Nuevas teorías sobre la fisiología auditiva — Aplicación del Oído Electrónico
Conferencia pronunciada por el Profesor Alfred A. Tomatis durante el 2.º Congreso Internacional de Audio-Psico-Fonología celebrado en París en 1972. En diecinueve páginas, el autor recorre en primera persona la génesis del Oído Electrónico (nacido veinticinco años antes, en 1947, en los Arsenales de Aeronáutica), revisita las grandes etapas del descubrimiento (primer paciente cantante diagnosticado por Froeschels, paralelismo entre sordera profesional de los cantantes y la de los obreros expuestos al ruido, análisis espectrográfico de la voz de Caruso a partir de cuatro mil fotos, condicionamiento pavloviano por conmutación electrónica, tratamiento de la tartamudez por lateralización, descubrimiento de los oídos étnicos por los cantantes venecianos), para exponer luego una nueva teoría de la fisiología auditiva que rompe con Helmholtz y Békésy: el sonido no pasa por la cadena osicular sino por el hueso del sulcus tympani hacia la vesícula laberíntica. El texto concluye sobre la noción de audiogiría (específicamente humana, por oposición a la opto-oculo-cefalogiría animal) y sobre una reflexión psicolingüística sobre los estadios del lenguaje del niño.
Conferencia del Profesor Alfred A. TOMATIS
2.º Congreso Internacional de Audio-Psico-Fonología
PARÍS — 1972
Nuevas teorías sobre la fisiología auditiva — Aplicación del Oído Electrónico
I. — Nacimiento del Oído Electrónico en los Arsenales de Aeronáutica
El Oído Electrónico nació hace veinticinco años, por azar al parecer, si es que pueden existir azares en la investigación. Para los electricistas que están en la sala, les recordaré que hace veinticinco años la electrónica era una ciencia en estado embrionario. Personalmente, interesado en la fonación de los cantantes, estaba sobre todo preocupado en la época de saber por qué un individuo podía cantar mejor que otro. Dirigía entonces el laboratorio de fisiología acústica de los Arsenales de Aeronáutica, donde se me había encomendado detectar si los ruidos provocaban, como pretendían los americanos, daños sobre la audición. Se me había, pues, encargado estudiar si los obreros que trabajaban en los bancos de prueba eran realmente susceptibles de una indemnización, lo que, por supuesto, planteaba un problema social de gran importancia.
Todos ustedes saben hoy que un sujeto sumergido en el ruido pierde su escucha y que la pierde de una manera extremadamente penosa, ya que, en un momento dado, sigue oyendo pero ya no comprende nada. Vive entonces en un universo sonoro distorsionado, espantoso. Sin embargo, esto no era evidente hace veinticinco años, y hablar de audiometría en la época parecía más bien insólito. El audiómetro es un aparato francés que fue puesto a punto en 1933 por el grupo de investigación del C.N.E.T., bajo la forma de un complejo muy voluminoso y prácticamente inexplotable. Los americanos retomaron estos trabajos, durante la última guerra, de manera muy apoyada, a fin de poder detectar sistemáticamente los daños sufridos por aquellos que conducían artefactos ruidosos como los aviones, etc. Mi misión en los Arsenales de Aeronáutica consistió, pues, en investigar si la gente que trabajaba en los bancos de prueba en punto fijo sufría traumatismos auditivos. Hice venir entonces un audiómetro de Estados Unidos y comencé en un sótano, en una carbonera, a examinar en series las audiciones de los empleados de los Arsenales.
Lo que me interesaba estudiar muy particularmente en la época era el paralelismo existente entre los daños auditivos constatados, por una parte, en los cantantes con los que me encontraba enfrentado por mi especialidad de O.R.L. y de foníatra y, por otra, los detectados en los obreros de los Arsenales que trabajaban en el ruido. Parecía ciertamente a priori no existir ninguna relación entre los dos fenómenos. Sin embargo, los problemas que me planteaban los cantantes eran tales que un día me puse a examinar la audición de uno de ellos que poseía una voz excepcional en calidad pero que cantaba desafinado. Lo sabía, era consciente de ello, había hecho todo para intentar corregir ese defecto pero jamás lo había conseguido. A mi vez, intenté todo para hacerle cantar afinado, tanto más cuanto que venía a verme provisto de un diagnóstico de gran valor, establecido por Froeschels, eminente otorrinolaringólogo de reputación mundial, foníatra de la Ópera de Viena.
Teniendo en la mano el diagnóstico emitido por Froeschels de una distonía laríngea, me apresuré a pensar también en una distonía de la laringe, es decir, en la presencia de cuerdas mal tensas. Era lógico suponer que las cuerdas de este cantante estaban relajadas, ya que no podía cantar afinado; las cuerdas relajadas de un violín ¿no conllevan acaso la aparición de sonidos desafinados? Fuerte de esta hipótesis y de las teorías terapéuticas que me habían enseñado mis maestros de la Facultad, comencé a tensar las cuerdas administrando al pobre desgraciado cantidades de productos destinados a tonificar la laringe. Existían entonces pocos medicamentos susceptibles de procurar ese efecto. Algunos contenían hormonas masculinas, otros eran a base de estricnina. Administré pues a mi paciente tales dosis de estricnina que un buen día se estranguló en escena. Había apretado, había «encorbatado», como dicen los cantantes, pero de todos modos había cantado desafinado. De suerte que concluí que el hecho de tirar de una cuerda no era suficiente para hacer cantar afinado.
En cambio, al realizar un examen de audición a este mismo cantante, constaté que presentaba una sordera profesional semejante a la que había detectado en los individuos sometidos a los ruidos de los reactores. Existía, pues, una suerte de paralelismo entre estas dos clases de audición. Me pregunté entonces si un cantante, a fuerza de cantar y emitir sonidos intensos, no acababa por «romper» su oído. Tal fue la hipótesis de partida.
Otra investigación debía ser emprendida en una perspectiva un poco diferente, la de detectar, de manera objetiva, los traumatismos sonoros provocados por el ruido. Me había percatado, en efecto, de que algunas personas que trabajaban en los arsenales tenían interés en hacerme creer que padecían sordera para cobrar una pensión y que, por el contrario, algunas otras (como los aviadores) tenían interés en salvaguardar su reputación auditiva para poder continuar beneficiándose de las ventajas materiales que les procuraban sus actividades. A fuerza de realizar audiometrías en series, me había dado cuenta de que existían fluctuaciones en esa escucha, del orden de algunos decibelios e incluso a veces de unos 20 decibelios, lo que ya es más importante si se tiene en cuenta que el decibelio evoluciona en progresión logarítmica. Había, pues, sin duda alguna, un hiato entre el operador que yo era y el sujeto que examinaba. ¿Había realmente trampa por parte de estas diferentes personas? Lo creí mucho tiempo, pero me di cuenta a la larga de que el psiquismo intervenía muy intensamente sin que el individuo mismo lo supiera. Acabé por comprender que un aviador que cobraba un salario muy alto cuando pilotaba su avión y que arriesgaba recibir una suma mucho menor si permanecía en tierra, podía inconscientemente aumentar su percepción auditiva en algunos decibelios. En cambio, en cuanto los sujetos de los Arsenales (aunque reticentes al inicio de las investigaciones) se percataron de que podrían recibir un día una pensión, se les vio inmediatamente hacer enormes esfuerzos para no oír ya nada.
Fui así llevado a realizar máquinas que permitieran determinar objetivamente el poder de escucha de cada individuo. Tal fue el objetivo principal de mis investigaciones durante varios años. Debo decir que los trabajos emprendidos en el ámbito del canto me ayudaron mucho a llevar a buen término estos diferentes estudios. En un deseo de ser muy objetivo en foniatría, me había orientado, en efecto, hacia investigaciones fisiológicas sobre la voz cantada. Debo precisar también que, habiendo vivido en el medio del teatro lírico (habiendo cantado mi padre más de cuarenta años en la Ópera) estaba imbuido de ciertas nociones del canto, pero estas seguían siendo, no obstante, muy subjetivas; por eso me preguntaba en la época (hace, pues, veinticinco años de ello) si había posibilidad de poner estas voces objetiva y científicamente sobre tubos catódicos. Los aparatos de análisis necesarios para estos estudios y vueltos hoy moneda corriente eran en ese momento aún muy escasos. El primer analizador que realicé se presentaba bajo la forma de un verdadero monumento, que me permitió, sin embargo, obtener en el tubo catódico las características de una buena voz y las de una mala voz. Una voz bien colocada presenta efectivamente un espectro diferente del de una voz que no lo está.
II. — «No se reproduce sino lo que se oye»: la primera hipótesis
Un segundo hecho me pareció muy interesante de retener. Era el siguiente: cada vez que el sujeto presentaba un escotoma, es decir, un hueco, a nivel de ciertas frecuencias de su audición, se encontraba el mismo escotoma a las mismas frecuencias en el espectro vocal. Es entonces cuando pensé y expresé de manera un poco lapidaria —lo confieso— que «solo se podía reproducir lo que se oía». Era sin duda un poco aventurado, pero debo decir que desde entonces no he tenido que volver sobre este hecho. Es cierto que, de cuando en cuando, un haz armónico puede brotar por aquí o por allá, pero, por regla general, no ocurre nada en el espectro al nivel en el que hay deficiencia auditiva.
Pensando siempre en el personal de los Arsenales del que estaba a cargo en el plano O.R.L., fui llevado a plantearme la siguiente pregunta: «un sujeto reproduciendo solo lo que oye, ¿es posible, actuando sobre su audición mediante un sistema de filtros, obtener modificaciones de su fonación y de su autoescucha?». El problema parecía complejo de resolver. En efecto, hace veinticinco años, los trabajos de Wiener apenas existían y la noción de cibernética, de contrarreacción, era totalmente desconocida. Dirigiéndome entonces a un grupo de electricistas de la Sociedad Philips, les indiqué que quería hacer realizar filtros con vistas a actuar sobre la audición. Quedaron estupefactos ante esta propuesta y se apresuraron a decirme que era imposible. Pasé por encima, no queriendo abandonar este proyecto. Me obstiné en esta dirección y realicé los montajes yo mismo. Observé entonces que, cada vez que, en el espectro auditivo de un individuo, cortaba las frecuencias agudas más allá de los 2000 Hz, había una desestructuración de la voz; esta se volvía mucho más blanca; perdía su timbre. Además, ocurría algo que hacía que el sujeto se volviera más fatigable. Me percaté posteriormente de que no era el corte lo que parecía jugar, sino más bien la pendiente impuesta por el sistema de filtros.
III. — Caruso, Gigli y la curva de envolvente vocal
Pensé entonces inmediatamente en estudiar el fenómeno inverso, es decir, en investigar la audición de un sujeto a partir de su voz. Pedí a laboratorios que me obtuvieran matrices de grandes voces. Es así como, a partir de los discos de Caruso, que habían sido, sin embargo, grabados en condiciones muy precarias de 1898 a 1919 (es decir, en la época heroica del fonógrafo), pude realizar 4000 fotos de la voz de este gran cantante. Me fue así posible fijar en películas todas las notas mantenidas que había podido obtener con ayuda de un analizador panorámico. Me di cuenta enseguida de que existía una curva de conjunto, una curva de envolvente realizada a partir de los puntos óptimos que aparecían en el tubo catódico. Ahora bien, estas curvas se pusieron a variar en Caruso, de manera muy sensible, a partir de 1901-1902, de suerte que pude seguir muy exactamente la evolución de su manera de oír.
Para los técnicos y los especialistas que están en la sala, deseo precisar un hecho notable en Caruso: es la proporción que existe entre los sonidos fundamentales de su voz y los haces armónicos. Incluso a través de grabaciones de mala calidad, he podido notar en la voz de Caruso un haz armónico de 7 a 14 veces mayor que el sonido fundamental. Es verdaderamente colosal, excepcional por lo demás. En efecto, pese a los progresos realizados desde entonces en el ámbito de la grabación, jamás he encontrado una voz con tal cantidad de haces armónicos. Otro elemento a notar es la degradación de 1909 y, sobre todo, de 1914, con escotoma, traduciendo, en suma, la dificultad que debió encontrar al final de su vida para oírse y autoescucharse.
Antes de proseguir, quisiera dar algunas precisiones sobre lo que se entiende por «escotoma». En un sujeto sumergido durante mucho tiempo en el ruido, existe una lesión llamada patognomónica, es decir, específica. Es uno de los pocos signos de medicina que es específico, y este traumatismo aparece generalmente al nivel de la frecuencia 4000 Hz. Es excepcional que se haga a 2000 Hz, todavía más excepcional a 6000 Hz; mas a 4000 Hz se realiza una ruptura, una suerte de falla en V que va a ampliarse y acabar por molestar al sujeto en su discriminación auditiva. De partida, este escotoma a 4000 Hz puede no ser percibido por el sujeto, pues no es necesario oír a este nivel para comprender una conversación. Pero cuando la lesión se extiende, cuando la falla se ensancha y alcanza la zona de 2000 Hz o por debajo, la inteligibilidad se halla perturbada y el sujeto comienza a comprender mal la palabra. El timbre de su voz se altera en cuanto hay caída a 2000 Hz; luego, si se alcanza 1500 Hz, se constata entonces una imposibilidad de restablecer la justeza del sonido.
He tenido la suerte de examinar a muy grandes cantantes en el plano audio-vocal, en particular a Beniamino Gigli, cuya curva auditiva hipotética había trazado en laboratorio a partir de los discos que tenía en mi posesión y en función del haz armónico que emitía. Tres años más tarde, la suerte me fue dada de hallar, al examinarlo, la curva que había trazado experimentalmente. He podido a continuación extender estas hipótesis al ámbito de la música instrumental. He pensado, en efecto, que el toque de un músico podía traducir su postura de escucha. Habiendo trabajado en particular con grandes violinistas virtuosos, he podido constatar una superposición de la curva de su audición y la de los sonidos que emitían con ayuda de su Stradivarius. Dicho de otro modo, parecía existir en uno y otro ámbito un fenómeno de apresto a la escucha que condicionaba la expresión vocal o musical.
Un detalle que quisiera hacer notar a quienes se ocupan de electrónica concierne al efecto de contrarreacción: este es prácticamente instantáneo, a condición de que se observen ciertas reglas, que se distribuya en particular cierta intensidad a nivel del mensaje y que se despliegue cierta energía en el micrófono. Esta experiencia es fácil de realizar en laboratorio y permite descubrir nuevos horizontes, siendo el principal elemento de observación la diferenciación que existe entre los dos oídos. En efecto, el oído derecho y el oído izquierdo no son dos captores semejantes y dan contrarreacciones totalmente diferentes. Esta experiencia da también la posibilidad de constatar que, en cuanto se detiene la contrarreacción, los fenómenos iniciales reaparecen.
IV. — De la voz de Caruso a la contrarreacción carusiana
Les decía hace un momento que existían criterios de buena y de mala calidad de voz. Ahora bien, una voz bien colocada presenta siempre características que ponen en juego una diferencia muy acusada entre el aporte laríngeo (que debe ser mínimo) y el fenómeno resonancial (que debe ser muy importante). Estas características corresponden, por supuesto, a una manera de oír, a una postura de escucha. De suerte que pensé que ofreciendo electrónicamente a un sujeto la manera de oír de un gran cantante (es decir, presentando las características que acabo de describir) le daba al mismo tiempo, por contrarreacción, la posibilidad de emitir sonidos de la misma calidad. El fenómeno es instantáneo. Si dan ustedes a alguien la curva de escucha del tipo carusiano, ven al individuo transformarse inmediatamente. Una euforia general aparece; el sujeto toma otra postura, se mantiene erguido, respira ampliamente; su rostro cambia.
Me he contentado durante mucho tiempo con recoger elementos experimentales, con cada vez, sin embargo, la desilusión de ver desaparecer la contrarreacción en cuanto retiraba el aparato. No podía, sin embargo, decentemente dejar permanentemente un casco en el cráneo de un sujeto, un micrófono y un complejo electrónico ante él, so pretexto de proseguir esta investigación. Por eso me pregunté si no podía condicionar al sujeto y mantener esa suerte de influjo que parecía procurarle el aparato. Durante mucho tiempo, me he obligado a utilizar dos máquinas, una capaz de recrear la audición habitual del sujeto, otra destinada a reproducir la postura de escucha que se deseaba alcanzar. Tenía a mi disposición dos aparatos, dos micrófonos y un solo casco de auriculares, por supuesto. En cuanto el sujeto comenzaba a hablar o se ponía a cantar, invertía la escucha con ayuda de un interruptor que cerraba un canal y abría el otro. Este sistema era más bien fastidioso, ya que exigía la presencia de una persona junto al sujeto a condicionar, siendo este incapaz de sincronizar el conjunto.
V. — Las conmutaciones y el condicionamiento pavloviano
Nos tropezamos pues con este inconveniente mayor hasta el día en que aparecieron las conmutaciones en el ámbito de la electrónica. Las conmutaciones son relés que permiten pasar de un canal al otro sin dificultad. La dificultad existía, sin embargo, al principio, pues había que pasar de un canal al otro sin ningún tropiezo para el sujeto, sin que se diera cuenta de nada. Dicho de otro modo, para que no hubiera choque, ruptura, el mensaje muy preciso que se enviaba debía modificarse en la estructura pero debía conservar la misma energía. Era la dificultad técnica que había que superar. El problema fue resuelto por especialistas muy competentes en la materia, que no buscaron saber lo que ocurría en el plano fisiológico y que realizaron muy exactamente lo que les pedía.
Obtuvimos inmediatamente la puesta en marcha de un condicionamiento de tipo pavloviano de primer orden. Cuando el sujeto se ponía a entrar en fonación, la energía sonora pasaba a través de la conmutación al canal de arriba y el sujeto sentía entonces instantáneamente impresiones auditivas diferentes, por modificación del suministro acústico. Al comienzo de la experimentación, no intenté tanto saber por qué se instalaba el factor remanente, ni por qué algunas personas se ponían a cantar o a hablar correctamente tras cierto número de sesiones bajo el aparato. La explicación neurofisiológica era, por lo demás, difícil de dar en la época, y no es sino mucho más tarde cuando he podido emitir las hipótesis de base.
Trabajando, por lo demás, sobre la voz de varios actores, logré a continuación, actuando sobre los circuitos de control derecho e izquierdo, poner en evidencia ciertos parámetros relativos a los mecanismos de la voz hablada. Y es así como, gracias a un trabajo en colaboración con un gran actor, pude desembocar en los trastornos del ritmo del tipo tartamudez. Aceptando ciertos procedimientos experimentales, este actor se puso a tartamudear cuando puse en circuito su oído izquierdo. De suerte que me pregunté si los tartamudos no tenían justamente problemas de lateralización auditiva.
VI. — La tartamudez y la lateralización auditiva
¿Qué era exactamente la tartamudez? No lo sabía mucho, nadie tampoco en la época. Comencé por excitar de cierta manera uno y otro oído y obtuve resultados espectaculares bajo la máquina. En efecto, desde el instante en que se crea un «feed-back» a la derecha, el sujeto se pone a hablar normalmente. Cuando la experiencia se hace con el oído izquierdo, el ritmo se ralentiza y la tartamudez aparece. Creí que había encontrado el gran medio para liberar a todos los tartamudos de la tierra. Por suerte, encontré posteriormente tartamudos resistentes, conocí fracasos que me permitieron ser menos triunfalista y proseguir la investigación de manera más intensiva.
Por otra parte, en el camino, he tenido que tratar otros aspectos de la investigación, en particular ciertos problemas fonéticos que me plantearon cantantes venecianos, que venían a verme no porque cantaban mal sino porque tenían algunos trastornos de pronunciación: no podían pronunciar la «rrr» de la punta de la lengua; en efecto, el veneciano dice «LLL». Reemplazar una «LLL» por una «rrr» constituía una proeza en el ámbito del canto. No conociendo nada en esa época de fonética ni de lingüística, pero teniendo en las manos la famosa máquina, coloqué a estos cantantes bajo el aparato y, poniéndome ante ellos, pronuncié una «rrr» de la punta de la lengua. Me respondían «rrr», de suerte que pensé que antes no podían emitir la «rrr» porque no la oían. Imponiéndoles el oído carusiano, que me parecía en la época ser el oído más extraordinario, les transmitía la escucha napolitana. Es entonces cuando me pregunté si no existían oídos étnicos, audiciones específicas de cada lengua. Puesto que había una escucha napolitana, ¿por qué no habría de haber una escucha francesa, una escucha inglesa, etc.? Y es así como desemboqué en el caso de los niños con dificultades de aprendizaje lingüístico, en particular a nivel de la adquisición de la lengua inglesa, que es una de las principales lenguas vivas enseñadas en los liceos de Francia y del mundo entero. ¿Por qué, pues, algunos niños, que por lo demás seguían una buena escolaridad, tenían malas notas en inglés? No se habían vuelto súbitamente estúpidos respecto de una sola materia. Eran simplemente sordos al inglés.
VII. — Los oídos étnicos y el aprendizaje de las lenguas
Me puse, pues, a la búsqueda del oído inglés. Despojando en tubos catódicos numerosos documentos sonoros, logré determinar las bandas pasantes de la lengua inglesa y la curva específica de esta lingualidad. Hablar de «bandas pasantes» en acústica y en lingüística era en la época una verdadera herejía. Tenía verdaderamente la impresión de predicar en el desierto y de evocar nociones totalmente desconocidas. Hice sonreír a mucha gente; tal vez sonríen todavía. Lo cierto es que la noción de «bandas pasantes» en materia fonética y lingüística está hoy admitida.
Cuando ponen a un niño en una audición étnica determinada, ven inmediatamente toda su estructura fonatoria cambiar, toda su actitud corporal modificarse. Si el condicionamiento se prolonga durante varios meses, cabe incluso hablar de modificación psicomorfológica. Si se impone, por ejemplo, a un francés la audición alemana, se ve al sujeto erguirse, verticalizarse, tomar la postura rígida del alemán. Si por el contrario dan ustedes el oído inglés a un alemán y le piden continuar hablando alemán, es incapaz de hacerlo; incluso deja de hablar; se ve obligado, para continuar su frase, para pensarla, a quitarse el casco. He realizado lo mismo con la lengua china, que es una lengua de entonación: se crea una inhibición que suprime hasta la facultad de pensar.
He aquí, pues, en conjunto, el recorrido experimental que me ha llevado a poner a punto las técnicas de educación audio-vocal que se aplican hoy en los centros equipados con Oídos Electrónicos. Es cierto que los mecanismos neurofisiológicos en juego no están todos conocidos, lejos de ello. Pero ¿debía esperar a conocerlos todos para continuar mi trabajo y mi acción terapéutica? No lo creo. Lo que importaba era aliviar a todos aquellos que venían a vernos y aplicar los resultados ya muy satisfactorios obtenidos en laboratorio. Cuando me percaté de que los niños de los que me ocupaba se ponían a trabajar mejor en la escuela, que los adultos retomaban gusto por la vida, que su tono general reaparecía, etc., me hallé ante un dilema. Tenía dos opciones que tomar: o bien continuar únicamente mi profesión médica y quirúrgica de otorrino, poniendo la investigación en un armario hasta el momento de la jubilación, o bien proseguir esta investigación y comenzar a tratar a la gente con ayuda de las técnicas recién elaboradas.
VIII. — Los fracasos de la investigación, fermento de cuestionamiento
Es cierto que los resultados no han sido todos positivos. Ha habido, por supuesto, fracasos. Son, por lo demás, los que siempre se han puesto en exergo, sin jamás evocar los centenares y los miles de resultados satisfactorios obtenidos con ayuda de estas técnicas. Permanezco, por lo demás, persuadido de que son los fracasos los que hacen avanzar la investigación. Son necesarios. Dinamizan, despiertan la crítica, aumentan el discernimiento, afinan el juicio. Permiten precisar el pensamiento sobre ciertos datos y evitan hacer creer que se ha descubierto todo. Por lo demás, solo se descubre lo que existe. Todo ha sido dicho desde hace tiempo. No hay genios. Hay simplemente algunos sistemas nerviosos más sensibles que los otros para transmitir las realidades de este mundo. Por eso el fracaso recuerda que la humildad debe seguir siendo la cualidad esencial del investigador. El drama, como lo significaba Valéry con humor, sería no tener contradictores. Sus críticas siguen siendo el fermento de todo cuestionamiento, que es indispensable efectuar permanentemente para evitar toda fijeza en la investigación. Los fracasos me han servido personalmente mucho. Me han obligado a llevar mucho más lejos mis investigaciones sobre el oído, sobre la escucha humana. Y son justamente los resultados de estas investigaciones los que quisiera evocar hoy en el plano de la neuro-psico-fisiología del oído humano.
Es evidente que la fisiología auditiva ha evolucionado mucho en el curso de estos últimos años. Se ha creído durante mucho tiempo que el oído estaba concebido para hacer otitis; luego se ha comenzado a inclinarse sobre el problema de la sordera y se ha buscado saber qué ocurría en un oído. Bajo el impulso de Von Békésy, han nacido nuevas teorías, más o menos seductoras, algunas muy elaboradas y experimentalmente bien fundamentadas. Otras, ciertamente, están lejos de ser satisfactorias y, si se cree a este psicofisiólogo, uno se halla obligatoriamente en un callejón sin salida en cuanto a la explicación de los resultados obtenidos por las nuevas técnicas puestas a punto a partir de la experimentación de la que acabo de trazarles la historia.
IX. — Retomar toda la fisiología auditiva: más allá de Helmholtz y Békésy
Yo mismo me he hallado durante mucho tiempo en un callejón sin salida, ya que lo que obtenía bajo Oído Electrónico no correspondía en nada a las teorías avanzadas por mis colegas y por sus predecesores. Se ha hablado a menudo de milagros o de charlatanería porque no se ha sabido dar explicaciones lógicas, racionales a los fenómenos constatados. He permanecido a menudo perplejo ante las reacciones espectaculares de algunos pacientes, ante los progresos que hacían niños y adultos a partir de ciertas estimulaciones auditivas, ante las curaciones que nada parecía justificar. ¿Había que continuar sin jamás poder explicar lo que ocurría? Al inicio de la aventura, me contenté con consignar los resultados y publicarlos a partir de 1951. Pero, permaneciendo solo en el recorrido de esta investigación que ninguna teoría fisiológica podía sustentar, llegué a preguntarme en un momento dado si estaba realmente en la buena vía. Acabé incluso por encerrar los aparatos en un armario y por retomar las técnicas tradicionales sustentadas por las teorías de moda. Sin embargo, ante los resultados mediocres obtenidos con ayuda de estas técnicas en comparación con los que obtenía bajo la máquina, ante la incompatibilidad que existía entre los progresos realizados y los sistemas fisiológicos en juego, me decidí a retomar todo el estudio del funcionamiento del oído.
Pensaba desde hacía tiempo que la audición humana no respondía en absoluto a los mecanismos que hasta entonces se habían evocado, y permanecía insatisfecho ante las explicaciones inconsistentes que se me daban regularmente cuando intentaba ir más lejos en la investigación. Y por eso he retomado enteramente el estudio de la fisiología auditiva. No pretendo, ciertamente, haberlo hallado todo. Les aporto hoy el fruto de mis reflexiones y de mis experiencias, mas les invito a proseguirlas y a completar estos datos. Jamás habrá suficientes cabezas para pensar en el oído y en su papel primordial en la humanización del ser. Asistimos actualmente a los balbuceos de esta investigación sobre la psicofisiología auditiva y permanezco persuadido de que este ámbito sigue enteramente por explorar, pese a las pocas incursiones que he tenido ocasión de practicar.
Saben ustedes que aquel que ha sido el gigante y que sin duda ha inducido toda la investigación en materia de fisiología auditiva es Helmholtz. Pensador y físico del siglo pasado, Helmholtz dijo que el sonido pasaba en el oído por intermedio del tímpano, atravesaba la cadena osicular para dirigirse no se sabe muy bien cómo hacia el oído interno; evocaba mecanismos semejantes a los resonadores de los que él mismo era el promotor. Desde entonces, dada la notoriedad de Helmholtz, todo el mundo se ha ingeniado en querer probar lo que él había avanzado, pensando que había dicho la verdad, toda la verdad. Existen, sin embargo, incompatibilidades que arriesgan entorpecer la investigación y contradecir el funcionamiento del oído interno.
En cuanto a Békésy, uno se da cuenta de cuánto le incomoda la presencia de ciertos fenómenos que no puede explicar. Cuenta en particular en su libro Mechanisms of Hearing cuánto la electrónica ha hecho progresar el conjunto de la investigación al permitir realizar sistemas analógicos, pero precisa que jamás ha podido aplicarlos completamente a la fisiología auditiva.
¿Hay realmente una posibilidad de equivalencia? Pienso que sí, dado que el oído, en su funcionamiento, no responde a lo que se cree que es habitualmente. Es la razón por la cual no se han podido hasta ahora realizar verdaderos sistemas de simulación. Si el oído funcionara como lo indican las teorías actuales, numerosos fenómenos mecánicos quedarían inexplicados. Tomemos por ejemplo uno de ellos que tiene cierta importancia: para un sonido de gran intensidad (un sonido de 100 dB, lo que ya no está mal) la amplitud de vibración a nivel del tímpano es del orden del tamaño de una molécula de hidrógeno, es decir, infinitesimal. Ahora bien, para que el sonido pase, como lo querría Helmholtz y como lo piensa Békésy, a lo largo de la cadena osicular, sería preciso que esta tuviera una tensión tal que no hubiera laxitud entre los huesecillos. Esto es cierto para los dos primeros, el martillo y el yunque, pero no entre el yunque y el estribo, pues existe un enorme hiato. Este hiato es considerable a escala atómica, ya que es del orden de un milímetro.
He hablado a menudo de este problema con los físicos del C.N.E.T. del que soy miembro y con los de la École Supérieure des Télécommunications donde enseño. Todos tropiezan con la imposibilidad de explicar un paso sin distorsiones. Algunos anatomistas, en particular Fumagali, que han estudiado muy particularmente lo relativo al tímpano y a los ligamentos de unión de los huesecillos, han respondido que esa distancia entre el yunque y el estribo no tenía ninguna importancia, que los sonidos graves pasaban sin inconveniente a través del espacio interosicular y que probablemente los sonidos agudos pasaban por los ligamentos mismos. Evidentemente, cabe pensar que pasa por todas partes; es una cuestión de fe; de todos modos, en el plano de la física pura, se trata aquí de un fenómeno extremadamente molesto, inexplicable.
X. — El oído no está hecho para oír
Otro fenómeno inexplicable y que aún no se ha logrado elucidar es el de la conducción ósea. ¿Qué es la conducción ósea? No se sabe mucho. Se la mide con ayuda de vibradores que están más o menos bien calibrados; apenas se comienza a entrever la utilidad de artefactos muy sensibles y muy fieles. Además, no hay que olvidar que la audiometría tonal hace intervenir sonidos puros que no existen en la naturaleza. Nos paseamos pues en un ámbito extremadamente complejo y delicado, de suerte que todas las hipótesis pueden admitirse, ya que aún no se conoce cómo funciona el oído. Para tranquilizarse, se afirma que el oído es una suerte de micrófono y que, por ello, cuando se envía un top en el oído del sujeto examinado, se encuentra del otro lado un impulso eléctrico que se consigna en grafismos sabios.
Pero el oído no funciona en absoluto así. El oído tiene un psiquismo; la integración la hace el cerebro y el sujeto solo oye lo que tiene ganas de oír. Hemos hablado extensamente ayer y esta mañana del autismo. Todos sabemos aquí que cuando un autista decide no oír, es imposible hacerlo reaccionar a cualquier ruido, a cualquier intensidad sonora. Incluso con un cañón de 75 al lado, no se mueve. El problema de la escucha humana es, pues, enteramente por revisar. Por lo demás, para quienes utilizan las técnicas audio-psico-fonológicas, es habitual constatar cuánto un oído se modifica audiométricamente, cuánto se transforman las curvas.
1. — La función vestibular: equilibrio y verticalidad
¿Cómo marcha pues el oído? Creo que nos hallamos en un callejón sin salida porque atribuimos esencialmente al oído la función auditiva. Ahora bien, el oído no está hecho para oír. Esto es muy difícil de hacer admitir. Sin embargo, en otro ámbito, muy próximo al de la audición, el ámbito de la foniatría, es clásico decir que la laringe no está hecha para hablar, que no hay órgano específico de la fonación, que se trata aquí de una adaptación segunda. Es cierto que se trata bien de una adaptación segunda, ya que la laringe está hecha para no tragar atravesado, la lengua para deglutir, la mandíbula para masticar, los labios para asir, el pulmón para respirar; y, sin embargo, sabemos someter todo este conjunto a la función de comunicación, hasta el gesto de la palabra (siendo la palabra el gesto en sí). Para el oído ocurre lo mismo. Se trata de una adaptación segunda.
Quisiera, pues, que tuvieran permanentemente en el espíritu la idea de que el oído no está hecho para oír. El oído tiene otras dos funciones que hemos olvidado y que reencontramos, sin embargo, fácilmente en toda la filogénesis y la ontogénesis. Estas dos funciones han sido lamentablemente separadas una de otra porque siempre se han querido considerar dos ramas distintas en el nervio auditivo: una correspondiente a la función vestibular, la otra que responde a la función coclear. Son ambas primitivas y primordiales. En realidad, es nuestro psiquismo el que las ha hecho suprimir de nuestra memoria.
Vamos pues a abordar sucesivamente el lado vestibular y el lado coclear del oído. Este tiene por primera función asegurar el equilibrio del ser. Es una evidencia. Todos lo sabemos, pero la dificultad viene del hecho de que se ha tomado este aparato de equilibrio para hacer de él la herramienta de la verticalidad. He aquí un enorme problema, pues no estamos aún listos para abordar la posición vertical, estamos solamente en vía de recorrido. Para quienes se ocupan aquí de psicomotricidad, se les da ciertamente la ocasión de constatar a menudo cuán difícil es llegar a que un individuo se mantenga erguido, a ver desencadenarse en él fenómenos de lateralidad, de expansión, de apertura, de crecimiento del ser hasta obtener la verticalidad de la columna. La columna vertebral no está hecha para estar de pie. Se conocen los problemas que conlleva este proceso hacia la rectitud de la columna. El corazón es insuficiente, por su bomba cardíaca, para alimentar el cerebro, y basta con observar cuántos malestares desaparecen en posición tendida. El pulmón, él, no está hecho para respirar de pie.
Miren cuántos seres están encorvados, incapaces de abrir su caja torácica en posición de pie, mientras que respirarían tan bien a cuatro patas. El tubo digestivo sufre, también él, de esta verticalidad; es un sifón que se llena y se vacía en posición horizontal; pero en cuanto el hombre se pone de pie, se crean estancamientos en las tuberías y provocan fermentaciones. Los problemas digestivos comienzan entonces, desempeñando un papel considerable en la patología general. En fin, hay que reconocer que no estamos del todo listos para tener una columna perfectamente recta, para abordar fácilmente la verticalidad, factor de humanización. Todo el combate de la vida (que representa simbólicamente en la Biblia el combate de Jacob) va a consistir justamente en el enderezamiento de esa columna, con la puesta en su lugar correcto de la pelvis. Es un problema muy importante que conocen bien todos los que se ocupan de kinesiterapia.
2. — La función coclear: recarga cortical
Esta función vestibular del oído reviste, en efecto, una importancia considerable en el plano neurológico, dado que el nervio vestibular se reencuentra a todos los niveles de la columna. Toca todas las raíces anteriores de la médula y tiene así por misión controlar, por intermedio del laberinto, a todo el individuo. Existe, por lo demás, una unión cierta entre las dos ramas del nervio auditivo, la rama vestibular y la rama coclear, es decir, entre el lado equilibrio, verticalidad, y el lado percepción, escucha. Para quienes tienen la costumbre de ocuparse de niños que no hablan (por tanto, que no pueden ponerse a la escucha), es fácil observar cuánto cuesta a estos niños mantenerse erguidos. A menudo están encorvados; tienen los hombros caídos; pisan con los talones al andar; están sin duda alguna más cerca del antropoide que del hombre realizado. Ahora bien, desde el instante en que se les pone bajo Oído Electrónico para desencadenar el lenguaje, se les ve en primer lugar enderezarse, tomar una postura derecha, mantenerse verticalmente. Hay, pues, algo que ocurre.
No hay que olvidar que, todas las raíces anteriores de la médula beneficiándose de una intervención del nervio auditivo por su rama vestibular, ni una postura, en el ámbito gestual, escapa al control de este nervio. Se comprende así mejor el aporte del sonido en el plano de la motricidad y de la plasticidad corporal. El nervio auditivo desempeña, pues, un papel importante en la estructuración de la imagen del cuerpo. Esto se une al hecho de que, cuando se modifica la audición y, en consecuencia, la fonación de un individuo por intermedio del Oído Electrónico, se modifica al mismo tiempo toda su motricidad y toda su postura. En el fenómeno audio-vocal, el cuerpo entero está, pues, implicado. Hay correlación inmediata entre el sonido emitido y la imagen del cuerpo en totalidad.
Abordemos ahora la segunda rama del nervio auditivo, la rama coclear. El nervio coclear está hecho para oír. Es al menos lo que se nos enseña. No lo creo en lo que a mí respecta. De partida, está destinado a recargar el cerebro en potencial eléctrico. Es una hipótesis que había emitido hace quince años, dándome cuenta de que existían modificaciones del electroencefalograma cuando se enviaban impulsos auditivos sobre el área temporal. Además, el hecho de que toda la gente se eufonizaba cuando se ponía a oír en la zona de las frecuencias elevadas, me hacía pensar que había allí un efecto dinamizante del haz de los agudos. En efecto, el nervio coclear asegura una gran parte de la recarga cortical gracias a los estímulos que recoge en el órgano de Corti en su parte más rica en células ciliadas. Ahora bien, la distribución de las células de Corti sobre la membrana basilar no se realiza de manera homogénea: escasas en la zona de los sonidos graves, las células se vuelven muy numerosas en la zona de los agudos. Por eso los sonidos graves arrastran al cuerpo sin recargarlo, mientras que los sonidos agudos lo dinamizan al tiempo que le aseguran energía.
Además, la tonificación de la voz por contrarreacción audio-vocal me ha hecho pensar en un fenómeno de autodesencadenamiento que hace que el individuo se recargue por su propia voz en cuanto esta es rica en haces armónicos. Este fenómeno es muy sensible en los cantantes. Se constata, en efecto, fácilmente que los tenores o los barítonos (cuyo registro recurre a un haz armónico elevado) dan prueba de una energía colosal, mientras que los bajos (sensibles a los graves) son a menudo depresivos.
3. — Los músculos del oído medio, adaptadores de impedancia
Yo mismo he hecho electroencefalogramas procediendo de la manera siguiente: ponía agua en los oídos de un sujeto, colocaba dos bolas Quiès para que el agua no se escapara y, en las dos horas que seguían, practicaba el examen encefalográfico. El diagrama obtenido era entonces aplastado, marcando una inexistencia de la carga cortical. Esta experiencia es, por lo demás, fácil de realizar en laboratorio y todos pueden probarla. No he ido, a decir verdad, hasta el estadio de Stanley Jones. Este ha hecho recientemente estudios en este ámbito, pero parece haberse mostrado más malvado que yo: en efecto, en lugar de aislar a los sujetos con sus dos oídos y algunas bolas Quiès, los ha sumergido en agua en totalidad y a la misma temperatura que el cuerpo para que no hubiera intercambio térmico; mejor aún, los ha puesto en un estado de agravitación con suficiente agua y les ha colocado un tubo para dejarles respirar; a continuación, les ha vendado los ojos para bloquear toda su sensorialidad, luego los ha dejado macerar y ha observado lo que ocurría. También él ha constatado un aplastamiento de la curva encefalográfica, pero el inconveniente de la experimentación llevada a cabo por Stanley Jones ha residido en el hecho de que los individuos que se entregaron a estos ensayos (y que eran miembros de su laboratorio) han terminado todos esquizofrénicos en un hospital psiquiátrico, por detención de la carga cerebral. Stanley Jones no ha podido recuperarlos. Pienso que es verdaderamente lamentable que no haya sido informado de nuestras técnicas de recarga cortical mediante el sonido a través del Oído Electrónico. Creo que habría sido posible reactivar el córtex encendiendo la parte cortical con ayuda de sonidos filtrados.
Stanley Jones precisa bien que, para que un cerebro funcione, para que tenga siempre su tono, le es necesario recibir 3 mil millones de informaciones por segundo, cuatro horas y media al día. Les he dicho ayer que se suprimía gran parte de la energía del ser al suprimir el oído. Quisiera añadir que se elimina también mucho al suprimir la piel. Veremos más tarde las relaciones íntimas que existen entre el oído y la piel. Sea como fuere, experimentos han revelado que cuando se elimina la audición de un sujeto, se llega a suprimir entre el 60 y el 90 % de la estimulación cortical. Esto prueba bien que el oído no es un aparato que tenga por única función la escucha y que es también un órgano de recarga cortical. Por eso se puede dinamizar al ser con ayuda de sonidos.
Estos sonidos, ¿cuáles son? Durante mucho tiempo me he preguntado si había sonidos de carga y sonidos de descarga. Ahora estoy seguro de que existen. ¿Por qué son de carga o por qué son de descarga? Pues sencillamente porque algunos sonidos van a cargar el córtex y permitirle una hiperactivación, mientras que algunos otros, por el contrario, van a descargar al ser de toda su vitalidad. Veremos dentro de un momento cuáles pueden ser estos diferentes sonidos, pero, esperando, conviene recordar que tenemos un psiquismo que se ingenia en desviar las verdaderas funciones humanas. Les decía esta mañana que la desdicha del hombre es ser inteligente. Antes incluso de poder explotar su máquina corporal e integrar normalmente su vivido, se pone a construir un lenguaje con fines de comunicación. Para ello, utiliza su oído y, las más de las veces, bloquea su función auditiva en un rechazo a comunicar que priva al mismo tiempo al ser de la posibilidad de recargar su cerebro en potencial eléctrico.
Vamos ahora a abordar algunas nociones de fisiología y de embriología. Les recuerdo que el oído posee tres huesecillos y dos pequeños músculos de los que se habla raramente. Tal vez se habla más ahora, pero, hace veinticinco años, parecía herético evocar tales observaciones. Estos músculos no han sido puestos ahí por nada. Son músculos de acomodación con los que el ser humano va a poder jugar para entrar en comunicación con el mundo exterior, para dialogar con el otro. Son músculos que permiten al oído no ser, como se piensa ordinariamente, un transmisor de sonidos por la cadena osicular, sino un adaptador de impedancia. Tendremos que volver dentro de un momento sobre este problema muy importante.
XI. — Filogénesis del oído: de la línea lateral del pez al oído humano
Esperando, quisiera hablarles brevemente del oído fetal. Se sabe ahora que el feto oye in utero. Desde el cuarto mes y medio del embarazo, las informaciones pasan, pero el oído está terminado bien antes. Se sitúa al nivel más arcaico del ser, al nivel del bulbo; el oído bulbar es, en efecto, el aparato más arcaico que tenemos a nuestra disposición; a continuación se va a fabricar la olfacción, luego la visión y, por último, sobre el córtex o el neo-córtex, aparece de nuevo la audición. Dicho de otro modo, el nervio auditivo tiene esto de característico: que es el más arcaico pero también el más reciente de nuestros aparatos sensoriales. Existen, pues, dos polaridades que me parece importante señalar.
En el plano filogenético, recuerden que, en los peces inferiores, existe a cada lado de sus flancos una «línea lateral» que no es sino un tubo. Está situada en el lugar donde las escamas parecen unirse. Al inyectar líquido en este tubo de adelante hacia atrás, se constata un batido de las aletas en cierto sentido, a una velocidad más o menos grande según la velocidad de flujo del líquido. Si, por el contrario, se inyecta el líquido de atrás hacia adelante, se asiste al mismo fenómeno, pero en sentido contrario. Si se detiene el chorro, las aletas se detienen. Ahora bien, ha sido probado, en particular por los cibernéticos modernos, que esta línea lateral era un aparato de estimulación destinado a recargar el embrión cortical de este pez, gracias a una hiperexcitación de las células que se hallan en el interior de este tubo lateral.
En el pez superior, este aparato desaparece para transformarse, en la parte cefálica del animal, en un nuevo aparato denominado «otolito». Este último es una pequeña vesícula provista de células ciliadas y en la que reside un pequeño guijarro (que le vale su denominación). Gracias a los movimientos del animal y a la fuerza de gravitación, este aparato va a recargar el córtex (ya más elaborado) y procurar por ello, a las aletas, su actividad. Dicho de otro modo, cuanto más movimiento hay, más carga cortical hay. Se trata de la puesta en marcha de todo un sistema de contrarreacciones muy importante en el plano de la eficacia de la vida.
Este aparato es justamente el que va a dar el oído. Pero no es de golpe que se va a poder alcanzar el oído humano. Habrá muchos pasos por franquear, muchos intermediarios que contemplar, algunos de los cuales se revelarán ineficaces, en particular en algunos reptiles. Los animales prehistóricos, y en particular los dinosaurios, tenían por característica tener su oído soldado a la columna vertebral. Los grandes mamíferos de esta era utilizaban toda su columna como aparato sensorial de escucha y de recarga, que realizaba verdaderos voladizos que les permitían recibir las informaciones.
Para otras especies, como los reptiles, se constata que el oído ha obviado. Para poder oír al salir del agua, el reptil (como, por lo demás, el feto que va a salir del vientre de su madre) ha debido afrontar procesos de adaptación. Nos hallamos entonces en presencia de un importante linaje de reptiles que oyen mediante presión acústica de todos sus miembros, por tanto, por conducción ósea, como en los animales prehistóricos. La famosa vesícula que constituirá el oído se beneficiará más tarde, en otras especies, de una soldadura con el omóplato. Luego, en un estadio evolutivo más avanzado, en un linaje más elaborado (el de las serpientes y algunas aves), se hará una unión entre esta vesícula y el hueso hioides; para otros animales, la unión se realizará con el hueso del cráneo.
Todos estos sistemas presentan un inconveniente: mientras que el hombre ha llegado a un estadio que le permite siempre oír, el animal tiene «fadings». El pájaro, por ejemplo, que tiene su sistema osicular soldado, hecho de un solo hueso, la columela, no oye nada en cuanto se pone a cantar; los cazadores lo saben muy bien, ellos que, de las aves posadas sobre la rama, disparan siempre primero a la que no canta, y luego a su placer al ave cantora, que no ha oído nada. El rumiante, cuando rumia, tampoco oye lo que ocurre en el exterior, pero hace bastante ruido para oírse a sí mismo. Un fenómeno de adaptación va a instalarse, pues, y progresar, a medida que se sube en el linaje animal; se ve así realizarse un perfeccionamiento del oído que tiende a eliminar esta dificultad.
Los mamíferos, en cuanto a ellos, han alcanzado, por supuesto, una adaptación superior, que se acerca por lo demás a la nuestra. Así, los monos poseen un conjunto mucho más elaborado en cuanto a la fonación; estos animales, más evolucionados que nosotros en este aspecto, tienen un aparato que funciona mejor que el nuestro; poseen igualmente una escucha que podría funcionar tan bien como la nuestra… si tuvieran el pensamiento. He aquí, pues, la gran diferencia sobre la que no quisiera detenerme hoy, no queriendo entrar en consideraciones de orden filosófico. Que me sea solamente permitido precisar que no es tanto en el plano anatómico donde nos reencontramos en este estudio sino bien en el plano de la función y del impulso cortical que determina esta función. Lo que parece, pues, esencial retener aquí es el hecho de que, en el hombre, ningún órgano parece habilitado para tener una acción cualquiera en la fonación como en la escucha.
XII. — La relación madre-hijo y la voz materna
Tras este aparte filogenético, quisiera volver al problema del oído en tanto que medio de comunicación o de no comunicación con el otro, a través del vivido de la primera relación, de la relación primordial, la que se tiene con la madre. Este deseo de comunicar con la madre nace, por supuesto, in utero. La relación se instala de mil maneras, al contacto de las membranas uterinas, a través del líquido amniótico, por intermedio también y sobre todo del cordón umbilical, enorme pipeline que va a aportar al niño lo que necesita, la nutrición pre-digerida, el oxígeno, las hormonas, etc. Es interesante notar que, de golpe, el feto responde a este don permanente devolviendo desechos. El diálogo se instala así sobre un modo que continuará tras el nacimiento pero que no deberá sobrepasar cierto período de la vida, a fin de no fijar al ser en un estado de dependencia infantil.
Esta relación niño-madre es muy importante, ya que es para reencontrarla por lo que el oído va a hacer mil esfuerzos de adaptación tras el nacimiento, con vistas a revivir el dúo sónico mantenido durante la vida fetal. En el momento en que el niño se halla expulsado bruscamente (y a menudo dolorosamente) de esa cáscara securizadora que es el útero, en el momento en que se siente tan desamparado ante el universo inmenso y temible que se le ofrece, va a intentar reencontrar a su madre por todos los medios y, en particular, tendiendo su oído a la voz materna.
Recuerden ese signo que reporta Thomas. André Thomas era un gran médico, discípulo de Déjerine (alumno él mismo de Broca) a quien tuve la suerte de conocer porque vivió muchos años; yo era su alumno en el Hôpital Trousseau. Thomas nos mostraba siempre, al examinar un lactante, hasta qué punto este era tónico durante algunos días tras el nacimiento y cómo caía después en una total pasividad. Esta observación no nos sorprendía sobremanera, lo que probaba, por lo demás, cuán ignorantes éramos. Otra observación de Thomas, no menos interesante, era la que se ha denominado más tarde «el signo del nombre». Este signo marca, de manera sorprendente, las relaciones íntimas, estrechas, que pueden existir entre la madre y el niño. Se estudia desde el 4.º o 5.º día y no puede exceder el 10.º día. Toman ustedes a un lactante, lo sientan (tiene incluso ganas de ponerse de pie); se mantiene muy bien sentado, manifestando una gran tonicidad. Si alguien pronuncia su nombre, el niño no se mueve. En cambio, si la madre lo llama por su nombre, el lactante cae siempre del lado de la voz de la madre. Si está colocada detrás de él, cae hacia atrás; si está colocada a su izquierda, se inclina hacia la izquierda, etc. Parece, pues, haber una llamada que rememora un vivido, una relación anterior conocida antes del nacimiento. Pienso, por lo demás, que esta notable observación podría también denominarse «el signo de la voz», pues es la voz la que el niño reencuentra y no específicamente su nombre. Esta experimentación solo puede realizarse hasta el 10.º día de la vida del lactante. Después todo se apaga. ¿Por qué, pues?
Partiendo, pues, del principio de que el oído es el elemento que determina la dinámica del hombre, parece indispensable estudiar los diferentes estadios por los que pasa el oído desde la vida intrauterina hasta el estado de adulto. Durante el período fetal, el oído está enteramente sumergido en un líquido; es entonces esencialmente un aparato hecho para oír en medio líquido. Los tres pisos —el oído externo, el oído medio y el oído interno— están sumergidos en el líquido amniótico. La transmisión del sonido se hará, pues, enteramente a través de capas de agua. Desde el nacimiento, desde la entrada en un medio esencialmente aéreo, el oído deberá entonces adaptarse a este nuevo entorno acústico. Deberá afrontar los mismos problemas de adaptación que aquellos que el animal de la noche de los tiempos ha intentado resolver, sin poder, no obstante, conseguirlo tan bien como el hombre, pues no teniendo a su disposición una estructura interna tan elaborada.
El oído está, pues, lleno de líquido durante su vida fetal. En el momento del nacimiento, se vaciará parcialmente de ese líquido. Solo el piso externo se llenará de aire. Es un detalle que se olvida a menudo. El oído medio va, en efecto, a permanecer lleno de líquido amniótico durante los diez primeros días de la vida; lo que hace que tantos otólogos, sorprendiendo un tímpano ligeramente abombado, piensen que hay otitis. No, no es una otitis; es simplemente líquido amniótico que se halla en el interior del oído medio. Sobre todo no hay que tocarlo, pues la relación sónica debe poder continuar realizándose, durante los pocos días que siguen al nacimiento, sobre un modo aún líquido que recuerde al lactante su vivido uterino. La ruptura, la separación serán así menos brutales. Después, al 10.º día, el oído medio se vacía y el gran agujero negro aparece. El niño ya no oye; pierde su tonicidad por el hecho de que la comunicación sónica líquida, rica en frecuencias agudas, desaparece. Harán falta a continuación semanas y meses para que el lactante adapte su oído a las impedancias del aire con vistas a reencontrar esa voz materna que lo ha mecido durante su periplo fetal.
Parece bueno insistir en esta ocasión en el hecho de que, en el lenguaje, no es solo el lado semántico lo que tiene su importancia. Hay toda la empatía que pasa entre dos seres, en ciertas circunstancias y, en particular, cuando se trata de la relación madre-hijo. El niño oye lo que su madre piensa, no hay que olvidarlo. El feto está, pues, ya sensibilizado a la voz de su madre, a esa voz que ha oído, gustado, saboreado, durante su vida fetal. Y si la madre ama a su hijo, si desea darle la vida, hacer de él un ser humano, habrá obligatoriamente comunicación y, más tarde, lenguaje. En caso contrario, habrá trastorno de la relación. Recuerden esa experiencia hecha por los nazis durante la última guerra: queriendo producir superhombres, inyectaron el esperma de los más bellos S.S. en las más bellas muchachas que habían encontrado. El resultado fue desastroso, ya que entre los lactantes se contó un 60 % de niños sordomudos. No creo que estos niños fueran realmente sordos; eran simplemente sordos a la comunicación por el hecho de que una ley de amor no había podido ser instituida durante el embarazo. Esta inseminación experimental no había podido desencadenar, en efecto, una verdadera relación madre-hijo, soporte esencial del futuro lenguaje.
Habría sido interesante saber si estos niños eran autistas o si tenían malformaciones congénitas. No creo que haya que retener esta última hipótesis. La de un rechazo de escucha, de un rechazo a comunicar, me parece más plausible. Esta experiencia me había sido reportada por un profesor de Normale Supérieure cuya escucha había reeducado. Intenté contactarlo más tarde para obtener las referencias relativas a esta experiencia, con vistas a un estudio más profundo. Al no poder volver a contactar con él, me disponía a abandonar las investigaciones, cuando un día me encontré cara a cara con el autor de ese relato. Era un lituano que había conocido esta experiencia y que, habiendo podido escapar de los alemanes, había reportado, en un libro patético, lo que había ocurrido.
Existe, pues, una relación madre-hijo que se establece desde los primeros instantes de la concepción, que va a continuar durante todo el embarazo y que el niño querrá reencontrar desde su nacimiento. Cuando nace a la vida de los hombres, cuando viene al mundo tras haber dejado su paraíso uterino, el lactante debe poder reencontrar inmediatamente a su madre a fin de que la separación no sea vivida de modo dramático. Debe poder tocarla, palpar su seno, oír su voz y beberla, como la ha tocado, oído y bebido durante su vida fetal. Y es la razón por la cual va a concentrar toda su energía para adaptar su audición, preparar su oído a la escucha y hacer de él un captor capaz de detectar esa voz que ha conocido en una vida anterior y que, ella sola, cuenta para él.
XIII. — Las barreras del sonido: V, VII y X pares craneales
Podemos ahora abordar una nueva función del oído, una tercera función, la inherente a la escucha humana. Aquí el factor psicológico va a intervenir de manera determinante y, según que la primera relación haya sido aceptada o rechazada, el oído sabrá abrirse o cerrarse a la comunicación.
Que me sea permitido recordarles que, antes de alcanzar el nervio auditivo, el sonido está obligado a atravesar muchas barreras; barreras que se asemejan extrañamente a las que se hallan en el mundo esotérico. Algunas de ellas parecen muy difíciles de franquear; corresponden justamente a las barreras de la existencia que cada uno de nosotros debe afrontar para ir hacia la vida verdadera.
Cuando un sonido llega a un individuo, lo importante es saber si este desea o no desea oírlo, si desea acogerlo o más bien rechazarlo, si quiere apertrechar su cuerpo para recibirlo, preparar su mímica facial con vistas a escucharlo o bien rechazar la comunicación, si busca tender el oído o relajarlo. Hay aquí un «apresto» a la escucha, una postura de relación o de no relación que solo el ser humano es capaz de adoptar pero de la que puede luego ser prisionero.
Les recuerdo, pues, que la inervación de la cara se realiza en el oído, en el lugar del meato, por dos ramas nerviosas:
-
1.º la de la parte posterior dirigida hacia el pabellón y constituida por el nervio facial, es decir, el VII par craneal, que inerva todos los músculos de la cara salvo el elevador del párpado;
-
2.º la de la parte anterior que está mandada por el V par, que inerva al mismo tiempo la musculatura de la mandíbula en el movimiento de apertura y cierre de la boca.
En el conducto auditivo, se encuentra la misma distribución: la parte posterior depende del reino del VII par, mientras que la parte anterior depende del reino del V par. Luego se llega al tímpano, que es un lugar muy interesante. Atrás, la inervación responde al facial pero hace intervenir sobre todo otro nervio, muy importante sobre el que a menudo he insistido —y me excuso por ello. Se trata del X par o nervio neumogástrico o nervio vagal.
Pido a quienes hacen el mismo oficio que yo recordarlo bien e inscribirlo en letras de oro, pues creo que es aquí una de las claves esenciales de todo el conjunto. Y para los analistas que buscan soluciones con vistas a la liberación del ser, les aconsejo recordar que el tímpano está inervado por el nervio neumogástrico y que, en consecuencia, todo lo que va a tocar el tímpano —en particular el verbo— va a tener interferencias sobre todo el sistema parasimpático.
A nivel del tímpano, el neumogástrico tiene su única emergencia cutánea; esta se dobla a continuación de la parte interna del tímpano gracias a fijaciones de suplencia con el IX par, el cual inerva la trompa de Eustaquio y la faringe. El X par inerva igualmente algunos músculos del cuello, gracias a su colaboración íntima con el nervio espinal, hasta el punto de que se le puede llamar el neumoespinal o el vagoespinal; es en realidad el mismo nervio. El espinal inerva los músculos laterales del cuello; es él quien dará, en el animal humano, el aire de perro apaleado o quien verticalizará al ser suscitando la rectitud del cuello. Por lo demás, todos los que tienen la costumbre de utilizar nuestras técnicas saben que un niño que no oye los agudos está siempre encorvado. Se mantiene mal. De nada sirve decirle permanentemente «mantente erguido, mantente erguido», pues no puede rectificar él solo su postura. Pero basta con hacerle oír los agudos bajo Oído Electrónico para verlo enderezarse inmediatamente.
Constatamos a continuación que el nervio neumogástrico, cuya emergencia se halla a nivel del oído, manda igualmente la faringe que es, no lo olvidemos, el lugar donde se encuentra una parte de la angustia (la palabra «angina» y la palabra «angor» pueden relacionarse fácilmente). Cabe observar, por lo demás, al aplicar nuestras técnicas en un niño que no quiere entrar en el lenguaje, que a menudo somatiza a nivel de la garganta haciendo una angina. Resiste a las sesiones tomando el microbio, el estafilococo u otro, como medio de fuga. Muchos niños autistas o esquizofrénicos hacen a menudo una angina al inicio de la cura. Hay que saber que es una reacción normal.
El X par controla igualmente la laringe en su función motora y sensible. Por eso puede «cortarnos» la palabra o dárnosla, transmitirnos la sensación de bola que sube y que baja. La parte motora de la laringe está bajo la dependencia de una rama del neumogástrico que se llama el «recurrente» (porque hace marcha atrás). Este presenta una particularidad en la que les pido pensar y que consiste en una diferencia sensible existente entre el recurrente derecho y el recurrente izquierdo. El izquierdo pasa bajo la subclavia y ataca la laringe pasando bajo la aorta, es decir, tomando un itinerario de 40 a 50 cm más largo que el circuito derecho. Este aumento de trayecto introduce un retraso, pues la información sobre un nervio va lentamente; no va a la velocidad de la corriente eléctrica; cabe notar una media de 20 m/s, 50 m/s a lo sumo para algunos nervios. Hay, pues, lugar a notar un trayecto izquierdo mucho más largo que introduce una asimetría, cuyo papel es muy importante en el ámbito de la lateralidad.
El neumogástrico inerva igualmente el corazón a nivel de las coronarias y manda su irrigación. Es él quien va a dar palpitaciones, los problemas cardíacos hasta el infarto, es decir, la angina de pecho, el angor pectoris. En el plano pulmonar, inerva los bronquios y va a provocar el asma, verdadero ahogamiento, verdadera inundación bronquial que recuerda la respiración acuática del feto.
El X par constituye, pues, un conjunto neurónico muy importante que manda numerosas regiones del cuerpo humano. En lo que concierne a la rama derecha y a la rama izquierda, tres hipótesis pueden evocarse:
-
1.º el nervio derecho sigue su camino en el abdomen, en el intestino, en toda la parte baja, en paralelo con el nervio izquierdo;
-
2.º o bien se vierten uno en el otro a nivel del plexo solar;
-
3.º o bien —y me inclino más hacia esta última hipótesis, que parece ser actualmente la de los neurólogos, en particular Delmas— el derecho se vierte en el izquierdo, volviéndose este dominante a partir de cierto punto. Va a continuación a terminarse en la vesícula biliar inervando al paso el bazo, el páncreas, los dos riñones, el intestino en totalidad (el intestino delgado y el grueso); el recto y, por anastomosis, los órganos genitales.
Se ve así que el neumogástrico inerva todo el ser interior y desempeña un papel considerable. Hacerse de bilis es, de hecho, jugar mal de su neumogástrico. Dicho de otro modo, volverse dueño del sonido a nivel de la tensión del tímpano es volverse dueño de ese nervio que los antiguos llamaron, con razón, el Vago, para evocar el «vago al alma» que tan fácilmente puede suscitar.
Henos aquí, pues, frente a un conjunto complejo que, a lo largo del trayecto que va a tener que efectuar el sonido, va a hacer intervenir el V par, el VII, el X y, al final del recorrido, si la puerta quiere abrirse, el VIII par, es decir, el nervio auditivo. Para que esta puerta se abra, hace falta que haya tensiones complementarias, en particular a nivel del tímpano. Si el tímpano está poco tenso, es decir, muy móvil y muy movilizable, es únicamente la angustia la que va a expresarse. En los sujetos que no oyen los agudos, que rechazan oír, que rechazan la comunicación y que no saben hacer análisis sobre la membrana basilar, el tímpano no está tenso. Hay entonces una sacudida demasiado grande que va a poner en resonancia todo el trayecto del neumogástrico y que va, pues, a suscitar apretones a nivel de la laringe, o palpitaciones o trastornos digestivos, etc., es decir, que va a provocar todas las contrarreacciones vagales que conocemos ahora perfectamente bien.
¿Qué hacemos pues con el Oído Electrónico para que, en tan poco tiempo, la angustia caiga, el estado de euforia aparezca y el deseo de comunicar se manifieste con tal intensidad? Pienso que sencillamente permitimos al tímpano tensarse de tal manera que, en un momento dado, vibre al mínimo para evitar la repercusión vagal y para volverse entonces verdaderamente un aparato transmisor de sonidos.
XIV. — Nueva teoría de la fisiología auditiva: el sulcus tympani
Pero a partir de allí, ¿cómo se va a transmitir el sonido para alcanzar el oído interno? ¿Va a tomar la cadena osicular situada en el oído medio para llegar a la ventana oval? No lo creo. Y es ahora cuando se va a precisar una nueva teoría de fisiología auditiva que hace intervenir recorridos totalmente diferentes de los que hasta ahora han apuntalado las hipótesis de los especialistas de la audición. Es una teoría psicofisiológica que quisiera evocar aquí, pues el oído humano es el único en poder, por medio de una adaptación excepcional, no oír sino lo que le place oír.
Para las cosas que nos interesa escuchar, tendemos el oído. Ahora bien, tender el oído es, en un momento dado de concentración a la escucha, recoger el sonido que nos penetra de todas partes, a través de la piel, del esqueleto, etc., y transmitirlo a la vesícula auditiva que es el laberinto óseo; allí, una distribución va a hacerse según un sabio dispatching realizado por el psiquismo. Pienso que sería verdaderamente útil revisar la fisiología humana bajo un nuevo ángulo y según un enfoque totalmente diferente del adoptado por nuestros contemporáneos y sus predecesores. El hombre no es una rana que retrae su pata en cuanto se la excita. Es cierto en cierta medida y en ciertas circunstancias. Si se pone la mano sobre algo muy caliente, se la retira inmediatamente, por supuesto; pero a menudo se pone la mano sobre ciertas cosas, sin por ello retirarla. Existe una suerte de libre albedrío que hace que se pueda elegir. En el ámbito de la escucha, ocurre lo mismo. Nadie puede forzarme a oír y aún menos a escuchar si no tengo ganas. Y por eso es absolutamente indispensable repensar la psicofisiología del oído, considerar los aparatos sensoriales humanos no como los de los animales sino bien como antenas proyectadas por el hombre para oír o para escuchar, para ver o para mirar. Existe siempre una intencionalidad previsional que hace que vayamos a utilizar o no nuestros aparatos sensoriales para comunicarnos con el mundo exterior.
Estamos pues en el punto de preguntarnos por dónde pasa el sonido. La cirugía actual de la cofosis (es decir, de la sordera) muestra que el sonido no pasa justamente por la cadena osicular. La prueba está en que, cuando se practica una trepanación de la parte externa del canal semicircular externo del oído (como lo sugería Lempert), es decir, cuando se practica un agujero en este canal, agujero que no tiene nada que ver con lo que son las ventanas redonda y oval, el sujeto se pone súbitamente a oír, lo que es absolutamente aberrante respecto de la fisiología auditiva actualmente admitida. Por otra parte, la teoría de la mecánica hidráulica (como lo ha demostrado Békésy) está aún lejos de ser satisfactoria y no puede justificar los resultados obtenidos por los cirujanos de la sordera.
Lo que prueba que el sonido pasa por otro sitio. ¿Pero por dónde pasa, pues? Para intentar dar una respuesta a esta pregunta tan importante para nosotros que trabajamos únicamente con ayuda de sonidos, me parece necesario retomar en primer lugar el estudio del tímpano. Notaremos ante todo que este tiene la posibilidad de musculizarse o de desmusculizarse, que incluso puede por su estructura intrínseca enriquecerse de fibras o, por el contrario, borrarse fácilmente, según que el sujeto sepa o no servirse de su tímpano para escuchar. En algunas personas como los otoesclerósicos, que no oyen y que prácticamente ya no utilizan su tímpano, se puede ver el estribo en la cámara media, a través de la membrana del tímpano, como si hubiera ante este huesecillo algo diáfano (notemos que los otros dos huesecillos se sitúan más arriba en la cavidad del oído medio). En cambio, en quienes tienen un oído bien tenso y bien musculado, no se puede ver nada a través del tímpano. Un hermoso cono luminoso se presenta entonces, testimonio de una perfecta tonicidad; y en la parte baja, en particular allí donde se insertan los arcos, las fibras arciformes de Fumagali, se halla un tímpano muy bien construido, muy bien estructurado.
Les preciso que el tímpano (o más exactamente la membrana timpánica, pues el tímpano es anatómicamente el agujero donde se inserta la membrana) entra en un gran surco que se llama el «sulcus tympani» y que permite al tímpano enganchar fuertemente a la pared ósea con ayuda de fibras extremadamente sólidas. El juego va a consistir en que la membrana esté suficientemente tensa para que la impedancia (es decir, la resistencia mínima al mensaje a pasar) sea la del hueso subyacente. En ese momento, existe una tensión tal que el hueso periférico del sulcus (que deja pasar el sonido referencialmente a la frecuencia 2.000 Hz) se vuelve el transmisor del sonido hacia la pirámide petrosa en la que se halla la vesícula ósea laberíntica. Esta está hecha de un hueso extremadamente denso como el de la parte baja del oído medio que la une al sulcus tympani. Se halla en suspensión en la pirámide petrosa que está hecha de trabeculaciones ligeras, como si todo estuviera estudiado para que no hubiera ninguna transmisión por otro sitio salvo por la parte externa del laberinto óseo.
Dicho de otro modo, toda información sonora que recibimos es transmitida inmediatamente por conducción ósea a la vesícula laberíntica. Cuando digo «conducción ósea», quiero significar «conducción por intermedio de todo el esqueleto del oído» y no por la cadena osicular. Esta no está destinada, a mi juicio, a transmitir el sonido sino a regular las presiones del líquido contenido en la cóclea. Desempeña un papel regulador de presiones, de adaptador de impedancia, y no interviene sino al final del recorrido para dar el último golpe de llave que va a determinar la percepción consciente del sonido y permitirá la transmisión al cerebro. Me es imposible detenerme aquí en los mecanismos desencadenados en el oído interno tras el laberinto membranoso contenido en el laberinto óseo. Todo un juego de presiones va a intervenir y permitir el análisis más o menos fino de la información sonora sobre la membrana basilar. Y es entonces cuando el estribo y toda la cadena osicular del oído medio van a entrar en escena para asegurar o bloquear el funcionamiento del oído interno.
XV. — La audiogiría específicamente humana
Un estudio más profundizado de esta nueva teoría de la fisiología auditiva debe ser próximamente publicado en un libro sobre «la escucha humana». Podremos, si lo desean, volver sobre ello en el curso del próximo congreso. Esperando, pienso que ustedes van a poder, gracias a las hipótesis que se les acaban de proponer, inclinarse sobre este vasto problema de la fisiología auditiva. Estas hipótesis tienen al menos el mérito de poder explicar, en gran medida, los resultados que obtenemos bajo Oído Electrónico, resultados que ninguna teoría actual puede justificar. Por añadidura, no pueden encontrar ninguna objeción válida en el plano fisiológico. Por eso urge proponerlas a todos los que buscan en una dirección.
Antes de terminar, quisiera decir algunas palabras sobre la audiogiría a la que se ha aludido en la obra titulada «Éducation et Dyslexie». Esta audiogiría, específicamente humana, pone de manifiesto el uso que el hombre ha hecho de su oído para comunicarse con su entorno con ayuda del lenguaje.
Para comprender mejor esta función esencial, parece necesario estudiar lo que ocurre en los animales y constatar la progresión hacia el hombre o más bien la mutación al nivel del ser humano. Cuanto más evolucionado está un animal, más se dirigirá hacia fenómenos de acomodación. En un pájaro, por ejemplo, se constata que su visión es monoocular; y luego, poco a poco, se llega en el mamífero a una biutilización. Y en el mono, la biutilización va a hacerse de modo que, bajo el mando del II par (nervio óptico), va a haber convergencia y asociación de los movimientos de los ojos y de la cabeza; estos van a poner al III, al IV, al VI y al XI par bajo la férula del II par. Lo que quiere decir que el animal va a poder girar los ojos por todos los lados, hacia arriba y hacia abajo, como desee, y que va a poder también girar la cabeza como quiera si desea ver. Es el estadio máximo que pueden alcanzar los niños que no están investidos de la función hablada. Mientras no se nombren las cosas, uno se comporta así. Se vive ciertamente en un universo visual, pero, desde el instante en que las cosas son nombradas, desde el instante en que la memorización verbal aparece, desde el instante en que hay deseo de comunicar, de ir hacia el otro, hay sometimiento de todo este conjunto a la función laberíntica. Parece, pues, que el II par tenga bajo su dependencia el fascículo geniculado y que, gracias a anastomosis múltiples, se entregue él mismo enteramente al VIII par. Se sabe que las pruebas llamadas «calóricas» por irrigación de agua en un oído prueban la acción del laberinto sobre la visión, por aparición de un nistagmo.
XVI. — El lenguaje del niño: hacia el silencio
En resumen, si se observa la progresión del animal hacia el hombre, se constata que la cima de la organización animal es opto-óculo-cefalogira mientras que, en el hombre, es audio-opto-óculo-cefalogira o, en abreviado, «audiogira», es decir, sometida a la audición. Parece, pues, que estamos esencialmente inducidos por el deseo de comunicar y de hablar. Pero si ese deseo no existe, la humanización se vuelve imposible.
Pienso que es tiempo ahora de separarnos. Quisiera, sin embargo, decir aún una palabra sobre lo que hemos evocado esta mañana en lo que concierne a Edipo y al lenguaje. Hemos hablado brevemente, lo recuerdan sin duda, de ese paso de estructura en estructura; pienso que la psicolingüística, en una aproximación ulterior, deberá estudiar en el plano psicofisiológico los diferentes estadios del lenguaje. Los primeros son fáciles; es el simple balbuceo, después el parloteo, luego el tartamudeo. Pero en cuanto se aborda el verdadero lenguaje, la dificultad comienza por el hecho de que, con las mismas palabras, se pueden expresar cosas diferentes. Esto es importante y quisiera insistir en este punto algunos instantes antes de separarnos.
Cuando un niño dice una simple palabra, es toda una sintaxis extremadamente densa lo que expresa de manera condensada. Hacemos siempre, como lingüistas, un error fundamental al no querer considerar eso como lenguaje, cuando se trata de todo un discurso a descifrar. Cuando un niño dice «pipí», eso quiere decir «tráeme el orinal ahora mismo. Lo necesito, si no va a haber una catástrofe». Eso me recuerda una palabra de niño absolutamente deliciosa que evocaba esto: «Mas no, mamá, no es una catástrofe, es una pipistrofe». Pues bien, es todo eso lo que el niño quiere expresar en esa sola palabra; está todo: el fraseo, la puntuación, el tono. Igualmente, cuando llama «mamá», eso puede significar mil cosas.
Esta suerte de telescopaje lingüístico tiene lugar al inicio de la vida del niño, cuando comienza a mantenerse de pie. Y es cuando va a dar sus primeros pasos, cuando va a comenzar a desplazarse en el espacio, cuando la frase se introducirá y aparecerá el verbo. Su «yo» se halla entonces implicado de manera permanente. En realidad, es su yo, yo-objeto, su yo existente el que interviene, pues solo él cuenta. Su universo es puramente egocéntrico. Después, poco a poco, se da cuenta de que el otro existe, que el otro-objeto existe, y se produce una suerte de descentralización de su ego. Se le ve crear otros objetos que él mismo; todo el resto se convertirá, a su lado, en una suerte de complemento; la gramática va por fin a estructurarse y a tomar su verdadero lugar.
Pero la gramática es esencialmente neurónica. La dificultad será, pues, para el lingüista, considerar las diferentes etapas del lenguaje y saber que, con un mismo lenguaje, el sistema nervioso de un niño de 12 años no dirá la misma cosa que el de un hombre de 30 años, el cual, a su vez, no querrá significar la misma cosa que el de un hombre de 50 años. El psicoanálisis está ahí para darnos las estructuras de la significación de cada uno de los términos en función de lo vivido y en función del análisis de la estructura de ese vivido. Y el lenguaje último deberá ser aquel que permita hablar sin ninguna proyección psicoanalítica. Pienso que ese lenguaje estará entonces muy próximo del silencio, de ese silencio que voy ahora a intentar hacer.
Fuente: A.A. Tomatis, «Nouvelles théories sur la physiologie auditive — application de l’oreille électronique», conferencia pronunciada en el 2.º Congreso Internacional de Audio-Psico-Fonología, París 1972 (diecinueve páginas). Digitalización del documento por Christophe Besson, 4 de junio de 2010. Documento proveniente de los archivos personales de Christophe Besson.