la cantidad, la calidad— describe la audición como verdadero bucle de regulación del gesto fonatorio, y concluye sobre la función decisiva de la lateralidad auditiva.

El Otorrinolaringólogo ante los problemas del lenguaje

por el Dr TOMATIS

Desde todos los puntos del mundo, emergiendo de los especialistas más diversos, el lenguaje aparece como el objeto número uno hacia el que se orientan numerosas investigaciones. Y si todavía ayer era el dominio exclusivo del filósofo ante todo, se vuelve hoy el lugar común de inquietud del lingüista, del foneticista, del acústico, del cibernético, del psicólogo, del pedagogo y del médico. Sin duda este lugar común no es a decir verdad sino un lugar de encuentro, y es en este cruce de caminos donde quisiéramos elevarnos sobre el cometido del Otorrinolaringólogo.

En efecto, ¿no debería este último ser solicitado, más que cualquier otro, para los problemas que atañen a este punto central de la integración del lenguaje, puesto que detenta en su especialidad el dominio casi total de los órganos mayores que intervienen en la ejecución del acto hablado?

Sin embargo, hay que reconocerlo, su orientación inicial no le invita de entrada a ocuparse con todo el interés deseable de la función de la fonación, a la que parece en lo sucesivo destinado. Su formación medicoquirúrgica lo practica largo tiempo sobre una organicidad afirmada o invalidada por el examen, pero raramente le será ofrecido considerar esos mismos órganos en su estado normal, en su función, en su relación.

Cierto es que el Otorrinolaringólogo sabe que la laringe emite sonidos; sabe también por qué no puede emitirlos, y la ronquera o la afonía no son para él sino signos que despiertan simples lesiones clínicas en las que toman lugar las nodulosidades. La fonación en sí, esta función curiosamente injertada sobre el esfínter aerodigestivo, no parece preocuparle demasiado, como tampoco el papel de las cavidades suprayacentes y subyacentes, en su juego de reforzamiento resonancial del sonido fundamental laríngeo, ni tampoco las funciones articulatoria, bucal, lingual, velar y nasal.

Ahora bien, ¿no hay un complejo que reúne de manera paradójica menos órganos que la función hablar que se debe explotar? Y nos parece importante insistir muy particularmente sobre el mecanismo de control que recae bajo su férula la regulación de este conjunto funcional cotidiano de efector del acto del habla.

Es el estudio de la audición sola, a mi entender, el del lenguaje que quisiéramos abordar aquí, hasta tal punto hay no solo material para evocar el papel primordial que juega el oído en la realización del gesto fonatorio.

El oído ciertamente no es todo el lenguaje, que no se nos haga decirlo, como tampoco la palabra es todo el paladar. Es un umbral ofrecido, pero una entrada principal cuyo amplio pórtico permite a su guardián ver penetrar en él, según el momento, según también el grado de apertura, los retornos lingüísticos que pudieran conservarse en el recinto suprayacente. Y si el oído se ofrecía ayer aún al Otorrinolaringólogo ferviente y vigilante, cuando menos como tímpano vertiginoso, le plantea hoy, en el gran dominio de la integración que describe, el enigmático problema de su apertura psicofisiológica.

Papel de la audición

El rasgo más sobresaliente de nuestra aproximación clínica es el de una escucha de nosotros mismos, ese oído tendido hacia otro, hacia otro lenguaje, esa convergencia de nuestro yo hablante.

Con esta autoinformación, el discurso avanza, coherente, y se ve a cada instante regulado en sus distintos parámetros; la intensidad responde al umbral de referencia que hemos elegido a fin de asegurar la transmisión a otro; el timbre evoca por otra parte nuestro querer, nuestra personalidad variada; por último la calidad lingüística, que nos colorea el reflejo en función de nuestro estado nervioso, de nuestra carga emocional, de nuestros desbordamientos tensionales y de la idea a transmitir.

El despliegue fonemático implica sin cesar regulaciones cuya complejidad se entrevé, y sin embargo algunos hechos clínicos pueden ayudarnos considerablemente en la comprensión de este conjunto.

Los que aportaremos, escogidos entre tantos otros, persiguen el objetivo de poner en evidencia las rupturas que tienen bajo su férula el flujo, la cantidad y la calidad de esa doble noción informacional llamada lenguaje.

a) El flujo

Se trata, por descontado, del ritmo con el que se asegura la progresión del acto hablado. La sucesión de los elementos de la cadena articulada implica un control que, muy rápidamente, parece imponernos el sello del automatismo; al menos así ocurre en el sujeto normal. Es muy distinto cuando el trastorno del ritmo impone este paso hacia el acto automático mediante un «enganche» que vuelve muy rápidamente consciente este gesto de fonación. Hay una prueba clínica clásica de este déficit que, puesta en evidencia por John Lee y John Black en 1949, ilustra maravillosamente lo que puede ser esta pérdida de control que se ejecuta con razón durante la fase autoescuchada. Esta prueba introduce, en el curso del acto hablado, un retardo en la escucha del sujeto hablante.

Para lograrlo, nuestros experimentadores han hecho uso de un montaje cuyo objeto era modificar parcial o completamente la voz a oír por el experimentador —como lo hemos llamado por nuestra parte—: un aparato compuesto en general por lo que es convenido llamar un cabezal «de grabación», que imprime sobre la cinta magnética la información a oír, mientras que un cabezal de lectura, situado a su lado, tiene por función reproducir esa misma información. Uno y otro cabezal están posicionados a lo largo de la misma dirección. La particularidad del aparato que Lee y Black utilizaron consistió en la introducción de un cabezal de lectura móvil que se puede colocar a distancias escogidas, en las que toman lugar esas nodulosidades tras la grabación, de modo que se puede, gracias a la distancia así memorizada, conservar el retardo que se introduce, mismo el tiempo T1 que responde al momento de la lectura. Este plazo de retardo hace aparecer muy rápidamente una perturbación en el ritmo de la elocución, es lo que se denomina la tartamudez experimental.

¿Qué ha pasado? Simplemente un alargamiento en la autoescucha espontánea y obligatoria de la voz. La introducción de un retardo conlleva una disarmonía entre el control del acto articulatorio elaborado y la intensidad, el timbre — tanto como por el control del captador auditivo. Es esta disritmia la que aparece singularmente y que sentimos en esas salas demasiado ricas en eco que nos hacen perder hasta el control de nuestro pensamiento, por poco que nos empeñemos en mantener la cadencia normal de nuestra elocución.

Hemos puesto en evidencia el hecho de que pueden introducirse, en la audición de nuestro propio discurso, retardos que sabemos denominar delayed feedback fisiológicos. Se aplican en gran parte a los trastornos del ritmo que contienen las tartamudeces. Las técnicas que tienden a eliminar estos retardos conducen a una desaparición de los trastornos observados. Hay que, por descontado, al mismo tiempo que se condiciona al sujeto a autocontrolarse como lo hace el sujeto que disfruta de una buena audición, embrollar, suprimir la causa que está en el origen de esta pérdida del control verbal. Puede ser un trastorno puramente automático u orgánico, más a menudo aún psicológico.

Nos ha parecido una noción esencial, aun cuando difícilmente admitida y sin embargo evidente para quien se preocupa simplemente por la investigación: es, por regla general, la desaparición de un trastorno del ritmo del lenguaje. Es así, según parece, por el retardo fisiológico introducido. En efecto, existe un oído director, igual que existe un ojo director. Su búsqueda es simple. De él depende, además de la regulación del ritmo, la de los otros parámetros de nuestra capa verbal que estudiaremos ahora, a saber, su cantidad y su calidad.

b) La cantidad

En función de la pareja del flujo, define el cuanto de energía sonora que se derrama durante la fonación. Esta cantidad representa lo que se conviene en llamar intensidad. Debe ser suficiente para satisfacer las condiciones de escucha del interlocutor; dicho de otro modo, es donde el oyente disfruta de una información que pueda despertar su captador auditivo y que la sustancia sonora que le llega sea suficiente para analizar, debiendo poder ser efectores estos pares sonoros y continuar siendo analizados entre sí. La fuerza de nuestra voz depende, por descontado, del hecho de respetar esta observancia; toda desregulación conlleva perturbaciones. En efecto, si se rebasa el umbral superior de la zona confortable de la audición, aparecen desconciertos, ligados a la saturación de los efectores y a la introducción de la voz sobre la vía. Por el contrario, si se disminuye demasiado la voz, por debajo de cierto nivel —y es lo que ocurre por ejemplo durante la elevación del oído— el esfuerzo exigido al interlocutor será tal que se despertará rápidamente a la fatiga.

El hábito de la comunicación con otro, nacido de las necesidades sociológicas de transmitir y percibir informaciones, nos lleva a dosificar y regular nuestra fonación en función del objetivo a alcanzar, antes que de la cantidad de sonido a suministrar. Esta toma de conciencia aparece un día a ti, hecha de codearse con el automatismo, para liberarse de esta llamada puntuada por los pasajes de más fuerte, más menos fuerte y fuera incluso de nuestro propio discurso. La publicidad ha demostrado que el delfín en fuerza se reabsorbe por un juego de autoescucha de nuestro captador para constreñirnos a la cantidad que conviene acordar a nuestro verbo, así como conviene a la comprensión de nuestros oyentes para que pueda ser verdadera por la alta inteligibilidad que deseamos ver surgir.

Esta regulación, se sabe, se perturba fácilmente con poco que la audición sea modificada en sus características elementales. Y el audiófono es conducido, en el marco del aparato de transmisión, el sujeto durante la medida en función de lo que puede emitir, y la voz se amengua hasta un plano muy poco inteligible. Por otra parte, si se sumerge al operador en un umbral de autoescucha, el sujeto no puede dejar de chillar para oírse, y los oídos de sus oyentes no sufren apenas.

Experimentalmente, basta con evocar el caso del lenguaje de Lombard que, por simple atenuación al nivel de los oídos sobre un oído normal, hace aparecer instantáneamente un aumento de la energía vocal durante la emisión del sujeto sometido a esta prueba, atestiguando un trastorno sobrevenido en el proceso de regulación.

c) La calidad

Tercer y último parámetro que estudiaremos, su aparición ayuda a concebir y determinar adecuadamente el timbre.

Como los dos parámetros anteriormente estudiados, la calidad depende del ritmo, del parámetro y de la intensidad; el timbre, él también, plantea el control al captador auditivo.

Clínicamente, una disminución del campo frecuencial auditivo, ya se deba a un bloqueo del oído, orgánico, o resulte de un bloqueo psíquico de análisis del oído, fruto de una inhibición psicológica, se traduce siempre por una modificación de la fonación que refleja elocuentemente el timbre.

Experimentalmente, hemos mostrado en muchas ocasiones hasta qué punto la voz estaba sometida a la regulación auditiva, conllevando todo cambio en la banda pasante de escucha del sujeto hablante una modificación paralelamente superponible en el nivel de su fonación.

Sin duda estas pocas comodidades llegan a reproducir de manera llamativa lo que es un bucle cibernético en un sistema autorregulado del que el auditivo se halla ser el captador del flujo, del sistema, y la boca la salida efectiva.

Lateralidad auditiva

El estudio sistemático de nuestros distintos parámetros que tiende a poner el «acento sobre el papel extraordinario y profundamente evidente de nuestra audición sobre nuestra fonación», nos conduce naturalmente a hablar de un elemento clínico mayor: el de la dominancia auditiva.

Existe —que se nos perdone sobre esta reafirmación que queremos formal— un oído director dominante en esa lateralidad de escucha que nos compromete y que vale una especiación funcional para elaborarse para permitirnos tanto la adquisición de una lengua por la nación ideal, como la defección de fibra, por oposición de la nuestra. Está muy específicamente vinculada al lenguaje articulado, por tanto al sonido.

Su búsqueda clínica es fundamental. De ella depende la lateralización o la dislateralización. Toda célula a su aparición funcional que entraña una falta en el desarrollo de la lateralidad, así como en la función de adquisición, hace desvanecerse las dominancias que cualquiera-cuanto cualquiera-cuanto.

En el curso de esta rápida exposición sobre el papel esencial que juega la audición en la función hablada, le corresponde al Otorrinolaringólogo inclinarse muy particularmente sobre el estudio de la función auditiva en sus relaciones con el lenguaje y en su adquisición en sus refinamientos. Por ello os habéis adquirido todos los invitados sobre los mecanismos fisiológicos y psicológicos de la audición y de la fonación, un vasto dominio terapéutico que corre el riesgo de extenderse hasta convertirse en uno de los elementos esenciales de futuro para la Otorrinolaringología en calidad de médico especializado.


Fuente: Tomatis A., «L’Oto-Rhino-Laryngologiste devant les problèmes du langage», L’Hôpital — Hors Série, abril de 1964, pp. 248-250. Documento digitalizado procedente de los archivos personales de Alfred Tomatis.