Introducción

Las distintas investigaciones que se han efectuado en el curso de los últimos diez años en cuanto a la vida fetal permiten reforzar las teorías que intentan poner de relieve la presencia en el feto de una vida psíquica y sensorial muy intensa. Es en efecto en el curso de los nueve meses de su vida intrauterina cuando el niño almacena la mayor parte de sus experiencias humanas, las que tejerán a continuación la trama de su recorrido existencial postnatal.

Si hubiera sido mal recibido evocar hace algunos años tal propósito, ya no es lo mismo hoy. Es cierto que de todas partes, emanando de especialistas de diversas disciplinas, las pruebas abundan viniendo a apuntalar lo que avanzábamos ya en 1954, a saber, que el feto tomaba una parte activa durante el embarazo de su madre por la institución de una dinámica relacional con ella.

Es por tanto en nuestros días un lugar común decir que el feto siente, percibe, memoriza, integra. Es también fácilmente admitido que oye a partir del cuarto mes y medio de su vida prenatal. Hemos sido llevados, en una obra titulada «La Noche Uterina» (Éditions Stock, París 1981), a precisar que percibe mucho antes de ese momento y que acumula numerosos recuerdos que le procuran sus experiencias sensoriales. Desde entonces, un esbozo de vida psíquica se establece sobre estos prolegómenos de comunicación con el mundo circundante uterino. Es decir, que todo un universo psicológico se establece, cuya importancia se nos había hasta ahora escapado pero cuyas resonancias dejan pensar que un campo de investigación insospechado se abre respecto a una psicología primera aún demasiado ignorada.

Las investigaciones que llevamos desde hace una treintena de años dejan aparecer una convergencia de hechos clínicos que vuelven innegable la existencia de una psicología prenatal. Pruebas anatómicas, embriológicas, fisiológicas aseguran por lo demás el bien fundado de una psicogénesis embrión-feto.

Las pruebas anatómicas

Son incontestablemente las que más peso tienen ante los distintos especialistas. Antes de enunciarlas, recordaremos a continuación algunos datos elementales sobre la anatomía del oído humano.

Para seguir el orden de la evolución genética, diremos que existen tres pisos que van de dentro hacia fuera: el oído interno, el oído medio y por último el oído externo:

El oído interno contiene el órgano sensorial o laberinto membranoso. Este, incluido en el laberinto óseo, está dividido en dos partes:

  • el laberinto vestibular o vestíbulo y el laberinto coclear o cóclea,

  • el oído medio o caja del tímpano comprende los huesecillos: estribo, yunque y martillo,

  • el oído externo está constituido por el conducto auditivo externo y el pabellón.

Con poco que uno se informe con paciencia, es fácil encontrar una autoridad a toda investigación. Es así, por ejemplo, como, en 1930, R.H. Bast publica una obra sobre la osificación de la cápsula ótica en el feto humano, en la cual se inscribe toda una serie de estudios minuciosos recogidos por este autor y que se remontan a ¡1670! Se encuentra en ella una rica argumentación sobre la anterioridad del oído humano respecto al conjunto del cuerpo. En 1962, B.J. Anson prosigue sus investigaciones en la misma dirección, lo que le vale publicar en 1974, en colaboración con T.R. Winch, un estudio que confirma sus primeras investigaciones sobre los procesos de osificación específicos de la cadena osicular y distintos de los procesos habituales de osificación. Esta especificidad había por lo demás sido observada en 1959 por Shambaugh Junior en una obra consagrada a la cirugía del oído (W.B. Saunders Company, London).

Viniendo a confirmar estas pruebas anatómicas, estudios radiológicos hechos por G.B. y K.A. Elliott y publicados en enero y marzo de 1964, se dedican a demostrar la organización estructural del oído interno llegada a su fase terminal desde el quinto mes de la vida intrauterina. Recuerdan entre otras cosas que en 1958, R.A. Willis ha presentado el oído interno como uno de los elementos que sufren las transformaciones más rápidas y más estupefactas vividas por el embrión.

Por otra parte, T. Madonia, F. Madonia y G. Cali han introducido ya en 1963 la noción de una actividad precoz de las ampollas de los canales semicirculares laberínticos y han puesto así el acento sobre el papel precoz del vestíbulo del oído interno, es decir, sobre los mecanismos de regulaciones cinética y estática. En efecto, todo lo que es movimiento, hasta la inmovilidad, depende de los vestíbulos y de sus accesorios: los canales semicirculares.

Todos los especialistas que han sido conducidos a estudiar los procesos desarrollistas del oído han sido impactados por la precocidad de este órgano. G.B. y K.A. Elliott han insistido en este punto precisando que los receptores del órgano coclear acabado tenían entonces un tamaño matemáticamente predicho, basado en las frecuencias que debían ser reproducidas ulteriormente por el sujeto para modular las intensidades de su propia voz.

Añadamos a estos elementos tan convincentes en sí, que F. Faulkner ha revelado en 1966 por una publicación sobre el desarrollo humano, la precocidad de la mielinización del oído. Ha aportado así la certeza de que el nervio auditivo, revestido de una capa de mielina, era totalmente funcional. Es en el sexto mes de la vida intrauterina cuando la mielinización de los nervios auditivos comienza. Prosigue entonces a una velocidad vertiginosa, de modo que en el nacimiento, el área temporal correspondiente, es decir, la zona de proyección de la cóclea sobre el cerebro, se halla ella misma mielinizada y por tanto funcional. Este hecho ha sido confirmado por P. Yakolev y A.R. Lecourt por una parte, y por R. Marty, por otra.

Las pruebas fisiológicas

En el curso de estos últimos años, un interés muy particular se ha manifestado por todo lo que atañe a la audición fetal. Un atractivo creciente retiene en efecto la atención de numerosos investigadores. Diversas hipótesis intentan explicar los mecanismos de la organización desarrollista de la audición. Es cierto que, en esta dirección, pocas informaciones nos llegan de la recolección de las publicaciones antiguas. Entre estas, se puede señalar un artículo de A. Peiper que, en 1924, indicaba una reacción fetal a los ruidos intensos en la cuadragésima semana; otro artículo de H.J. y H.B. Forbes, en 1927, estipulaba que «el feto respondía al sonido mediante reacciones motoras». Más tarde, en 1935, L.W. Sontag y R.F. Wallace daban más precisiones sobre el modo de reacciones a los estímulos sonoros. En 1947, L.W. Sontag aportaba en un artículo escrito en colaboración con J. Bernard indicaciones sobre la posibilidad de respuesta a las distintas alturas tonales.

No es, a decir verdad, hasta 1962 cuando uno se encuentra frente a un estudio objetivo hecho por K.D. Murphey, audiólogo, y C.M. Smyth, obstetra. Estos dos investigadores aportan modificaciones medibles que recaen sobre los ritmos cardíacos en función de la estimulación enviada (500 cs y 4 000 cs). A su zaga, otros especialistas se han comprometido en la misma vía y han desembocado en el estudio de una medida de la audición fetal. Es entonces concebible pretender practicar una audiometría. Es al menos lo que han propuesto hacer en 1964, B. Dnornilka, A. Jasienska, W. Smolarz y R. Wawryk, y, en 1967, B. Johoanson, E. Wedensky y B. Westin. Han querido así probar que el mejor medio de objetivar los efectos de las estimulaciones auditivas era medir el ritmo cardíaco del feto.

Por otra parte, en 1967, F.B. Horn y sus colaboradores han registrado respuestas evocadas en el nivel del cerebro. Este hecho ha sido retomado por N. Sabake, T. Arayama y T. Suzuki en la misma época y ha dado lugar a publicaciones sobre los potenciales evocados sobre las estimulaciones acústicas percibidas por el feto humano.

Las pruebas embriofetales

Son importantes en la medida en que uno se inclina sobre los procesos de orden filogenético. En efecto, la embriología toma una iluminación nueva en cuanto uno se preocupa por mirar cómo procede la evolución a lo largo de los tiempos. Se sabe efectivamente cuán el desarrollo embriológico tiende a calcarse del de la filogénesis.

Desde el instante en que se elabora una organización celular, un esbozo de oído aparece. Gracias a esta primera estructura, el organismo que se construye puede localizarse en el espacio, desplazarse y sobre todo recoger las estimulaciones necesarias a la animación de su sistema nervioso que, en paralelo, comienza a constituirse.

Hay dos elementos fundamentales a retener:

La precesión del oído respecto a la estructura neurológica.

La función dinamogenética, energética del órgano laberíntico.

Otro elemento, no sin importancia, debe ponerse de relieve. Se trata de la presencia de la célula específica, basal, de todo el sistema de detección y de registro que constituye el oído. Esta célula generadora se llama célula de Corti. Se la encuentra en efecto en el órgano de Corti o aparato de la audición propiamente dicho. La célula de Corti es el elemento activo sensorial. Desde la noche de los tiempos, es semejante a sí misma. Se la encuentra en las medusas, los peces inferiores, los peces superiores, los anfibios, los reptiles, las aves y los mamíferos.

Es la célula que tapiza el conjunto de las áreas sensoriales del aparato laberíntico, tanto en su parte vestibular como en su parte coclear. Mejor aún, todo deja entender que esta célula de Corti ha conocido un destino totalmente distinto al que acabamos de describir. Generada en el agua al principio, vive a lo largo de los tiempos, de generación en generación, de especie en especie, en un medio necesariamente acuoso. Bien que se bañe abiertamente y directamente en el agua, bien que se encierre en una cavidad permaneciendo sumergida en un universo líquido. En efecto, el laberinto óseo está cerrado; contiene así el líquido llamado perilinfático en el cual el laberinto membranoso está mantenido en suspenso. Está él mismo lleno de un líquido llamado endolinfático que difiere del precedente por algunas características fisicoquímicas.

A esta vía bien conocida, una orientación evolutiva diferente se ofrece por otra parte a la célula de Corti. Esta se orienta hacia una organización compleja no líquida en función de las transformaciones más o menos profundas que sufre el conjunto de los diferentes órganos sensitivos musculotendinoarticulares y cutáneos, incluso viscerales. El sistema piloso parece, por su parte, depender del mismo origen. Es así como el hombre, cuyo destino es volverse un escuchante, lo logrará no solo con su oído, sino también con su piel, con todo su cuerpo. Puede decirse de él que se erige entonces como una verdadera antena, como un oído en totalidad a la escucha del mundo exterior. Se adivina así la importancia de esta concepción que vincula el órgano auditivo a los aparatos sensitivos cutáneos y a una parte de los órganos sensoriales.

Una dinámica sensitiva y sensorial va por tanto a instaurarse, respondiendo a las distintas actividades motoras, desde la estática hasta la cinética, globales o parciales, es decir, en el nivel de las actividades motoras de la globalidad del cuerpo o de una parte de él. Resulta de ello una cristalización de la imagen sensitivocinética del cuerpo. La noción de este cuerpo activo y vivo en un medio circundante se manifiesta entonces y determina la primera imagen de sí instituida a partir del soporte primero.

Se comprende mejor ahora el papel ocupado por la célula del tipo Corti y por sus derivados. Se la encuentra en efecto en el utrículo, el sáculo y las ampollas de los canales semicirculares. Es ella la que constituye el órgano sensorial de la cóclea y que, además, determina toda la sensibilidad cutánea superficial y profunda, muscular, articular y ósea. De hecho, gracias a ella, se coordinan los juegos sensoriales que rigen el cuerpo por las vías nerviosas periféricas. El cuerpo es realmente activo y activado en su globalidad gracias a un control de regulaciones de varios pisos que responden a los distintos planos de evolución del sistema nervioso anexado al oído. Este último precede, como lo haría un inductor embriológico, la evolución del sistema nervioso central mismo, como si el cerebro respondiera a la llamada de alto nivel que conduce al ser humano ineluctablemente hacia la escucha. Es ahí un hecho interesante a destacar.

En efecto, la evolución embriológica del oído revela que se organiza muy rápidamente. Desde los primeros días de la vida embrionaria, en la parte cefálica, en un lugar de hiperactividad celular llamado placoda auditiva, la organización del oído interno se pone en marcha. El vestíbulo arranca primero pero ya las células de Corti se instalan a fin de ser operacionales en la cóclea desde el cuarto mes y medio de la vida intrauterina. Empiezan a ser activas únicamente en la base coclear, es decir, allí mismo donde los agudos son percibidos. (T. Wada, 1923). Solo mucho más tarde, bien después del nacimiento, los graves serán integrados (O. Larsell, E. Mc Crady y J.F. Larsell, 1944). Para H. Gavini, los graves solo se perciben realmente entre los 8 y los 15 años (1962). Este hecho es esencial de retener. En efecto, nos parece muy importante señalar en esta evolución el desarrollo precoz de la base de la cóclea con vistas a situar en ella la zona de los agudos.

Todo esto explica que el oído interno, durante la vida intrauterina y por mucho tiempo aún durante la vida postnatal, juega un papel de filtro, seleccionando y favoreciendo los agudos. Sin duda, gracias a esta disposición, el embrión-feto sabe ponerse al abrigo de la agresión de los múltiples ruidos que recoge el útero. Además, llega a percibir más específicamente la voz de su madre según un modo bien característico que hemos determinado y reproducido. Lo hemos denominado «La voz de la madre filtrada» (VMF). La audición embriofetal se distingue por tanto respecto a la audición de adulto por el hecho mismo de que la percepción es selectiva en torno a 5000 Hz y más allá.

Psicogénesis embriofetal

Sobre este fondo anatomofisiológico particularmente vivo, esencialmente activo, se asiste a la puesta en marcha de una psicogénesis a partir de la cual la actividad psíquica ulterior extraerá sus propios orígenes. Es en este nivel donde la psicología genética implanta sus raíces. Nada de insólito en ello. Es evidente que en el embrión-feto se organiza una dinámica psicológica intensa, tanto afectiva como relacional.

Por lo demás, con poco que uno busque con aplicación de dónde vienen los hábitos comportamentales del humano, uno queda muy sorprendido al descubrir cuán las estructuras más arcaicas, las que se sabe enraizadas hasta lo más profundo del alma, responden a las adquisiciones del origen mismo de esta vivencia en la «caverna primitiva». De esta morada primordial, de esta envoltura que ha rodeado a todo hombre, muchas reminiscencias arquetípicas dejan transparentar numerosos símbolos que encuentran en este lugar su fuente primitiva.

Ya una dimensión relacional esencial se instituye con el mundo exterior, el útero en este caso, y todo lo que representa en el plano nutricional, bajo el ángulo de la comunicación sonora y táctil, bajo el aspecto de la organización de la búsqueda espacial.

Desde entonces, toda progresión ulterior será una repetición complejizada de estas estructuras fundamentales. Se asiste a un verdadero «destelescopado» de diversos estadios que parecen imbricados —y lo están en su programación. Es así como el embrión emana del huevo, como el feto nace del embrión y como este engendra al recién nacido. Es lo mismo desde la célula primordial hasta el hombre cerca de su fase terminal. Toda integración primera es la trama sobre la que reposa y se reproduce luego se complejiza toda la actividad psicológica ulterior.

La simbólica proyectiva permite reencontrar la huella de esta vivencia primordial. Las investigaciones sobre el hábitat, determinados tests como el del árbol, del hombrecillo, de la casa… etc., hacen aparecer imaginerías integradas bajo el aspecto más arcaico de las engramaciones primeras recogidas durante la estancia en el antro uterino.

Además, los ritmos cardíacos y respiratorios de la madre, los del propio feto, los ruidos del vecindario que emanan del cuerpo de la madre son otras tantas sensaciones sonoras almacenadas y filtradas, recordémoslo, por tanto percibidas solamente sobre el modo del ritmo. Las repercusiones de esta vivencia sonora pueden tener consecuencias en el curso de la vida postnatal en el plano psicológico, incluso psiquiátrico (Salk). Los ruidos y los sonidos exteriores a la pared abdominal tienen también sus efectos (Peipper, Forbes, Sontag, Feijo). Pero es ciertamente la absorción de la voz de la madre lo que sigue siendo el fenómeno mayor de toda la organización afectiva y emocional ulterior. Se ha puesto en evidencia el impacto considerable que la voz materna filtrada representa en la evolución del deseo de comunicar (Alfred Tomatis).

Es evidente que esta dinámica relacional exige un sustrato para establecerse. Este no es otro que la relación con la madre. No se sabría jamás insistir bastante en esta comunicación primordial afectiva, profunda, que pone a dos seres en resonancia, el de la madre y el del niño por nacer. Jamás la vinculación relacional será tan intensa como durante estos nueve meses donde la madre y el embrión-feto conocen una verdadera simbiosis que les permite volverse lo que son en potencia: la madre y el hijo. Por su presencia y desde los primeros instantes de su inserción uterina, el embrión-feto transforma a la mujer que lo lleva. Es otra. Y su alma vibra en un dúo de amor específico, bien diferente de todas las efusiones emocionales habituales. Vibra desde entonces a la emisión de la vida que transmite. Engendrar un hijo despierta en la mujer su dimensión de generadora potencial que la vuelve compañera de una pareja que nada sabría reemplazar.

Se sabe cuán el hombre, en su genio destructor, ha sabido ocultar, degradar, destruir, aniquilar esta esencial vinculación a la que debe encontrar la vida. Encerrado en una dialéctica existencial que lo pierde en los meandros de una evolución decidida por sus predecesores, el hombre es a veces olvidadizo de su esencia, de esa esencia a partir de la cual se establece el verdadero diálogo y de donde emana esa excepcional relación entre dos seres que se funden. No existe situación semejante a la de la gestación para instituir esta doble vinculación amorosa, en el sentido más noble del término, la de la dependencia libremente consentida, inducida por una escucha atenta mutua.

No hay psicogénesis sin la total implicación de la madre. Incluso en el delirio destructivo del hombre, incluso en la mujer más opuesta a su embarazo, la más reticente, una vibración materna subsiste en lo más profundo. Pero mientras da la vida, introyecta la muerte, no sin destruirse a sí misma en su realidad esencial.

Se entrevé ahí toda la estructura psicológica ulterior y sus desviaciones que cerrarán el universo psíquico del niño, sobre el que se injertará el del adulto.

Conclusión

Puede decirse que la escucha induce al embrión-feto en su devenir de hombre. Se sabe ahora que esta facultad interpela al oído pero también a toda la sensibilidad cutánea, a toda la sensibilidad profunda, incluso visceral. Es tender todo su cuerpo hacia el otro lo que es escuchar, pero es también saber que se es por esta misma relación. No se puede escuchar sin implicarse, y la escucha comienza por la escucha de uno mismo en la organización de la relación con el otro.

El periplo existencial comienza a partir de esta primera relación. Será tanto más verdadero, tanto más auténtico cuanto que esté desprovisto de toda distorsión afectiva y emocional. Desde entonces, este periplo existencial se acercará a lo que debería ser la evolución del Ser mismo. Sabemos que es muy distinto y, sin embargo, estamos convencidos de que un estudio profundizado de la dinámica relacional durante la vida intrauterina sería rico en enseñanzas para orientar la conducta humana. No hay duda de que la educación extraería de él sus bases fundamentales. En esto, el embrión-feto sigue siendo nuestro maestro.

Alfred A. Tomatis*, Milán 1984, *Traducción de la «vita psichica et sensoriale del feto» aparecido en «L’Enciclopedia della Scienzia et della Technica»