«El origen del lenguaje, la necesidad de comunicar»
«El origen del lenguaje, la necesidad de comunicar» — La voz materna (SON Magazine n.º33, diciembre de 1972)
Cuarta entrevista de la serie Alain Gerber × Alfred Tomatis en SON Magazine. En el n.º 33, diciembre de 1972, Tomatis profundiza en el papel de la voz materna y en el origen psicológico del lenguaje. A partir de una demostración sobrecogedora con un esquizofrénico de catorce años «que no ha nacido» (relato completo de la sesión de parto sónico), expone la nostalgia del útero como motor del deseo de comunicar, el aire ambiente como «instrumento del lenguaje» y «cordón umbilical» prolongado, y demuestra que las primeras palabras «mama» y «papa» aparecen primero mecánicamente por el juego de los labios y del velo del paladar — mucho antes de designar a los padres. El texto concluye sobre el balbuceo que precede a la tartamudez y el papel del deseo de comunicar con el padre (etapa social del lenguaje), con anuncios de las aplicaciones clínicas (dislexia, tartamudez) que serán objeto del número siguiente.
Revista «SON» — n.º 33 — Diciembre de 1972
La voz materna
Alfred A. TOMATIS: «EL ORIGEN DEL LENGUAJE, LA NECESIDAD DE COMUNICAR»
Entrevista recogida por Alain Gerber
Presentación
Las dos primeras palabras de nuestro vocabulario son ciertamente «mama» y «papa», pero no designan primitivamente a la mamá ni al papá. Aparecen de manera muy mecánica y representan la primera cadena verbal. En esta nueva entrega, el Profesor Tomatis prosigue su estudio dedicado al aprendizaje de los sonidos por el niño.
El parto sónico: un descubrimiento fortuito
Como vimos en nuestro número anterior, el Profesor Tomatis hizo un día, de manera fortuita, un descubrimiento que iba a revelarse sumamente fecundo. Se percató de que, al hacer pasar a un sujeto de las condiciones de audición en medio acuático (que es la del feto bañado en el líquido amniótico) a las condiciones de la audición en medio aéreo (nuestro medio natural), se realizaba un verdadero «parto por el sonido». El sujeto, por ejemplo, podía revivir su llegada al mundo, regresar a etapas anteriores de su desarrollo. Se registraban reacciones psicológicas profundas.
Esta primera experiencia abría la puerta a investigaciones sumamente novedosas. Cabía razonablemente preguntarse si, al domesticar esta técnica aún salvaje, no se lograría controlar las reacciones obtenidas, lo que permitiría utilizarlas con fines curativos.
Alfred Tomatis, no hay que olvidarlo, es un hombre para quien curar es la primera preocupación. Investigador apasionado, roturador de tierras vírgenes, nunca olvida que es médico. Cuando hizo las constataciones que se acaban de evocar, entrevió de inmediato las posibilidades que a partir de allí se ofrecían en el dominio de la psicología, la psiquiatría y el psicoanálisis. Como no era especialista en estas cuestiones, se guardó muy bien de jugar al aprendiz de brujo y se contentó con exponer lo que había visto a orfebres en la materia.
El niño esquizofrénico «que no ha nacido»
Estas observaciones, por supuesto, no podían sino suscitar el interés de los psicoanalistas, especialmente curiosos sobre las relaciones madre-hijo, la génesis de la afectividad, la vida psicológica anterior al nacimiento, etc. Intrigada, seducida, una representante de esta corporación (generalmente recelosa hacia las ideas que no nacen en su seno) acabó por visitarlo, acompañada de uno de sus pacientes.
«Se trataba —relata el Profesor— de un niño pasmoso: un gran muñecón de catorce años que parecía rechazar a su madre como si fueran dos electroimanes de la misma polaridad. Tenía una mímica: parecía estar succionando algo sin parar… Nunca había visto un caso de este tipo; la psicoanalista me informó que se trataba de un esquizofrénico. Le pedí mayores explicaciones y tuvo esta fórmula: “Es un niño que no ha nacido”. Ahora comprendía por qué venía a verme.»
«Quince días más tarde, habiendo grabado la voz de la madre y puesto a punto mi sistema, reúno a todo el mundo en mi laboratorio. Me coloco cerca de la puerta. La madre se instala a mi izquierda con la psicoanalista. El niño, por su parte, estaba algo angustiado porque la habitación era muy pequeña y garabateaba por todas partes con una tiza que había encontrado. De pronto, hice salir el sonido. No quería realizar aún el parto sónico, sino sencillamente hacerle oír sonidos filtrados, semejantes a las impresiones acústicas que el feto puede tener en medio uterino.»
«El niño se detuvo bruscamente de garabatear. Se precipitó hacia mí a toda velocidad para apagar la luz. Ya sólo veíamos una sombra deambular a la débil claridad de los pilotos de los aparatos. Se precipitó hacia su madre, se instaló en sus rodillas, puso alrededor de sí los brazos de esa mujer y empezó a chuparse el pulgar. Puede decirse que se había vuelto a colocar en el vientre de su madre. Era tanto más sorprendente cuanto que, desde hacía una decena de años, vivía junto a ella como si ya no la conociera. Terminada la cinta, se levantó, encendió la luz y la sesión terminó así.»
«Ocho días más tarde nos damos cita, esta vez para practicar el parto sónico propiamente dicho. Al regresar, la madre me señala que las relaciones entre ella y su hijo habían mejorado considerablemente. El niño se le había acercado; habían ocurrido una serie de cosas a las que ella no estaba habituada. Comenzamos la segunda sesión. Mismo escenario: el niño apaga la luz y va a colocarse contra la madre en una postura intrauterina. Desde los primeros segundos del parto sónico, se pone a balbucear: aquello tenía sin duda un sentido, pero por desgracia no estábamos en condiciones de captarlo. Al final, vuelve a encender la luz, regresa hacia su madre y le abrocha todos los botones. Esa conducta era simbólica. Era un poco como si hubiera cerrado tras de sí una habitación que habría decidido abandonar para siempre. Por lo demás, la psicoanalista no se equivocó. “Vea —me dijo— ¡acaba de nacer! Nunca habría pensado que pudiera ir tan rápido…"»
De hecho, había ido incluso un poco demasiado rápido. Tomatis lo reconoce de buen grado, pues no tiene el necio orgullo de defender sus errores. Practicado tan abruptamente, el parto acústico expone al sujeto a graves peligros: el esquizofrénico en cuestión intentó incluso quitarse la vida. Pero este «fracaso» fue rico en enseñanza. La psicoanalista juzgó preferible no proseguir.
El Profesor, por su parte, sólo pensó en encontrar un método que procurara todos los beneficios de sus primeras experiencias sin acarrear ninguno de sus inconvenientes. «Para comprender mejor lo que ocurría, fui cada vez más despacio. Hoy utilizo mi sistema con la colaboración de otros psicoanalistas, pero tomo enormes precauciones. Al controlar perfectamente las distintas etapas del proceso, he logrado volverlo inofensivo y apto para aliviar a los pacientes sin efectos secundarios alarmantes.»
Todos somos nostálgicos del útero
Tales fueron las consecuencias prácticas de las tentativas que, en origen, sólo se habían emprendido por curiosidad, «para ver qué iba a ocurrir». Hubo también consecuencias teóricas, y muy importantes.
Analizando las reacciones que provocaba al imponer la audición en medio líquido, y luego al realizar el parto sónico, Alfred Tomatis comprendió en qué consistía exactamente esa necesidad de comunicar en la que él ve el origen del lenguaje. Según él, se trata para el individuo de conservar o de recuperar, si la ha perdido, la relación que mantenía con el medio materno antes del nacimiento.
Todos somos nostálgicos del útero. Nuestra entrada en el mundo se hace con un grito de desamparo que, según Tomatis, atestigua tal vez «nuestro desconcierto ante el llamado de ese paraíso perdido que es el vientre de la madre». Sin duda, el contacto del embrión con esta última es más físico que psicológico, pero el lenguaje también — que busca reeditar simbólicamente ese contacto — tiene una dimensión física. La palabra, que provoca vibraciones del aire circundante, es una suerte de miembro mediante el cual buscamos «tocar» a nuestro interlocutor. Pues para nuestro investigador, en efecto, «el instrumento que utilizamos para hablar no es, a decir verdad, tal como se cree de buen grado, nuestra lengua, nuestra boca, nuestra laringe, sino el aire que nos rodea».
Hablar es impedir la solución de continuidad entre nosotros y el mundo exterior, entre nosotros y los demás. Es mantener un lazo con lo que no es nosotros: mantener, en cierta medida, un cordón umbilical. Pues el primer diálogo, subraya Alfred Tomatis, es un «diálogo de carnes». En la base del deseo de comunicar se encuentra un deseo de estar carnalmente en contacto con el otro — ese primer otro: la madre. Todo ocurre como si el feto hubiera tenido conciencia de una soldadura de su ser con el entorno, entonces limitado a las paredes uterinas, pero que, tras el nacimiento, no cesará de ampliarse. «Haber nacido —dice Tomatis— es tomar conciencia de que el útero ha estallado en dimensiones colosales para ser el universo. Nunca se deja a la madre: se le dan al medio materno otras dimensiones. Las paredes uterinas se irán agrandando hasta la cuna, luego hasta la habitación, luego hasta la familia, hasta la patria, hasta el cosmos, etc.»
Cuando la relación prenatal ha sido decepcionante
Sin embargo, ciertos seres que viven entre nosotros son a imagen del esquizofrénico del que hablábamos arriba: «no han nacido». ¿Qué significa esta extraña expresión? Precisamente que estos individuos no están habitados por ningún deseo de comunicar con el entorno. Es como si no experimentaran esa nostalgia del útero de la que hablábamos y que parece caracterizar a todos los «verdaderos» nacidos. Para que no la experimenten, hace falta que la relación prenatal con ese útero haya sido bien decepcionante: es también lo que ha constatado Tomatis.
Imaginemos una madre que no desea profundamente a su hijo. Sería erróneo creer que éste, de una u otra manera, no será sensible a ese rechazo, y ello desde antes mismo de su nacimiento. Por el contrario, registrará esta hostilidad más o menos abierta. En los limbos de su conciencia se encontrará la marca no de una soldadura, sino de un corte con el mundo exterior.
Un niño así no tendrá, una vez nacido, paraíso perdido por reconquistar. La comunicación con el otro se hará pues mal, o incluso no se hará en absoluto. Pues, claro está, toda anomalía en la estructura de las relaciones entre el niño y su madre, luego entre el niño y el exterior, repercutirá en el lenguaje. La ausencia del deseo de hablar se encuentra singularmente entre los esquizofrénicos. Hay un «caminar sónico ideal» que debe seguir un pequeño ser para alcanzar la madurez. Por desgracia, lo ideal, en este dominio como en muchos otros, no tiene existencia concreta. Siempre hay un accidente cualquiera para desviar la bella trayectoria.
Del balbuceo al beggen
Este accidente puede ser benigno y corregirse de algún modo por sí solo. Pero también ocurre que presente un carácter de gravedad suficiente para que la elaboración del lenguaje se vea profundamente perturbada. Pues el lenguaje también evoluciona según un recorrido bien definido (que el sujeto rehace enteramente cuando se somete al parto sónico).
Así, las primeras palabras se pronuncian especialmente a la madre, en un diálogo que prosigue el que había sido entablado, de carne a carne, antes del nacimiento. Privado primero de la palabra, el niño se convierte pronto en «ese parlanchín» que la palabra «balbuceo» quiere designar a través de su etimología neerlandesa «beggen». Y Alfred Tomatis prosigue: «De los pocos “a reu… a reu…” que sabe modular para la madre y sólo para ella, y que ya son ricos en sentido para con ella, el niño se aventura, intrépido, a la elaboración de palabras complejas tales como mama… papa… pipi… popo… nono… Este glosario no es sin duda, al principio, más que un simple juego de sonidos en el que el adulto se aplica a buscar de entrada una significación.»
El padre, etapa social del lenguaje
Ésta vendrá más tarde y el padre deberá esperar mucho tiempo antes de verse realmente designado por el vocablo «papa» del que está tan orgulloso. «El deseo de comunicar con el padre, en efecto, marca el inicio de una nueva etapa de estructuración del lenguaje: ¡la etapa social!» Esto en la medida en que el padre, como afirma el psicoanálisis contemporáneo, es, para el niño que lo encuentra mucho después que a la madre, ya un extranjero, «constelación cercana y lejana a la vez, abrumadora y ardiente». Tomatis ha verificado pues científicamente la intuición común: las dos primeras palabras de nuestro vocabulario son ciertamente «mama» y «papa».
«Mama» y «papa»: una génesis mecánica
Pero desactiva inmediatamente todos los mitos que se habían edificado sobre ello: estos dos términos no designan primitivamente a la mamá ni al papá. Aparecen, por el contrario, de manera muy mecánica. El grito original «parte con nuestro aliento, se le superpone y se identifica con él. Nace cuando la boca quiere abrirse y se modula sobre los automatismos fisiológicos. En efecto, al abrirse la boca, la lengua y el velo del paladar se alejan simultáneamente para reaproximarse uno a otro cuando la boca se cierra. El sonido que entonces se crea se encuentra entrecortado, pero no interrumpido, mientras el primer “ma-ma-ma-ma…” se eleva en el espacio».
Muchos padres se sentirán decepcionados por esta explicación, pero Alfred Tomatis les dice que se equivocan: «Esta manera muy mecánica de entrever la génesis del lenguaje romperá verosímilmente el encanto en el corazón de muchos padres, suspendidos a las primeras palabras a las que quieren rodear de significación, de identificación. Sin embargo, no le quita nada, creemos, a la belleza de la estructuración trascendente del lenguaje humano.»
«Decir sólo “ma — ma — ma — ma”, darse cuenta de que muy rápidamente esta primera cadena verbal sabe por sí sola, en cuanto se manifiesta, hacer aparecer tanta alegría y tantas sonrisas en ese rostro que evoluciona en la esfera de la mirada — comprender que esta primera modulación acústica sirve de llamada, de campanilla — es ya, para el hombre, un aprendizaje de humano, haber captado todo lo que comporta la función hablada — es decir, el uso que podrá hacer de ella. Es la toma de conciencia del gesto vocal y de su valor informativo. Allí, una vez más, el hombre accede a lo humano. Del aliento, sabe hacer nacer el lenguaje…»
En el punto de partida, pues, el aliento mismo de la vida. El aliento, más un gesto de succión de los labios que es «lo más animal en la línea de nuestros movimientos automáticos». A partir de allí todo se construirá. «No hay —escribe Alfred Tomatis— más que la primera palabra que cuente. Lo demás no es sino un juego — un juego de construcción acústica. Que los labios se tensen y cesen el gesto de succión, y “pa-pa-pa-pa” sucede a “ma-ma-ma-ma…"»
Dos palabras ya, y el mundo verbal está construido. La palabra, más exactamente la cadena hablada «ma-ma-ma-ma» y «pa-pa-pa-pa…» ha cobrado un sentido, y este sentido es prácticamente universal. La madre será designada, en muchos puntos del globo, de la misma manera. Ese «ma-ma», tan asociado al gesto de la succión, designará pronto a ese ser al que se mama; «pa-pa» se dirigirá naturalmente al otro. En adelante, el aprendizaje será difícil durante semanas. Habrá que hablar, y hablar solo. Habrá que ejercitarse sin cesar. Así, en cuanto se despierte en nosotros un llamado profundo, sabremos balbucear con amplitud y soltura, sin cansancio, siempre que nada venga a turbar en ningún momento esta preocupación.
Los peligros del desarrollo
En efecto, «la menor molestia susceptible de entorpecer esta fase esencial compromete a menudo de manera catastrófica la elaboración del más humano de nuestros gestos. Una enfermedad que nos importuna y nos preocupa nos obliga a no tener ya gusto por jugar con nuestro sonajero verbal. Una pena, una inquietud aparece, y ya somos vulnerables. Bloquearán pronto nuestro florecimiento. Si las llamadas, los signos verbales, los que ya sabemos dirigir, bien torpemente es cierto, pero de los que tenemos sin embargo el uso, quedan sin respuesta, si la madre está ausente, cada gesto vocal pierde entonces su significación y el juego de construcción carecerá pronto de atractivo. Evocará tal vez un recuerdo doloroso, el de una presencia que ya no se ve, el del llamado de una voz que ya no viene a oírse. Cuántas precauciones deben rodear al lactante en este estadio para que no corra el riesgo, en el torbellino creciente de la vida actual, de comprometer las adquisiciones que le son indispensables en la progresión de su lenguaje».
Del disléxico a la tartamudez crónica
Pero es en cada etapa del desarrollo donde acechan peligros. El disléxico, por ejemplo — que, sea cual sea su inteligencia, experimenta grandes dificultades de lectura en la escuela — es típicamente un sujeto que no pudo beneficiarse de ese caminar sónico ideal del que evocábamos las grandes líneas en nuestro número anterior.
Para Tomatis, en efecto, este trastorno sobreviene, ya no cuando la comunicación con la madre ha resultado deficiente, sino cuando el encuentro con el padre (y, por tanto, con el lenguaje social) ha sido difícil. El especialista puede también recibir en consulta niños cuyo lenguaje se ha fijado en un punto de su evolución: «queda mal elaborado y no desemboca en una estructura lingüística normal». Es lo que ocurre con ciertos tartamudos que no han tenido, a nivel inconsciente en particular, relaciones normales con su padre. En ese caso, explica el Profesor, el lenguaje «queda fijado al estadio del que se creó para la madre y, del balbuceo, primer canto elaborado para ella, nace la tartamudez, forma crónica de esa etapa anterior de la comunicación».
Muy oportunamente, el método elaborado por Alfred Tomatis permite reparar los daños, a menudo muy importantes, causados por tales accidentes de recorrido. La experiencia práctica había desencadenado las extrapolaciones teóricas, pero éstas, a su vez, iban a engendrar aplicaciones prácticas. Así se puso a punto, con la ayuda del Oído Electrónico, un tratamiento original al que se deben resultados impresionantes. Tendremos ocasión, el mes próximo, de penetrar su secreto.
Lugar de esta entrevista en la serie
Esta entrevista es la cuarta de una serie de quince publicada mensualmente por Alain Gerber en la revista SON Magazine de septiembre de 1972 a diciembre de 1977. Para el sumario completo y el acceso a las demás entrevistas, véase el artículo-madre de la serie.
Fuente: Alain Gerber, «La voix maternelle — Alfred A. Tomatis: L’origine du langage, le besoin de communiquer», SON Magazine n.º 33, París, diciembre de 1972. Digitalización: Christophe Besson, junio de 2010.