Introducción

Contemplar el examen clínico del lenguaje es considerar este como una entidad existente, clínicamente observable. No es de uso en la hora actual insertarlo en el balance que el médico tiene costumbre de practicar. Sin embargo, nos parece bueno subrayar que si el lenguaje fue antaño objeto de estudios realizados principalmente por lingüistas y fonólogos, ha vuelto a encontrar desde hace algunas décadas un auge médico incontestable.

El enorme impulso dado por BROCA, hace apenas un siglo, el despertar de la psicología, el monólogo psicoanalítico, todo parece haber recordado al clínico que el lenguaje tenía su palabra que decir. Sin duda no hemos llegado aún a detectar con qué perspicaz intuición AVICENA logró colocar, en una suerte de despliegue en tres planos jerárquicamente desarrollados, la palabra en primer lugar, la hierba en segundo y el cuchillo en último. Tenemos sin embargo derecho a observar en ello el lugar primordial dado al verbo cuya potencia terapéutica no puede escapar al facultativo que conoce su valor eficiente.

El lenguaje debe permitir en lo sucesivo al clínico, aportándole múltiples y preciosas indicaciones, sacar conclusiones sobre el uso que el sujeto sabe hacer de las posibilidades que se le ofrecen.

El lenguaje

Veamos ahora lo que puede ser el lenguaje. Por regla general, se le considera como un instrumento de la comunicación.

Preferiríamos, por nuestra apuesta, considerarlo como la expresión, como la prolongación de un gesto cuyo objetivo es informar. Es como una secreción que exuda de nuestro cuerpo. Por ello, esta secreción tiene características analizables, y mejor aún, mensurables en su totalidad. Gracias a las técnicas actuales, los distintos elementos de la cadena lingüística pueden ser fácilmente recogidos e identificados.

Existen dos maneras de asegurarse del valor real de una entidad a la que se quiere aproximarse en sus diversos componentes: la que consiste, por una parte, en apoyarse en los datos que la patología nos revela, y la que permite, por otra, inventariar los elementos susceptibles de circunvenir la normalidad. De hecho, nos parece muy difícil, incluso imposible, elaborar de entrada algún acercamiento a la estructura lingüística normal o patológica (bajo el ángulo clínico se entiende) sin referirse a la vez a estas dos fuentes de informaciones. En efecto, toda inmersión en uno y otro dominio aporta materiales útiles a cada uno de ellos.

El lenguaje es, pues, lo que sale de un individuo cuando este quiere ponerse a expresarse, a exteriorizarse, a comunicar, a informar. Esto implica evidentemente que tenga algo que decir, que sepa expresarse, que quiera exteriorizarse, que desee comunicar, que acepte informar. ¡Cuántas condiciones suscitadas por tal decisión!

Cuando el lenguaje emitido nos entrega su material, podemos, si lo juzgamos oportuno, estudiar su valor intrínseco, es decir, el desarrollo del discurso, y detectar en él las fallas de estructura lógica. Se trata entonces mucho más de analizar el despliegue del pensamiento explicitado que de descubrir el material lingüístico propiamente dicho. Es abordar el lenguaje con una experiencia psiquiátrica con el fin de ver surgir las incoherencias del razonamiento.

El lenguaje tal como nos gustaría estudiarlo, teniendo en cuenta evidentemente este parámetro, debe entregarnos muchos otros elementos, en general demasiado abandonados. Los principales de entre ellos realizan una rejilla de investigación que apunta a definir la intensidad, la calidad, el ritmo, otras tantas características que determinan el flujo verbal. En el estadio superior, en cierto modo, será bueno estudiar la manera de utilizar esta excepcional adquisición.

A fin de poder estatuir mejor sobre los mecanismos normales del lenguaje, pensamos que es útil referirse al caso que responde a las condiciones más favorables de un lenguaje bien estructurado emitido por un sujeto dueño de su elocución y capaz de usarlo para liberar y verbalizar su pensamiento, según su deseo, a voluntad por tanto. Este sujeto posee un lenguaje derecho, timbrado, modulado, rico en elementos extralingüísticos, redundantes.

¿Qué se entiende por voz derecha, timbrada, modulada? Una voz derecha es la emitida por un sujeto lateralizado a la derecha y especialmente bien lateralizado. Hay que, en efecto, para ser un buen hablante, responder a esta condición. Hace falta igualmente que se asocie a esta cualidad la posibilidad de oír de cierta manera y mejor aún de autoescucharse de una manera bien definida.

Antes de progresar en nuestras descripciones, nos parece necesario abrir aquí un largo paréntesis experimental a fin de no colocar al no iniciado ante múltiples afirmaciones que correrían el riesgo de rebatirle. Precisemos pues, en primer lugar, que durante la emisión vocal utilizada con un fin de información, el emisor, en este caso el locutor, se encuentra siendo el piloto de su lenguaje (1); por ello, todos los problemas del pilotaje le son impuestos. Se vuelve el primer oyente de lo que debe decir, pero un oyente atento y corrector de todos los parámetros en juego en la emisión lingüística.

Gracias a la autoescucha de su propio lenguaje, el hablante realiza sin saberlo uno de los montajes más ingeniosos que la cibernética ha puesto en evidencia. Se recordará que esta ciencia del control estipula que todo acto dirigido, comandado o telecomandado exige que se introduzca, en su circuito, un complemento retroactivo que actúa de retorno para asegurar una relación entre lo que puede ser el acto realizado y la intención que lo ha motivado. Este retorno controlador necesita un elemento llamado captador cuyo poder de prehensión asociado al de análisis juega sobre el proceso intencional. Este último se denomina comúnmente «la entrada»; el acto cumplido será el objeto de la «salida». Sin sumergirnos en las consideraciones técnicas, incluso filosóficas, que suscitan siempre tales montajes, podemos estimar, en el caso presente, que la salida es el lenguaje mismo y que la entrada responde a la decisión de derramar el pensamiento o de verbalizar la cosa a decir; el oído es el captador de control que rinde cuentas a la conciencia de los distintos parámetros propios del acto hablado.

Resulta además que los dos oídos no tienen la misma función. En efecto, uno asegura una vía de retorno más corta y por ello mismo más rápida, por tanto más eficaz. El derecho detenta el privilegio de ser ese oído direccional (2) que tiene al lenguaje bajo su férula. Las causas que determinan esta preferencia son difíciles de precisar en la hora actual, aunque estamos inclinados a hacer intervenir el juego de los dos nervios neumogástricos, tan implicados en el lenguaje y tan asimétricos en su distribución desde la emergencia de los nervios recurrentes, cuyas diferencias de trayectos guardamos en la memoria.

Sin querer extendernos más sobre el valor de los dos oídos que una elección diferencia singularmente para el control de la fonación, y dejando nuestras explicaciones al nivel de una hipótesis de trabajo, debemos considerar el hecho por sí mismo. Está ahí, imponiéndose por su existencia. El oído derecho puesto en función como captador permite la elaboración de contrarreacciones audio-vocales de una eficiencia altamente específica, que no pueden en ningún modo encontrarse en el lado opuesto, es decir, en el oído izquierdo.

Además, la puesta en función de esta estructura de control lingüístico conlleva rápidamente una lateralización homogénea derecha. Se sabe, actualmente, medir la tasa de la lateralidad auditiva al apreciar en decibelios la dominancia de la audición durante la «mira» de los sonidos, igual que se puede hacer en el plano de la visión. En este último caso, cuando un blanco se presenta ante nosotros, y debemos tomarlo como punto de mira, un ojo se elimina dejando todo el control al otro. Este último juega entonces el papel de ojo director, es decir, de ojo captador que asegura el control de nuestra posición respecto al blanco que, él, permanece fijo, inalterado durante nuestra puesta en posición. Lo que apuntamos es a nosotros mismos respecto al objeto a alcanzar. La prueba es que, si el blanco fuera un espejo, encontraríamos en él nuestro ojo. El oído hace lo mismo; nos posiciona frente al lenguaje, nos permite encontrarnos durante nuestro propio discurso que, en su forma esencial, no puede ser sino el reflejo, sino el espejo de lo que pretendemos alcanzar.

¿Cómo concebir esta elección particular por uno de los lados y cómo admitir tal diferenciación? Por razones que no podemos evocar aquí, por falta de espacio, hemos sido llevados a admitir, hace algunos años, que el lenguaje veía su génesis in utero, como si el deseo de comunicación fuera ya conferido al embrión (3); todo nos lleva a pensar, en la hora actual, que se establece en el útero una ley de amor madre-feto cuya recíproca feto-madre va a condicionar, ulteriormente, una gran parte de nuestras fijaciones analíticas. Sin extendernos más sobre lo que hemos podido verificar en cuanto a la transmisión sónica (y sin duda verbal) de la madre al niño, podemos decir que se instala in utero un deseo de comunicación bilateral, que no hará sino crecer tras el nacimiento.

El niño nacido, aparentemente simétrico ya que goza de dos oídos, de dos ojos, de dos bocas (se recordará el rafe medio) es de hecho asimétrico en el nivel de sus dos hemilaringes que reciben los ataques no simultáneos de los dos recurrentes. Así, esta asimetría es sónica y responde por lo demás esencialmente a la asimetría visceral y no a la asimetría cortical.

El niño dialogará pronto con la madre y, de un discurso hecho a su intención, asimétrico y redoblado puesto que juega de los dos lados, brotarán las palabras que todo lactante sabe emitir: mamá, papá, pipí, popó, dodó. Tras este verdadero canto a la madre despuntará el lenguaje social que tomará apoyo en el deseo de comunicar con el otro, con ese extraño que es el padre, constelación cercana y lejana a la vez, aplastante y abrasadora. Si todo se desarrolla cómodamente, el control de este lenguaje se hará mediante una mira rápida, precisa y eficiente (tras algunas vacilaciones, por supuesto) por el circuito más corto, es decir, por el derecho. Así, el lenguaje dirigido al padre se controlará por el lado derecho poniendo en evidencia la tríada simbólica tan comúnmente encontrada del Verbo, de la Derecha y del Padre.

El deseo de comunicar puede no nacer, si la madre rechaza al niño; por ello, el lenguaje no logra elaborarse. Si por el contrario la relación se efectúa normalmente con la madre, pero resulta difícil con el padre, el contacto se establece con una enorme distancia que va a solicitar la postura izquierda. En estas condiciones, el oído, la boca y la laringe izquierdos se vuelven los conductores de un circuito que introduce tiempos de latencia considerables. Este recorrido largo y complejo permite ciertamente alejar la imagen del padre, pero vuelve difícil el pilotaje del flujo verbal. Por último, si el padre es imposible de encontrar por cualquier razón que sea, el niño no puede lateralizarse, es decir, que ningún circuito se vuelve dominante. Esta no-lateralización conlleva ipso facto la no-posibilidad de localizarse en el espacio, como tampoco en el tiempo. En cuanto al lenguaje, permanece fijado al estadio del creado a la intención de la madre, y del balbuceo, primer canto elaborado para ella, nace la tartamudez, forma crónica de esta etapa anterior de la comunicación.

Así, el lenguaje se establece a partir de la lateralidad. Además, está directamente ligado a las características de su controlador auditivo o captador acústico derecho. Se concibe pues que el oído derecho, volviéndose un aparato tan delicado, tan preciso y tan importante en todos los mecanismos de la emisión, vea sus cualidades intrínsecas altamente apreciadas puesto que de ellas, y solo de ellas, dependen las regulaciones de los distintos parámetros del sonido emitido: intensidad, timbre y flujo que son, recordémoslo, los principales rasgos que diferencian los sonidos entre sí.

Las cualidades que se podrán exigir a un oído serán pues las de oír el lenguaje. No es cosa fácil y responde (que se quiera pensar en ello) a una larga adaptación segunda.

Efectivamente, nada en el hombre ha sido, según parece, concebido inicialmente para realizar el análisis del lenguaje, como tampoco sabríamos descubrir en él órganos específicos de la función hablada. Sin embargo, gracias a los vínculos internos embriológicos y neuronales que existen, se recordará, entre los aparatos bucofaríngeo, neumolaríngeo y auditivo, toda progresión del oído en el dominio lingüístico encuentra una resonancia en el área neumodigestiva, en el nivel del cruce faringolaríngeo. Las contrarreacciones que se establecen entre la boca y el oído se hacen en particular a imagen de un pantógrafo siguiendo una proporción previamente establecida.

El oído debe pues oír y oír bien dentro de los límites del lenguaje. Hace falta que esté adaptado a las frecuencias de este último para practicar el descifrado, la lectura en cierto modo. Se dice comúnmente que es un adaptador de impedancia. Es exacto, pero ¿cuál es a decir verdad el papel de tal aparato? Este debe realizar una unión del entorno que es el único material de comunicación, con el medio neuronal del aparato de Corti, parte sensorial que solicita e informa al nervio auditivo, u octavo par craneal.

El aire circundante permite, gracias a su excepcional elasticidad, la puesta en onda acústica de nuestro pensamiento. Ofrece la posibilidad de realizar un puente informacional dirigido al otro al que se decide alcanzar. Esta unión que, de hecho, es permanente puesto que se trata del aire que nos circunda, puede despertarse en la circunstancia en sus propiedades físicas por el fenómeno acústico. El oído deberá pues descifrar todos esos artefactos sónicos que solo ulteriormente tomarán un valor semántico.

El oído ciertamente tiene sus límites en los que se inscribe el lenguaje. No utiliza siempre, por lo demás, el conjunto de la banda que le es fisiológicamente concedida. Así, el oído francés se circunscribe entre 1 000 y 2 000 hercios, mientras que el oído inglés se otorga una banda más allá de los 2 000 hercios, que el español se sitúa en torno a un punto culminante hacia 250 y 500 hercios. Cabe observar que los oídos eslavos saben mejor que ningún otro beneficiarse de la gran apertura auditiva que les es ofrecida, así como los oídos portugueses.

Por último, precisemos que este oído a la escucha debe ser de una alta fidelidad para traducir con el máximo de exactitud lo que la autoinformación debe concederle. Por ello, una última característica aparece necesaria: la que da al oído la posibilidad de oír con el mínimo de distorsiones y el máximo de análisis.

Para volver a nuestro lenguaje, retomemos uno a uno los elementos que constituyen este sabio montaje: tenemos un aire que vibra y resuena, un complejo bucofaringolaríngeo ayudado de todo el cuerpo que sabe jugar con este aire resonante, y por último un complejo auditivo que regula acústicamente todo este conjunto como un admirable director de orquesta capaz de dar e imponer el compás a la infinidad de instrumentos solicitados para realizar un acto verbal perfectamente elaborado.

Henos aquí, pues, en presencia de ese personaje ideal que hemos evocado hace algunos instantes, buen hablante, buen oyente y fuertemente lateralizado a la derecha. Veamos ahora cómo vamos a proceder ante un sujeto en mala postura lingüística. Lo que importa, durante nuestras diversas investigaciones, es calibrar y enumerar las «carencias» respecto a este perfil ideal. Todas las formas de no-elaboración de esta estructura final pueden encontrarse. Representan fijaciones en tal o cual estadio inicial manifestándose esencialmente por signos de inmadurez en la organización global.

Examen clínico

Tras este largo preámbulo que ha requerido la definición de tal objeto de estudio, podemos más fácilmente abordar el examen clínico.

Lo importante es considerar al sujeto presentado en consulta tanto durante su función hablada como fuera de ella.

Es al niño a quien nos dirigimos lo más a menudo. Lo observamos durante todo el interrogatorio efectuado ante los padres. Su actitud, muy significativa, nos revela su adherencia, su participación al mundo circundante, o su desinterés y las dificultades que encuentra para ser un sujeto oyente. Después detallamos su comportamiento mientras le vamos a hablar y juzgamos de su tensión de escucha; vemos ya qué oído nos ofrece y recogemos las sincinesias que este simple gesto de atención suscita. Por último, le hacemos hablar.

En primer lugar, tenemos en cuenta la calidad de la voz. Esta puede ser intensa o débil, modulada o blanca, valiente o apagada.

En segundo lugar, observamos el gesto vocal asociado a la emisión procediendo en primer lugar al examen del rostro. Este puede ser movilizado en su parte derecha o en su parte izquierda. Es uno de los grandes signos a investigar. Desde la emisión, los buenos hablantes son muy claramente asimétricos en beneficio del rostro derecho. La boca, en particular, ofrece una motricidad dominante derecha que arrastra a la izquierda; es el elemento dinámico que nos asegura del buen funcionamiento del oído derecho en su juego de control.

Es muy distinto para los pacientes que somos llevados a examinar. En la mayoría de los casos, es a la izquierda donde se efectúa la función hablada; es la boca izquierda la que parece dinamizar el conjunto. Pero, se recordará, quien dice boca dice oído, quien dice oído dice hemisferio cerebral. Todo el sujeto, en suma, está implicado en el simple hecho de hablar. A veces no existe ni derecha ni izquierda y el lenguaje está, en ese caso, mal o poco elaborado.

Además del juego facial, observamos las sincinesias asociadas. En un gran hablante, solo la mano derecha presenta algunas asociaciones gestuales, sobre todo en el nivel de la pinza pulgar-índice; en el menos favorecido en el plano lingüístico, se encuentran todas las sincinesias asociadas y todo puede imaginarse en el nivel de las dos manos, de la izquierda sobre todo, de los hombros, del cuello, del tronco, de los miembros inferiores, otros tantos movimientos que saben agotar rápidamente el potencial de energía que necesita el acto cortical para llevar a buen término la ejecución del acto hablado.

A continuación, pedimos al sujeto que nos muestre su oído; el hablante normalmente lateralizado designa con su mano derecha su oído derecho, su ojo derecho y su boca. El dislateralizado ofrecerá uno u otro oído con una u otra mano, o sin participación manual, lo mismo para las demás designaciones, ojo y boca. Los no lateralizados, como los tartamudos, responden generalmente a nuestras preguntas, que encuentran por lo demás extravagantes, con otra pregunta: «¿cuál?».

A continuación, pedimos al sujeto que nos muestre nuestro oído, nuestro ojo. Allí también, a la inversa del hiperlateralizado derecho que, con su mano derecha, elige nuestro oído derecho, todas las fantasías se ofrecen. Nos revelan, de hecho, las dificultades que encuentra el sujeto para posicionarse, para apuntarse, para captarse a sí mismo en el universo temporoespacial.

Investigamos igualmente un signo al que atribuimos un valor clínico cierto y que denominamos «autoinformación». Hacemos decir al sujeto su nombre y su dirección, pidiéndole poner su mano derecha cerca de su boca, como si sostuviera un micrófono; le ayudamos manteniendo su mano con nuestra mano opuesta puesto que estamos frente a frente. La voz es normalmente tónica, timbrada con la mano derecha mientras que no lo es a la izquierda. El interés es medir el despertar de este reflejo cutáneovocal que debe ser siempre diestro. Cabe observar igualmente que cuando el sujeto no quiere reconocer su derecha y por ello mismo el soporte simbólico que este lado representa, se observa un rechazo más o menos potente de la mano. Es en general la derecha la que se rechaza y que hay que mantener sólidamente. Además, en el enunciado del nombre y de la dirección, se constata lo más a menudo una escotomización del nombre cuando la derecha es rechazada.

En último lugar, estudiamos, escuchando o llevando a tubo catódico y a sonógrafo, la emisión de la voz cuando el oído derecho es el único dejado en circuito por supresión del izquierdo, y viceversa. Es también la derecha la que domina la voz más modulada y, allí también, podemos juzgar del potencial ya adquirido en este fenómeno de autocontrol.

Patología

Es justamente la de la no-inserción del ser en el universo de los demás y la anormalidad observada revela, sin duda, una inmadurez en el proceso que conduce a una estructura ideal, soporte de los distintos sistemas que desembocan en un lenguaje bien elaborado.

Es evidente, en función de lo que acabamos de decir, que dos aspectos de la patología del lenguaje pueden ser observados. Mantendremos esencialmente bajo nuestra férula el lado mecanicista, diremos, dejando a los colegas psiquiatras el del espíritu y de la razón. Dicho de otro modo, lo que importa es la manera en que el sujeto sabe explotar su cuerpo para asegurar su flujo verbal. Es cierto que en clínica todo está imbricado, pero es justamente del dominio de nuestra ciencia médica saber disociar tales mecanismos para mejor aprehenderlos por separado.

Así, en el lenguaje, los trastornos que se pueden encontrar ofrecen un amplio abanico que va de la ausencia del hablar hasta el virtuosismo lingüístico más elaborado.

  1. La ausencia de lenguaje atestigua la no estructuración del circuito audio-vocal:
  • Bien que el deseo de hablar no habite al niño y el problema es psicoanalítico. Se encuentra en el autismo, en la esquizofrenia.

  • Bien que el captador esté ausente como es el caso en las sorderas profundas. Desde entonces, es la sordomudez la que se instala a falta de autocontrol (4).

  1. Si el lenguaje se crea con distorsiones, tenemos varios casos por examinar:
  • O bien el oído es deficiente y los trastornos articulatorios son la traducción fiel de un captador de mala calidad.

  • O bien el oído es bueno, pero el sujeto solo tiene un débil deseo de servirse de él; en efecto, captado por el juego de querer escuchar, ha perdido rápidamente las ganas y, por ello, el uso.

  • O bien aún la estructura de su lateralidad no está elaborada, y los trastornos engendrados anormalizan todas las relaciones inherentes; el niño se fabrica, si su potencial se lo permite, un mundo hecho solo para él.

Encontramos así las disartrias, las tartamudeces y las dislexias.

  • Las disartrias que traducen las imperfecciones de los micrófonos auditivos.

  • Las tartamudeces que revelan la dificultad de encuentro con el tótem paterno, por inmadurez de la lateralidad.

  • Las dislexias que impiden el descifrado normal del universo, del lenguaje y, por consiguiente, del libro, por la imposibilidad en este último caso de traducir el lenguaje escrito en lenguaje sonoro (5).

Tratamiento

Esta corta exposición sobre el lenguaje y sobre la patología de los trastornos de la expresión nos lleva muy naturalmente a hablar de las terapéuticas puestas en obra para ayudar al individuo a asumirse, a realizarse en el seno del mundo que lo circunda.

Estas terapéuticas se desprenden de las hipótesis, de las teorías que hemos sido llevados a elaborar en el curso de este trabajo de investigación en el ámbito de la audio-psico-fonología. Apelan principalmente al fenómeno auditivo tomado en su sentido más amplio y apuntan a dar a cada uno, niño o adulto, la posibilidad de utilizar su oído como un aparato capaz de escuchar el lenguaje del otro. Tienden esencialmente a desencadenar o a redesencadenar el deseo de comunicar hasta entonces no o mal elaborado.

Las técnicas de reeducación del lenguaje hablado o escrito han sido ampliamente modificadas desde hace una quincena de años por el aporte de los conocimientos hechos en el ámbito de la electrónica. Estos han permitido realizar aparatos capaces de despertar y de hacer integrar rápidamente los condicionamientos que están en el origen de un lenguaje de calidad, a saber, una buena escucha sobre una lateralidad derecha altamente diferenciada.

Gracias a filtros electrónicos y a fenómenos de conmutación, se modifican a voluntad los circuitos y las curvas impuestas a la escucha, con el fin de procurar al sujeto sometido a la reeducación la postura auditiva del que oye bien, del que ha estructurado una red relacional normal.

Mientras la escucha del «Otro» se elabora y tiende a aumentar la atención del sujeto, un segundo juego de conmutación pone en marcha una autoescucha cada vez que el paciente debe responder o repetir. Le es así inconscientemente impuesto oír su voz como un sujeto normal oye la suya.

Este recorrido dirige al sujeto hacia tomas de conciencia de sus controles, hacia el dominio de su Yo corporal, al mismo tiempo que se construye su Yo verbal.

El objetivo que apunta la terapéutica auditiva propuesta es, pues, restablecer estructuras relacionales por una corrección de los condicionamientos iniciales defectuosos.

Conclusión

Lo que hemos apuntado en esta exposición es desprender la idea de que un balance audio-psico-fonológico debe insertarse en toda investigación clínica. Permanecemos persuadidos de que las pocas iniciativas realizadas en este ámbito no son sino el esbozo de un vasto estudio sobre las relaciones que existen entre el psiquismo y el cuerpo en sus numerosas imbricaciones y sus contrarreacciones psicosomáticas.

«Habla y te diré quién eres» ya no es disociable de «y te diré cómo te encuentras». Cierto es que no estamos aún en condiciones, en la hora actual, de poner sistemáticamente en aplicación las técnicas de investigación del lenguaje, pero pensamos que, en los años por venir, el recorrido en esta dirección será tal que las pruebas lingüísticas se inscribirán en el marco de todo proceso clínico.

El lenguaje es, por añadidura, uno de los medios más eficaces para penetrar en los problemas de la vida de relación, de adaptación del medio, fuente inmanente de los trastornos psíquicos o somáticos que no dejan de manifestarse. El lenguaje, en la circunstancia, es un signo de alarma anticipador, que indica al oído avisado del clínico que su vigilancia debe mantenerse en alerta antes incluso de que se fije el trastorno premonitorio.

El lector nos perdonará por haber entregado tanta sustancia en tan pocas palabras, pero comprenderá ciertamente cuán difícil es tratar en algunas páginas un sujeto cuya amplitud no le habrá escapado y cuya importancia sigue siendo considerable.

Examen clínico - Patología - Tratamiento

por A. TOMATIS

Extracto de la Société de Médecine de Paris, Revue d’Enseignement Post-universitaire, n.º 2, 1970

  1. A. TOMATIS; «Relations entre l’audition et la phonation». Annales des Télécommunications, T. II, n.º 7-8, julio-agosto de 1956.

  2. A. TOMATIS: «L’oreille directrice». Bulletin du Centre d’Études et de Recherches Médicales de la S.F.E.C.M.A.S., julio de 1953.

  3. A. TOMATIS: «L’oreille et le langage». Éditions du Seuil. Colección Microcosme, Serie «Le rayon de la science».

  4. A. TOMATIS: «La surdité». Éditions de l’Organisation des Centres du Langage.

  5. A. TOMATIS: «La dyslexie». Éditions de l’Organisation des Centres du Langage.