Primera entrevista de la serie realizada por Alain Gerber al Profesor Alfred A. Tomatis en la revista mensual SON Magazine (París). Publicada en el n.º 30 — septiembre de 1972 — bajo el título «Hablamos con nuestro oído». Más que una entrevista clásica, este primer número es un retrato introductorio: Gerber relata la génesis de las investigaciones de Tomatis (el primer paciente cantante cuya voz se quiebra en escena, los Arsenales de la Aeronáutica, el análisis de la voz de Caruso, el descubrimiento del oído director a través de Beniamino Gigli y Daniel Sorano), el nacimiento del «Efecto Tomatis» comunicado a la Academia Nacional de Medicina en 1957, y el del Oído Electrónico («invención de cabos atados con cordel» convertido, ya en 1954, en el aparato clínico maduro). Se esbozan ya los grandes capítulos del pensamiento tomatiano: oídos étnicos, aprendizaje de las lenguas, dislexia («se lee con el oído») y parto sónico para los niños no nacidos al lenguaje.

Revista «SON» — n.º 30 — Septiembre de 1972
El papel del oído en el desarrollo del ser humano
Alfred A. TOMATIS: «HABLAMOS CON NUESTRO OÍDO»
Entrevista recogida por Alain Gerber


Presentación

Calma a los angustiados, sosiega a los nerviosos, equilibra a los inestables, ayuda a asimilar las lenguas extranjeras. Combate el agotamiento, la tartamudez, los silbidos de oído y las faltas de ortografía. Hace cantar con afinación, enseña a leer bien, restablece las voluntades flaqueantes y devuelve la memoria a quienes la han perdido. Se dice a veces que hace oír a los sordos; se ha llegado incluso a escribir que volvía inteligentes a los niños…

Este doctor-milagro es el Profesor Alfred Tomatis. Investigador, inventor, teórico, es ante todo terapeuta. Su dominio, su campo de experiencia, su pasión: el oído. Tal vez no todo parta de allí, pero ¡qué encrucijada, qué puesto de aguja! Entren en el laberinto, con Alain Gerber.


El hombre y la obra

Desde fuera, resulta bien difícil, cuando se está en presencia de un palmarés tan sensacional, separar la ficción de la realidad. ¿Dónde comienza la leyenda? ¿Dónde se detienen los poderes reales de este hombre? Algunos de sus detractores no se andan con miramientos: ¡nada de eso es cierto, o tan poco como nada! Mientras tanto, sus partidarios están dispuestos a jurar que obra milagros. Todo ello hace sonreír a Alfred Tomatis, que no se deja engañar ni por unos ni por otros. «Conmigo —dice— no hay término medio: o me toman por charlatán, o por el Buen Dios». Pero conserva la cabeza fría. Sabe lo que quiere. Sabe lo que vale. Y, además, no hay tiempo que perder en polémicas vanas. Investigador, inventor, teórico — su último libro sobre Éducation et Dyslexie está movilizando el interés de los especialistas — el Dr Tomatis es ante todo un terapeuta. Aliviar primero, discutir después. No hace falta ser gran psicólogo para constatar que tiene, como suele decirse, «los pies en el suelo». «Sólo cuentan los hechos», anota en su libro. Es un principio que puede parecer simplista, pero es atendiéndose escrupulosamente a él como ha podido realizar todos sus descubrimientos. Pues Alfred Tomatis — y es un detalle que conviene señalar — es de la estirpe de los investigadores que encuentran.

Encuentra cosas extrañas, en verdad, hechas para pasmar a los ingenuos y ofender a los partidarios de la ciencia oficial, siempre preocupados por preservar como dogma las verdades de anteayer. A ojos de toda esa gente, es el hombre de las hipótesis delirantes y las teorías escabrosas — ¡aquel por quien viene el escándalo! No puede remediarlo, así que poco le preocupa. «No soy un polemista», confiesa. Prefiere trabajar y deducir consecuencias cada vez más lejanas de la intuición que tuvo ya hace muchos años y que está en la base de toda su obra: el hombre no vive solamente «con» sus oídos, vive «por» sus oídos. Dime cómo escuchas y te diré quién eres… Te diré cómo sientes, cómo reaccionas, cómo sufres, cómo estás acomplejado, y cómo cantas, cómo lees, cómo dibujas, cómo piensas, ¡cómo te sostienes!

Es precisamente esto lo que escama a muchos de sus adversarios: ¿con un solo «ábrete sésamo» penetrar en una infinidad de dominios? Es cierto que hay que desconfiar de las soluciones integrales, de las panaceas. Pero para algunos, la única inquietud nace del hecho de que Tomatis pisotea sus parcelas. Y es un hecho, no ha respetado los cotos cerrados. Ha transgredido tabúes. En suma, incomoda, Alfred Tomatis. Pero a él, al parecer, ¡eso apenas le incomoda! Como Sigmund Freud, cuyas concepciones evoca con gusto, piensa que un sabio tiene deberes para con su ciencia, los cuales bien valen el sacrificio de algunas susceptibilidades más o menos justificadas.

El primer paciente cantante

«Al principio —recuerda— yo era otorrinolaringólogo. Pero también era hijo de cantante. Todo partió de ahí. Un amigo de mi padre, también cantante, vino un día a buscarme: aun siendo un artista de gran clase, cantaba desafinado. Me traía el diagnóstico de un ilustre logopeda vienés que le había encontrado la laringe distendida. Me dediqué a esa lesión por todos los medios. Durante dos años intenté retensar sus cuerdas vocales. Por fin creí haberlo logrado: la voz recobró su afinación. Pero, poco después, mi paciente se quedó sin voz en plena escena. Sufrí el mismo fracaso con otro cantante poco tiempo después.»

Otros podrían haber acabado escarmentados para siempre de la reparación de las laringes distendidas; el Dr Tomatis, por su parte, saca de ello una lección. La laringe, supone, no es desde luego lo que hace cantar afinado o desafinado. Quedaba por determinar cuál era el órgano culpable…

En los Arsenales de la Aeronáutica

«En aquella época yo dirigía el laboratorio acústico de los Arsenales de la Aeronáutica. Examinaba a las personas a quienes la audición se les había dañado al trabajar en los bancos de pruebas de los supersónicos, para saber si había que indemnizarlas. Se me ocurrió poner a prueba la audición de los dos cantantes y advertí que presentaba, en ambos casos, deficiencias. Deficiencias que recordaban extrañamente las que había observado en las personas de la Aeronáutica. Entonces me pregunté si no se estarían estropeando el oído al cantar. De entrada, era una hipótesis aberrante, pero resultó ser fecunda.»

«La emisión vocal de una persona normal nunca pasa de los ochenta decibelios, pero un cantante profesional medio, a un metro, alcanza al menos noventa. Un gran tenor llega a ciento diez, ciento veinte, ¡ciento treinta! Lo que da aproximadamente ciento cincuenta decibelios dentro del cráneo. Ahora bien, un ATAR a ras de suelo da ciento treinta y dos decibelios: no hay la misma energía, pero sí la misma intensidad de salida. Era pues lógico pensar que si estos cantantes cantaban desafinado, era porque se habían roto el oído. De ello concluí que un sujeto sólo reproduce vocalmente lo que es capaz de oír.»

El nacimiento del «Efecto Tomatis»

Este fenómeno, que en 1957 fue objeto de una comunicación a la Academia Nacional de Medicina, se conoce hoy con el nombre de «EFECTO TOMATIS». Su formulación científica más sencilla es la siguiente: «La laringe sólo emite los armónicos que el oído puede oír». Pero quien lo descubrió dice a veces, de manera más lapidaria: «Se habla con el oído». Ya de por sí, es una pequeña revolución. Pero Tomatis no se detiene ahí. Decide ahora recorrer el camino en sentido inverso. Al analizar las grabaciones de grandes tenores desaparecidos, piensa, debería hacerse una idea de cómo oían en vida. Logra así establecer la curva de audición de Caruso.

Sólo que, lo sabe demasiado bien, una teoría que se construye sobre las espaldas de un muerto que ya no está para defenderse no ofrece todas las garantías científicas indispensables. Por fortuna, sus padres son íntimos de otro grande del arte vocal: Beniamino Gigli. Algunos años antes ha calculado su curva de audición. Al compararla con la curva obtenida a partir de los discos, constata una coincidencia perfecta. Es un nuevo punto adquirido; vendrán otros.

El oído director

Si se toma a un cantante y se examina su curva auditiva, se advierte que el control que ejerce sobre su voz mediante sus oídos no tiene la misma calidad a la derecha que a la izquierda. En efecto, si, durante el canto, se le hace perder el control de su audición por el lado izquierdo — mediante un deslumbramiento o inyectando ruido — se le oye cantar igual de bien. ¡Incluso canta mejor! En cambio, si se ataca a su oído derecho, se le hacen perder muchas de sus posibilidades. Lo mismo sucede con los músicos. «Cuando toco el oído derecho de Francescatti, parece que tuviera un trozo de madera en la mano en lugar de un Stradivarius.»

La conclusión que cabe extraer es que el oído derecho es director. Esto significa que es él, y sólo él, capaz de asegurar el control auditivo y el control vocal. Si se impide realmente a un músico oír por la derecha, se vuelve incapaz de seguir el tempo; en las mismas condiciones, la voz del cantante se espesa, se opaca, pierde su afinación. Llega incluso a ocurrir que el sujeto se ponga a tartamudear. «Es interesante señalar, por lo demás, que en toda mi carrera sólo me he encontrado con un único cantante zurdo, y ni siquiera estoy seguro de que lo fuera realmente.»

Es una de las grandes ideas de Alfred Tomatis: en todas las civilizaciones, los zurdos han sido la excepción. Al individuo, en el combate que libra por su adaptación al mundo, le conviene ser diestro. No sólo de la mano y del pie, sino de la audición, de la palabra y del pensamiento. «Hay que ser diestro hasta la izquierda», gusta de repetir.

De Caruso al Oído Electrónico

Si un cantante se pone a cantar desafinado, es pues sobre el oído derecho donde recaerá la reeducación. Queda por saber cómo proceder. Una vez más, Caruso prestará su contribución. El Dr Tomatis constata que su oído presentaba una característica muy particular: le permitía oír esencialmente los sonidos de buena calidad, y casi nada los malos. ¿Por qué no intentar dar a las personas con audición dañada el oído del célebre cantante? Esto puede hacerse mediante un casco que se ajusta sobre el cráneo del sujeto. «El resultado es inmediato: se vuelve eufórico, tiene ganas de cantar, todo vuelve a ser como antes. El problema está justamente ahí. ¿Cómo hacer permanente esta mejoría espectacular pero fugaz?»

Había que inventar una máquina que permitiera al sujeto aprender poco a poco a autocontrolarse como oye un gran profesional de la voz. Las investigaciones realizadas en ese sentido condujeron progresivamente a la puesta a punto del aparato adecuado. «¡Una invención de cabos atados con cordel!» reconoce el Doctor sonriendo. Bricolaje, en efecto. El artefacto funcionaba manualmente mediante interruptores ruidosos que constituían en sí mismos un obstáculo para la cura. Los primeros resultados, sin embargo, no eran desalentadores. Y, además, la invención iba a beneficiarse de todos los progresos de la tecnología.

A partir de 1954, gracias a la introducción de basculadores electrónicos, este oído artificial estaba en condiciones de funcionar de manera satisfactoria. Lleva hoy el nombre de «Oído Electrónico de Efecto Tomatis»; pero esto no se lo debemos al Dr Tomatis. «El Oído Electrónico —escribe éste— permite crear un condicionamiento que obliga al oído a adquirir su postura de escucha, por tensión timpánica, gracias a una regulación de los dos músculos de la caja del tímpano, músculos del martillo y del estribo, que aseguran por el juego de adaptación de impedancias el paso del sonido al oído interno, lugar donde se efectúa el análisis al nivel del primer relé celular de descifrado de la codificación verbal. Comprende, en particular, dos canales unidos por un basculador electrónico que conduce al sujeto de una audición mal acomodada a una audición adaptada, al tiempo que otro juego de puertas electrónicas libera preferentemente el canal auditivo derecho, lo cual no quiere decir que el canal izquierdo sea eliminado, como podría creerse, sino simplemente que no asegura la misma función de vigilancia en la escucha.»

El conjunto se completa con un micrófono, unos auriculares, unos amplificadores que actúan sobre los dos canales, y una fuente sonora constituida la mayoría de las veces por una cinta magnética grabada y montada en un magnetófono de gran calidad. El tratamiento prosigue durante diez minutos. El segundo día, durante veinte minutos. Al cabo de un mes, el sujeto emite sonidos de vocalista profesional, porque está condicionado a auto-escucharse como oye un hombre cuya audición está particularmente adaptada.

De Daniel Sorano a la tartamudez

Al comienzo, sin embargo, sólo se trataba aún de ayudar a los cantantes a seguir siendo o a volver a ser dueños de su arte. El uso de la máquina era pues bastante restringido. Una feliz casualidad permitirá a su inventor entrever toda la extensión de sus posibilidades.

«Un día —cuenta— un gran comediante vino a verme porque había perdido la voz. Lo habían dirigido a mí porque era un antiguo cantante. Yo no sabía nada sobre la voz de los comediantes. Procedí pues como con un cantante: le impuse el oído de Caruso. Se puso a hablar de manera extraordinaria y pronto todo volvió a la normalidad. Hoy este comediante ya no está, pero aún se recuerda la belleza de su voz: era Daniel Sorano

«En el curso del tratamiento, le suprimí el oído derecho para ver qué sucedía: lo vi ponerse a tartamudear delante de mí. Con buena lógica, me pregunté si los tartamudos no eran sencillamente personas que habían perdido el oído director. Apoyándome en esta hipótesis, pude aliviar a algunos. Afortunadamente, hubo quienes resistieron al tratamiento. Estos fracasos me probaron que aún me quedaban muchas cosas por comprender. Así pues, perseveré.»

Desde entonces, pequeños hallazgos y grandes descubrimientos van a precipitarse a un ritmo acelerado, encadenándose unos a otros como los elementos de una demostración bien conducida.

Los cantantes venecianos y los oídos étnicos

La fuerza del Dr Tomatis es no contentarse con lo que tiene. Necesita siempre llevar al extremo las consecuencias de sus observaciones y de sus teorías. En 1954, varios cantantes venecianos vienen a consultarle porque no logran pronunciar la «r» italiana. Todos dicen «l». Ahora bien, consiguen corregir este defecto cuando se les condiciona a auto-escucharse como Caruso. «Pensé que, si eran mudos en lo que respecta a una sola letra, era porque eran sordos a esa letra. Me pregunté entonces si no habría una selección auditiva propia de los venecianos. Y si existía una propia de los venecianos, debía existir una propia de los milaneses, otra propia de los napolitanos, etc.» Nació así la idea de que, a través del espacio, los diferentes grupos humanos tenían cada uno un oído muy particular, caracterizado por su banda de selectividad. Estudios más avanzados confirmarían esta hipótesis.

Tomatis constató, por ejemplo, que el oído italiano inscribía su selectividad entre 2 000 y 4 000 hercios, mientras que la de el oído francés se situaba entre 1 000 y 2 000 Hz… De ahí a imaginar que esta disparidad era la causa de las dificultades encontradas en el aprendizaje de las lenguas extranjeras, sólo había un paso. Pronto se franqueó. Algunos experimentos muestran que ciertos niños, hábiles en todas las materias y nulos en inglés, son en realidad sordos a esa lengua, debido a una selección auditiva particularmente «estrecha». Se les puede liberar de esa sordera enseñándoles a oír como oye un inglés.

«Se lee con el oído» — la dislexia

Los resultados son tan espectaculares que nuestro investigador es llamado al auxilio para poner en pie laboratorios de lenguas… Nuevo giro: los niños así tratados no sólo se convierten en buenos anglicistas, sino que rinden superlativamente en las materias en las que ya brillaban. Los padres acuden a felicitar a Tomatis, y éste observa que una frase aparece regularmente en sus comentarios: «¡Mi hijo lee ahora mucho mejor!»

No hace falta más para que se esboce una nueva teoría. Es una de las más sorprendentes de todas, una de las más difíciles de tragar para los espíritus escépticos. Se contiene entera en esta fórmula paradójica: «se lee con el oído». «Sí —comenta Alfred Tomatis— el oído es la vía regia del lenguaje. Como he escrito en mi libro, el signo escrito no es nada en sí sino un sonido por reproducir, y no parece extravagante comparar la escritura con una grabación sonora. La escritura se presenta sin duda como la primera “cinta magnética”; es ese almacenamiento de sonidos que el genio humano supo fijar por primera vez en la historia de las civilizaciones… El oído es un órgano cuyo pabellón está abierto a todo lo que es lenguaje. ¡Incluso cuando ese lenguaje es escrito!»

Inmediatamente, nuestro investigador entrevé una aplicación práctica de esta idea: el tratamiento de los disléxicos, que son un millón quinientos mil en Francia. Ya más de doce mil de ellos han sido reeducados gracias al Oído Electrónico. Y lo mejor es que los resultados superan las esperanzas. No sólo el niño progresa en lectura, sino que habla mejor, memoriza mejor, se concentra más, está más dinámico, más equilibrado; parece más feliz de vivir.

El parto sónico

Es, según Tomatis, que el individuo es una unidad y que no se toca el oído sin tocar al ser entero, porque el oído es el órgano direccional por excelencia. Nos hace comunicar con el mundo circundante, con los demás y también con nuestro propio Yo. Es posible que vehicule la relación afectiva fundamental entre una madre y su hijo, cuando éste aún se baña en el medio uterino. Que la comunicación comience mucho antes del nacimiento, es algo que los psicoanalistas habían puesto ya de manifiesto. Alfred Tomatis toma el relevo. Lanza la hipótesis de que «cuando la relación no se ha realizado entre la madre y el niño in utero, el lenguaje corre el riesgo de no ponerse en marcha, e incluso a veces de no existir». El niño no ha nacido al lenguaje. Se puede remediar realizando — experiencia fantástica que resuena con todos los mitos de la ciencia-ficción — un «parto sónico»: el paso de la audición en medio acuático (el del embrión sumergido en el líquido amniótico) a la audición en medio aéreo. En esas sesiones asombrosas, se ve al niño «renacer» en el sentido propio del término.

Centros del Lenguaje en todo el mundo

Después de esto, no debe sorprender que se acuse a Tomatis de jugar al mago, de sucumbir a la tentación del aprendiz de brujo. Evidentemente, ofende al grueso sentido común calzado con zuecos llenos de paja, el hombre que hace parir, leer, hablar, cantar y sonreír por el oído. ¡Qué pretensiones! Por lo demás, no es imposible que el progreso del conocimiento invalide algunas de sus opiniones más originales. Es el destino de todos los sabios: la verdad nunca está concluida. Pero qué importa, puesto que imagina, puesto que inventa, puesto que plantea preguntas, puesto que abre pistas, puesto que sacude la apatía de los mandarines. Qué importa, puesto que cura a la gente.

En cualquier caso, no debe nada a nadie. Sus investigaciones las ha financiado él mismo, con el dinero que le procuraba su consulta. Hoy dirige, en el n.º 68 del bulevar de Courcelles, un Centro del Lenguaje que atiende a seiscientos enfermos. Cada una de sus máquinas puede tratar de diez a veinte personas al día. Hay otros centros en provincias y en el extranjero: en Bélgica, en Alemania, en Canadá y hasta en Sudáfrica.

Lo que más le contraría es que la propagación de sus ideas sea tan lenta y tan penosa. Pero, a decir verdad, apenas tiene tiempo para ocuparse de la promoción. Hay cosas más urgentes que hacer. Se dice que duerme muy poco: no se le nota. Lo que en cambio se advierte es la magnífica colección de telas abstractas que adorna sus paredes. Alfred Tomatis también tiene ojos para ver. Sobre la mesa donde come, crudités, queso, frutas. Carne, no. Tampoco fuma. «¿No sabía usted que eso estropea el oído?» pregunta, con falsa ingenuidad, antes de cerrar la puerta.


Lugar de esta entrevista en la serie

Esta entrevista es la primera de una serie de quince publicada mensualmente por Alain Gerber en la revista SON Magazine de septiembre de 1972 a diciembre de 1977. Para el sumario completo y el acceso a las demás entrevistas, véase el artículo-madre de la serie.

Fuente: Alain Gerber, «Le rôle de l’oreille dans le développement de l’être humain — Alfred A. Tomatis: Nous parlons avec notre oreille», SON Magazine n.º 30, París, septiembre de 1972. Digitalización: Christophe Besson, junio de 2010.