El Oído Electrónico, técnica de apoyo en psicoterapia
El Oído Electrónico, técnica de apoyo en psicoterapia — Variaciones sobre el tema del renacimiento
Comunicación presentada al IV Congreso Internacional de Audio-Psico-Fonología*,* Madrid, mayo de 1974*, por el* Dr Jean Sarkissoff*, Centre du Langage, Ginebra (Suiza).*
El Oído Electrónico, técnica de apoyo en psicoterapia. Variaciones sobre el tema del «renacimiento».
Utilizo desde hace tres años el Oído Electrónico como técnica de apoyo en mi práctica de psicoterapia, y me ha parecido que puede jugar en muchos casos un papel muy útil de activador de la psicoterapia. Fantasías de nacimiento —y, quién sabe, ¿recuerdos?— aparecen con bastante frecuencia, y su elaboración me ha parecido fructífera.
La fantasía de nacimiento original
Haciéndose el Progreso, la Evolución, a tientas —de fracasos en éxitos parciales y de errores en descubrimientos por reconsiderar— la alegría del éxito temporal recompensa el dolor del trabajo y del esfuerzo. ¿Puede pensarse que el nacimiento del hombre pueda hacer excepción en una disposición cósmica tan evidente?
A la fantasía de nacimiento original depositada en el inconsciente está conferido el papel capital de hacer posibles todas las actitudes ulteriores de rechazo necesario, de contestación sana, de oposición constructiva — y ello a lo largo de toda la vida. Es decir, la importancia de una aceptación perfecta del «nacimiento»: forma el prototipo de todas las reconsideraciones necesarias al progreso. En caso contrario, si el nacimiento solo es parcialmente aceptado, o si es rechazado, una fantasía de sumisión, de derrota se deposita en el inconsciente — que hará el lecho de todas las sumisiones neuróticas ulteriores ante el superyó.
El éxito, o el fracaso, en la elaboración de todas las frustraciones ulteriores depende de la manera en que el traumatismo original de nacimiento ha sido vivido.
El feto en el útero
El feto encuentra en el útero un ambiente de seguridad donde es tejido y amado. Es su futuro amor a la vida el que se prepara en esa noche primitiva donde se crea su primera relación con el universo — la que permanecerá como el telón de fondo donde vendrán a inscribirse todas sus percepciones sensoriales, su vida entera.
La acción apaciguadora y desangustiadora de los sonidos filtrados proviene de que son capaces, por naturaleza, de reactivar en el fondo del inconsciente esa vivencia primordial, esa confianza apaciguada en la Vida que —doblando a nuestra madre— nos teje a cada instante.
El primer acto de amor recíproco
Es en el nacimiento, si todo se desarrolla sin trabas, donde tiene lugar el primer acto de amor recíproco: el bebé percibe la acogida de su madre y le da su respuesta, aceptando con alegría su nacimiento. La incansable repetición ulterior de estos dos hechos va a grabar su psiquismo con surcos indelebles, marcando su destino. Todo acto de amor repite a continuación el que ha consentido al inicio en la vida. Pero si la madre falla en su función de empatía y de acogida, fracasando en su papel de iniciadora al amor, puede ser que su hijo vea a continuación en cada acto de amor un peligro que lo lleva a abstenerse, su vida entera quizá, de ir hacia el otro en una actitud de don.
Aceptar nacer es amar; es aceptar una suerte de muerte y superarla gracias a la comunicación. En muchos mitos, el tema de la muerte se une al del amor. Amar es morir un poco, olvidarse para el otro, y repetir, en el fondo de nosotros, nuestra aceptación de nacer.
Es el rechazo a nacer lo que hace que el nacimiento se vuelva traumatismo. Aceptar su nacimiento es una fantasía inconsciente que debe ser realizada todos los días.
El rechazo a nacer
Nuestra práctica cotidiana nos enseña que es de entrada que el niño es capaz, y con una estupefaciente penetración, de percibir el amor de su madre por él en todas sus modalidades. Es en la comunicación con todo su entorno, y primero con su madre, donde su psiquismo va a forjarse. El punto más vulnerable de este aprendizaje del amor se sitúa en el nacimiento y en las semanas siguientes.
Si esta relación de comunicación-con-el-mundo se construye bajo el signo del amor en todos los niveles —del consciente hasta las capas más profundas del inconsciente— la salud mental queda sólidamente establecida. Pero cuando perturbaciones de la relación de amor del niño con su madre y sus primeros objetos han marcado su desarrollo, fijaciones neuróticas se constituyen en el inconsciente que provocarán más tarde síntomas.
El desarrollo de la persona es por tanto el fruto de la educación, y la psicoterapia debe buscar realizar una segunda edición de esa misma educación, para borrar los malos condicionamientos. El tratamiento Tomatis aporta a menudo una ayuda preciosa en psicoterapia, puesto que, mediante la escucha de la voz materna filtrada, puede conducir al paciente a la regresión necesaria al remodelado de sus primeras fijaciones.
Nacer es a la vez perder a su madre, que es todo, y reencontrarla: «morir» y «revivir» — es la lección del fénix.
Los pacientes que rechazan
El psicoterapeuta que utiliza la voz materna filtrada y los partos sónicos con el Oído Electrónico se encuentra muy a menudo en una situación privilegiada para observar, reactivadas, todas las fantasías que han gravado el «nacimiento» de los pacientes.
Algunos rechazan a veces, de forma sistemática y obstinada, la totalidad de las intervenciones. Aunque bien fundadas, dadas en el buen momento y con benevolencia, uno tiene la sorpresa de verlas rechazadas con una hostilidad inalterable y duradera — que es la reproducción transferencial del rechazo primitivo de la madre, desde su nacimiento, por estos pacientes.
Han conservado en efecto de su nacimiento un estado de exasperación profundo que les impide introyectar nada; todo lo que se les da les aparece como malo y debiendo ser rechazado. El estado en que se hallaron en su nacimiento, permanecido reprimido en el fondo de ellos mismos, se reactiva en la situación transferencial. Su madre es rechazada en su papel esencial; estos pacientes se rechazan a sí mismos, rechazan su propio nacimiento. Arrastran después —su vida entera— un sentimiento neurótico de malestar existencial y una reivindicación de carácter fundamental y sin cesar frustrada.
El rechazo de la vida postnatal parece traducirse, en algunos casos, por una hipoacusia de transmisión psicógena que recae electivamente sobre la conducción aérea —situándose la curva de la escucha ósea por encima de la curva aérea. Tal curva ha sido observada en una joven suicida en quien el análisis puso en evidencia una ruptura de comunicación con su madre que databa de su primera edad. El tratamiento de psicoterapia y de Oído Electrónico obtuvo una transformación profunda del cuadro clínico, que corrobora la mejora del trazado audiométrico.
Vergüenza de haber nacido
La responsabilidad y la conciencia de sí dependen de la aceptación amorosa del niño por su madre, con quien se identifica. Este sentimiento está en la base de la más profunda alegría humana. Pero puede cargarse de intolerables características morales, incompatibles con la alegría de vivir. Los pacientes rechazan entonces «nacer», ser responsables, y prefieren volver en fantasía a la irresponsabilidad fetal.
El rechazo por los padres —reales o fantasmáticos— ha depositado en ellos el germen de una acusación moral permanente que les persigue sin cesar desde el fondo de su inconsciente. Estos seres no saben dónde esconderse para disimular su vergüenza de estar ahí, presentes, mientras se creen culpables de haber nacido. «Antes de nacer, parecen decir, no necesitaba esconderme: ¡estaba escondido!» (Un reflejo de esta situación aparece quizá en el texto del Génesis: «Descubrieron que estaban desnudos y se avergonzaron de ello.»)
Para huir de sí mismos, estos pacientes se proyectan a menudo psíquicamente en otras personas con las que intentan identificarse, realizando así una fantasía de retorno al seno materno — por identificación proyectiva (M. Klein, Bion). Los suicidas pueden desear ellos también un retorno al vientre materno para no entrar en la vida.
Un caso de esquizoidia
Un paciente muy fuertemente esquizoide me repetía sin cesar: «Estoy muerto… Soy un muerto. Mis sentimientos son los de un muerto. No siento nada.» El análisis mostró que en el plano de las fantasías inconscientes, había matado en sí todo lo que le recordaba a su madre. Su audiometría mostraba un importante cierre a los agudos, que habría podido ser tomado por una sordera traumática. El tratamiento le ha permitido recuperar a la vez la audición de los agudos y la calidez del contacto y de la vida afectiva.
He observado en varias ocasiones en hombres en curso de tratamiento la aparición de una angustia considerable, que provenía del hecho de que «nacer» —y por tanto curarse— representaba para ellos la pérdida brutal de su omnipotencia fetal. Estos pacientes eran entonces presa de una exasperación de su deseo genésico, y realizar el acto sexual se volvía una gigantesca obsesión, tan potente como la angustia de muerte que contrabalanceaba. El coito representaba entonces un medio para estos hombres de volver en fantasía a su madre y de anular en ese acting out la realidad intolerable de su «nacimiento».
Nota sobre otras situaciones anormales:
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La huida hacia atrás: el nacimiento no es aceptado, solo la vivencia uterina es tolerada. Es el autismo.
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La huida hacia delante: el traumatismo del nacimiento es negado. La vida material es considerada como la única real por estos seres cuya vida interior es inexistente.
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Algunos pacientes han conservado el movimiento de regresión-progresión pero están invadidos por la angustia en cada movimiento. Su angustia agorafóbica corresponde al miedo a nacer, y su angustia claustrofóbica, al contrario, al miedo de volver al útero original.
La curación como nuevo nacimiento
Si el «nacimiento», que debería constituir una prolongación y un enriquecimiento de la relación primordial del niño con el universo, es vivido como un traumatismo, esta percepción primordial es oscurecida, y la angustia toma el lugar de la paz interior. El recuerdo de la vivencia uterina y de su perfección sin falla desaparece; el miedo, la angustia, la desconfianza podrán desde entonces reemplazar —y para toda la vida— la fe apacible original.
Para curar, y que se atenúen los efectos de esta «cesura» maléfica, el paciente deberá saberse comprendido y sentirse amado por su médico. Para ser real y profunda, la curación deberá acompañarse de una segunda edición, mejor lograda que la primera, del «nacimiento». El método Tomatis puede ayudarnos a realizarlo: volver a empezar su vida en vinculación profunda con la serenidad confiada y pasiva de lo que fue la etapa uterina.
La salud mental consiste en poder libremente recorrer, en los dos sentidos —regresivo y progresivo— el acontecimiento central de nuestra vida que es nuestro «nacimiento». Resulta de ello un sólido anclaje en lo real.
Los pacientes vuelven a la vida
Cuando vuelven a la vida gracias al tratamiento, nuestros pacientes observan a veces que se ponen a soñar, lo que no hacían anteriormente. Es también en este momento de su tratamiento cuando descubren su mundo interior y se vuelven capaces de introspección.
He oído a varios pacientes que dormían enormemente antes del tratamiento quejarse y alegrarse a la vez de no «vivir para dormir» como anteriormente. «¡Me quitan el sueño!», decía una de ellas, asombrada de no desear ya complacerse en una regresión uterina atemporal. Otra fue presa de angustia cuando tomó conciencia, tras algunas sesiones, de que el tiempo pasaba — lo cual despertaba el sentimiento depresivo de pérdida que no había podido elaborar, que había marcado su primera infancia y que había negado al mismo tiempo que su «nacimiento».
La escucha de la voz materna filtrada y de los partos sónicos despierta de ordinario en el paciente una fantasía inconsciente según la cual su madre le hace reencontrar el amor que tiene por él — ese amor del que su «nacimiento» le había hecho dudar y perder el recuerdo: reanudando con el amor que reencuentra, puede por fin reconciliarse con la vida.
Uno de los efectos más apreciables del tratamiento con Oído Electrónico es el reforzamiento del yo que proporciona a los enfermos el dinamismo necesario para «franquear la barra» y tomar el impulso que les permite superar las fijaciones incluso las más profundas de su neurosis.
Testimonio: relato de una sesión
La revivencia transferencial de las experiencias y de las fantasías de «nacimiento» sobreviene a menudo de manera muy viva. El siguiente relato, que reproduzco en su frescura, lo atestigua de modo emocionante:
Sesión del 13 de julio de 1973 — Apenas tendida en el diván, me pongo a llorar. Siento mi nacimiento que se acerca. Tengo miedo; si doy un paso más, es el vacío, la angustia. Me encuentro sola. Tengo miedo de morir. ¡No, no quiero! La muerte me angustia demasiado. Tengo ganas de cerrar los ojos, de ponerme en feto y de dormir en esta habitación donde percibo la paz. El doctor está detrás de mí; su silencio me pesa.
Quieren ponerme en el mundo — luego me toca arreglármelas, y peor para mí si me caigo de bruces. ¿Por qué no soy un bebé que el doctor pudiera tomar en sus brazos y a quien pudiera mostrar cuán hermoso es el mundo? Tengo ganas de que me tranquilice, de que me dé confianza.
Llaman al doctor y se ausenta. Cuando vuelve, me dice: «Entonces, ¿en qué estamos de este nacimiento?» Esta pregunta provoca en mí un nuevo choque. Entonces, es verdad que estoy naciendo. Lloro. Tengo tantas ganas de sentarme, de mirar al doctor para persuadirme de que no estoy sola, pero no me atrevo — tengo la impresión de que está prohibido, de que voy a ser juzgada. El doctor verbaliza mi deseo: me siento; el contacto se establece casi instantáneamente; por fin me siento en seguridad.
Pero no me atrevo aún a mirar al doctor. Como mi madre, me aporta y me da todo; yo, no tengo nada que aportarle. Solo estoy aquí accesoriamente; ¡otros enfermos lo necesitan! Después, a través del análisis que me hace de la situación, a través de sus palabras, de su voz, de su serenidad, por fin me siento en confianza; me siento con el derecho de mirarle; tengo la impresión de empezar un poco a vivir, a amar. Empiezo a respirar mejor: vislumbro la paz profunda, pero siento que es aún muy frágil.
¡La voz materna! Tengo terribles ganas de ella y al mismo tiempo la rechazo. ¡Quisiera tanto oír la voz de la madre que acaba de ponerme en el mundo con alegría y que me llama a la vida — y no la de la madre que me puso en el mundo con la muerte en el alma!
La aceptación del nacimiento puede acompañarse de un alivio instantáneo de la angustia y de la desaparición, súbita también, de determinados síntomas. Aceptando nacer, el paciente pasa de golpe del régimen del odio al del amor. Acepta su cuerpo, su identidad, su responsabilidad y la comunicación con el mundo — lo que conlleva la desaparición de la envidia y de los celos; la persecución y la angustia dejan lugar a la reparación en un gran sentimiento de alegría.
La curación comporta la reconciliación con la madre — madre fantasmática inconsciente tanto como real, que se vuelve entonces la que da la vida y se alegra de todos los crecimientos. El niño, aceptado en una alegría profunda, puede por fin encontrar el plano del silencio interior, de la paz y de la alegría que firman su salud mental. Curar perfectamente será incluso ir más lejos y —superando la relación con la madre, fuente de vida y de amor— consistirá en acceder al plano espiritual de la conciencia del amor y de la vida.
La psicoterapia se reduce, pues, a una mayéutica. El desarrollo del hombre recorre una espiral donde cada espira —como la de una escalera de caracol vista desde arriba— refleja la precedente. El renacimiento espiritual se sitúa en el apogeo del nacimiento físico: la belleza serena del rostro del místico en contemplación refleja la del recién nacido acogido en dulzura por manos amantes.
Esquizoidia y acompañamiento
Si el niño está traumatizado, llora, llora, llora y rechaza a su madre. Esta fracasa en consolarlo y se siente también frustrada y decepcionada, incluso incapaz de cumplir su tarea de madre. Si no está muy equilibrada, paciente y amante, puede renunciar a intentar salvar la situación; va entonces a rechazar a su hijo a su vez. Así se constituye un círculo vicioso que es el fundamento de todas las esquizofrenias ulteriores.
Es ante esta situación donde nos encontramos veinte, treinta, cuarenta años más tarde. Se ha establecido sólidamente en lo más profundo del ser del enfermo, y será necesario, lentamente, pacientemente, revivirla con él para llevarlo a curarse.
La ruptura de contacto con la madre se vuelve indispensable para estos niños, a fin de protegerlos contra la angustia mortal de abandono. Así se crean las tendencias esquizoides, fundamento de una eventual esquizofrenia ulterior. Un punto capital de la curación de estas tendencias esquizoides es permitir a estos pacientes elaborar la angustia pánica vivida como un descenso a la muerte y a un espanto sin límite y sin nombre. Se comprende sin dificultad que una presencia sin restricción, un amor verdadero y una tolerancia perfecta a la angustia sean indispensables por parte del médico que se atreva a acompañar a su enfermo en tal regresión a los infiernos.
El Oído Electrónico sopla sobre las brasas
La psicoterapia debe acompañar, en estos casos, al tratamiento con Oído Electrónico — debiendo la comunicación terapéutica drenar la angustia a medida que aparece. Sin lo cual, acumulándose los afectos y las tensiones, el caso del paciente puede agravarse bajo la influencia del tratamiento.
El Oído Electrónico sopla sobre las brasas. Si la chimenea de aireación se halla obstruida, el humo llenará la sala.
En los psicóticos, hay que asegurarse de su deseo de curar, de evolucionar, de su aceptación de nacer, de salir de la simbiosis, antes de emprender un tratamiento con Oído Electrónico — sin lo cual, se corre el riesgo de un agravamiento de la sintomatología.
El terapeuta debe atreverse a descender
Todos hemos atravesado la experiencia de la «muerte» que fue, para nuestro inconsciente, nuestro nacimiento. No sabemos nada de la verdadera muerte puesto que no podemos, por definición, haberla vivido. Esta experiencia de la angustia de muerte que fue el nacimiento —ese descenso progresivo hacia la muerte hasta que se desencadena el reflejo respiratorio— hace que todos tengamos, en el fondo de nosotros, conocido al menos una microexperiencia de la angustia psicótica.
Si podemos, sin utilizar mecanismo de defensa, descender regresivamente hasta esta angustia que está en nosotros, seremos entonces capaces de vibrar en empatía con las angustias psicóticas de nuestros enfermos aquejados de ellas.
No podemos guiar, ayudar a un individuo a curarse si nosotros mismos nos negamos a descender allí donde él debe primero descender para poder curarse.
Si tenemos miedo de su angustia, no podremos ayudarle; se encontrará solo en el momento en que tenga una necesidad indispensable de apoyo, de ayuda, de comprensión simpática, amante. Debe encontrar junto a nosotros el amor y la comprensión que ha buscado antaño junto a su madre en un contacto pleno de vida con ella, a la vez físico y psíquico, y que no ha encontrado.
El placer que su madre habría debido sentir al comprender a su hijo y al calmarlo si todo se hubiera desarrollado normalmente entre ella y él desde el nacimiento — el terapeuta va a experimentarlo también, y será su recompensa si tiene el coraje y la competencia de afrontar toda la angustia del paciente y de comprenderla con amor.
Para ayudarle, hay que poder descender al infierno con el enfermo en su angustia, acompañarlo, comprenderlo, gracias a la empatía. Es un acto de amor.
No temer sufrir un poco, compartir su angustia, atreverse a descender con él a fin de acompañarle a continuación en la subida. Que no se sienta en ningún momento solo, o incomprendido, o —peor aún— juzgado, condenado, rechazado.
El enfermo mental es a menudo tratado como un paria por la sociedad de hoy, porque su angustia despierta en nosotros un muy profundo malestar, que podemos sentir como intolerable. Recurrimos entonces a la encarcelación del paciente para protegernos contra su angustia.
Atreverse a nacer es establecer una relación, es atreverse a proyectar su cólera en la madre aceptando al mismo tiempo existir independientemente de ella — es decir, sin proyectarse uno mismo en la madre.
Solo se construye en la aceptación de una fantasía de nacimiento.
— Dr Jean Sarkissoff, Centre du Langage, Ginebra. Comunicación al IV Congreso Internacional de Audio-Psico-Fonología, Madrid, mayo de 1974.