El oído director
Segundo texto de Alfred Tomatis en el Bulletin du Centre d’Études et de Recherches Médicales de la S.F.E.C.M.A.S., fechado en julio de 1953 (ocho páginas, paginadas 68-75). Tomatis explicita aquí por primera vez la noción de oído director por analogía con el ojo director de los oftalmólogos: un individuo dado posee un oído que dirige por regla la emisión vocal, «el derecho en el diestro, el izquierdo en el caso de un zurdo».
El artículo describe el dispositivo de escucha monoaural que revela el oído director; pone en relación la tartamudez con el retraso trans-cerebral introducido cuando el oído no director toma el mando (referencia al «delayed feedback» de Bernard S. Lee en los Signal Corps Engineering Laboratories de Nueva Jersey); abre por último a la rehabilitación de los trastornos fonatorios por solicitación de la lateralidad auditiva.
BOLETÍN DEL CENTRE D’ÉTUDES & DE RECHERCHES MÉDICALES DE LA S.F.E.C.M.A.S.
Julio de 1953
EL OÍDO DIRECTOR
por el Doctor TOMATIS
Director adjunto del laboratorio de investigaciones de la S.F.E.C.M.A.S.
A raíz de diversas observaciones cuya exposición saldría del marco del estudio que aquí emprendemos, los oftalmólogos han llegado a constatar que los papeles de cada uno de los dos ojos de un individuo no eran absolutamente idénticos en la realización del proceso normal de la percepción visual. Uno de los dos ojos posee, en efecto, un papel preponderante, y ello en todos los casos, consistente en dirigir en cierto modo las operaciones visuales del individuo y sus incidencias sobre el sistema nervioso.
De ello se sigue que el ojo así definido ha recibido la denominación de «ojo director».
Se constata muy fácilmente pidiendo a un individuo que apunte, con ayuda de su índice, a un punto situado a algunos metros de distancia. Para apuntar, el individuo cerrará instintivamente el ojo no director y, si apunta con los dos ojos, el resultado será el mismo: el índice quedará en la alineación del punto apuntado y del ojo director.
Cabía, pues, plantearse la cuestión de saber si esta disimetría constatada en el ámbito de la visión no tenía su equivalente en el ámbito auditivo.
Los estudios que hemos emprendido sobre distintos problemas de la fonación, considerados en función de sus relaciones con la audición (tartamudez, trastornos de la voz…), nos han llevado a poner de manifiesto una disposición análoga de los papeles respectivos de cada uno de los dos oídos y a establecer la regla siguiente: «cada individuo posee un oído director, el derecho en el diestro, el izquierdo en el caso de un zurdo».
Como veremos a continuación, esta constatación, asentada sobre hechos indiscutibles, presenta un muy gran interés, tanto desde el punto de vista de la investigación médica como desde el punto de vista terapéutico.
Abordaremos nuestro estudio con una descripción rápida del aparato, por otra parte muy simple, que nos es necesario.
Se compone esencialmente de un micrófono, conectado a la entrada de un amplificador de baja frecuencia con curva de respuesta lineal que vierte sobre dos auriculares.
Este dispositivo permite a un individuo que habla o canta en el micrófono oírse instantáneamente, con ayuda de los dos auriculares, a un nivel sonoro determinado por el grado de amplificación.
Examinemos las reacciones de la voz de un cantante en función de las posibilidades de audición que le imponemos.
La ganancia del amplificador se regula de modo que la audición a través de los auriculares corresponda a la audición normal (sin auriculares).
En estas condiciones, si el cantante coloca:
-
Los dos auriculares sobre sus oídos: canta normalmente y no se constata ninguna modificación en la calidad de su canto.
-
Un auricular sobre su oído derecho, con el oído izquierdo tapado: obtenemos de nuevo el mismo resultado, es decir, una emisión perfectamente normal de la voz cantada.
-
Un auricular sobre su oído izquierdo, con el oído derecho tapado: se observa entonces, súbitamente, una alteración de la voz, que se vuelve plana, monocorde, sin musicalidad. El individuo se pone a cantar desafinado y se nota, al mismo tiempo, una ralentización del ritmo melódico.
El experimento realizado concierne al caso de un diestro y prueba hasta qué punto el papel desempeñado por su oído derecho es fundamental.
Si se repite la prueba con un zurdo, constatamos que la voz solo se modifica cuando el sujeto se oye con el oído derecho únicamente, es decir, cuando se elimina su oído director.
Así, cabe deducir de este experimento que solo el oído director permite el control de la expresión, la afinación y el «tempo» en la emisión cantada. Es él quien dirige la voz. Permite al cantante regular la calidad de su emisión a cada instante. Si una perturbación cualquiera entorpece su funcionamiento, la pérdida de control entraña inmediatamente una modificación en la emisión de la voz.
Realizamos a continuación otro experimento, esta vez sobre la voz hablada. Este experimento ofrece igualmente una idea muy clara de la predominancia de un oído en cada uno de nosotros.
Se procede del modo siguiente: el sujeto habla ante un micro y se oye en retorno con ayuda de dos auriculares. En la práctica, se provoca entonces una suerte de deslumbramiento auditivo enviando a su oído director un sonido puro de 1.000 a 2.000 c/s, a una intensidad de 100 dB durante una duración de aproximadamente 30 segundos, según la resistencia del individuo a la fatiga auditiva.
Esta prueba provoca en el oído un traumatismo suficiente para modificar la curva audiométrica durante un tiempo que varía de un minuto a un cuarto de hora, según las posibilidades de recuperación del sujeto. Este traumatismo basta para eliminar el oído director y se obtiene inmediatamente una ralentización muy nítida del habla.
Además, cuando el sujeto se esfuerza por luchar contra esta ralentización, de la que es no obstante consciente, se pone a tartamudear de modo característico.
En cambio, si se repite el experimento deslumbrando al otro oído, no se produce ninguno de los fenómenos que acabamos de describir y la emisión hablada permanece completamente normal.
Así, hemos podido poner de manifiesto la existencia de un oído director y el papel muy importante que desempeña en el circuito cócleo-fonatorio.
Intentemos ahora determinar los elementos que caracterizan este oído director.
Las curvas audiométricas traducen, por lo general, una hiperacusia relativa del oído director respecto del otro oído, principalmente en la banda de las frecuencias llamadas «conversacionales». Supongamos ahora que no sea así. De los exámenes que hemos efectuado sobre numerosos sujetos, hemos podido concluir que esta condición era necesaria pero no suficiente para entrañar la aparición de ciertos trastornos fonatorios tales como la bradilalia o la tartamudez.
En efecto, entre los individuos que hemos examinado y que presentaban tales trastornos, todos los diestros (oído derecho director) presentaban una hiperacusia izquierda y todos los zurdos una hiperacusia derecha.
Esta observación nos ha permitido orientar, de modo mucho más preciso, nuestras investigaciones sobre el oído director.
En efecto, partiendo del principio de que los mismos efectos tienen las mismas causas, hemos tomado como base de nuestras investigaciones los resultados adquiridos en el ámbito de la tartamudez artificial.
El Doctor DUPON-JERSEN nos presentó, hace algún tiempo, los experimentos de «delayed feed back» o «voz retardada» sirviéndose del aparato de Bernard S. LEE de los Signal Corps Engineering Laboratories de Nueva Jersey, que permite obtener en ciertas condiciones una tartamudez artificial.
El aparato se compone de un grabador magnético, una cabeza lectora, un micrófono y un casco de escucha.
El principio del experimento es el siguiente: se hace oír a un individuo su propia voz transmitiéndosela a los oídos con cierto retraso respecto de la emisión. Habla en el micrófono con los oídos provistos del casco, y se oye en retorno con ayuda del casco.
Para registrar este resultado, se graba la voz sobre un soporte magnético; la cabeza lectora es móvil a lo largo de una barra horizontal y puede hacerse variar la distancia que la separa de la cabeza grabadora.
Conocida la velocidad de avance del soporte magnético y la distancia entre las dos cabezas, se obtiene inmediatamente el valor del desfase de tiempo provocado entre la emisión y la recepción del habla.
Los resultados obtenidos pueden resumirse del modo siguiente.
Los retrasos demasiado mínimos, inferiores a 0,1 por ejemplo, solo entrañan ligeras modificaciones, lo mismo que los retrasos demasiado largos, del orden de 0,4 a 0,5 segundos. La única molestia observada en estos casos se traduce en una ligera bradilalia y una ralentización del ritmo de emisión.
En cambio, si el retraso provocado se sitúa entre 0,10 y 0,20 segundos, los trastornos se vuelven muy importantes. Alcanzan un máximo para un valor de 0,15 segundos y, lo que nos ha llamado la atención, cuando la prueba se realiza con tal retraso, el sujeto experimenta primero los mismos trastornos que en el caso anterior.
Si la prueba prosigue, la elocución se ralentiza cada vez más; aparece un primer tropiezo, luego un segundo y, para terminar, es la tartamudez la que se instala y contra la cual su voluntad resulta impotente.
La tartamudez así provocada conserva a menudo un carácter remanente durante algunas horas (lo hemos experimentado personalmente).
La reacción a esta prueba no es idéntica en todos los sujetos. En efecto, solo el 20 % desemboca en la tartamudez, mientras que los demás solo presentan una ralentización del ritmo más o menos normal. Entre estos tartamudos artificiales observamos una fuerte mayoría de mujeres y de niños. Las mujeres, en efecto, resisten mejor la prueba, lo cual justificaremos más adelante.
Estableciendo una comparación entre los elementos característicos de las dos formas de tartamudez que acabamos de ver (natural y artificial), cabe formular la hipótesis siguiente:
La hipoacusia relativa del oído director de un individuo parece entrañar cierto retraso entre el momento en que ese individuo emite un sonido y el momento en que le es posible controlar ese sonido, es decir, entre la emisión y el desencadenamiento de los reflejos consecutivos a la audición.
Esta hipoacusia, por ligera que sea, parece eliminar particularmente al oído director del circuito cócleo-fonatorio normal.
Pero la cuestión que se planteaba entonces era saber de qué modo esta eliminación del oído director podía provocar la aparición de un retraso en el control de la emisión de la voz.
Reproduzcamos esquemáticamente el circuito cócleo-fonatorio normal.
Centro auditivo derecho ─────► Centro auditivo izquierdo
│
Centro fonatorio
│
CEREBRO
│
Control
│
Oído derecho Oído izquierdo
▲ ▲
└───────────┬───────────┘
Órganos fonatorios
(Esquema 1 — Circuito cócleo-fonatorio normal: caso de un diestro. El sonido emitido por los órganos fonatorios llega al oído director — el oído derecho —; se dirige al cerebro izquierdo, a la altura de la audición, vecino del centro fonatorio que está bajo su control. Terminado este control, el influjo nervioso desciende hacia los órganos fonatorios y dirige la emisión.)
Si el oído director no se utiliza para regular el control fonatorio, ese control queda entonces bajo la dependencia del otro oído, es decir, del oído izquierdo.
Centro auditivo derecho Centro auditivo izquierdo
▲ │
│ CEREBRO │
│ │
│ Control │
│ ▼
Oído derecho Oído izquierdo
▲
│
Órganos fonatorios
(Esquema 2 — Circuito con oído director izquierdo, por tanto no utilizado por el diestro: el sonido captado por el oído izquierdo es conducido al cerebro derecho, a la altura del centro auditivo; la reacción, una vez terminado el control, debe retornar al centro fonatorio izquierdo, desde donde el influjo nervioso desciende entonces hacia los órganos fonatorios como anteriormente.)
Examinemos lo que sucede en este caso: el sonido captado por el oído izquierdo es conducido al cerebro derecho, a la altura del centro auditivo; la reacción, una vez terminado el control, debe retornar al centro fonatorio izquierdo, desde donde el influjo nervioso desciende entonces hacia los órganos fonatorios como anteriormente.
La diferencia esencial entre los dos procesos considerados más arriba reside en la irregularidad de los trayectos seguidos por el influjo nervioso.
1.er caso: el centro auditivo izquierdo y el centro fonatorio están ambos situados en la parte izquierda del cerebro. Hemos visto anteriormente que eran vecinos próximos. El influjo pasará, pues, de uno a otro casi instantáneamente.
2.º caso: (hipoacusia del oído derecho) el centro auditivo derecho no tiene relé en el oído izquierdo. Pero el centro fonatorio, por su parte, está siempre a la izquierda del cerebro, puesto que el sujeto es diestro. Así, el influjo deberá atravesar el cerebro para pasar de uno a otro. Esta transferencia trans-cerebral entraña, como puede verse inevitablemente examinando los dos esquemas, una disparidad en la longitud del circuito, igual a la distancia «centro auditivo derecho — centro fonatorio izquierdo». Pues podemos admitir que los trayectos (oído izquierdo — centro auditivo derecho) y (oído derecho — centro auditivo izquierdo) son iguales. Además, la última parte del circuito, del centro a los órganos fonatorios, es idéntica en ambos casos.
La hipótesis que proponemos a raíz de esta exposición es, pues, la siguiente: la transferencia trans-cerebral, trayecto suplementario impuesto al influjo nervioso a causa de la hipoacusia del oído director, provoca un retraso cuyo valor depende del individuo, y que tiene por efecto desviar el control de la emisión de la voz, siendo por consiguiente susceptible, en ciertos casos, de provocar la aparición de trastornos fonatorios. Puede también suponerse que la naturaleza de estos trastornos depende del retraso aportado.
Así, podemos definir el oído director en un individuo como aquel que permite el control de la emisión de la voz con un retraso mínimo, dicho de otro modo, como aquel cuya transmisión al centro fonatorio motor sigue el camino más rápido.
Desde entonces, es posible medir la duración de la transferencia trans-cerebral neutralizando su oído director hasta obtener trastornos fonatorios.
Luego, gracias al «delayed feed back», se busca obtener los mismos trastornos.
La conclusión es que en ese momento el retraso aportado por la transferencia trans-cerebral corresponde al desfase de tiempo «emisión — recepción» debido al aparato, y se extiende, naturalmente, solo a la conducción aérea. Es lo que explica que las mujeres presenten menos trastornos fonatorios que los hombres. Conservan, en caso de hipoacusia del oído director, una posibilidad de auto-control cócleo-fonatorio por conducción ósea gracias al porcentaje de armónicos elevados que su voz comporta y que se despliega sobre una amplia banda que sobrepasa los 2.000 c/s.
La puesta de manifiesto de la existencia del oído director y de la importancia del papel que desempeña en el circuito cócleo-fonatorio nos ha permitido ya obtener resultados probatorios en el ámbito de la rehabilitación de sujetos que presentan trastornos fonatorios.
Estamos seguros de que esta idea nueva encontrará otras numerosas aplicaciones, en particular en la etiología de ciertos trastornos tales como la diplacusia, que hasta hoy no han podido determinarse con precisión.
Será también interesante estudiar los papeles relativos del oído director y del otro oído en la percepción del «relieve sonoro».
Este principio ofrece, pues, nuevas posibilidades a la audiología, tanto en el ámbito terapéutico como en el de la investigación.
Fuente: Tomatis A., «L’oreille directrice», Bulletin du Centre d’Études et de Recherches Médicales de la S.F.E.C.M.A.S., julio de 1953, p. 68-75. Documento digitalizado procedente de los archivos personales de Alfred Tomatis.