«El ruido nos es necesario» (SON Magazine n.º38, mayo de 1973)
Novena entrevista de la serie Alain Gerber × Alfred Tomatis en SON Magazine. En el n.º 38, mayo de 1973, Tomatis defiende una tesis paradójica: «el ruido nos es necesario». Cuatro horas y media de estimulación sonora al día son indispensables para el tono cortical; en cámara sorda, se cae rápidamente en la ansiedad y luego en la locura. Tomatis muestra que ciertas sorderas no son lesiones sino corazas musculares de autodefensa que se atrofian espontáneamente cuando se abandonan los talleres (caso observado en los Arsenales), expone el escotoma electivo a 2 000 Hz de un empleado de EDF que «no oía» su alternador infernal, e identifica al depresivo como el arquetipo del que se cierra frenéticamente a los sonidos por proyección psíquica: cuanto más se cierra, más se queja del ruido.
Revista «SON» — n.º 38 — Mayo de 1973
El ruido nos es necesario
Alfred A. TOMATIS
Entrevista recogida por Alain Gerber
Presentación
Se ha vuelto banal constatar que el ciudadano moderno está agredido por el ruido, banal también recordar que estas agresiones, por su frecuencia y su intensidad, pueden determinar lesiones muy diversas y a veces muy graves. Los periodistas han tirado sin miramientos de la campana de alarma, lo cual está muy bien. Pero hay que saber también que el mal no carece de remedio y que existen paradas a estos ataques repetidos del medio.
Lesiones a veces reversibles
«Se dice generalmente —explica el Profesor Alfred Tomatis— que las lesiones son irremediables, irreversibles. He aquí un juicio que conviene quizá matizar. Sin duda, es absolutamente imposible reconstruir el nervio auditivo si ha sido destruido: aún no se sabe fabricar los elementos del sistema nervioso.»
«Sin embargo, noté una cosa cuando trabajaba en los Arsenales. Por diversas razones, habíamos tomado la costumbre de examinar a las personas cada seis meses. Algunas siguieron viniendo a verme así dos veces al año, incluso tras su jubilación. Fue una suerte extraordinaria para mí, pues me permitió constatar que ciertas personas afectadas por lesiones supuestamente irreversibles volvían a oír.»
«Inmediatamente conduje una investigación minuciosa para tratar de comprender este fenómeno. No descarté ninguna hipótesis. Me pregunté, por ejemplo, si no habían absorbido más vitaminas que otros o si no habían vivido con mayor higiene desde su jubilación. Bastante pronto me percaté de que la causa de esta mejora era la considerable disminución de la intensidad sonora ambiente de la que se habían beneficiado al abandonar los talleres.»
La sordera como parada muscular
«Esto significaba que su sordera no provenía de una lesión del sistema nervioso, sino de las defensas que la musculatura había espontáneamente elaborado para defender al organismo contra tales lesiones. Puede decirse pues que la sordera, efecto de una agresión sónica, no es necesariamente el daño causado por ésta, puede ser también su parada. Una parada que, en el instante, es igualmente desagradable para el individuo, pero que al menos lo preserva de un perjuicio irreversible.»
«En vez de que algo le sea quitado, es por el contrario algo que viene a sumarse a lo que tiene: a saber, un refuerzo muscular. Cuando esta coraza tisular cesa de recibir los embates del ruido, cesa de trabajar y acaba por atrofiarse: al instante, el sujeto vuelve a percibir los sonidos. Pues tal es la paradoja: basta con que ya no se defienda contra el ruido.»
El escotoma electivo del empleado de EDF
Un medio de defensa neurológico de este tipo presenta inconvenientes manifiestos, ya que durante todo el tiempo que el sujeto está expuesto a los decibelios, ¡el efecto del remedio y el efecto del mal se confunden! Existen, por fortuna, reacciones a las molestias sonoras mejor adaptadas al mantenimiento del equilibrio psicofisiológico del individuo.
«A petición de EDF —prosigue Alfred Tomatis— tuve que examinar a personas que trabajaban junto a alternadores. Al decir de un gran número de observadores, el ruido infernal de estos artefactos hacía imposible toda vida en su vecindad. Hice mediciones y, en efecto, ¡era insostenible! Algunos alternadores desarrollan fácilmente 120 decibelios e incluso más… Uno de ellos en particular tenía con qué espantar a un observador no advertido. Producía un ruido a 2 000 hercios que le daba a uno la impresión de que una aguja se le clavaba en el cráneo.»
«Ahora bien, cosa muy extraña, los dos obreros que allí se encontraban no parecían afectados por otra cosa; ¡incluso había uno que escribía su correspondencia tranquilamente! Quise por supuesto examinarlo y me percaté de que tenía un escotoma electivo (un “agujero” en su audición, en cierto modo) a los 2 000 hercios. Dicho de otro modo, oía todo perfectamente, ¡salvo el ruido del alternador! De ahí a formular la hipótesis de que era en el plano psicológico donde se había elaborado esta autodefensa particularmente adecuada, no había sino un paso, que se franqueó pronto. La continuación de los acontecimientos había de aportar a esta hipótesis las verificaciones más decisivas.»
«No hay peor sordo…»
Así, ser sordo no es sólo no poder oír, es también no querer oír (aunque esta voluntad no sea consciente). El viejo dicho «No hay peor sordo que el que no quiere oír…» encuentra por ello un renovado vigor de actualidad y de pertinencia.
«Nuestro psiquismo —recuerda Alfred Tomatis— sólo está informado de lo que le rodea acústicamente si lo desea; la puesta en funcionamiento de nuestro aparato auditivo sólo se desencadenará en ciertas condiciones psicológicas y las informaciones que penetren en el conducto auditivo serán seleccionadas a partir de criterios propios de cada cual.»
Más allá de las sorderas anatómicas
En tiempos en que la psicosomática no se tomaba en serio y la psicopatología estaba contenida entre los altos muros del «cuartel de los locos», la medicina apenas quería conocer sino sorderas anatómicas (tapón de cera, de hueso o de piel, forúnculo, osteítis necrosante benigna del conducto, bloqueo de la membrana timpánica, afectación de la cadena osicular, trastornos vinculados a intoxicaciones, etc.) o fisiológicas (sorderas de transmisión que agrupan las causas patológicas vinculadas al oído externo y medio y parcialmente al oído interno en su parte mecánica; sorderas de percepción que comprenden todas las afectaciones de la cóclea y del aparato integrador hasta el córtex inclusive).
Pero ya no puede negarse hoy la importancia del psiquismo y del papel que desempeña hasta en los dominios que parecen más ajenos a su influencia. Ya no es tiempo de poder comúnmente separar el cuerpo y el espíritu, lo físico y lo “moral”. Sabemos en lo sucesivo que nuestra carne está amasada de conciencia y que no hay conciencia que no esté encarnada. Desde entonces, apenas asombrará que, en quien no oye o oye mal, no sea necesariamente el sistema auditivo el que esté en causa, o al menos no el único en causa.
El origen prenatal de las sorderas psicológicas
En numerosas obras, Alfred Tomatis ha defendido la idea, central en su teoría, de que el edificio de la audición, como el del lenguaje, recuerda el deseo de comunicar que debe existir ya desde antes del nacimiento en un ser equilibrado.
Todo comienza, en efecto, en el vientre de la madre. Si esta última no responde al deseo de comunicar del embrión (por ejemplo, porque el niño no es profundamente deseado) «es —escribe el Profesor— una sordera la que corre el riesgo de elaborarse, con, como corolario, una ausencia de lenguaje. Si esta relación (entre madre y feto) es imprecisa, el aislamiento en el que se confina el niño revelará sobre su audición una ausencia de escucha del lenguaje, una verdadera desafección del poder de escuchar.»
«Las consecuencias son graves, ya que toda comunicación con el otro se verá falseada y las informaciones, transmitidas al niño dotado de semejante manera de oír, se encontrarán fuertemente distorsionadas. (…) Otra respuesta psicológica del oído consiste en usar su poder selectivo en la escucha y, así como a voluntad se sabe truncar tal o cual instrumento de una orquesta en la audición de una partitura, así el niño sabe desconectar su escucha de tal o cual voz que decide ya no oír más. Se observan entonces ciertas zonas de su audición, de su campo auditivo, en las que ya no sabe oír y para las cuales ya no puede beneficiarse de los impulsos necesarios para suscitar en él el deseo de escuchar.»
«Así se crearán escotomizaciones para con ciertas voces, ciertos lenguajes. Es evidente que tales cortes, aun cuando liberan al niño durante un tiempo, no carecen de peligro, pues introducen un trastorno de la relación — y por ende de la comunicación. Si el deseo de escucha se desafila, ni que decir tiene que la información ya no encuentra su soporte.»
Sorderas psicológicas y dificultades escolares
Las sorderas psicológicas son considerables en número. Según Alfred A. Tomatis, están en el origen de la mayoría de las dificultades escolares de lectura y de ortografía. Una reeducación es posible, particularmente gracias al Oído Electrónico, a condición no obstante de que se haya sabido detectar estas deficiencias, que a veces se desarrollan sin que lo sepa no sólo el sujeto, sino su entorno. Pueden detectarse esencialmente por el pedagogo, a partir de las dificultades que experimentan en gramática, ortografía y lectura niños cuyo nivel intelectual es por lo demás muy satisfactorio.
Sin embargo, observa aún el Profesor, «el niño no es el único en poder desconectar su escucha y no pocos adultos lo logran igualmente. Abordamos allí un amplio problema que requeriría un estudio profundo: el de la somatización de nuestro rechazo a escuchar. Precisemos sin embargo que, en los adultos afectados de presbiacusia con la edad, las investigaciones audiométricas han revelado que perdían principalmente su selectividad auditiva. Un recondicionamiento idéntico al utilizado para la reeducación de los niños da a menudo resultados satisfactorios, siempre que el sujeto se someta a él durante tres o cuatro meses con motivación y asiduidad.»
Hipnosis y escotomas inducidos
Puesta en marcha de autodefensas: el espíritu se hace cargo de los asuntos del cuerpo. Somatización del rechazo a escuchar: el cuerpo se hace cargo de los asuntos del espíritu. Por uno y otro lado, el psiquismo está implicado. «Es tan cierto —comenta Alfred Tomatis— que en Canadá asistí a un experimento en el curso del cual se sugería bajo hipnosis a personas no oír ciertos ruidos. Experimento muy concluyente: al despertar, presentaban el escotoma sugerido. Cabe pues preguntarse si no sería posible llegar por el mismo medio al resultado inverso: inducir bajo hipnosis la supresión de un escotoma preexistente de origen psicológico.»
«Las tentativas de este tipo merecen más respeto y atención que el que generalmente se les concede. La sugestión hipnótica, muy en boga entre los psiquiatras de fines del siglo pasado, ya no está de moda. Pero muy grandes sabios han expresado la confianza que tenían en ella para regular ciertos problemas de orden psicosomático.»
El ruido, alimento del cerebro
Casi por todas partes se ha organizado la lucha contra el ruido. Se quiere preservarse de un azote que adopta cada día proporciones más inquietantes. A priori, no hay en ello sino algo muy loable. Y sin embargo, sería lamentable que esta necesaria contraofensiva tuviera «demasiado» éxito.
Para Alfred A. Tomatis, como para la mayoría de los que se han inclinado sobre esta cuestión, necesitamos el ruido.
«Es cierto —dice— que la máquina humana no está hecha para soportar 140 decibelios. Pero querer suprimir completamente el ruido es también hacer correr al hombre un peligro. El ruido es una necesidad. El oído es una dínamo energética que tiene necesidad de él. Lo necesita cuatro horas y media al día para permitir al cerebro tener su tono. Por supuesto, la dosis debe estar limitada: lo mismo ocurre con la alimentación, que corresponde igualmente a una necesidad y debe, sin embargo, mantenerse por debajo de cierto umbral cuantitativo, más allá del cual el organismo se vería lesionado.»
«Hay una verdadera psicosis del ruido que se está desarrollando. La gente acaba por pensar que todos sus males vienen de allí, olvidando que es gracias al ruido que tienen la suerte de tener un cerebro siempre en vela. Es incluso gracias al ruido que nuestra percepción auditiva puede afinarse.»
La cámara sorda y la locura
Por lo demás, se han intentado numerosísimos experimentos para conocer las reacciones de un individuo sumergido en un silencio absoluto. Todos conducen a las mismas conclusiones: privado de estimulaciones sensoriales, el sujeto experimenta un malestar que va creciendo, engendra pronto ansiedad y luego verdaderas angustias. Al término del proceso: la locura. Basta por lo demás con haber entrado en una cámara sorda para comprender el verdadero problema que plantea al organismo y al psiquismo humanos una existencia privada de ruidos.
El depresivo y el miedo al ruido
«Hay que señalar —subraya el Profesor— que la mayoría de las personas que tratan frenéticamente de cerrarse al ruido son depresivas. El depresivo va a vivir en habitaciones cada vez más silenciosas, luego va a ponerse tapones de protección en los oídos. Cuantos más se pone, más cansado se siente, más se deprime su oído, más se deshace su musculatura… ¡y más se queja del ruido!»
«Dicho de otro modo, más a menudo que el ruido, lo que hay que incriminar es el psiquismo del individuo que pretende ser víctima de él. Ocurre que, por diversas razones que son del orden del inconsciente, el depresivo es alguien que no “quiere” oír. Puede decirse que cada vez que “enciende” su cerebro mediante estímulos externos, ello desencadena en él proyecciones psíquicas de una tonalidad desagradable. Va pues a ponerse al abrigo de las sensaciones auditivas, sobre las que descarga toda la culpa de su angustia. Todo proviene de que ruidos y proyecciones utilizan los mismos circuitos, de suerte que, al manifestarse, los primeros pueden hacer surgir las segundas.»
Alucinaciones auditivas y umbrales diferenciados
«Siempre me ha sorprendido el hecho de que, si se hace oír un ruido a un sujeto víctima de alucinación auditiva, ello basta a menudo para desencadenar el proceso morboso. Si oye voces que le dicen obscenidades, por ejemplo, pues bien, la sensación auditiva de un ruido de campana a muy baja intensidad engendrará en él esa alucinación. Sin embargo, si se aumenta la intensidad sonora, llega un momento en que el sujeto es capaz de formar una percepción pertinente del estímulo. Dice lo que un hombre equilibrado habría dicho desde el primer segundo: “Oigo un sonido de campana".»
«La audición del alucinado auditivo presenta pues, sobre la misma curva, dos umbrales de naturaleza diferente. El primero es de orden psicoanalítico; el segundo es el que definen los psicofisiólogos, y que se ha desplazado hacia arriba. La solidaridad de hecho que une los ruidos a las proyecciones es sin duda la mejor explicación de un miedo al ruido que, en muchos casos, no tiene nada de racional.»
«El hombre está a la búsqueda de todo lo que pueda calmar su angustia. Los medios de defensa son tan diversos como poco apropiados: unos se drogan, otros invierten en la comida, otros se tapan los oídos… Cualquier cosa, con tal de que las proyecciones aborrecidas no vengan a sembrar la perturbación en la imaginería psíquica.»
Lugar de esta entrevista en la serie
Esta entrevista es la novena de una serie de quince. Para el sumario completo, véase el artículo-madre de la serie.
Fuente: Alain Gerber, «Le Bruit nous est nécessaire — Alfred A. Tomatis», SON Magazine n.º 38, París, mayo de 1973. Digitalización: Christophe Besson, junio de 2010.