Principio de base del funcionamiento del oído electrónico
Todo partió, hace treinta años, del acercamiento de dos series de observaciones. Como otorrinolaringólogo e hijo de cantante, Alfred Tomatis hubo de tratar a artistas cuya voz se había quebrado. Pero en la misma época, dirigía el Laboratorio de Acústica de los Arsenales de Aeronáutica. Examinaba allí a las personas que habían tenido la audición deteriorada al trabajar en los bancos de pruebas de los reactores supersónicos para saber si había que indemnizarlas y, simultáneamente, observaba bastante a menudo una deformación muy nítida de la voz.
Se preguntó si la audición dañada no era finalmente la causa de las perturbaciones de la voz, incluso en el caso de los cantantes. En efecto, un gran tenor sube a 110 dB, 120 dB, e incluso 130 dB: lo que da aproximadamente 150 dB en el cráneo. Ahora bien, un reactor ATAR, en el suelo, hace 132 dB: no hay la misma energía, pero hay la misma intensidad de salida.
Profundizando sus observaciones, Alfred Tomatis se ve impactado por el paralelismo que existe entre el examen audiométrico de un sujeto y la curva de envolvente del análisis espectral de su voz. Inicia entonces una serie de experimentaciones sobre las reacciones y las contrarreacciones de la audición sobre la emisión vocal.
Utiliza para ello dos montajes:
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Uno que permite visualizar la descomposición armónica de los sonidos emitidos (análisis espectral) por medio de un micro y de un analizador.
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El otro que da la posibilidad de modificar a voluntad la audición del sujeto sometido a la experiencia; siendo su voz captada por un segundo micro seguido de un amplificador cuyas características de respuesta en el nivel de los auriculares llevados por el sujeto son modificables gracias a un juego de filtros (pasa-altos / pasa-bajos / pasa-banda) que permite así hacer variar la manera de oír del sujeto y por consiguiente, su forma de controlarse.
La importancia extraordinaria de las contrarreacciones que surgen entonces autoriza a Alfred Tomatis a afirmar que existe un verdadero circuito cerrado de autoinformación cuyo captador de control, durante la emisión en el nivel de los órganos fonatorios, no es otro que el oído, y que toda modificación impuesta a este captador conlleva instantáneamente una modificación considerable del gesto vocal, fácil de detectar visualmente, auditivamente, en todo caso físicamente controlable en el tubo catódico del analizador.
Así, estando asegurado que un modo de expresión vocálica propio de un condicionamiento del conjunto del aparato fonatorio que se exterioriza por un gesto vocal conocido, responde a una manera de oír determinada por un condicionamiento más o menos complejo del conjunto del aparato auditivo; estando asegurado además que toda modificación de esta manera de oír engendra un nuevo gesto fonatorio, Alfred Tomatis intenta entonces transformar el condicionamiento defectuoso por un nuevo condicionamiento calculado sobre la base de una curva de respuesta auditiva ideal (la de un gran profesional de la voz, por ejemplo). Desde las primeras sesiones, se constata que subsiste una remanencia temporal de este nuevo estado, y al cabo de un cierto período de entrenamiento, se vuelve permanente.
Para realizar prácticamente este proceso, Alfred Tomatis pone a punto un aparato que se llamará a continuación Oído electrónico a efecto Tomatis.
Las cuatro leyes fundamentales de Alfred Tomatis
Raoul HUSSON, retomando esta experimentación en 1957 en el Laboratorio de Fisiología de las Funciones de la Sorbona, la confirma enteramente, y agrupa este conjunto de contrarreacciones audiofonatorias bajo la denominación de efecto Tomatis.
Este último es definido por cuatro leyes:
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La voz solo contiene aquello que el oído escucha.
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Si se restituye al oído traumatizado la posibilidad de audición correcta de las frecuencias mal oídas, estas se hallan restablecidas en la emisión fonatoria, instantáneamente y sin que el sujeto lo sepa. Luego generalizando esta relación audiofonatoria al caso de los oídos normales.
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El oído repercute en el dispositivo fonatorio las modificaciones de audición que se le imponen artificialmente.
Habiéndose Alfred Tomatis planteado entonces la cuestión de saber cómo el oído podía conservar el beneficio de este ejercicio y mejorar progresivamente, desemboca en la cuarta ley.
- La audición forzada, alternativamente mantenida y suprimida, llega a modificar de modo permanente la audición y la fonación.
El oído electrónico y su modo de acción
Este aparato es un complejo electrónico que comprende amplificadores, filtros y un juego de conmutación electrónica. Puede ser utilizado en dos situaciones:
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La información transmitida por el magnetófono pasa a través del Oído electrónico antes de llegar a los oídos del sujeto por medio de dos auriculares (training puramente auditivo).
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La información transmitida por el magnetófono es percibida y reproducida por el sujeto durante los blancos sonoros repartidos en la cinta magnética: casi simultáneamente, la voz del alumno es captada por un micro, controlada y modificada por el Oído electrónico (training audio-vocal).
El Oído electrónico actúa modelando la información en el interior de una banda pasante determinada, a fin de suprimir los escotomas (caídas de la curva de escucha para determinadas frecuencias), y dar a esta curva la progresión necesaria (pendiente ascendente) para una percepción y un análisis de calidad máxima.
Además, ofrece al mensaje sonoro dos recorridos posibles hacia los auriculares terminales, el primer canal corresponde a la puesta en tensión del tímpano y de los músculos del martillo y del estribo, el segundo conlleva más bien su distensión, basta entonces un simple ajuste para hacer pasar alternativamente la información de un canal a otro, y provocar así un movimiento continuo de tensión y de distensión de los mecanismos musculares adaptadores del oído medio.
Esta microgimnasia conlleva un fenómeno de remanencia que crea un condicionamiento muscular progresivo y permanente, el oído medio se vuelve así capaz de cumplir él mismo espontáneamente y correctamente las regulaciones necesarias a la transmisión de los sonidos.
Estas distintas funciones son aseguradas por tres «bloques» electrónicos:
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Los filtros, repartidos en dos pisos, forman los dos canales y modulan el paso de las frecuencias (uno de ellos puede, por ejemplo, dar paso de forma preferencial a las frecuencias elevadas, y el otro a las frecuencias graves).
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La conmutación, regula las idas y venidas sucesivas de un canal a otro, es una suerte de puerta que se abre y se cierra según las variaciones de intensidad del mensaje sonoro.
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El equilibrio: para preparar al oído derecho a volverse director, la relación de las intensidades sonoras correspondientes a los dos auriculares se diferencia progresivamente por reducción de la intensidad a la izquierda.
En cuanto a la información sonora propiamente dicha, está constituida por un conjunto de cintas magnéticas grabadas en laboratorio, cuyo orden de difusión es determinado por el programa concebido en función del caso tratado: se trata esencialmente de música y de voz humana eventualmente trabajadas electrónicamente, es decir, más o menos filtradas por reducción de la intensidad de las frecuencias graves.
La programación de los materiales sonoros
El programa es a su vez establecido siguiendo las normas de la disciplina audio-psico-fonológica; tiene por objeto hacer recorrer al paciente el camino sónico ideal que habría debido seguir desde su concepción, puesto que es de él de quien depende la calidad de su escucha y, por consiguiente, sus facultades de expresión oral y escrita.
De la comunicación carnal del feto con el útero materno a los intercambios verbales más fecundos, el camino es largo y sembrado de trampas, pues en cada período de su evolución, la relación del sujeto con el entorno puede ser turbada, fallida o incluso totalmente cortada.
Y el método consiste, apoyándose en el hecho de que existe pues ya una comunicación entre el feto y la madre, en suscitar en el sujeto el deseo de que esta comunicación se prolongue tras el nacimiento, con la madre primero, después con el padre, y por último con la sociedad entera.
El itinerario comienza en el «diálogo» intrauterino (diálogo que, en los hechos, puede él mismo ser indigente, lo que obligará al facultativo a retomarlo todo desde cero) y termina con la inserción del sujeto en el contexto social (inserción que, a su vez, está en el origen de otro recorrido mucho más personal).
El oído queda pues vuelto a sumergir en las condiciones de una vivencia muy lejana, la más antigua que le haya sido posible percibir. Pero en esta época, la escucha del feto se caracteriza por el hecho de que se ejerce en medio acuático, puesto que está él mismo sumergido en el líquido amniótico. La información sonora (sonidos filtrados) se obtiene por tanto haciendo pasar el sonido a través de filtros electrónicos, que realizan artificialmente una audición semejante a la que se obtendría a través de capas de agua.
En general, se utiliza para ello la voz materna, pues es uno de los principales «ruidos» percibidos por el embrión. La madre del sujeto es invitada a leer durante media hora un texto susceptible de darle placer: es entonces grabada en condiciones que permitirán, con vistas al filtrado, la conservación de las frecuencias agudas.
Cuando la voz materna no está disponible (divorcio, fallecimiento, o demasiado mala calidad sónica…), se recurre a música filtrada. La experiencia ha permitido constatar que los temas musicales tienen tanto más eficacia cuanto que son ricos en agudos y se acercan a los ritmos mozartianos o a los cantos gregorianos.
Tras un cierto número de sesiones de sonidos filtrados, se efectúa el parto sónico, es decir, que el sujeto pasa de una audición en medio acuático a una audición en medio aéreo. A este efecto, durante una sesión, el filtrado puede pasar de 8000 Hz a 100 Hz. Las repercusiones de esta fase son generalmente profundas; da al sujeto la posibilidad de vivir un momento crucial de su existencia, en el curso del cual habría debido nacer verdaderamente al mundo.
Tras el parto sónico, va a comenzar la fase activa donde el sujeto se prepara a encontrar al «otro» (el universo social); se ponen ahí las primeras estructuras del lenguaje.
Después el sujeto es llevado a encontrarse a sí mismo, es decir, a aceptarse. El material sonoro le ayuda entonces a hacer florecer su lenguaje; sus autocontroles son reforzados y le garantizan una buena adaptación a sus propias realidades y a las condiciones de existencia impuestas por el entorno.
La escucha intrauterina
Dos preguntas permiten un acercamiento al problema del lenguaje:
¿Cómo logra el hombre producir sonidos articulados?
¿Por qué siente la necesidad de producirlos?
La primera de estas interrogaciones tiene de qué sorprender, pues parece evidente que el ser humano habla porque está dotado de un aparato expresamente destinado a cumplir esta función. De hecho, esta afirmación es falsa, pues no existe órgano fisiológicamente preconcebido a tal efecto y el habla ha utilizado lo existente para construirse: un primer conjunto hecho de una parte del aparato digestivo (los labios, la boca, el velo del paladar, la lengua, los dientes), y un segundo surgido del aparato respiratorio (la laringe, las fosas nasales, los pulmones, el diafragma, la caja torácica). Así, para ponerse al servicio del habla, la laringe se ha desviado de su función primera. Se ha liberado. Y esta liberación ha coincidido con la del oído, inicialmente destinado a localizar los sonidos, pero que se ha puesto a analizarlos.
En cuanto a la segunda pregunta, Alfred Tomatis afirma que lo que cuenta no es poder hablar, sino quererlo; pues el mono, desde un punto de vista puramente fisiológico, podría hablar también, y sin embargo no lo hace.
En el origen del lenguaje debe existir un deseo, que solo puede ser el de comunicar con el otro; es la búsqueda de una situación conocida, vivida incluso, incluso añorada, en cuyo curso se reveló la noción profunda de puesta en común de la que se desprende la primera toma de conciencia de la relación.
Pero ¿cómo nace esta pulsión?
Es a partir de las observaciones de un zoólogo inglés como Alfred Tomatis elabora su respuesta. Este autor habría observado que si huevos de aves canoras eran incubados por aves no canoras, las aves de esta puesta no cantaban. Mejor aún, si los huevos eran incubados por aves que cantan, pero de otra forma, las crías tenían grandes probabilidades de «equivocarse» de canto tras su eclosión.
Parece, pues, que un condicionamiento audiovocal sea posible ya en el estadio del huevo.
¿Y si fuera así para el género humano?
Experiencias llevadas con lactantes, por otros investigadores, mostraron a Alfred Tomatis que estaba en la buena vía: «la madre hace a su hijo, le da un nido en sí misma, lo alimenta, lo prepara para la vida por un diálogo hecho de todos los contactos que puede tener con él. La comunicación sonora es el principal, pues la madre se revela al feto por todos sus ruidos orgánicos, viscerales y sobre todo por su voz.
El niño extrae toda la sustancia afectiva de esa voz que habla…
Está imbuido, impregnado de ella, integra así el soporte de su lengua materna».
Se trata de la primera comunicación audiovocal, donde el embrión, cuando todo se desarrolla bien, extrae un sentimiento de seguridad que ayuda a su florecimiento.
El deseo de comunicar no es entonces sino el deseo de no romper, o eventualmente de reanudar, una relación (acústica) tan satisfactoria con el otro.
Pero si el feto oye, ciertamente no es de la misma manera que nosotros. Del nacimiento a la madurez, la «apertura» del oído es progresiva; y el parto mismo aporta una modificación fundamental en la escucha porque el oído, adaptado al medio líquido de la vida intrauterina, debe bruscamente acomodarse a un medio aéreo.
Antes del nacimiento, las tres partes del oído —externa, media, interna— están acústicamente adaptadas a las mismas frecuencias; son prácticamente las del agua, y se sitúan más allá de los 8000 Hz. En el nacimiento, se asiste a un verdadero parto sónico. Los dos primeros pisos del oído del lactante van a tener que adaptarse a las impedancias del aire circundante, mientras que el tercer piso (el oído interno) conserva su medio líquido.
Pero los primeros días tras el nacimiento dejan sin embargo al niño en un estado de transición en el plano de la vida sónica. En efecto, el oído medio y en particular la trompa de Eustaquio guarda durante diez días líquido amniótico, de modo que los dos pisos, medio e interno, permanecen acordados a las frecuencias del medio líquido… tras el décimo día, todo se apaga, pues la trompa de Eustaquio se vacía de su sustancia líquida, y el lactante pierde su percepción de los agudos, casi ya no oye.
Va a tener que, durante semanas, en el curso de un largo aprendizaje, buscar aumentar el poder de acomodación de su oído trabajando la tensión timpánica, a fin de reencontrar poco a poco, a través del aire circundante, el contacto que tenía antes con esa voz que lo arrullaba en el fondo de su universo uterino.
Puesto en presencia de trastornos psicológicos cuyo origen se sitúa incontestablemente en el nivel de las primeras etapas de la vida de los individuos (período intrauterino, parto, primeras relaciones con la madre…), Alfred Tomatis tiene entonces la idea de hacer revivir sónicamente este período al sujeto afectado. Obtiene, mediante simples informaciones acústicas, reacciones psicológicas profundas extremadamente intensas, y la cesación de determinados síntomas.
Mediante el sonido, se volvía entonces posible reanudar la relación primordial, hacer revivir el parto, con todo el aspecto descondicionante que puede contener tal experiencia, y potenciar el deseo de comunicar con el entorno, sin el cual no hay equilibrio psicológico, suerte de «puesta a cero» del individuo, seguida de una reconstrucción de su personalidad profunda, pero esta vez efectuada en toda conciencia.
En este proceso, la inmensa ventaja del recorrido sónico es que el nervio auditivo va a alcanzar directamente la corticalidad, sin pasar por la parte central del tálamo (centro sensitivo del cerebro primitivo. Es una masa nerviosa central, subcortical, que actúa como una suerte de filtro donde las sensaciones diversas se hallan coordinadas, interpretadas y apreciadas antes de ser transmitidas a la conciencia (córtex)), mientras que todas las demás informaciones sensitivas pasan por este canal. Si el tálamo tiene una «resistencia o viscosidad» demasiado grande, bloqueado por una afectividad perturbada por traumatismos incluso franqueados, esta región va a despertar cada vez por pulsión el o los traumatismos iniciales. Mientras que al atacar directamente el córtex por la vía auditiva, este puede en cierto modo contra-reaccionar sobre el tálamo; y es por este efecto inverso como el córtex, aumentando su campo consciente, asume las dificultades dolorosas. De modo que en estas condiciones, el sujeto puede hacerse cargo de sí mismo; «se cura» entonces por su propia acción saliendo de su somatización para entrar en un verdadero diálogo consigo mismo.
La recarga cortical
El comportamiento del lactante puede también poner en evidencia una función esencial del oído, ampliamente utilizada por el training audio-psico-fonológico (A.P.P.).
Antes del décimo día, el pequeño niño es tónico y muy dinámico, pero a raíz del vaciado de su oído medio, entra en una fase netamente más calma, puesto que pierde así su poder de captar los sonidos de frecuencias elevadas. Pues antes de ser un órgano destinado a oír, el oído tiene por función la recarga del córtex en potencial eléctrico.
Por una parte, verticaliza al ser y asegura así su propio rendimiento energético máximo; por otra, el sonido correctamente recibido es transformado en influjo nervioso en el nivel de las células ciliadas (células de Corti) del aparato cócleo-vestibular (oído interno).
La carta energética de estos influjos nerviosos llega así al córtex que la reparte a continuación en todo el cuerpo con vistas a una tonificación y una dinamización del ser.
Pero no todos los sonidos son aptos para provocar este efecto de carga. En la membrana basilar, las células de Corti son mucho más densas en la parte reservada a las frecuencias agudas, que en aquella donde se distribuyen las frecuencias graves; de modo que la transmisión al córtex de la energía captada es mucho más intensa cuando proviene de la zona de los agudos que cuando emana de la franja reservada a los graves.
Los sonidos agudos van así a proporcionar más influjos nerviosos y a provocar así un efecto de recarga más importante. Alfred Tomatis llama por lo demás los sonidos ricos en armónicos elevados los «sonidos de carga», por oposición a los sonidos graves o de «descarga». Estos últimos no aportan suficiente energía al córtex y terminan incluso por agotar al individuo, puesto que conllevan respuestas motoras corporales por su acción vestibular (canales semicirculares, utrículo) que, ellas mismas, absorben más energía de la que el laberinto suministra.
El oído es por tanto fuente de nuestra vitalidad y de nuestro dinamismo puesto que contribuye al despertar de nuestra maquinaria cerebral. Es en definitiva ella la que nos da la fuerza para superar las agresiones, la resistencia al esfuerzo y la energía que borra la fatiga. Por su funcionamiento armonioso, motiva y propulsa al individuo en una dinámica de vida donde le resulta fácil hacerse cargo de sí mismo y alcanzar una real autonomía, manifestar una voluntad inquebrantable, un gran sentido de las responsabilidades, un vivo espíritu de decisión y una alegría subyacente constante. La simple observación de un depresivo (cuyas «baterías» están tan agotadas sin posibilidad de recarga) es la mejor ilustración negativa de este cuadro. El training audio-psico-fonológico puede volver a enseñarle a tensar correctamente sus membranas timpánicas a fin de ser de nuevo capaz de recibir los sonidos de alta frecuencia. Además, este aprendizaje tiene una consecuencia directa en la vida de nuestros órganos.
El equilibrio neurovegetativo
El nervio neumogástrico, o X par craneal, o nervio Vago según la apelación de los Antiguos, extiende su única antena sensorial sobre la cara externa de la membrana timpánica.
Su presencia es primordial, pues es uno de los nervios que regulan los mecanismos del oído en función de los «humores» o estados de ánimo del sujeto, y tanto sabe obedecer al psiquismo, como sabe doblegar este último a sus propias reacciones. En su intimidad entre el ser y el cuerpo, en la imbricación de sus múltiples interferencias que le valen tan juiciosamente la denominación de nervio Vago, es maestro de la vía vegetativa, visceral.
Su área neuronal es inmensa, toca el tímpano, la faringe, la laringe, los pulmones, el corazón, el estómago, el hígado (vesícula biliar), el bazo, los riñones, el páncreas, el intestino delgado, el colon, el recto, el ano…
Gracias a él todo puede organizarse armoniosamente o, al contrario, desequilibrarse; en este último caso aparece entonces el cortejo de las somatizaciones diversas: el pánico escénico, la ansiedad, la angustia, las bulimias, las anorexias, la angina de pecho, los asmas, las otitis, las rinitis… El oído puede jugar un papel particularmente nefasto en este cuadro; para ello, basta con que se cierre, es decir, que distienda la musculatura del martillo, y que no solicite la del estribo. Los ruidos solo son entonces transmitidos de forma muy parcial, y los que lo son no pueden ser analizados; por lo demás, solo las frecuencias graves tienen algunas posibilidades de pasar arrastrando la membrana timpánica completamente distendida en un movimiento demasiado amplio, el cual, por contragolpe, excita la rama auricular del Vago, con todas las reacciones que esto entraña en la esfera vegetativa.
Hemos visto que el training tiene por objeto reenseñar al sujeto a tensar su tímpano y a ponerse en postura de escucha de los agudos. Entonces, la excitación del neumogástrico cesa y su apaciguamiento inunda el mundo visceral. El sujeto siente nacer en sí una impresión de bienestar y de liberación de contenido difícilmente abarcable, pero se da claramente cuenta de que en lo sucesivo está más seguro de sí mismo y de sus posibilidades. La respiración se amplifica, la angustia y las contracturas musculares desaparecen, la distensión global florece.
La verticalidad y la postura de escucha
El oído asegura también, gracias a sus canales semicirculares, una función de equilibración que determina nuestras actitudes posturales; es un papel importante, pues es ciertamente imposible hacer acceder a un individuo a la información de su entorno, y a la comunicación, sin asegurarle una posición correcta.
La plenitud de la escucha solo puede ser alcanzada en la vertical, pues tender el oído es también tender el cuerpo a esta escucha, a fin de ofrecer a esta información las zonas sensibles de nuestro revestimiento cutáneo. Se establece entonces un feed-back: la escucha mejora y transforma la actitud, mientras esta permite a su vez a la escucha perfeccionarse gracias al mensaje que comienza a llegarle de manera cada vez más fiel.
Son las acciones, reacciones y contrarreacciones auditivas y corporales las que detentan, en sus mecanismos, las claves mayores de la verticalidad, puesto que el oído interno necesita centralizar la información motora postural a fin de obtener el rendimiento óptimo de las transformaciones energéticas que se operan a su nivel, así como en el nivel de la piel, tan rica en corpúsculos sensoriales en su cara anterior, y de los músculos y los tendones que contienen los corpúsculos de Golgi sometidos a la excitación gravítica.
Es una función que el oído interno cumple eficazmente dada su pertenencia a un bloque neurológico muy complejo que engloba el laberinto, el cerebelo, el córtex y el cuerpo; tiene pues bajo su férula todos los músculos motores del cuerpo y coordina su motricidad; es un elemento esencial en la toma de conciencia del cuerpo por el córtex.
Es por lo demás fácil provocar experimentalmente cambios posturales en función de determinadas modificaciones de la escucha. Introducen inmediatamente una diferencia sensible en la actitud corporal. Al imponer una audición rica en frecuencias agudas, se observa al instante, en el momento en que se anima la fonación del sujeto, una correlación postural llamativa: la columna vertebral se endereza, la caja torácica se abre, el sujeto busca inconscientemente una mejor rectitud dorsal por una rotación de la pelvis hacia delante, el rostro se relaja y se moviliza de forma armoniosa, la voz se enciende. A la inversa de la prueba anterior, una curva opuesta a la primera (que conlleva por tanto una escucha más rica en frecuencias graves) va a conllevar una modificación postural que juega en sentido inverso sobre todos los parámetros antes citados.
El training incluye por lo demás el aprendizaje de una actitud llamada «postura de escucha» que da al sujeto una apertura máxima, es decir, el desarrollo extremo de sus posibilidades de emisión de un mensaje sonoro en buenas condiciones, y también de recepción correcta de las informaciones procedentes del entorno.
El oído así colocado puede entonces, como se ha dicho, recibir los agudos y bloquear los graves.
Hay que recordar también que el consumo energético relativo a nuestro mantenimiento postural en período de actividad es mínimo cuando el cuerpo está en equilibrio, derecho y vertical.
El oído derecho director y la lateralidad
«Hay que ser diestro hasta la izquierda», gusta repetir Alfred Tomatis.
Pues el interés de un individuo, en el combate que lleva para su adaptación al mundo, es ser diestro, no solo de la mano y del pie, sino de la audición, del habla y del pensamiento.
La observación atenta de las curvas auditivas de un cantante muestra que el control que ejerce sobre su voz por sus oídos no es de la misma calidad a la derecha que a la izquierda.
Mediante un deslumbramiento sonoro, o inyectando ruido, es fácil hacer perder el control de su audición izquierda a un cantante en actividad. El observador constata entonces que canta tan bien, e incluso mejor que antes.
En cambio, si el oído derecho es suprimido, el sujeto experimenta inmediatamente grandes dificultades para dominar su voz.
Alfred Tomatis ha tenido la ocasión de repetir esta experiencia con instrumentistas y actores; se ha verificado cada vez. Manifiestamente, existe pues un oído director que es siempre el derecho.
Y si los dos oídos sirven para localizar los sonidos puesto que la bilateralidad auditiva favorece la angulación, parece que solo se pueda acceder al dominio profundo del lenguaje eligiendo el oído derecho como antena de captación del flujo verbal; el oído izquierdo da un panorama global del entorno sonoro, el derecho puede apuntar a un sonido preciso y analizarlo finamente.
¿Por qué esta asimetría? Porque los impulsos que parten del cerebro solo pueden repercutirse para la producción de un sonido en el nivel de la laringe, de la que el ser humano ha hecho su instrumento de comunicación privilegiado. Ahora bien, en este nivel hay asimetría, la hemilaringe derecha se beneficia de un nervio recurrente motor (se trata de una rama del neumogástrico) mucho más corto que su colateral; pues el recurrente derecho se dirige hacia la pared derecha de la laringe tras haber cruzado por abajo la arteria subclavia derecha, mientras que el recurrente izquierdo se sumerge en el tórax y forma un asa por debajo de la aorta antes de unirse al lado lateral izquierdo de la laringe.
Por consiguiente, el tiempo de los impulsos neuronales es diferente; en el circuito de autocontrol que une la laringe al oído, el oído derecho está pues más cerca de los órganos fonatorios y de la información que el izquierdo.
Clásicamente, el cuerpo humano está «cortado» en dos, con un lado derecho dominante, servido por un cerebro izquierdo considerado como mayor, sin que uno se dé bien cuenta de que el lado derecho no puede hacer nada sin la izquierda. Los dos lados son interútiles, y el equilibrio ideal, para un ser humano, es la armonización funcional de la derecha y de la izquierda.
Es erróneo creer que todas las fibras nerviosas estén cruzadas, que la relación izquierda-derecha (o derecha-izquierda) sea la única posible; así, en el nivel del oído «primario» (los dos utrículos y los canales semicirculares), los haces ni siquiera están cruzados en absoluto: el lado derecho inerva el lado derecho de la médula espinal, por ejemplo. Solo a continuación los dos nervios primitivos van a dar haces cruzados.
De hecho, solo tres quintos de los haces nerviosos están cruzados, por dos quintos que son directos.
No hay pues hemisferio cerebral mayor, y cada uno tiene su propia actividad, el cerebro derecho tiene una función de control y de integración, el izquierdo es más bien el ejecutante.
Por ello, contrariamente a lo que se afirma generalmente, la motricidad está esencialmente regida por el cerebro izquierdo (incluso si es el brazo izquierdo el que se mueve); en cambio, el cerebro derecho ejerce su control tanto sobre la derecha como sobre la izquierda. Pero para ello, hace falta que la información sea recibida por el oído derecho, pues si es recibida por el oído izquierdo, es el cerebro derecho quien debe encargarse de la ejecución y, al hacerlo, no puede ya ejercer convenientemente su función de control.
Es evidente que un gran número de sujetos logran adaptarse a una mala lateralización, e incluso hacer prueba de mucho brillo en sus actividades, intelectuales u otras. Pero esto les cuesta un esfuerzo cierto, y por bien que puedan salir de ello, serían mucho más dueños de sus medios si oyeran del otro lado.
Así, en el training, se lateraliza progresiva y sistemáticamente a la derecha, y se constata casi siempre que, al hacer pasar a un sujeto de la escucha izquierda a la escucha derecha, mejora mucho su rendimiento cerebral, pues cada hemisferio es recolocado en su papel propio, y es entonces cuando se obtiene la integración de las lateralidades sensorimotora y audiofonatoria; es toda la estructura interna del ser la que se armoniza.
Pero si esta lateralidad depende de una elección, ¿por qué algunos sujetos eligen justamente el circuito de autocontrol más desfavorable?
Hay que precisar que la elección es inconsciente, y se halla ligada a la elaboración del lenguaje del sujeto.
Esquemáticamente, el niño comunica ya con su madre; en este estadio del balbuceo, no hay aún verdadera diferenciación de los oídos, por la buena razón de que el lactante no tiene aún necesidad de tender el oído para apuntar a los sonidos de forma precisa.
Las sílabas son por tanto repetidas dos veces (ma-ma / pa-pa / etc.) puesto que cada oído envía un influjo hacia cada hemilaringe, teniendo el influjo izquierdo un ligero retardo respecto al derecho dada la diferencia de longitud de los circuitos neuronales.
Después el niño va a encontrar al padre que es el vector del lenguaje socializado. Para comprenderlo y para integrar esa lengua que es para el niño su primera lengua extranjera, va a tener que tender el buen oído. Gracias a ella, la respuesta será inmediata y precisa, y las palabras adquirirán toda su carga semántica.
Pero si las relaciones entre el padre y el niño son defectuosas, este último tiene todas las posibilidades de elegir el oído izquierdo, pues le permite poner al interlocutor a distancia y protegerse de él.
Entonces, el flujo verbal ya no está muy bien controlado y la estructuración del lenguaje del sujeto puede verse comprometida, con las consecuencias nefastas que esto entraña en el nivel del aprendizaje de la escritura, y de la integración de la gramática.
Así, toda deficiencia de este autocontrol auditivo derecho conlleva casi obligatoriamente trastornos de la expresión oral y escrita, disminuye por tanto la comunicabilidad; en el límite, el estudio de otra lengua viva o del canto se vuelve difícil, si no imposible.
Simultáneamente, se nota una baja muy nítida del rendimiento de las facultades de memorización, de atención y de concentración.
Es interesante anotar que si se obliga a un zurdo a pasar a la derecha, generalmente rechaza los dos lados, y efectúa una regresión cuya consecuencia más frecuente es el retorno al lenguaje destinado a la madre (antes de la «elección»), por tanto a la tartamudez.
La imagen del cuerpo
Es una noción esencial, y generalmente bastante mal definida.
El ser humano es ante todo un sistema nervioso recubierto de una vaina somática, y la imagen del cuerpo para el hombre es la utilización de su campo neuronal, utilización que varía según los individuos y los factores accidentales que los distinguen unos de otros; es también la imagen o el «concepto integrado» que cada uno se hace de sí mismo.
Esta imagen es lo más a menudo muy diferente de lo que sería una imagen perfectamente objetiva, y su importancia reside en el hecho de que nuestra apariencia, nuestra postura, y nuestro comportamiento están bajo su dependencia directa.
Además, solo su integración correcta puede aportar la habilidad corporal de la que el hombre necesita en las actividades más diversas, ya sea la práctica de un deporte, de un instrumento de música, o incluso la simple conducción de un coche. Solo el virtuoso posee su imagen corporal hasta tal punto que integra en ella el instrumento de su actividad y el espacio donde se mueve — hace cuerpo con el conjunto. Así el tirador con arco del Zen japonés ya no es sino uno con su arco y con el blanco, y el objetivo es entonces alcanzado, incluso con los ojos cerrados.
¿Cómo se forma esta imagen?
El aire no cesa de moverse, de estar animado de diversos movimientos de rotación, cada ser está así sumergido en una estructura sonora que lo esculpe, pues el sonido no se dirige solamente al oído, afecta al cuerpo entero.
El oído, ciertamente, se ha vuelto el captador principal, pero se trata solamente de la diferenciación progresiva de una parcela de piel que, en el origen, no se distinguía del resto de la superficie cutánea.
Nuestro cuerpo está pues atrapado en una red de presiones y de impulsos que lo excitan en todos sus puntos. Poco a poco, la suma de todas estas excitaciones compone una imagen integrada que, en cierto modo, dibuja el cuerpo en hueco.
Este juego de estimulaciones puede ser provocado de diferentes formas, pero existe un medio privilegiado, capital: es el lenguaje, pues el sonido que producimos nosotros mismos imprime él también en permanencia una multitud de pequeños toques (presiones «acústicas») sobre todo nuestro sistema nervioso periférico. En función de las palabras que utilizamos, vamos a tocar más o menos determinadas partes de nuestro cuerpo.
El lenguaje sensibiliza poco a poco las áreas sensoriales detectoras de las ondas acústicas mantenidas por el «flujo verbal», siendo las zonas más favorables a esta información sensible las que se sitúan allí donde la distribución de las fibras nerviosas especializadas en la medida de las presiones es más densa (rostro, cara anterior del tórax, abdomen, palmas de las manos, cara dorsal de la mano derecha en el nivel de la pinza pulgar-índice, interior de los miembros inferiores, planta de los pies).
Por lo demás, es seguro que es para ofrecer la mayor superficie de estas regiones electivas por lo que la verticalidad se vuelve una obligación cuando se quiere dominar perfectamente la palabra propia.
Se puede deducir de ello un principio esencial: si la imagen del cuerpo es la consecuencia del lenguaje, mejorando su habla se puede por tanto remodelar su cuerpo puesto que, en último extremo, nuestra apariencia y nuestra postura son también regidas por él…
Pero es evidente que si somos esculpidos por el sonido que emitimos, también lo somos por los sonidos que emite otro; entonces, en esta perspectiva, un diálogo es por tanto una cierta forma que tienen dos individuos de ponerse en vibración uno a otro; y la calidad de su intercomunicación depende finalmente de la compatibilidad de sus imágenes corporales, ligada ella misma a la coherencia de sus curvas de escucha: dos sujetos que presentan curvas distorsionadas y muy disímiles tienen pocas posibilidades de poder entenderse pues, en el sentido propio del término, ya no están en las mismas longitudes de onda, su interrelación se vuelve difícil, incluso penosa. Alfred Tomatis ha podido verificar esto con monjes.
Mediante filtros, ha impuesto a dos sujetos curvas auditivas idénticas, después los lanzó a una discusión muy espinosa: no lograron entrar en desacuerdo. Después, invirtió las curvas y puso en marcha un diálogo anodino: un cuarto de hora más tarde, se peleaban. Cada ser humano debería tener por objetivo hacer en modo que su imagen corporal sea homogénea con el todo del que forma parte.
Que haya distorsión entre ella y determinadas disposiciones objetivas del cuerpo o del mental, y se puede estar seguro de que el sujeto experimentará dificultades en su adaptación al mundo, y en su adaptación a sí mismo; es decir, que se sentirá mal a gusto en un cuerpo del que apenas tendrá conciencia, no sabrá determinar su lugar en las estructuras espacio-temporales y sociales, en el límite, la coordinación motora misma puede ser deficiente.
Con toda evidencia, una buena imagen del cuerpo realiza la adherencia absoluta del cuerpo real y del cuerpo imaginado: es la imagen gracias a la cual se puede ser sí mismo hasta el último átomo, y comprometerse en una dinámica comportamental armoniosa.
Algunas aplicaciones particulares
Aunque todos estemos más o menos concernidos por el training audio-psico-fonológico, algunos grupos humanos o categorías profesionales lo están más particularmente.
Esta enumeración no es evidentemente limitativa.
Los Educadores
Tomado el término en su sentido más general, del enseñante propiamente dicho a los propios padres… pues el contenido del saber transmitido no cuenta solo, la calidad del vector es sin duda igualmente importante.
Un formador, un profesor cuya voz está mal colocada o defectuosa, destruye la escucha de los sujetos enseñados, y ello tanto más cuanto que son jóvenes.
Los Oradores
Pienso en los políticos, los abogados, los eclesiásticos, para quienes una voz correcta es primordial.
Todo sujeto cuyo campo auditivo está reducido, y la voz dañada, no puede esperar convencer eficazmente a un interlocutor, pues el mensaje que le destina no pasa, bien porque está mal construido, bien porque su soporte sónico es de mala calidad.
Cuando un hombre quiere realmente entrar en comunicación con otro hombre, y actuar sobre él, es el ser vivo global el que viene, como una suerte de vivificador, a jugar sobre la totalidad de la psicofisiología del otro.
La fuerza de un hombre es cuando es capaz de esta virtuosidad: jugar de sí mismo tan perfectamente que puede hacer entrar en resonancia al otro, o a los otros, y orientar así sus dinámicas intrínsecas.
Los Cantantes y los Músicos
Saber cantar, o tocar un instrumento, es esencialmente saber ponerse a la escucha del propio flujo verbal, o del sonido emitido por el instrumento, a fin de controlarlos mejor.
Y la experiencia demuestra que la mejora, en un sujeto, de su potencial de control por la escucha le permite adquirir un mayor dominio de su voz o de su instrumento.
Los Deportistas
Para destacar en un deporte, es evidente que cualidades atléticas completas son necesarias y que hay que tener un conocimiento perfecto de las técnicas y de las reglas de la disciplina deportiva elegida.
Sin embargo, una vez cumplidas estas condiciones a raíz de los distintos entrenamientos específicos a los que el atleta es sometido, se constata que no es aún suficiente, pues hace falta que este alcance, además, un grado elevado de conciencia corporal, puesto que todos los deportes necesitan un compromiso completo del ser humano por la mediación del cuerpo.
En el límite, no es ni siquiera demasiado fuerte afirmar que la marcha psicológica debería preceder al acercamiento técnico de la disciplina contemplada.
«Algunos deportes, o algunas técnicas, llegan hasta volverse una prolongación del cuerpo, como por ejemplo el tenis, la pelota vasca, el billar… El diálogo entre el cuerpo y la bola determina un conocimiento profundizado de la postura, en una perspectiva de acercamiento destinada a movilizar la inteligencia con vistas a jugar con el objeto. Se trata de conocer a fondo las propiedades cinéticas de un cuerpo y de explotar todas sus posibilidades, para satisfacer lo mejor posible las exigencias de una regla impuesta. Los aprendizajes apelan al genio humano para el establecimiento de las reglas, por una parte; para su observancia, por otra, en función de la imagen del cuerpo frente al objeto.»
Es fácil concluir de ello que en una competición deportiva, a tecnicidad y forma física iguales, es el que, respecto al otro, posee una mejor imagen del cuerpo el que se lleva la victoria.
Disponiendo del campo consciente más amplio, ha llegado a ser maestro de posibilidades de concentración y de autocontrol que corren el riesgo de faltar al adversario.
El Oído electrónico desarrolla o refuerza justamente la lateralidad derecha y permite así un autocontrol psicomotor mejor y más rápido; aumenta la resistencia al esfuerzo y acelera la facultad de recuperación; atenúa el pánico escénico, o incluso la angustia, y libera al sujeto de los impedimenta afectivos o viscerales; la comunicabilidad y la apertura del sujeto aumentan, de donde una mejor integración en el seno de un equipo…
Los Sujetos expuestos al ruido
Por ejemplo, los obreros que trabajan en un ambiente ruidoso, los ingenieros del sonido, los músicos o incluso simplemente los jóvenes que escuchan música moderna un poco demasiado fuerte (música pop en particular; así, una encuesta sueca ha revelado que en 1970 los trastornos auditivos por agresión sonora eran diez veces más elevados en los adolescentes que en 1956).
Cuando se sumerge a un individuo en el ruido (120 dB, 130 dB), inmediatamente, el oído sufre un daño, y si no se alivia al sujeto, al cabo de un mes, la lesión se vuelve irreversible. Pero hay que precisar sin embargo que si una intensidad de 120 dB es dolorosa, una intensidad de 80 dB basta a veces para hacer aparecer trastornos serios.
Por lo demás, la intensidad no es la única en juego; la duración de exposición al ruido, su frecuencia, su carácter más o menos inesperado, modifican la importancia de los daños causados.
Alfred Tomatis ha constatado que cuando un obrero de los Arsenales, de edad madura, era destinado a los reactores, había generalmente seguido una progresión en su exposición al ruido. Había tenido la oportunidad de sufrir así una suerte de entrenamiento auditivo tal que se comportaba como verdadero atleta en su defensa espontánea y automática contra el ruido, es decir, que había reforzado y dominado la musculatura de su oído medio.
Es exactamente lo que el Oído electrónico procura por su acción; puede pues ayudar a un sujeto a luchar eficazmente contra la agresión sonora, y a protegerse de ella.
Es tanto más importante cuanto que la acción del ruido puede no solo tener repercusiones desfavorables sobre la audición, sino también sobre el funcionamiento del corazón, la circulación sanguínea, el ritmo respiratorio, el tránsito intestinal, la vida hormonal, la visión, el sistema nervioso central, la memoria, el equilibrio intelectual y mental…
La integración de las lenguas vivas
Un antiguo proverbio oriental afirma: «Si posees una lengua, tienes una vida; pero si posees dos, tienes dos vidas».
Eterna sabiduría de los Antiguos. No es hoy cuando los desmentiremos, pues nunca ha sido tan crucial conocer varias lenguas.
Pero no todos tenemos las mismas posibilidades ante este problema que es la integración de una lengua extranjera, pues hablar una lengua es ante todo adaptar la propia escucha a las frecuencias acústicas de esta lengua.
Así, el «don de las lenguas» no es tanto el don de hablarlas como el de oírlas.
Resulta que existen según las regiones del globo distintos tipos de audición, distintos «oídos» que corresponden aproximadamente a las distintas lenguas.
Cada una de ellas se caracteriza por una banda de selectividad, o «banda pasante», particular. El oído francés, por ejemplo, juega entre 1000 Hz y 2000 Hz mientras que el oído italiano se inscribe entre 2000 Hz y 4000 Hz.
La banda pasante del ruso va de los sonidos más graves a las frecuencias más agudas, lo que les da la facultad de aprender fácilmente muchas lenguas (lo que por lo demás se había constatado desde hace tiempo).
Al contrario, la imposibilidad de reproducir eficazmente una lengua extranjera no es generalmente sino una forma de sordera.
Ante una información sonora inacostumbrada, el oído cambia su postura de escucha para tomar otra perfectamente definida, diferente en todos sus puntos de aquella en la que la había fijado la lengua materna. Y puede muy bien que no sea capaz de cumplir este trabajo de acomodación.
Felizmente, no todo está perdido en este caso. Gracias al Oído electrónico, es posible desbloquear el oído deficiente a fin de crear artificialmente esa receptividad de la que carece. Este aparato permite ceñir o extender a voluntad la banda pasante, y dar así al sujeto el oído inglés, español.
Al modificar la audición del sujeto, al enseñarle a oír de otra forma que aquella a la que está acostumbrado por su lengua materna, se desencadena otra forma de hablar, otro modo de expresión característico de la lengua a estudiar. Este efecto audiovocal conlleva modificaciones que recaen sobre el timbre, sobre la organización del aparato fonatorio, sobre el uso de las cavidades resonantes, sobre el tono laríngeo, sobre la respiración, sobre la mímica, otras tantas modificaciones que reaccionan en cadena por encendido reflejo extendiéndose de cerca en cerca a toda la estructura morfológica del sujeto, hasta permitirle expresarse, pensar, e incluso existir a través de esta nueva lengua.
El Oído electrónico permite esta asimilación en profundidad. Pero antes de iniciar el aprendizaje de una lengua extranjera, conviene efectuar un balance auditivo pues si, por toda clase de razones, resulta que se es sordo, por ejemplo, a las frecuencias superiores a 2000 Hz, es inútil querer aprender el inglés cuya banda pasante está situada netamente por encima. En estas condiciones, no será nunca correctamente asimilado; hay que primero «abrir» el oído.
Los Managers
Si hay una categoría de hombres que debe reunir lo esencial de lo que se ha dicho anteriormente, es la de los managers, de los altos cuadros, de los «decisores», de los negociadores.
Estos hombres necesitan todas las cualidades humanas llevadas a su desarrollo máximo, tanto en el nivel del físico como del mental; pero les hace falta sobre todo una maquinaria nerviosa impecable, flexible, rápida en sus respuestas.
En una corticalidad que envejece, los procesos nerviosos se esclerosan, la memoria ya no integra muy bien, la concentración se diluye, las conexiones inéditas se espacian, después desaparecen.
Ahora bien, de lo que más necesidad tenemos es de creadores que, solos, sabrán encontrar las vías nuevas que reclaman los problemas considerables a los que nos encontramos confrontados.
Hemos visto que el Oído electrónico, por su acción directa sobre el córtex, por ese aporte masivo de energía inmediatamente utilizable, enciende la conciencia y estimula la creatividad.
Es el utensilio «del despertar» por excelencia.
Además, la armonización y la coherencia de las curvas de escucha es uno de los elementos determinantes en la formación de equipos estables, de alto rendimiento, pues los intercambios son numerosos, distendidos y fecundos.
Conclusión
El oído aparece pues como un órgano mayor que juega el papel de un vínculo entre la conciencia y la persona, y entre esta última y su entorno.
Órgano mayor también, en la construcción y la traducción del pensamiento, puesto que asegura su recorrido por medio de una voz bien colocada, bien timbrada y armoniosamente modulada, que sigue siendo el fundamento de toda comunicación humana.
Liberado de la garra del pasado y de inhibiciones antiguas por un descondicionamiento neuronal efectivo, el ser participa enteramente en las actividades que le dan la noción de existir, su percepción se ha considerablemente afinado, y su integración es tal que ya no siente soluciones de continuidad entre su córtex y el universo que lo rodea.
Su anclaje en lo real es sólido, y pasa fácilmente de la escucha de su «mundo interior» a la escucha del mundo en el que se sumerge, no aferrándose ya a escalas de valores escleróticas y caducadas. Su plasticidad y su capacidad de adaptación son máximas, sabe reconsiderar continuamente los valores antiguos para aprehender otros más verdaderos, o más en acuerdo con el tiempo presente. Estas facultades son esenciales en nuestro mundo en perpetua evolución que exige reconsideraciones frecuentes.
El oído electrónico conlleva una maduración del ser dirigiéndose directamente a las estructuras cerebrales, y según un programa fundado en las propias leyes del desarrollo del hombre.
Parece necesario insistir en el hecho de que el oído electrónico no tiene en absoluto por finalidad condicionar artificialmente al sujeto. No es una máquina para conformar los oídos y los cerebros en función de un modelo arbitrario. Es al contrario un instrumento susceptible de ayudar al individuo traumatizado, frustrado, inadaptado o bloqueado por algún incidente de su historia, a reencontrar, a través de la plena apertura, es decir, la plena liberación, de sus percepciones auditivas, la libertad positiva de su naturaleza, la libertad activa de su destino. Se trata de un proceso liberador que asocia un descondicionamiento previo a un recondicionamiento efectuado según normas ideales.
Su campo de acción es pues inmenso, desde la vuelta al equilibrio de seres humanos muy perturbados, hasta el desarrollo extremo de las capacidades de hombres que disponen ya de un buen equilibrio natural.
A este título, el oído electrónico puede ser utilizado masivamente para el reciclaje de los adultos, para suscitar el despertar de su actividad cortical a menudo adormecida, pues muchos adultos siguen siendo, en el fondo, «disléxicos» que se ignoran, están distraídos y su poder de concentración es débil, apenas tienen memoria, leen de forma superficial y mal integrada, llevan sus cuerpos como vestidos mal ajustados y molestos, son fatigables, sin tono, depresivos…
El oído electrónico puede, incluso al adulto de cierta edad, devolverle sus posibilidades completas de adaptación, y hacerle reencontrar su vitalidad, su deseo de renacer y de comunicar con nuevos entornos sociales y profesionales.