Tercera entrevista de la serie Alain Gerber × Alfred Tomatis en SON Magazine. En el n.º 32, noviembre de 1972, Tomatis aborda el origen del lenguaje y la vida auditiva del feto. A partir del mito faraónico de Psamético sobre el origen del lenguaje, el autor demuestra que no existe ningún órgano fisiológico específicamente destinado a hablar — es un ensamblaje desviado de elementos del aparato digestivo (labios, boca, lengua) y respiratorio (laringe, fosas nasales). Lo que distingue al hombre no es el poder sino el querer comunicar, cuya raíz se encuentra in utero en el diálogo sonoro de la madre y el feto. Tomatis apoya su tesis en los trabajos de Negus (aves canoras) y de Konrad Lorenz (ánades y huevos), así como en el «signo del nombre» de André Thomas. Detalla a continuación la evolución del oído en el momento del nacimiento — el «parto sónico» — y narra una experiencia sobrecogedora con una niña de nueve años que revive su propio nacimiento bajo un dispositivo de simulación intrauterina.

Revista «SON» — n.º 32 — Noviembre de 1972
La escucha intrauterina
Alfred A. TOMATIS: «CÓMO NACE EL NIÑO A LOS SONIDOS»
Entrevista recogida por Alain Gerber


El mito faraónico del origen del lenguaje

A su manera, la Antigüedad conocía la división del trabajo. Las esfinges planteaban ciertos enigmas; los faraones trataban de resolver otros.

Uno de ellos, por ejemplo, se había empeñado en descubrir cómo ese maravilloso instrumento de comunicación, el lenguaje, llegaba a los hombres. En este bello sueño había sido precedido por legiones de filósofos. Pero él creía haber encontrado el medio de acabar de una vez por todas con este misterio. El truco. Bastaba con tomar a los niños al nacer, aislarlos de todo contacto con seres dotados de palabra y esperar pacientemente a que se pusieran a hablar. La primera palabra dotada de significación que saliera de su boca sería, sin duda, el eslabón inicial de toda palabra: «¡el origen del lenguaje!». El regio experimentador no quedó decepcionado. Esa primera palabra, un día, se pronunció, y era, según se dice, la que significaba «pan».

Naturalmente, es rigurosamente imposible que las cosas hayan sucedido así. Esta historia edificante no es sino un mito, uno de los numerosos mitos engendrados por la humanidad en su lento caminar hacia el Conocimiento. Pero entonces, ¿qué respuesta dar al enigma?

El lenguaje, vuelta a la actualidad

No hace tanto, el estudio del lenguaje era todavía dominio reservado de unos pocos especialistas, los lingüistas, la mayoría de cuyos trabajos no encontraban sino una indiferencia educada. Pero, de pronto, todo ha cambiado. El lenguaje está hoy en el centro de las preocupaciones de los psicólogos, los sociólogos, los psicoanalistas, los matemáticos, los ingenieros y hasta los publicistas, que piden a los lingüistas recetas para vender mejor la crema de afeitar o la sopa en sobre.

Otorrinolaringólogo, Alfred Tomatis se ha apasionado él mismo por estos problemas. En cierta medida, hasta ha devuelto actualidad, debería decir virginidad, a la vieja cuestión del origen del lenguaje, de la que finalmente nos habíamos apartado, al no encontrar para ella respuesta satisfactoria. Pero la plantea a su manera, a un nivel deliberadamente modesto.

Ya no se trata de determinar en qué circunstancias un ser humano accedió por primera vez al estadio de la palabra, sino únicamente de preguntarse dos cosas:

  • Primero: ¿cómo logra el hombre producir sonidos articulados?

  • Segundo: ¿por qué siente la necesidad de producirlos?

El «cómo»: no hay órgano específico del lenguaje

La primera de estas interrogantes sorprenderá a los ingenuos por su ingenuidad. ¿No sabe Tomatis, como cualquiera, que podemos hablar porque nuestro cuerpo está dotado de un aparato expresamente destinado a cumplir esta función? Pues no, no lo sabe. O más bien, no quiere saberlo. Y hace bien, porque no es cierto.

No es para nada del lado de la fisiología por donde hay que buscar la solución. «¡Nada es menos fisiológico que hablar!» afirma. Y se explica: «Sin duda es ahí un fenómeno humano, pero no por ello existe un órgano fisiológicamente preconcebido a tal efecto. Nada, en verdad, en el catálogo de nuestros accesorios, está realmente destinado a este uso. Se nos ha dotado, ciertamente, de un aparato digestivo; se nos ha dotado también de un aparato respiratorio, pero nada se nos ha entregado especialmente para el lenguaje, el lenguaje oral entiéndase. ¡Qué disposición sabia, qué combinación inverosímil ha sido necesaria, pues, para alcanzar este fin! Un primer conjunto hecho de una parte del aparato digestivo: los labios, la boca, el velo del paladar, la lengua, los dientes; y un segundo, vinculado al aparato respiratorio: la laringe, las fosas nasales, el pulmón, el diafragma, la caja torácica, se han reunido con fines acústicos.»

De hecho, para ponerse al servicio de la palabra, la laringe se desvió de su función primera. Se liberó. Y esta liberación coincidió con la del oído, inicialmente destinado a localizar los sonidos, pero que se puso a analizar.

La coincidencia no debe sorprender en exceso: oído y laringe viven en una verdadera «intimidad orgánica», como enseña cualquier manual de anatomía. En consecuencia, audición y fonación se condicionan recíprocamente: el hombre habla en la medida en que oye, y oye preferentemente los sonidos hablados.

De ahí las fórmulas aparentemente paradójicas de nuestro investigador: «Se habla con el oído», o también: «Es el sonido el que fabrica el oído».

El «porqué»: un deseo de comunicar

He aquí, pues, resuelto el problema del cómo. Queda el porqué. No basta, en efecto, con mostrar que el ser humano puede hablar. Desde un punto de vista puramente fisiológico, también el mono puede hablar. ¡Lo cierto es, sin embargo, que no habla!

Los mayores esfuerzos desplegados en ese sentido en los Estados Unidos no han logrado hacer pronunciar a un chimpancé más de cinco palabras simples, todas en relación con sus necesidades elementales.

Lo que cuenta, pues, no es el poder, sino el querer. En el origen del lenguaje, deberíamos encontrar un deseo. ¿De qué clase? Para Tomatis, no hay que dudar: un deseo de comunicar con otro.

Rechazando todas las fábulas sobre la génesis del lenguaje, se detiene deliberadamente en esta hipótesis: «Tal vez baste, para nosotros, con pensar que el linaje de los homínidos fue, gracias a una coyuntura excepcional, dotado de una inteligencia lo suficientemente afilada para explotar el lenguaje con un fin de vida en común familiar o social, en el deseo de comunicar, en la necesidad de enriquecer a los demás con las propias impresiones y de acumular las informaciones recogidas por otros.»

Lo que mejor caracteriza al lenguaje, en efecto, es que distingue a los hombres de los demás animales, pero acerca a los hombres entre sí.

El deseo viene de lejos — la vida uterina

Alfred Tomatis no tiene nada de dogmático. No podía pues contentarse con afirmar. Pacientemente, ha profundizado en esta primera idea, lo bastante fiable para servir de base a investigaciones más precisas. Y antes que nada, se preguntó: este deseo de comunicar, esta necesidad de mantener un contacto permanente con los demás, ¿de dónde viene?

Lo que comprendió en seguida es que venía de lejos. Probablemente se elaboraba ya desde la vida uterina. Al comienzo, esto no era sino una intuición. Pero, poco a poco, Alfred Tomatis iba a reunir los elementos que le permitirían apuntalarla, y luego verificarla.

Negus y las aves canoras; Lorenz y los ánades

«En una obra de mil páginas —cuenta— di un día con una frase que parecía aportar una confirmación a mi tesis. Negus, un autor inglés, había observado que si huevos de aves canoras eran incubados por aves no canoras, las aves de esa nidada no cantaban. Más aún, si los huevos los incuban aves que cantan, pero de otro modo, los pequeños corren grandes riesgos, al nacer, de “equivocarse” de canto.»

Podía pensarse, pues, que un condicionamiento audio-vocal era posible ya en el estadio del huevo. Es lo que verificaron posteriormente los experimentos de Konrad Lorenz. Habló a los huevos y constató después que los ánades nacidos de esos huevos volvían la cabeza hacia él y se precipitaban a su lado en cuanto pronunciaba una palabra, como si algún lazo secreto e indefectible se estrechara cada vez que había comunicación por el lenguaje.

«Las mariposas son irresistiblemente atraídas por la luz: a esto se le llama un “tropismo”. Pues bien, en el caso de los ánades había un verdadero fenómeno de tropismo provocado por la voz de Lorenz. ¿Por qué no encontraríamos algo semejante en el género humano?»

El «signo del nombre» de André Thomas

Esta vez es un especialista en lactantes, André Thomas, quien le prueba que está en el buen camino. «Se trata —prosigue el Profesor— de la famosa experiencia del “signo del nombre”. Antes de que el niño tenga diez días, se le sienta, por ejemplo, sobre una mesa, y se pronuncia su nombre. No reacciona mientras no sea su madre la que hable, pero cuando ésta se pone a pronunciar su nombre, el lactante dirige su cuerpo hacia ella y cae de su lado. Se trata aquí, asegura André Thomas, de un hecho que puede constatarse de manera permanente. Manifiestamente, nos hallamos de nuevo ante un tropismo.»

Cierto, y la comparación con el precedente se impone. Lorenz había hablado a los huevos: los ánades reaccionan al sonido de la voz. Si el niño pequeño reacciona al sonido de la voz de su madre, es probablemente porque ella le ha hablado cuando aún no era sino un embrión de hombre. No significa esto necesariamente que se haya dirigido directamente al feto, como a un interlocutor, sino simplemente que éste se encuentra en estrecha relación con la voz materna, por el hecho mismo de su localización.

La madre y el niño in utero

«La madre —observa Alfred Tomatis— hace a su hijo, le da un nido en sí misma, lo alimenta, lo prepara para la vida con un diálogo, hecho de todos los contactos que puede tener con él; la comunicación sonora es el principal. La madre se revela al feto por todos sus ruidos orgánicos, viscerales y sobre todo por su voz. El niño extrae toda la sustancia afectiva de esa voz que habla… Está embebido en ella, impregnado, e integra así el soporte de su lengua materna.»

He aquí, pues, la primera comunicación audio-vocal. Una comunicación en la que el embrión, cuando todo va bien, extrae un sentimiento de seguridad gracias al cual puede desarrollarse armoniosamente.

Desde entonces, era tentador pensar que el deseo de comunicar no era sino el deseo de no romper, o eventualmente de retomar, una relación (entre otras, acústica) tan satisfactoria con el otro.

Una voz esperada como el biberón

El feto oye. He aquí un hecho adquirido. Pero esto no significa que oiga de la misma manera que nosotros, los adultos. Al contrario, parece que hay toda una evolución de la función auditiva.

Del nacimiento a la madurez, por ejemplo, la «apertura» del oído es progresiva. Por otra parte, el parto mismo introduce una modificación fundamental en la escucha, porque el oído, adaptado al medio líquido de la vida intrauterina, debe bruscamente acomodarse a un medio aéreo.

«Antes del nacimiento —señala el Dr Tomatis— las tres partes del oído — externo, medio e interno — están pues acústicamente adaptadas a las mismas frecuencias, que son prácticamente las del agua y que se sitúan en gran parte por encima de los 8 000 hercios. En el momento del nacimiento, asistimos a un verdadero parto sónico. Los dos primeros pisos del oído del lactante, el oído externo y el oído medio, van a tener que adaptarse a las impedancias del aire circundante, mientras que el tercer piso, que es el oído interno, conserva su medio líquido…»

«Los primeros días tras el nacimiento dejan, sin embargo, al niño en un estado de transición en el plano de la vida sónica. En efecto, el oído medio, y en particular la trompa de Eustaquio, conserva durante diez días líquido amniótico, de suerte que los dos pisos — oído medio y oído interno — permanecen acordados a las mismas frecuencias, las del medio líquido…»

«Después del décimo día, todo se apaga, me atrevería a decir. Comienza el gran período de sombra sonora. La trompa de Eustaquio se vacía de su sustancia líquida, el lactante pierde su percepción de los agudos, ya casi no oye. Tendrá que, durante semanas, en el curso de un largo aprendizaje, tratar de aumentar el poder de acomodación de su oído, para recuperar poco a poco, a través del aire circundante, el contacto que tenía antaño con esa voz que lo arrullaba en el fondo de su universo uterino. Progresivamente, en torno a un eje situado entre los 300 y los 800 hercios, el diafragma auditivo se abrirá al mundo sonoro…»

«El niño recobrará así poco a poco una tensión timpánica que le permitirá revivir una percepción que ha conocido durante toda su vida sonora fetal… El lactante recobra la voz que tan largamente le había acompañado en lo más profundo de su noche uterina. Está transformada, sin duda, pero reconoce sus inflexiones, su ritmo, y sabrá desde entonces abrir su escucha a este nuevo modo de comunicación para buscar en él el nirvana tan recientemente abandonado.»

«Este alimento vocal es tan necesario a nuestra estructuración humana como la toma que absorbemos… Esta voz que esperamos tan impacientemente como el biberón, rápidamente asociada al rostro materno, producirá en nosotros respuestas, pequeños gritos de alegría o de tristeza.»

Reproducir experimentalmente la escucha intrauterina

Alfred Tomatis ha podido determinar las distintas bandas pasantes correspondientes a las diversas etapas de este desarrollo. Ha podido también reproducir experimentalmente la escucha intrauterina gracias a un aparato de su fabricación. Coloca en el agua un altavoz rodeado de una membrana de caucho, inyecta música o palabra mediante un magnetófono y graba estos mensajes sonoros gracias a un micrófono también dispuesto en el agua.

Los resultados son apasionantes. Hace montajes con ellos en el laboratorio. Habla de ellos a su alrededor. Los psicoanalistas comienzan a aguzar el oído… Este dispositivo somero va a revelarse dotado de extraños poderes…

La niña de nueve años que revive su nacimiento

Como sucede a menudo en los grandes investigadores, los descubrimientos más fecundos parecen depender de acontecimientos fortuitos. Pero no hay que fiarse demasiado: como por casualidad, ¡la casualidad llama siempre a las mismas puertas!

«Un día —recuerda A. Tomatis— estaba haciendo una demostración de lo que se obtenía con este aparato a uno de mis pacientes, que estaba allí. Quería que me dijera qué pensaba. Pero sin prestarle más atención. Desencadené las condiciones de lo que después debía llamar el “parto sónico” — es decir, el paso de la audición en medio acuático a la audición en medio aéreo. Y he aquí que oímos una voz infantil. Era la hija de mi paciente, sentada en un rincón de la habitación, a la que ya no le prestábamos atención desde hacía un rato. Comienza a tener una especie de ensoñación absolutamente extraordinaria. “Estoy en un túnel, y veo dos ángeles al fondo — dos ángeles vestidos de blanco”.»

«Nos miramos, su padre y yo. Pensé de pronto que estaba visualizando su propio nacimiento, como si se encontrara en la vía uterina y viera al otro lado al médico y a la comadrona con sus batas blancas. Tras unos minutos que nos parecieron medio siglo, la niña nos declara: “Ahora veo a mamá.” Ya no había duda posible. En el padre, la angustia subía a ojos vistas. “¿Y cómo la ves, a mamá?” exclamó. “¡Así!” respondió la pequeña adoptando la postura ginecológica. En ese momento, la cinta se detuvo… En aquella época, la niña tenía nueve años. Todo lo que nos había dicho era imposible que lo hubiera inventado.»

¿Cómo explicar esta escena, digna de una película fantástica? Había que admitir que existía una relación estrecha entre el parto sónico y el parto sin más, si éste tenía el poder de hacer revivir aquél a ciertos sujetos.

Se constataba, por otra parte, que se podían, mediante simples informaciones acústicas, inducir reacciones psicológicas en profundidad sumamente intensas. Desde entonces, ¿no podía imaginarse controlarlas a fin de provocar deliberadamente ciertos efectos sobre el psiquismo? ¿No podía esperarse servirse de ellas para aliviar ciertos trastornos de orden psicopatológico? El campo que se abría a la exploración era inmenso. Alfred Tomatis, investigador en el alma, no podía resistir mucho tiempo a un llamado semejante.


Lugar de esta entrevista en la serie

Esta entrevista es la tercera de una serie de quince publicada mensualmente por Alain Gerber en la revista SON Magazine de septiembre de 1972 a diciembre de 1977. Para el sumario completo y el acceso a las demás entrevistas, véase el artículo-madre de la serie.

Fuente: Alain Gerber, «L’écoute intra-utérine — Alfred A. Tomatis: Comment l’enfant naît aux sons», SON Magazine n.º 32, París, noviembre de 1972. Digitalización: Christophe Besson, junio de 2010.