«Cómo tratar los trastornos del lenguaje»
«Cómo tratar los trastornos del lenguaje» — La educación audio-psicofonológica (SON Magazine n.º34, enero de 1973)
Quinta entrevista de la serie Alain Gerber × Alfred Tomatis en SON Magazine. En el n.º 34, enero de 1973, Tomatis detalla concretamente el protocolo clínico de la cura audio-psico-fonológica para tratar dislexia, tartamudez, esquizofrenia y trastornos del lenguaje. Cinco etapas: retorno sónico, sonidos filtrados (a partir de la voz materna grabada), parto sónico, prelenguaje, lenguaje. Posología: tres meses para los casos benignos, un año para los casos graves, sesenta a noventa sesiones para un disléxico leve. Tomatis insiste en el término «educación» antes que en «tratamiento», detalla la pedagogía de la voz materna filtrada a 8 000 Hz, el paso progresivo al filtrado descendente para el parto sónico, la introducción prudente de la voz paterna (percibida como «violación» y «oso de la leyenda»), y concluye sobre la necesidad de implicar a toda la familia — incluido el padre, «animal muy difícil de aproximar» pero a menudo portador él mismo de una «voz zurda» que hay que tratar para fijar los progresos de los hijos.
Revista «SON» — n.º 34 — Enero de 1973
La educación audio-psicofonológica
Alfred A. TOMATIS: «Cómo tratar los trastornos del lenguaje»
Entrevista recogida por Alain Gerber
Presentación
Trastornos de la audición, de la fonación, de la escritura, del comportamiento: otros tantos accidentes de recorrido que pueden discapacitar a un niño. A estos desequilibrios, el Profesor Tomatis propone cierto número de remedios que Alain Gerber les expone aquí.
El «caminar sónico ideal»
Según Alfred Tomatis, que ha podido constatar que la audición de un ser humano llegado a la madurez era fruto de una evolución de múltiples etapas, existe un «caminar sónico ideal» del que dependen estrechamente no sólo nuestra manera de oír, sino nuestra manera de hablar y nuestra manera de leer.
De la comunicación carnal del feto con el útero materno a los intercambios verbales más fecundos, la pista no se interrumpe, pero es larga y está sembrada de escollos. Es tan ardua, en verdad, que, salvo milagro, no se puede recorrer sin ser víctima de uno o varios accidentes de trayecto. La idea de una maduración perfecta, sin tropiezos ni borrones, no es sino una idea. En los hechos, las cosas siempre suceden de otro modo.
En efecto, la relación del sujeto con el entorno se ve amenazada, en cada período de su evolución y casi en cada instante de cada uno de esos períodos, de ser perturbada, e incluso completamente cortada. Ya desde antes del nacimiento, por ejemplo, la comunicación con la madre puede ser deficiente. Tras el nacimiento, los riesgos son aún mayores. La propia educación, que sin embargo se fija el objetivo opuesto, contribuye en gran medida a multiplicarlos.
Hagan lo que hagan, decía aproximadamente Sigmund Freud a los padres y a los educadores, está mal. Cada caso plantea problemas nuevos para los que, tanteando, hay que inventar soluciones nuevas. Esto por no hablar más que de los conflictos conscientes, pues hay también — hay sobre todo — conflictos inconscientes, tanto más temibles cuanto que, por definición, no se dejan percibir, salvo por supuesto por los especialistas.
No conviene, sin embargo, ser exageradamente pesimista. Para una mayoría de individuos, un equilibrio acaba a pesar de todo por establecerse a través de las peores dificultades. Por otra parte, con los progresos realizados por la medicina y la psicología desde hace un siglo, es ya posible reducir ciertos trastornos ocasionados por relaciones defectuosas del sujeto con su entorno.
El campo de acción de la Audio-Psico-Fonología
El Profesor Tomatis, por su parte, se ha enfrentado a los que afectan al circuito de la audición y de la fonación: ciertos tipos de sordera, ciertos trastornos del lenguaje (la tartamudez entre otros) y de la lectura, ya que, según él, la dislexia halla su origen en una mala audición (a su vez determinada por una comunicación deficiente con el entorno, el padre en particular). Todos estos accidentes, claro está, son esencialmente psicológicos y es ello lo que permite remediarlos sin intervención medicamentosa ni quirúrgica alguna.
Pedagogía antes que tratamiento
El tratamiento que propone Alfred Tomatis consiste en hacer recorrer al paciente el camino ideal que habría debido seguir desde su concepción. Utiliza para ello el Oído Electrónico, que presentamos en nuestro número 30. «Soy reticente al término “tratamiento” —precisa—. Prefiero que se hable de pedagogía. Lo es, puesto que se trata de venir en ayuda de un sujeto prisionero de cierta inmadurez y que, en cierto modo, se ha quedado varado en su evolución. No hay nada que “curar”, sólo hay que despertar cierto número de potencialidades aún no explotadas. No puede hablarse, pues, ni siquiera de reeducación: se trata de “educación” — siempre que pueda considerarse la existencia como una educación permanente. Ayudamos al individuo a alcanzar el nivel en el que podrá vivir al máximo de sus posibilidades.»
Las cinco etapas del método
El equipo electrónico de que dispone, así como los numerosos montajes que éste permite, ofrecen al Doctor Tomatis la posibilidad de hacer revivir a su joven clientela la evolución sónica ideal cuya trayectoria sus trabajos han permitido determinar.
Brevemente, el método consiste, apoyándose en el hecho de que ya existe una comunicación entre el feto y la madre, en suscitar en el sujeto el deseo de que esta comunicación se prolongue tras el nacimiento, primero con la madre, luego con el padre y, por fin, con la sociedad entera. El itinerario comienza en el «diálogo» del embrión con el útero (diálogo que, en los hechos, puede ser él mismo indigente, lo que obligará al practicante a recomenzar todo de cero) y termina con la inserción del sujeto en el contexto social (inserción que, a su vez, está en el origen de un itinerario, mucho más personal éste).
Las distintas etapas que lo caracterizan pueden recrearse en el laboratorio, gracias al Oído Electrónico. Se distinguen así cinco estadios principales en el método utilizado por todos los centros que, en Francia o en el extranjero, se reclaman de Tomatis. Para facilitar su tarea, así como la de sus colaboradores, les ha dado nombres:
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Retorno sónico
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Sonidos filtrados
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Parto sónico
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Prelenguaje
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Lenguaje
Pero se cuida de subrayar que esta terminología «sólo tiene valor por el uso que de ella hacen los utilizadores del Oído Electrónico».
Posología y organización de las sesiones
Según la naturaleza de los trastornos, se insiste más particularmente en tal o cual episodio de la educación audio-vocal, pero en todos los casos es una sola y misma técnica la que sirve de base al planteamiento emprendido. Éste, precisa Tomatis, «ocupará un trimestre en los casos benignos, un año en los casos graves. Quedan, por supuesto, casos particulares que es imposible dirigir en el tiempo con precisión. Sin embargo, las normas que acabo de enunciar se revelan válidas en la gran mayoría de los casos. La solución más favorable consiste en prever cuatro sesiones de media hora cada día, durante quince días, luego de uno a varios impulsos de 32 sesiones (4 sesiones de media hora durante 8 días) espaciados de 3 a 4 semanas.»
Para los niños que residen lejos del centro, es preferible considerar permanecer in situ durante el tiempo de la educación. Por otra parte, en lo que se refiere a los establecimientos escolares equipados con laboratorios de expresión que aplican estas técnicas, las sesiones son diarias, con una pausa de uno o dos días al final de la semana. Sea cual sea la solución adoptada, es muy importante velar por que el ritmo de las sesiones se observe estrictamente.
Los sonidos filtrados a partir de la voz materna
Como se ha dicho en varias ocasiones, para Tomatis la necesidad de comunicar se elabora cuando el niño aún está en el vientre de su madre. En esa época, su escucha se caracteriza por el hecho de que se ejerce en medio acuático, ya que él mismo está sumergido en el líquido amniótico.
Ahora bien, es posible, haciendo pasar el sonido a través de filtros electrónicos, realizar artificialmente una audición semejante a la percibida en el líquido amniótico. Los «sonidos filtrados» son una aplicación directa de este principio. Vuelven a colocar al sujeto que los oye en las condiciones de su vida intrauterina y despiertan en él el deseo «de la relación más arcaica, la que tiene con la madre».
En general, estos sonidos filtrados se fabrican a partir de la voz materna, que es uno de los principales «ruidos» que percibe el embrión. ¿Cómo se procede? Se comienza pidiendo a la madre que lea, durante media hora, un relato que, a su juicio, sea susceptible de gustarle al sujeto. Se la graba entonces en condiciones que deben permitir, con vistas al filtrado, la conservación de las frecuencias agudas. Es esencial efectuar esta operación con un aparato de buena calidad, profesional o semiprofesional en la medida de lo posible, lineal hasta los 15 000 hercios. Después, en el laboratorio, se filtran por encima de los 8 000 hercios los sonidos de la voz materna y se hace un montaje que va a permitir, precisa el inventor del sistema, «resumergir el oído en las condiciones de un vivido lejano, el más antiguo que le haya sido posible percibir».
La utilización de la voz de la propia madre del niño en tratamiento es indispensable para el éxito del mismo. «Sin embargo —señala Tomatis—, en los casos de adopción que suscitan, como se sabe, tantos problemas afectivos, nos ha sucedido grabar la voz adoptiva y provocar la reviviscencia sonora intrauterina a partir de esa voz. A menudo hemos obtenido resultados sorprendentes que nos han permitido hacer desaparecer en gran parte las tensiones y los bloqueos existentes entre la madre adoptiva y el niño adoptado.»
¿Qué ocurre, sin embargo, cuando, a raíz de un divorcio o de un fallecimiento, es imposible obtener la colaboración de la madre o de su sustituta? Se recurre entonces a música filtrada, pero esta sustitución plantea ciertos problemas, pues la experiencia muestra que no todas las músicas provocan las mismas reacciones. Alfred A. Tomatis ha constatado, por ejemplo, que «los temas musicales tienen tanta más eficacia cuanto que son ricos en agudos y se aproximan a los ritmos mozartianos o a los cantos gregorianos», pero reconoce también «que habría mucho que decir y mucho que hacer sobre la elección de las modulaciones a filtrar»: musicólogos y psicólogos están cordialmente invitados a ponerse manos a la obra.
Del agobio a la beatitud
El número de sesiones depende en gran medida del caso tratado. Sesenta a noventa sesiones de media hora pueden bastar para un disléxico leve. Para un esquizofrénico, en cambio, hay que prever una serie de 60 sesiones, seguida de varias series de 30 sesiones, repartidas en un año como mínimo.
El período de los sonidos filtrados prosigue hasta que el sujeto acepte con placer la comunicación. Durante las sesiones se invita al niño a jugar; se le propone dibujar, reconstruir rompecabezas. ¿Por qué animarlo a una actitud lúdica? Para que no oponga resistencia a esa especie de descondicionamiento del que se está beneficiando sin saberlo.
Algunos sujetos, al principio, rechazan sistemáticamente la escucha de los sonidos maternos. Pretenden que esa voz los irrita, o la comparan con una abeja siempre allí junto al oído, dispuesta a picar… Luego viene el tiempo de la beatitud: «el deseo de escuchar se manifiesta en todo el comportamiento del niño, que se despierta, se agita, quiere comunicar, se apodera de él un inmenso deseo de vivir y de exteriorizarse, como si esa memorización sensorial le permitiera recuperar un pasado todavía virgen de todos los condicionamientos de la vida, de todos los disgustos vividos. Así, podría creerse que todo se desvanece, como si hubiera un borrado de los bloqueos que han confinado al niño en la incómoda situación en que se encuentra desde entonces».
El parto sónico
Es tras cierto número de sesiones de sonidos filtrados cuando el operador efectúa el «parto sónico» al que hemos aludido en distintas ocasiones en nuestros números anteriores. Se trata, como se sabe, de hacer pasar al sujeto de la audición en medio acuático a la audición en medio aéreo. A tal efecto, en el curso de una sesión, se hace descender el filtrado de la voz materna de 8 000 a 100 hercios.
Esta fase permite, en particular, reequilibrar «a todos aquellos que no han podido encontrar en el momento debido, al otro extremo de la comunicación, la voz de su madre», ciertos prematuros, por ejemplo, o niños hospitalizados cuando aún eran lactantes. Gracias a ella, el sujeto podrá «revivir o vivir en unas pocas sesiones ese momento crucial de su existencia humana en el curso del cual habría debido nacer al mundo por su relación materna».
El prelenguaje y el encuentro del padre
Hasta aquí, el niño ha permanecido pasivo. Después del parto sónico va a comenzar la fase activa. Esta vez, se va a abordar poco a poco el trastorno mismo. En el caso de un trastorno del lenguaje, uno se esfuerza por hacer nacer y luego excitar en el sujeto el deseo de entrar en comunicación verbal con el entorno. «Abandonando el monólogo pasivamente absorbido en las condiciones precisadas más arriba —escribe Tomatis— dirigimos al joven encargado de la comunicación hacia la vida social. La relación materna que parecía de sentido único, puesto que emanaba sólo de la madre, deja paso en el niño al deseo de elaborar el diálogo.»
Ese diálogo, el niño tratará sobre todo de establecerlo con el padre, que, para el niño, es el otro — «entiéndase —precisa Tomatis— el otro que la madre». Pues tal es la regla: en el plano inconsciente, el niño nunca se distingue del todo de aquella que lo ha llevado en su seno y lo ha puesto en el mundo, mientras que al padre lo encuentra inmediatamente como un tercero, como el más cercano de los extranjeros. Alfred Tomatis ha asumido estas lecciones del psicoanálisis más actual, y ha intentado ponerlas en práctica.
Al principio hacía oír directamente al sujeto la voz paterna, pero este método provocaba reacciones negativas sumamente marcadas en sus jóvenes pacientes. «No se pasa tan fácilmente del lenguaje de la madre, que es un lenguaje verdaderamente específico, al lenguaje de los demás. Esta penetración del tercero se siente como una verdadera violación por el niño. No es excesivo decir que la presentación de la voz del padre significa, para ciertos niños, el encuentro con el oso o el ogro de la leyenda, con el indeseable, con el adversario. Por ello las sesiones de voz paterna corren a veces el riesgo de terminar mal. Se asiste a reacciones agresivas muy espectaculares; el niño se encoleriza, se pone a llorar, ¡y los auriculares vuelan al otro extremo de la habitación!»
«Es apasionante ver hasta qué punto la inyección de la voz paterna es uno de los reveladores más extraordinariamente explosivos. Su valor informativo es considerable. Refleja la imagen que el niño se hace de su padre. Es muy significativa en particular en el niño zurdo, que, por definición, es aquel que rechaza la derecha, al padre, al Verbo. Cómodamente instalado en su relación única con la madre, el niño rechaza deliberadamente la voz del padre, ese trait d’union con el entorno, esa rampa de lanzamiento hacia el exterior que debe conducirlo hacia una liberación que él rechaza.»
Para evitar este tipo de resistencia al tratamiento, se comenzará esta fase con cierto número de sesiones de música filtrada que, sumergiendo al niño en un baño sonoro que lo lava de sus angustias, lo preparan para un encuentro acústico más sereno con el padre.
El lenguaje y el encuentro de sí mismo
La fase siguiente permite que se cumpla la última etapa del caminar sónico ideal. En el estadio precedente, el sujeto ha sido preparado para encontrar al otro (el universo social), al padre. Esta vez se trata de llevarlo a encontrarse a sí mismo, es decir, a aceptarse. Por distintos medios (entre ellos, una vez más, la audición de música filtrada) se reforzarán los autocontroles que garantizan una buena adaptación del individuo a sus propias realidades y a las condiciones de existencia impuestas por el entorno.
Como cabe suponer, esta última fase exige, más aún que la precedente, una participación activa del niño. Al disléxico, por ejemplo, se le pedirá leer en voz alta.
Los resultados observados
Cuando el programa termina, los trastornos (de la audición, de la fonación, de la escritura, del comportamiento, etc.) han desaparecido, o por lo menos se han reducido en proporciones considerables. Por otra parte, el estado general mejora sensiblemente, sobre todo en el plano psicológico. Los resultados obtenidos, señala Alfred Tomatis, «se manifiestan en particular por una mayor estabilidad del comportamiento, una pérdida de la agresividad, un sueño más calmo, más profundo, sin pesadillas, una normalización del apetito, la aparición de una euforia hasta entonces desconocida.»
«El niño se vuelve alegre, feliz de vivir. En el plano escolar, la organización del trabajo se vuelve más fácil. Se observa un mejor rendimiento global por aumento de la atención, del poder de concentración y por una ampliación de la memoria.»
En los disléxicos muy en particular, pero también en otros tipos de niños, «la lectura es más fluida, conducida con una voz tónica y sostenida por una buena inteligibilidad del texto. Las faltas de ortografía desaparecen a saltos sucesivos. En el plano de la expresión, se observa también un mayor dominio de las ideas que conlleva una mejora de las prestaciones de redacción. La recitación de los textos, prosa y poesía, se hace con soltura. La cartilla escolar revela buenas notas en historia, geografía, ciencias naturales. Las nociones temporoespaciales que se introducen paralelamente a la cristalización de la lateralidad derecha explican el enorme progreso realizado por el niño en el dominio del cálculo y de las matemáticas.»
Es así el entorno el que halla, por rebote, un beneficio en este proceso audio-vocal. A su vez, la célula familiar se euforiza, su angustia colectiva desaparece y deja paso a la calma. «La tormenta —escribe Tomatis— queda en lo sucesivo apartada, y mientras el niño se abre, florece, se vuelve parlanchín, se interesa por lo que le rodea, hace partícipes de su presencia, de su existencia, el equilibrio familiar se restablece.»
La participación de los padres
Alfred Tomatis no oculta que necesita a los padres — su comprensión e incluso su colaboración directa — para llevar a buen puerto su empresa educativa. Para empezar, va a pedirles que den prueba de paciencia, que no traten de presionar al niño, que no midan sus progresos sólo, como suele hacerse en las familias de los disléxicos, con el rasero de los resultados escolares. Después busca hacerles intervenir de manera más activa.
Durante el período de los sonidos filtrados, por ejemplo, la madre no debe contentarse con prestarse a la grabación de su voz, indispensable para el tratamiento. Debe ejercer por su actitud frente al niño una función de regulación sobre la afectividad y el comportamiento de éste. Esta fase del tratamiento, en efecto, es crítica: pues el dúo de amor que se establece o se restablece entre el sujeto y su madre se ve entrecortado por escenas a menudo violentas, debido a las reacciones excesivas del niño, que tan pronto se muestra demasiado afectuoso como exageradamente vindicativo, como si quisiera «liquidar un pasado del que sólo hace responsable a la madre».
De todos estos vaivenes, sin embargo, surgirá la serenidad, si la madre tiene la inteligencia y la fuerza para controlar sus propias reacciones. «La actitud que le aconsejamos —precisa Tomatis— es soportar con la sonrisa este momento algo desagradable, sin reaccionar a las réplicas y a las provocaciones repetidas del niño. Toda intervención demasiado brutal bloquearía, en efecto, en gran parte, la evolución del niño por nuevos repliegues de éste, que se siente culpabilizado. La experiencia nos ha demostrado que todas las descargas afectivas que se expresan durante este período se sueltan inconscientemente. Son además a menudo necesarias para la buena marcha de la educación emprendida. Parecen, en sus manifestaciones, a la altura de la importancia que el niño ha atribuido en su inconsciente a las causas mismas de sus bloqueos.»
«Después habrá que convocar al padre, a fin de ponerlo al corriente de los problemas relacionales y de sus repercusiones en la constelación familiar.» Habrá también que «hacerle tomar conciencia de la ayuda considerable que estará en condiciones de aportar aceptando ese puente lingüístico que es el diálogo». En efecto, «el encuentro del niño con su padre sigue siendo un elemento esencial de la comunicación social. Es difícil de realizar. Exige, por parte del padre, una muy gran disponibilidad, una apertura, una amplia comprensión del psiquismo del niño».
Cuando es la familia la que resiste
Si Tomatis ha llegado a estas conclusiones es porque necesitó comprender cierto número de acontecimientos que se producían durante las sesiones. Así, registraba en numerosos casos, por parte de los niños tratados, resistencias que se manifestaban sobre todo en el plano del comportamiento alimentario: el sujeto rehusaba comer o devoraba todo lo que se le presentara. Al principio creyó que se trataba de reacciones hostiles emanadas del niño mismo. Pero pronto se percató de que, en realidad, era la familia la que resistía, y no el niño.
Naturalmente, estas resistencias son la mayoría de las veces inconscientes, pero no por ello son menos eficaces, ¡al contrario! Es así como al practicante le toca ver en consulta a madres que le llevan a su hijo y que, sin embargo, en lo más profundo, en lo más oscuro de sí mismas, no desean que se cure, porque su inconsciente halla un interés en el estado que su consciente deplora. En ese caso, sólo se puede llegar a un resultado tratando a la madre primero o paralelamente al niño.
«Además —observa Alfred A. Tomatis— vivimos fenómenos de empatía. El individuo angustiado siembra la angustia a su alrededor. Un niño no puede conquistar su equilibrio si vive con personas que no están ellas mismas perfectamente equilibradas. Por otro lado, he podido constatar que las tensiones nacidas de estos desequilibrios formaban ellas mismas obstáculos a la comunicación: jamás un niño habla a un adulto angustiado. Miren a su alrededor: a la mesa, en una familia, cuando el padre tiene preocupaciones importantes, todos quisieran que alguien abriera la boca, pero nadie consigue hablar. Por eso no nos basta con encontrar a las madres: necesitamos también la cooperación del padre.»
El padre, «animal muy difícil de aproximar»
«El inconveniente es que no se desplaza fácilmente. El padre es un animal muy difícil de aproximar», dice Tomatis. ¿Por qué? En el caso preciso, porque sabe confusamente, una vez más a nivel inconsciente, que está implicado en primer plano en los trastornos de su hijo, particularmente si se trata de trastornos del lenguaje. «Es él —observa Tomatis— quien es portador del Lenguaje. Es él quien está investido del Verbo. Sabe que está en causa, sea porque no ha querido dar el lenguaje, sea porque se siente incapaz de hacerlo, sea — y éste es el caso más corriente — porque está oscuramente celoso de su hijo y no quiere dar armas a un rival favoreciendo el tratamiento de sus insuficiencias.»
Para obtener el concurso de los padres, Tomatis y sus colaboradores recurren a subterfugios: les hacen comprender que ha llegado el momento en que su colaboración se ha vuelto absolutamente indispensable. Si no basta, recurren entonces a argumentos menos nobles, pero a menudo más decisivos: les explican que sin ellos el tratamiento durará mucho más tiempo y que ¡la factura aumentará en consecuencia!
«Conozco a pocos —observa Tomatis sonriendo— que resistan a tales argumentos. Para facilitarles la tarea, hemos organizado sesiones los sábados y los domingos. Cuando aceptan sinceramente colaborar con nosotros, se alcanza el objetivo muy rápidamente. El éxito de la empresa está asegurado.»
La familia «modelo» con los cuatro hijos demolidos
«A veces nos damos cuenta de que los trastornos registrados en los hijos son consecuencia de trastornos que padece el padre. Conviene pues persuadirlo de seguirse a su vez. Les citaré el caso muy significativo de una familia de cuatro hijos. La pareja formada por los padres era un verdadero modelo: entendimiento, inteligencia, etc. Y, sin embargo, los cuatro hijos estaban demolidos. Todos eran zurdos. Uno padecía una tartamudez extraordinaria, otro estaba bloqueado de tal modo que pasaba por débil mental, y los otros otro tanto… Los cuatro presentaban trastornos graves del lenguaje o del comportamiento; los cuatro, por lo demás, eran sumamente dotados. Me llevó enormes cantidades de tiempo sacarlos adelante. Al fin lo conseguí, tras toda suerte de peripecias, pero cada año me veía obligado a dar un tratamiento global a estos niños para fijar las ventajas obtenidas por el proceder educativo. Y ello hasta que tomé al padre mismo en tratamiento.»
«Este hombre era notable: tenía cualidades asombrosas. Pero al mismo tiempo tenía lo que llamo una “voz zurda”, es decir, una voz mal colocada. Sirviendo de modelo a su progenie, había “zurdizado” a todos: de ahí los trastornos presentados por la familia, ya que, como saben, para estar en perfecta salud física y mental hay que ser diestro… hasta la izquierda. Desde que lo seguí, mis intervenciones anuales se volvieron inútiles. Esto muestra bastante qué responsabilidad puede tener el padre, incluso un padre modelo como éste, en ciertas deficiencias que afectan a sus hijos.»
El individuo está enfermo «con» y sobre todo «por» los demás
Esto muestra también que un gran número de personas están secretamente implicadas en la enfermedad de una sola. Hay que pedir cuentas no sólo al padre y a la madre, sino a los parientes más lejanos, a los amigos, a los vecinos, a la escuela, al Estado, a las instituciones de manera general. El entorno, en efecto, es todo esto, y es el entorno en su totalidad el que habría que tratar para hacerlo bien. Desde que se trata de psicología, ya no puede hablarse de enfermedad individual. El individuo está enfermo con y sobre todo por los demás. De cierto modo, puede decirse que está enfermo de la sociedad. El terapeuta se halla pues ante una tarea infinita que, además, le vale la hostilidad de una colectividad poco apresurada por reconocer sus errores. ¿Debe por ello sucumbir al desánimo?
Por cierto que no, y la aventura de Alfred Tomatis está allí para atestiguarlo. Poco a poco, ha prolongado su radio de acción, extendido su influencia, asegurado la penetración de su bisturí de ideas nuevas en el cuerpo social. Anteayer hacía aceptar a las madres la idea repulsiva de que estaban implicadas en los trastornos de sus hijos; ayer, era el turno de los padres; hoy se enfrenta a los médicos y a los enseñantes. El camino es todavía largo, ya que no tiene fin, «pero —dice— no tengo prisa. Si hay algo que este oficio me ha enseñado, es bien la paciencia. La paciencia y la esperanza.»
Lugar de esta entrevista en la serie
Esta entrevista es la quinta de una serie de quince publicada mensualmente por Alain Gerber en la revista SON Magazine de septiembre de 1972 a diciembre de 1977. Para el sumario completo y el acceso a las demás entrevistas, véase el artículo-madre de la serie.
Fuente: Alain Gerber, «L’éducation audio-psychophonologique — Alfred A. Tomatis: Comment soigner les troubles du langage», SON Magazine n.º 34, París, enero de 1973. Digitalización: Christophe Besson, junio de 2010.