Segunda entrevista de la serie Alain Gerber × Alfred Tomatis en SON Magazine. En el n.º 31, octubre de 1972, Tomatis explica por qué cada lengua se habla en primer lugar con un oído específico: el oído francés inscribe su selectividad entre 1 000 y 2 000 Hz, el italiano entre 2 000 y 4 000 Hz, el alemán cubre una banda muy ancha, y el oído ruso — el más acogedor de todos — se extiende de los graves a los agudos, lo que explica la virtuosidad de los eslavos en el aprendizaje de las lenguas extranjeras. Tomatis desarrolla aquí su tesis de la «geografía acústica» de los idiomas (la lengua depende de la impedancia climática del lugar), y presenta el Oído Electrónico como herramienta que permite conferir artificialmente a un sujeto el oído inglés, español, sueco o ruso para facilitar el aprendizaje. Incluye un experimento sobrecogedor: el sujeto al que se le impone otra audición que la suya queda sordo a sus propias palabras grabadas.

Revista «SON» — n.º 31 — Octubre de 1972
La integración de las lenguas vivas
Alfred A. TOMATIS: «LA BANDA MÁS RICA, LA DE LOS RUSOS»
Entrevista recogida por Alain Gerber


Presentación

Los alemanes no oyen como los franceses, quienes a su vez no tienen el mismo oído que los italianos… A cada región del globo, a cada país, corresponden diversos tipos de audición. Hablar una lengua es, pues, ante todo, adaptar la propia escucha a las frecuencias acústicas de esa lengua. Esto no siempre es realizable: conviene entonces condicionar el oído. El Profesor Tomatis, a quien SON Magazine les presentó en el número precedente, ha inventado y puesto a punto un aparato precioso: el Oído Electrónico, que ciertos laboratorios de lenguas, que han sabido revisar concepciones pedagógicas caducas, utilizan con éxito.

Un experimento sobrecogedor

En un laboratorio parisino, un sujeto británico termina de grabar algunos textos en su lengua natal. «Ahora —le dice el operador cuando deja el micrófono— va usted a poder oírse. Le voy a colocar estos auriculares en la cabeza.» El hombre se deja hacer de buen grado; la grabación comienza a desplegarse. ¡Estupefacción! Nuestro inglés es incapaz de comprender las frases que él mismo ha pronunciado minutos antes.

¿Qué ha ocurrido? Algo muy sencillo. El experimento tenía lugar, ya hace muchos años, en los laboratorios del Dr Alfred Tomatis. Gracias a los auriculares conectados a un «oído» electrónico, el operador, sin más, había conferido al sujeto una audición que ya no era la suya. En consecuencia, ¡el sujeto se había vuelto como sordo a su propio discurso! Esta anécdota es rica en enseñanzas. Más aún, ha de trastornar muchas ideas recibidas en quienes la oyen por primera vez.

Distintos tipos de oídos a través del mundo

Pudo creerse, en efecto — y los propios sabios no se han privado de ello —, que en los cuatro extremos del mundo los hombres oían de la misma manera. Las investigaciones del Dr Tomatis han impuesto una revisión urgente de esta concepción perfectamente arbitraria. Según sus trabajos, llevados a cabo desde comienzos de los años 1950, se demuestra en efecto que existen, según las regiones del globo, distintos tipos de audiciones — distintos «oídos» que, en líneas generales, se corresponden por lo demás con las distintas lenguas. Cada una de ellas se caracteriza por una banda de selectividad, o «banda pasante» particular.

  • El oído francés, por ejemplo, dispone de una selectividad situada entre 1 000 y 2 000 hercios.

  • El oído italiano inscribe la suya entre 2 000 y 4 000 hercios.

  • La banda pasante de los alemanes es muy ancha; parte de los graves y se escalona hasta los 3 000 hercios.

  • La de los rusos lo es aún más, ya que va desde los sonidos más graves hasta los más agudos.

No debe sorprender que exista una relación entre la audición y la lengua. Como Tomatis ya había demostrado: la voz sólo contiene lo que el oído oye, «se habla con el oído». De hecho, ni siquiera debe sorprender que existan en el mundo distintos tipos de receptividad a los mensajes sonoros. «¿De qué otro modo —escribe René La Borderie, especialista en pedagogía de las lenguas vivas— se explicaría que los meridionales de acento cantarín estén más dispuestos que otros a la adquisición de la lengua italiana? ¿De qué otro modo se explicaría que la ópera haya nacido en Italia y que el italiano sea la única lengua que conviene perfectamente al canto lírico?»

La impedancia del lugar y la geografía acústica

Hay muchas maneras de explicar estos fenómenos. La menos discutible es sin duda invocar la influencia del medio ambiente, en particular de las condiciones climáticas. «Observará —señala el Dr Tomatis— que es fácil hablar inglés en Inglaterra, mientras que es muy difícil en España. Es la impedancia del lugar la que determina la postura y la adaptación del oído. Las lenguas llamadas “fluidas”, por ejemplo, se hablan en medio húmedo, sobre todo en las islas. La multiplicidad de idiomas se debe al hecho de que, al cambiar la impedancia con el lugar, la receptividad se transforma y, en consecuencia, una misma lengua se modifica. Por eso las tentativas del tipo esperanto recubren una esperanza puramente mítica: una lengua única variará siempre en función de los lugares en que uno se encuentre.»

Así, el norteamericano nasaliza, al contrario del inglés, del italiano o del alemán. Pero cuando un inglés, un italiano o un alemán se instala en los Estados Unidos, pronto se pone a nasalizar como el indio que fue el primer ocupante del país. Toda lengua hablada en los Estados Unidos va a inflexionarse hacia la resonancia del lugar, muy rica en 1 500 hercios. Cabe señalar, de paso, que el inglés tal como se habla en el continente americano es mucho mejor percibido por el oído francés que el inglés puro de Oxford. Es decir que existen, desde este solo punto de vista (sin relación con la gramática ni con el vocabulario), afinidades más o menos grandes entre las lenguas. Un francés, por ejemplo, aprenderá más fácilmente el español que el inglés.

El «don de lenguas»

Hablar una lengua es ante todo adaptar la propia escucha a las frecuencias acústicas de esa lengua. Así, el «don de lenguas» no es tanto el don de hablarlas como el de oírlas. Se ha constatado desde hace mucho que los eslavos, por regla general, mostraban una verdadera virtuosidad en el aprendizaje de idiomas extranjeros. Muchos hablaban con soltura varias lenguas. La explicación es sencilla. Su audición se caracteriza por una selectividad tan acogedora que puede incluir sin dificultad las bandas pasantes de las demás lenguas.

Por el contrario, la imposibilidad de reproducir eficazmente una lengua extranjera no es sino una forma de sordera. «Ante una información sonora inhabitual —explica también Tomatis— el oído cambia por completo para adoptar otra postura bien definida, distinta en todo de aquella en la que la lengua materna lo ha fijado. Bien puede no ser capaz de cumplir ese trabajo de acomodación.»

Condicionar el oído — el papel del Oído Electrónico

Por suerte, no todo está perdido en ese caso. Mediante ciertos procedimientos se puede acudir en auxilio del oído deficitario, condicionarlo para crear artificialmente esa receptividad que le falta. «Modificando la audición del sujeto —puede leerse en un folleto editado por el Centro del Lenguaje que dirige Alfred Tomatis—, enseñándole a oír de otra manera distinta a la que está acostumbrado por su lengua materna, se desencadena otra manera de hablar, otro modo de expresión característico de la lengua que ha de estudiarse. Este efecto audio-vocal entraña modificaciones que afectan al timbre, a la organización del aparato fonatorio, al uso de las cavidades resonanciales laríngeas supra y subyacentes, al tono laríngeo, a la respiración, a la mímica, otras tantas modificaciones que reaccionan en cadena por encendido reflejo extendiéndose progresivamente a toda la estructura morfológica del sujeto.»

Esta intervención puede realizarse gracias a un aparato inventado y puesto a punto por el Dr Tomatis: el Oído Electrónico, que describimos someramente en nuestro número anterior. Este aparato permite estrechar o ensanchar a voluntad la banda pasante. Se puede así conferir a un sujeto el oído inglés, el oído español, el oído sueco, etc., o el oído de un gran vocalista como Caruso. Condicionado a oírse como un nativo de Oxford, el sujeto se pone a hablar inglés como si él mismo hubiese nacido en esa ciudad, siempre que esté familiarizado con la lengua inglesa. Todo el problema, evidentemente, es hacer permanente esta ventaja. Se lo logra al cabo de cierto número de sesiones.

Una integración en profundidad

El principal interés de este método es que no sólo ayuda al aprendizaje, sino que conduce a una verdadera integración de las lenguas vivas. Para hablar, no se trata únicamente de reproducir la letra de una lengua, hay que restituir su espíritu. Para A. Tomatis, «poseer una lengua que se decide absorber es servirse de ella hasta expresarse, hasta pensar, hasta existir a través de ella». El Oído Electrónico permite esta asimilación en profundidad. La prueba: el sujeto que ha hecho algunos estudios en inglés y al que se le impone el oído inglés tiende naturalmente a utilizar las reglas de la gramática inglesa, sin esfuerzo intelectual por su parte.

Es toda la estructura de la lengua la que se instala de golpe. Más aún, la propia psicología del sujeto resulta afectada; su comportamiento sufre modificaciones. Colóquese a un francés con el Oído Electrónico y pídasele que trace un rasgo: bajo frecuencia francesa trazará un rasgo horizontal; bajo frecuencia española, un rasgo descendente — siendo todos estos trazos directamente correspondientes a la curva de las frecuencias.

Otra constatación: toda persona a la que se le da electrónicamente otra receptividad acústica distinta a la suya cambia inmediatamente de postura. Bajo oído alemán, por ejemplo, se la ve enderezarse, empujar con la garganta, hablar más fuerte y mantenerse absolutamente recta, perpendicularmente al eje de empuje del sonido. Es bastante decir sobre la influencia del lenguaje en las conductas. Esta influencia es apenas menos marcada en la mentalidad, en la manera de razonar y de concebir. Por lo demás, es un hecho bien conocido que cuando se reside cierto tiempo en el extranjero, se acaba adoptando las actitudes mentales del lugar.

En la asimilación de un idioma es, pues, el ser entero el que está en juego. ¡Estamos muy lejos de la indigesta absorción de listas de vocabulario con la que se confundió la casi totalidad de nuestros estudios de lenguas vivas, cuando estábamos en el liceo! Los descubrimientos del Dr Tomatis confirman una de las intuiciones fundamentales del siglo XX: el hombre es un todo.

El políglota y el Oído Electrónico

Tómese a un políglota y, mientras se conversa con él, impónganseles distintos tipos de audición mediante un Oído Electrónico: por turno y sin él saberlo, se pondrá a hablar ruso con el oído ruso, italiano con el oído italiano, árabe con el oído árabe, íntimamente convencido de que sigue expresándose en francés. Quítesele a un chino su estructura de audición, ¡ya no podrá ni pensar! Hechos como éstos han obligado a revisar muchas ideas que se sostenían anteriormente sobre los métodos susceptibles de hacer adquirir las lenguas extranjeras.

La crítica de los laboratorios de lenguas

En verdad, hace ya muchos años que en esta materia la pedagogía tradicional venía siendo cuestionada. De este cuestionamiento nacieron los laboratorios de lenguas, que pronto comenzaron a proliferar. Al margen de la escuela o de la universidad, asistimos a una impresionante floración de sistemas audiovisuales. Métodos milagrosos, si había que creer a la publicidad. ¡Ay! a esta grandeza pronto siguió una decadencia. Numerosos laboratorios fueron abandonados. ¿Por qué? Porque, en la mayoría de los casos, el cuestionamiento afectaba más a la forma que al fondo. «Demasiado a menudo —considera Alfred Tomatis— los famosos métodos llamados “audiovisuales” no eran sino la transposición de las viejas recetas pedagógicas. Muchos de estos sistemas no se apoyaban en base científica alguna, y, en particular, ignoraban el punto de partida de todo aprendizaje: la relación entre el oído y la boca, entre la audición y la fonación.»

Indudablemente, los métodos empleados por los laboratorios de lenguas constituyen hoy por hoy el mejor medio de asimilar un idioma. Pero esta asimilación misma depende directamente de la manera en que ha sido condicionado previamente el aparato auditivo. Se afirma de buen grado en el entorno del Dr Tomatis que «todo el ingenio puesto al servicio de la pedagogía no servirá de nada si la puerta de entrada, es decir, el oído, permanece cerrada al mensaje lingüístico. Hay que asegurarse ante todo de que la puerta esté perfectamente abierta, de que la audición esté lista para recibir los sonidos particulares de la lengua que ha de asimilar. Sin ello, los esfuerzos serán vanos.» Aquí es donde entra en escena el Oído Electrónico. Gracias a su colaboración, los laboratorios podrán, en efecto, alcanzar plenamente su objetivo, reduciendo a casi nada el número de sus fracasos.

Hay que precisar bien que se trata sólo de una técnica complementaria. El aparato en sí no hace sino predisponer al estudiante. No le dispensa en ningún caso de aprender la gramática y el vocabulario de la lengua que desea hablar. En cambio, al situarlo psicológicamente en una suerte de complicidad con el objeto de su estudio, le proporciona las motivaciones indispensables para su éxito: no se aprende nada, y mucho menos una lengua extranjera, sin poner a contribución todo un sistema, a la vez consciente e inconsciente, de deseos.

Los resultados asombrosos de los niños

La adaptación de la receptividad puede requerir de uno a dos meses si la audición del sujeto es de buena calidad. Si, por el contrario, su oído está dañado, es indispensable comenzar por restablecerlo en su estado normal, lo cual exige unos tres meses de esfuerzo.

Existen, en efecto, recordémoslo, «sorderas electivas» de las que hay que tener en cuenta. «Algunas empresas —cuenta Alfred Tomatis— acarician el proyecto de hacer hablar inglés, o ruso, a todos sus responsables o a todo un departamento. ¡Es un absurdo! Hay personas que, por toda suerte de razones, son sordas a las frecuencias superiores a 2 000 hercios, por ejemplo. ¿Cómo podrían aprender inglés? Esta deficiencia explica por lo demás el fracaso de sujetos muy brillantes en las oposiciones a cátedra de lenguas. Es evidente que hay que someter a estas personas a un tratamiento especial antes incluso de condicionar su oído.»

El problema se plantea con menor frecuencia con los niños, cuya plasticidad auditiva es asombrosa. Si un sujeto de cinco años, de padre estadounidense y madre húngara, va a la escuela en Francia, hablará con facilidad las tres lenguas. El único error que no debe cometerse, según Tomatis, sería que en casa los padres — pensando ayudar al niño — se dirigieran a él en francés, sin conocer bien esta lengua y enredándose en las expresiones idiomáticas: «no hay que mezclar los canales», concluye.

Hacia la civilización del sonido

Sea como sea, para todos los que, sea cual sea su edad, deseen asimilar una lengua extranjera, todas las esperanzas están permitidas. Aliado a las técnicas audiovisuales más modernas, el Oído Electrónico les permite progresos rápidos. En un mínimo de seis meses puede realizarse la integración de una lengua. Seis meses puede parecer mucho al lado de lo que anuncian ciertos laboratorios, pero ¿cuál es, en cada caso, la parte de éxito debidamente constatada?

Decíamos el mes pasado que los trabajos del Dr Tomatis no parecen satisfacer a todo el mundo. Sin embargo, en lo que toca al problema particular de las lenguas vivas, la lista de sus adversarios, interminable hace quince años, se reduce cada día.

En París, un conocido laboratorio de lenguas recurre al Oído Electrónico. En muchos otros, se tienen en cuenta las conclusiones de Alfred Tomatis. Por ejemplo, se evita cada vez más utilizar magnetófonos demasiado baratos, que corren el riesgo no sólo de comprometer una buena transmisión del mensaje que se quiere oír, sino también de oponer a la integración toda suerte de obstáculos difícilmente franqueables. Es una era nueva la que tal vez está a punto de abrirse. No hace mucho, muchos coincidían en decir que a partir de los catorce años, un verdadero bilingüismo ya no era posible. Ya hoy, este límite ha sido indefinidamente retrasado. Y el Oído Electrónico ¡todavía es un aparato poco conocido! Es bastante decir que, en el aprendizaje de las lenguas extranjeras, se prepara una mutación importante de la que aún sólo podemos registrar los preámbulos. Se dice por doquier que hemos entrado en la civilización de la imagen; ¿no será también, no será más bien, en la civilización del sonido?


Lugar de esta entrevista en la serie

Esta entrevista es la segunda de una serie de quince publicada mensualmente por Alain Gerber en la revista SON Magazine de septiembre de 1972 a diciembre de 1977. Para el sumario completo y el acceso a las demás entrevistas, véase el artículo-madre de la serie.

Fuente: Alain Gerber, «L’intégration des langues vivantes — Alfred A. Tomatis: La bande la plus riche, celle des Russes», SON Magazine n.º 31, París, octubre de 1972. Digitalización: Christophe Besson, junio de 2010.