Todo está a la escucha en este mundo, salvo el hombre. No es ésta una ocurrencia, sino el resultado de una madura reflexión, sostenida por una larga observación a lo largo de una vida profesional centrada en este problema.

¿Acaso no es eso, por lo demás, lo que el Libro de los Libros enseña desde el Génesis? ¿No está la creación entregada de entrada a la obediencia, cantando la gloria del Creador? Sólo el hombre se individualiza por su actitud negativa frente al desarrollo armonioso del impulso primordial.

Paradójicamente, hay que disfrutar del derecho a rehusar para descubrir la vía del consentimiento. Este último no es aquí lo inverso de la contestación, como tampoco el rechazo es su contrario. ¿No es el rehusamiento, en realidad, la ruptura de un instante que quiebra el proceso de adhesión anclado en lo más hondo de la naturaleza humana? De esa disolución, el ontológico asentimiento a la pertenencia al mundo se va embotando progresivamente en el hombre. Hasta podría pensarse en su entero borrado, si destellos de conciencia no vinieran, a lo largo del tiempo, a reavivar su presencia. La humanidad entera parece suspendida de esos súbitos encendidos.

La creación no puede dejar de estar suspendida de las leyes que la dirigen. Es un todo dotado de una dinámica que lo propulsa en una danza orbital en la que cada curva tiene su propio centro, comprometido a su vez en una trayectoria que le está reservada. Esa sumisión «ciega» es la Escucha. Cierto es que la palabra «ciega», introducida aquí de manera insólita, no se propone sino para dar a esta obediencia una intensidad tal que no deje lugar alguno a la ambigüedad, ni siquiera a la duda, y menos aún al rehusamiento; ni la razón misma encuentra en ella posibilidad de insertarse. Pero el hecho de estar en plena luz, sin poder sospechar la sombra y menos aún las tinieblas, no permite ya saberse sumergido en ese baño de exquisita claridad. Dicho de otro modo, el conocimiento de un estado siempre idéntico, por trascendente que sea, acaba por escapar a la conciencia. Desde ese momento, escuchar u obedecer, términos tan estrechamente ligados por su reminiscencia semiológica, adquieren su valor de absoluto, excluyendo todo aquello que su realidad semántica no sostenga de manera eficiente. Desde ese momento, ir hacia lo que se oye (ob-aud-ire, o por contracción obedecer) es comprometerse sin derogación, sin desviación, sin sentir coacción alguna, en los caminos que convergen hacia ese estado de gracia que nos revela que ahí está la única vía. El abandono que se sigue, y que permite dirigirse bajo el impulso de una indecible pero irresistible confianza, no es sino la fe misma.

Así es como la Creación opera; y mientras que el mundo sideral obedece, o escucha si se prefiere, las leyes que lo conducen por su camino de eternidad, tomando parte así en la respiración cósmica, el mundo vegetal despierta y se despliega a la llamada de esa comunicación al ritmo de las estaciones. El reino animal, por su parte, fijado en la órbita de sus instintos, prosigue a lo largo del tiempo sus fantásticas reorganizaciones para responder a la permanente evolución de un programa preestablecido.

Nada es el resultado del azar, sino la consecuencia de una sola y única voluntad, esa misma que dicta a quien sabe prestar oído lo que conviene hacer en un instante que se inscribe sin cesar en un proceso de devenir. Desde ese momento, empujado por esa particular inclinación, el hombre puede participar en la creación misma.

Es preciso que desaparezca para ser. Le es preciso abandonar lo que cree representar, lo que pretende alcanzar. No puede sino ser conducido. Pero le es preciso también dejarse invadir por el deseo de navegar en su propia órbita. Desde ese momento oirá las leyes del universo dictarle su conducta. Le bastará en adelante con escucharlas para descubrir que accede por ello a la libertad; no hay otra libertad que la ofrecida por el abandono. Desde ese instante, todos los rehusamientos que pretenden afianzar una independencia se reducen a lo que son. No son sino montajes hechos de coacciones impuestas al hombre para que intente sobrevivir en el laberinto de una existencia sin salida; la creación misma no suscita en realidad dependencia alguna, con tal de que uno se hunda en sus leyes con un asentimiento sin reservas. ¿No forma, por lo demás, un todo con las leyes que la rigen, y no nos encontramos aquí confrontados con los datos mismos de la astrofísica más actual? El cosmos no es sino la suspensión coherente de un plasma energético en el que todo se sostiene, en el que todo interfiere, en el que todo se escucha, en suma.

El hombre, antena consciente

Reflejo perfecto de la construcción deseada por el Verbo, el cosmos responde a su demanda con una fidelidad que no tiene parangón sino en la armonía que lo conduce.

Pero del hombre, de ese no-escuchante, ¿qué cabe decir? Nada menos que un ser enfrentado consigo mismo, mientras piensa haber construido el mundo. Su visión puramente materialista lo conduce irrevocablemente a su perdición, en un universo que cree conocer, e incluso comprender, y que, por una misma aberración, pretende conducir.

Pequeña semilla, sobre la fina película del globo terrestre, el hombre se engalana con su inteligencia, se afianza tras una aproximación científica al mundo, a la existencia, a la vida, e incluso al alma… Bien se sabe en qué callejón sin salida lo confina semejante intelectualismo desbocado.

De ideas no tiene ninguna, como tampoco destellos geniales; todo le es dado. Pero su escucha está parasitada por su propia presunción de ser; y aunque a veces sienta su debilidad y, si presume que no es nada, se rehace al punto, queriendo y pensando ser la unidad agente.

Sin duda ha olvidado por qué le fue dado salir del limo:

Para ser una antena a la escucha; en efecto, con tal de que recuerde su emergencia del humus, se vuelve, en su humildad, un oído en su totalidad conectado con la creación entera a los dires del Creador.

Para ser esa antena consciente le fue concedida la escucha. Pues por ella tuvo el privilegio único de formular la gloria del Creador en una verbalización modulada con la que sólo él fue dotado.

Concebido a imagen de lo divino, ¿no está destinado a participar en el fantástico y majestuoso espectáculo dado por la creación y que perpetúa en un espacio tan vasto como la eternidad la renovación sin reservas de su alegría de haber sido generado?

La inteligencia y la «sordera» a la dimensión divina

Gracias a su propia estructura, el hombre es capaz de detectar lo que le entrega el cosmos en el que está incluido. No sólo es apto para cantar la alabanza, sino que puede también formular de manera consciente su total participación. Así puede introducirse en la sinfonía cósmica de manera deliberada y ponerse al unísono de los ritmos que modulan las secuencias del tiempo en la inmensidad sideral.

Así la escucha adquiere su sentido. Sin duda sólo es posible porque el Creador está él mismo a la escucha de su creación. En realidad, sólo Él está habilitado para gozar plenamente de esta facultad. Y gracias a su inconmensurable generosidad, se establece una red de interacciones, de interdiálogos, de intercomunicaciones, en suma, que opera sin coacción, como yendo de suyo. De ahí que sea una armonía total la que transparece y reina en este universo que se crea indefinidamente.

Todo obstáculo a esa sintonía, a esa simpatía, es origen de sufrimiento, de ruptura, de no-comunión. Sólo el hombre está sumergido en el sufrimiento y se extravía en él, llevado poderosamente por su deseo de hacer uso de su poder de oposición. Por su culpa, una llaga sangra en algún lugar del universo. Su sufrimiento, sus miserias, sus dolores y sus penas testimonian del conjunto de sus comportamientos insólitos, fuera de las normas de uso necesarias al perfecto equilibrio de la creación. No son normas impuestas, sino útiles, e incluso indispensables.

Es verdad que el hombre recibió un don de Dios muy particular: la inteligencia, gracias a la cual fue capaz de comprender a su propia criatura en la plenitud de las potencialidades que le habían sido conferidas. Ese inter-logos debía permitirle dirigirse a su Maestro y Señor con toda libertad, es decir, con todo amor.

Sabido es qué germen de orgullo lo volverá «Sordo» a esa dimensión. Desde ese momento acaparará los dones que Dios le ha prodigado e imaginará, en un delirio insensato, que todo fue generado por su propio cerebro.

¿Qué es un cerebro?

¿Pero qué es un cerebro? Todo y nada.

TODO, lo es para el científico que confiere a este excepcional órgano de una particular complejidad la capacidad de producir el «pensamiento», las «ideas», y aún más: la de innovar, inventar, descubrir, en suma…

El conjunto de los comportamientos humanos se explica fácilmente, según ese mismo concepto, no sólo por la dimensión neuronal del hombre, sino por el juego sutil de un equilibrio endocrino. En efecto, a medida que avanzan las investigaciones realizadas en las dos últimas décadas, la ciencia oscila entre, de una parte, el deseo de atribuir de manera excesiva todas las actividades humanas al sistema nervioso, cuyas estructuras especialmente elaboradas se conocen ahora, y de otra parte, la tentación de dar al sistema endocrino un papel primordial que puede parecer exagerado.

Más prudente parece aceptar una combinación de las dos potencialidades, de las que se sabe que interfieren la una sobre la otra. No obstante, hay que reconocer que si se pretende edificar el mundo desmenuzando al hombre al extremo, diseccionándolo hasta sus últimas dimensiones moleculares, uno se queda atónito y a la vez desconcertado ante la superación que se impone. Centrarlo todo en un «reduccionismo» puede parecer insoportable.

El hombre seguirá siendo una interrogación para el hombre mientras éste pretenda descubrirlo por sí mismo y mientras decida explicarlo todo por sus mecanismos mentales.

NADA, lo es para quien tiene conciencia de que el hombre es un «complejo» orgánico hecho de un 80 % de agua y un 20 % de sales minerales, pero cuya disposición de conjunto responde a una estructura arquitectónica programada, en un universo a su vez obediente a los imperativos de una evolución en cumplimiento.

Del mismo modo que una nebulosa se recoge y se contrae al entrar en el juego de las fuerzas que solicitan su puesta en forma y en movimiento, así la materia obedece a las secuencias que le entrega el programa preestablecido para ella.

La fortuna del hombre es poder gozar de la alegría de seguir la elaboración de ese programa. Es lo que lo diferencia de los reinos mineral, vegetal y animal. El hombre puede participar en esa dinámica cósmica en la que está incluido como parte interesada, y ello gracias a esa comprensión de las cosas que le ha sido entregada. De tal modo que, en tales condiciones, sabe que es esa nada escuchante que, en un rincón del universo, ve desplegarse ante sí el espectáculo fabuloso de un cosmos vivo, lanzado a una danza sin fin, sostenida por los acentos de una sinfonía cuyas estructuras armónicas cantan incansablemente la gloria de su Creador.

Oír no es escuchar

Sin embargo, existen notas falsas que hieren esa armonía y que llegan a ocultar lo que deberíamos percibir perfectamente. ¿De dónde proceden esos desencantos? Sin duda alguna, de la obstinación tenaz de quienes, aun estando provistos de buenos oídos, continúan siendo no-escuchantes.

Oír no implica la escucha. Oír es ser inundado por un mensaje de manera pasiva; a lo sumo, es dejarse impresionar por él con el fin de analizarlo, de criticarlo y de juzgar su valor en función de criterios que son el fundamento mismo de una decisión arbitraria que pretende discernir. Y luego, hacer su capricho.

Escuchar se sitúa en un plano completamente distinto, y el discernimiento que se le asocia opera en cuanto a la discriminación de lo que ha de seguirse o de lo que conviene evitar. Pero desde el instante en que se sabe jugar con esas dos funciones, uno se halla en condiciones de oír lo que no debe tomarse en plena consideración, y se está, en cambio, todo escucha frente a aquello que responde a una realidad profunda, a una verdad, en suma.

Excusado es decir que la actitud que se perfila entonces es muy otra que la que el hombre concibe de ordinario. Y tanto más cuanto que su educación y su cultura lo condicionan a atravesar el dédalo de su laberinto existencial. Desde ese momento, a lo largo de su historia humana más o menos accidentada, más o menos dramática, más o menos trágica, acusará a la suerte de inclinarlo a seguir un periplo lleno de inquietudes y de obstáculos. No hay otra suerte que la que él se fabrica.

La humanidad avanza así como puede, conducida por pastores ellos mismos desprovistos de escucha y centrados únicamente en lo que desean oír: su ideal político, en el que se inmiscuyen sus intereses personales.

Sea cual sea el lado al que uno se vuelva, las soluciones humanas tienen poco peso si no se instaura la escucha de lo que Es. Lo que Es es el universo que nos lo dicta y que nos traduce a su manera lo que el Creador le significa.

Lo que es: el hombre a la escucha del Verbo

Lo que es, es el hombre consciente, toda escucha abierta para aprehender lo que Dios le anuncia.

Lo que es, es ese discurso sin falla que emana del Señor.

Lo que es, es la escucha permanente del discurso que tiene valor de diálogo cuando el hombre se compromete a dejar fluir de sí la palabra que le es ofrecida.

Es Dios entonces quien habla a través del hombre. Pero es también el Señor quien escucha cuando no somos sino su instrumento.

El cuerpo humano, su sistema neuronal, no son apenas sino el instrumento activo de un Dios que quiere hacer del hombre el gestor de la tierra que le ha confiado. Y el gestor es quien hace fructificar para su maestro lo que le ha sido confiado.

Escuchar es ir más allá del entendimiento, es ejecutar según un plan que responde al deseo del Maestro.

¡Pero qué alegría y qué libertad emanan de semejante actitud! Saberse así conducido por un tiempo, el necesario para el aprendizaje de las cosas de Dios, estar destinado a ir hacia el cumplimiento más perfecto a fin de satisfacer al Maestro en toda hora y en todo lugar, ¿no es eso el acceso al plano de las bienaventuranzas?

El ideal del sabio, un oído a la escucha

La finalidad: saber escuchar

La finalidad, si es que la hay, es precisamente saber escuchar, es decir, para el hombre, entregarse plenamente al papel que le ha sido asignado. Y esa finalidad consiste, en realidad, en la puesta en su sitio de lo que debe ser. Por ello, en lugar de buscar una comunicación en horizontal, convendrá al hombre acceder a un plano que responda a la verdadera verticalidad: la del Espíritu.

A ese nivel, fuera de los miasmas, lejos de las influencias nefastas que neutralizan en cada hombre el deseo de vivir o, lo que viene a ser lo mismo, el deseo de escuchar, todo no es sino comunión.

El espíritu es lo que habla al hombre que escucha, y el que escucha no sabría responder sino con un «Fiat».

Es verdad que no todo es tan fácil como se pretende. Como hemos precisado en varias ocasiones, desde el origen el animal «sordo», la serpiente en el caso que nos ocupa, enseñó al hombre a no escuchar, es decir, a desobedecer. Sin duda se habrá comprendido.

¿Qué hacer entonces? Ante una situación impregnada de hábitos tan profundos y tan lejanos, ¿hay que rendirse? Sobre todo no. Si la institución de los hombres está edificada sobre un lenguaje falso que resuena en cada individuo, en cada etnia, en cada lengua, no todo es, en realidad, fundamental y radicalmente irreductible. En efecto, la escucha aparece de entrada como ontológica, tan anclada está en lo más hondo del núcleo vital, tan profundamente es la respuesta, o mejor aún la manifestación más sensible de la resonancia del ser. Es la consecuencia de la vida misma, que sólo puede ser percibida a través de una atención permanente y sutil. Es la expresión que sostiene la conciencia. Es el vínculo indispensable gracias al cual el cuerpo entra en resonancia con la creación, puesto que está regido como ella por un mismo programa al que nada escapa.

Es verdad que semejante toma de posición elude rápidamente todos los montajes teóricos racionalistas, positivistas o materialistas pues, a decir verdad, conduce a la evidencia. En efecto, con tal de sobrevolar el conjunto de esas fluctuaciones del espíritu humano, pronto se llega a constatar que no son sino utopías inaccesibles, tanto más cuanto que están gestionadas por hombres en los que se sabe que intervienen los intereses ideológicos y a menudo personales, aniquilando con ello el andamiaje teórico propuesto.

Lo cual quiere decir que el espíritu humano no es el Espíritu divino, y si este último atraviesa al hombre, no permanece en él sino cuando éste se borra en tanto que personaje, para no ser ya sino una unidad sumergida en el gran todo.

Lo que se constata en la dinámica sociológica de los pueblos, tironeados de uno y otro lado, se encuentra sin duda en las ciencias humanas, derivadas de la filosofía. Más aún: el mismo fenómeno se encuentra en el dominio de las ciencias puras. En efecto, la objetivación del observador queda pronto contrabalanceada por el deseo de éste de identificarse con un observador. También aquí hay que recordar que a algunos seres les es dado llegar a poner hechos en evidencia. ¿Pero no tienen tendencia a olvidar que esos fenómenos existen desde toda la eternidad, y que sólo se les ofrece la oportunidad de poner de relieve su evidencia? Y, además, en beneficio de los demás.

La desgracia para aquel a quien ese don ha sido otorgado es que, las más de las veces, se pone a pensar que su personalidad sale de lo ordinario. Los honores que se le rinden lo afianzan, por lo demás, en esa idea. Ahí está su perdición. A lo largo de los tiempos, desde el comienzo del comienzo, en función del momento determinado, las cosas se hacen, se revelan, se descubren, y para hacerlas sensibles a los hombres se sirven de cabezas predestinadas a ser cabezas buscadoras. No hay mérito alguno en ello. El hecho de ser buscador es una respuesta a una vocación, a una voz interior que habla, que induce, y que desde ese momento conduce al elegido en tal o cual dirección. Pero es también la consecuencia de una escucha particularmente afinada. Sólo puede encontrarse cuando el sujeto alcanza el nivel más despojado de la humildad. Ser hombre es ser del humus a la escucha de la Vida. Sabido es lo que es la Vida.

Cómo despertar esta escucha

Como puede fácilmente suponerse después de haber tomado conocimiento de estas diversas consideraciones, cabe preguntarse si existe una salida, una vía cualquiera capaz de conducir al ser humano, más allá de la posibilidad de oír, hacia la facultad de escuchar. Seguramente sí, pero ¡qué largo camino y qué profunda decisión se imponen para ver surgir modificaciones profundas en el juego de la dinámica interior, desde tan larga data alterada!

Todo es, sin embargo, posible. ¿Cuántos hombres, desde la noche de los tiempos, han recorrido ese periplo? Hoy, con tal de inquietarse por lo que la tecnología actual es capaz de ofrecer, ese recorrido puede hacerse más fácil. ¿Pero no es osado querer acercar un planteamiento como el que acabamos de desarrollar a cualquier novedad nacida del hombre? ¿No es la abnegación misma de lo que hemos avanzado en las líneas precedentes? Bien se sabe ya cuál es nuestra opinión acerca de los descubrimientos surgidos del genio del hombre. Nos hemos explicado al respecto. No hay más genio que descubrimientos. Sólo se les da a algunos cerebros bien organizados, fuera de lo común en cuanto a sus preocupaciones, estar conectados con «las cosas» que se descubren por sí mismas.

Cabe pues saber, al menos en parte, lo que es la escucha y, sabiéndolo, suscitarla y despertarla en su plenitud. El sujeto escuchante se halla en lo sucesivo en posesión de medios inherentes a su condición humana y que ignoraba. Es a menudo conducido por la vía de su verdadera misión en este mundo. Hay de repente una puesta en actividad de su poética, de su creatividad, pero de una creatividad «depurada» nos atreveremos a decir. Pues la escucha real, si se dirige al cuerpo, sólo lo hace para conocerlo y controlarlo en tanto que antena escuchante de todo cuanto constituye el entorno familiar, escolar, social, y se traduce en acto sin pasar obligatoriamente por una sensación auditiva. Existen, al parecer, más allá de la franja auditiva, territorios en los que nuestra percepción funciona en otras longitudes de onda: la intuición, por ejemplo, los fenómenos parapsíquicos, telepáticos, proféticos.

Pero, una vez más, semejante disposición exige una renuncia a un poder, sea cual sea, abandono de toda pretensión en la acción personal.

Entendámonos bien: esto no significa que se suprima radicalmente todo cuanto constituye las alegrías de lo cotidiano. Es sólo la actitud frente a ese cotidiano lo que cambia por entero. Uno olvida que existe en tanto que individualidad y toma conciencia de pertenecer al todo, a ese todo que nos rodea, el cual constituye una parcela de una entidad más importante, que puede ser un estado, el cual se inserta a su vez en una humanidad que engloba a la vez el pasado, el presente y el futuro.

Así, ¿cada hombre es una «célula» que ha sido, es y será en el planeta y que, por ello mismo, puede pretender ser, a su escala, uno de los eslabones de esa continuidad evolutiva del mundo?

Se habrá comprendido. Invitar al hombre a pasar del oír a la escucha es una verdadera conversión. Y la andadura, si es posible, puede ser larga, subterránea, e incluso dolorosa. Sin embargo, es fácil en la actualidad acelerar este proceso gracias a la tecnología. Sabido es que ésta, bien gestionada, puede ser puesta al servicio del hombre. Puede serlo, pero a condición formal de que quien se compromete en ella acepte someterse. Desde ese momento, es posible «electrónicamente» revelar lo que es la escucha a quien desee servirse de esta facultad.

Bien se ve lo que impone semejante «educación». Muchos individuos consienten en comprometerse en ella y, de sordos que eran, acceden al estadio del oír. Pero, bloqueados por su razón, de la que se sabe que es la forma primera de su alienación, no van más allá. Su intelectualismo crítico ayudando, no sabrían vislumbrar lo que escuchar quiere decir. Por fortuna, otros se ven literalmente arrastrados hacia la escucha y sienten realizarse en ellos una verdadera conversión, una real metamorfosis. Todo ocurre, de hecho, como si hubiera un cambio de polaridad, un desplazamiento del epicentro que, desde ese momento, ya no es egótico. Se sitúa en algún otro lugar, alejándose cada vez más para ir a insertarse en ese horizonte que marca el comienzo del mundo, allí donde reside el «principio creador».

Ya no se trata entonces sino de participar en la eclosión del mundo y en su evolución. No hay ya lugar para sentir coacción alguna, sino sólo para tomar parte, de manera consciente, en la construcción del universo. El hombre se vuelve así el eco verbalizado de la Palabra generadora. Sabe formular en un lenguaje humano lo que el cosmos canta en su función dinámica.

Sin duda se siente curiosidad por saber cómo se puede, mediante una técnica moderna como la electrónica, conducir al hombre mal-escuchante a cambiar su manera de ser. A fin de no romper la unidad de este planteamiento, nos permitiremos en un segundo tiempo desarrollar esta pedagogía de la escucha. Es, a nuestro juicio, primordial por su importancia, y sin duda debería inscribirse, en primer lugar, en los procesos de la educación.

A la Escucha de la Palabra

Conferencia del Dr. Alfred A. Tomatis (París, 1998).