«Avalancha de decibelios: atención, peligro»
«Avalancha de decibelios: atención, peligro» — Los sonidos peligrosos (SON Magazine n.º37, abril de 1973)
Octava entrevista de la serie Alain Gerber × Alfred Tomatis en SON Magazine. En el n.º 37, abril de 1973, Tomatis trata de los sonidos peligrosos y de la ecología sonora urbana. En una época en que los trastornos auditivos de los adolescentes se han decuplicado en quince años (encuesta sueca 1956-1970), recuerda sus investigaciones fundacionales en los Arsenales de la Aeronáutica sobre la sordera profesional (libro co-escrito con Robert Maduro y Maurice Lallemant), expone el mecanismo del escotoma a 4 000 Hz (el do por encima del Do de la flauta), patognomónico de los traumatismos sonoros, y alerta sobre los estragos del rock a 8 000 vatios (Grand Funk), de las orquestas sinfónicas (130 dB) y de los prodigios-directores retirados demasiado pronto del cartel por sordera.
Revista «SON» — n.º 37 — Abril de 1973
Los sonidos peligrosos
Alfred A. TOMATIS: «AVALANCHA DE DECIBELIOS: ATENCIÓN, PELIGRO»
Entrevista recogida por Alain Gerber
Presentación
La contaminación, las molestias son las bestias negras del siglo XX… Cierto es que el ruido, a fuerte dosis, mata el oído… Lo muy importante es que el aparato auditivo no es el único afectado: la acción del ruido puede tener repercusiones sobre el psiquismo, sobre la circulación sanguínea, el ritmo respiratorio, la memoria… El Profesor Tomatis le insta a tener cuidado con el exceso de decibelios…
Los Belcebú del siglo XX
Marcada por la civilización industrial y técnica, nuestra época se ha forjado mitos a la medida y a la imagen de sus realidades. El hombre de hoy designa en las agresiones que cotidianamente soporta nuevas figuras demoníacas, destinadas a sustituir a las antiguas, que ya apenas asustan más que a los niños de corta edad.
Molestias y contaminaciones son los Belcebú del siglo XX, y periodistas dotados consiguen persuadirnos de que en medio de ellas vivimos un infierno. Infierno de la corrupción atmosférica, infierno de la «naturaleza desnaturalizada», infierno de los decibelios. Éste nos interesaba muy particularmente. Hemos decidido ir a verlo más de cerca, interrogando una vez más al Profesor Tomatis, cuyas primeras investigaciones, hace unos veinte años, recayeron precisamente sobre este problema.
Piezas del expediente
Pero ¿puede hablarse de problema? En verdad, el asunto parece sencillo y la causa juzgada de antemano. El ruido, cuya intensidad no cesa de aumentar en las ciudades, es peligroso a la vez para el organismo y para el psiquismo de los individuos sometidos a él. Está claro, neto y sin réplica. Los testimonios abundan y llegan todos a las mismas conclusiones. ¿Algunas piezas del expediente? Helas aquí. Todos saben, por ejemplo, que los jóvenes escuchan la música que aman (la pop en particular) cada vez más fuerte; pues bien, una encuesta sueca ha revelado que en 1970, los trastornos auditivos por agresión sonora eran diez veces más elevados en los adolescentes que en 1956.
Y una revista francesa de divulgación científica había de subrayar que a estas agresiones facultativas conviene añadir aquellas a las que nadie puede sustraerse:
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martillo neumático: 120 decibelios
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moto: 110 decibelios
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metro de Place de la Concorde: 90 decibelios
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camiones, despertador: 80 decibelios
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teléfono: 70 decibelios
En los apartamentos, la trituradora de basuras, el frigorífico, la batidora, el molinillo de café, las lavadoras de ropa y de vajilla vienen, desde dentro, a sumarse a los residuos de los ruidos del exterior que se ha intentado, mal, suprimir mediante algunas medidas de insonorización. En suma, ya no estamos en condiciones de preservar nuestra audición, como aún ocurre a veces en algunos campos remotos o en ciertas tribus de los Andes donde sólo las personas aquejadas de una afección hereditaria del oído y los ancianos, cuya baja de la audición es el resultado de un fenómeno de senescencia fisiológica natural, tienen dificultades para oír hacia los cien años…
Las investigaciones fundacionales en los Arsenales
Estas constataciones son abrumadoras. Sin embargo, conviene distinguir entre lo que, constituyendo incontestablemente una molestia, puede ser soportado por el organismo con menores costes (se verá cómo) y lo que provoca lesiones debidamente constatables y a veces irreversibles. Sobre este punto, las investigaciones serias y objetivas son bastante recientes. Puede decirse que, antes de la Segunda Guerra Mundial, la nocividad del ruido no era sino una idea vaga en el espíritu de los sabios y de los médicos.
«La noción es antigua —observa Alfred A. Tomatis—, pero estuvo durante muchísimo tiempo poco o mal definida. Antaño, todo lo que se sabía era que los miembros de ciertas profesiones, los caldereros por ejemplo, estaban sometidos a intensidades sonoras tales que sus oídos corrían el riesgo de dañarse. El fenómeno fue objeto de ciertas investigaciones en Francia — señalo de paso que fueron franceses quienes inventaron el audiómetro — hacia 1934. Pero todo eso se deshilachó muy pronto, y sólo tras la guerra se retomó el problema. Tuve la suerte de pertenecer en esa época al personal del Aire, y en los Arsenales se me pidió conducir una investigación sobre las lesiones provocadas por el ruido.»
«Esta investigación no tenía nada de desinteresada: se trataba de saber si las personas que trabajaban en los reactores debían recibir una indemnización, como los americanos habían lanzado la idea. Había que examinar a diez mil personas sujetas al ruido. El inconveniente era que todas trataban de sustraerse al examen, o por lo menos de hacer trampa cuando finalmente se sometían a él: cada uno tenía miedo de que se le descubriera sordo y, en consecuencia, se le despidiese.»
«Con grandes dificultades, había hecho venir un audiómetro desde los Estados Unidos, pero apenas me servía de algo, pues tenía que suplicar a la gente para que se hiciera un audiograma. En tres años no pude examinar a más de 1 300 personas; estas observaciones me permitieron sin embargo escribir, en colaboración con Robert Maduro y Maurice Lallemant, un libro sobre la sordera profesional que fue objeto de un congreso. El resultado no se hizo esperar: el personal de los Arsenales se dijo que si había sordera profesional, había sin duda indemnizaciones de por medio, y esta vez fue una verdadera avalancha. Se atropellaban para hacerse un audiograma. La demanda era tal que no llegábamos a satisfacerla. Estábamos instalados en una carbonera y hacíamos lo que podíamos…»
El papel del psiquismo en la sordera
«Lo interesante de observar fue el cambio de actitud entre quienes vinieron a vernos antes de la publicación del libro y quienes vinieron a vernos después: mientras que los primeros hacían esfuerzos desesperados por oír, los segundos hacían todo lo que estaba en su poder por no comprender nada. Y lo más curioso es que en muchos casos esta artimaña no era verdaderamente deliberada, no era verdaderamente consciente. Esto me permitió percatarme de la importancia del psiquismo en este asunto. Un sujeto lleno de buena voluntad, pero con la idea, en el fondo, de hacerse reconocer sordo, podía tener su umbral auditivo realmente desplazado en diez, veinte e incluso treinta decibelios.»
El escotoma a 4 000 Hz, firma patognomónica
«Cuando se sumerge a un individuo en el ruido (120, 130 decibelios o más en ciertos talleres de la Aeronáutica), inmediatamente el oído sufre un daño. Digo inmediatamente porque se hace sentir desde el primer día; si no se alivia al sujeto, al cabo de un mes la lesión se vuelve irreversible. A este daño se le llama escotoma: se sitúa siempre en el mismo lugar (es uno de los pocos signos fijos de la medicina) y consiste en una lesión que se produce a los 4 000 hercios (el do por encima del Do de la flauta), con algunas excepciones a los 2 000 y a los 6 000. Después esta brecha se abrirá en abanico y se tendrá una degradación progresiva tanto del lado de los agudos como de los graves.»
«A los 4 000 hercios, nadie o casi nadie se da cuenta de la deficiencia, porque sonidos así no corren por las calles, pero la degradación irá poco a poco alcanzando la zona de la audición del lenguaje, de la inteligibilidad, y el sujeto sufrirá una sordera específica de las agresiones sonoras: seguirá oyendo, pero ya no comprenderá nada.»
Círculo vicioso y factores agravantes
Hay que precisar, sin embargo, que si una intensidad de 120 decibelios es dolorosa, una intensidad de 80 decibelios basta a veces para hacer aparecer trastornos. Por otra parte, la intensidad no es la única en juego: la duración de la exposición al ruido, su frecuencia, su carácter más o menos inesperado influyen en primer plano sobre la naturaleza y la importancia de los daños causados. Se sabe también que los sonidos puros son más nocivos que los sonidos complejos y que la aparición de una lesión conduce, en numerosos casos, a la instauración de un verdadero círculo vicioso: cuanto más fuerte se escucha, más sordo se vuelve uno y cuanto más sordo se vuelve, más necesidad tiene de escuchar fuerte para oír.
El ruido afecta a todo el organismo
El aparato auditivo no es el único afectado. Esto no puede sorprender cuando se sabe, gracias al Profesor Tomatis, el lugar central que ocupa en el hombre y los lazos muy estrechos que mantiene con los demás aparatos fisiológicos y con el psiquismo. La acción del ruido puede tener repercusiones sobre el funcionamiento del corazón, la circulación sanguínea, el ritmo respiratorio, el tránsito intestinal, la vida hormonal, la visión, el sistema nervioso central, la memoria, el equilibrio intelectual y mental, etc.
Los ingenieros del sonido y el mito de la sordera
No es pues exagerado decir que, por su actividad misma, ciertos individuos se hallan en peligro. ¿Cuáles? En primer lugar, todos aquellos que profesionalmente están sometidos a una exposición sonora intensa. Por ejemplo, los obreros que trabajan en los reactores, los ocupantes de las torres de control, los ingenieros del sonido. Estos últimos, en efecto, audicionan a muy gran intensidad las cintas en las que ejercen su talento. Alfred Tomatis propone una explicación sencilla de este fenómeno: «La gente se asombra siempre de esta escucha a gran potencia; sin embargo, para quien hace un montaje, si no está “dentro” de la orquesta, todo trabajo se vuelve imposible. Se ve obligado a oír la misma carnosidad que si se encontrara en el centro de la formación, de lo contrario no puede ejercer sus competencias. Si escuchan Richard Strauss a baja intensidad, la música pierde todo su valor y toda su significación. ¿Por ello se vuelven sordos estos ingenieros? En absoluto. Conozco a algunos que ejercen este oficio desde hace mucho tiempo y que oyen de maravilla. En cierta medida, el ingeniero del sonido con la audición lesionada es una figura de leyenda.»
El rock a 8 000 vatios
Sin embargo, los redactores de SON han tenido a menudo ocasión de encontrar miembros de esta profesión que se quejaban de padecer ciertos trastornos auditivos. Hay que decir que ésos estaban especializados en la música llamada «Rock». Ahora bien, en tal contexto, quien debe resumergirse en las condiciones originales de emisión del sonido se expone a agresiones particularmente violentas. El trío «hard rock» Grand Funk, por ejemplo, ¡desarrolla 8 000 vatios cuando está sobre el escenario!
Además, una verdadera ideología de la potencia sonora ha nacido en el público de estos grupos: ya no se trata sólo de oír la música, sino de sentirla; los graves deben hacer vibrar el aire y sacudir el suelo; uno debe poder experimentar en su cuerpo su respiración sorda, etc. El amplificador, explican los teóricos, es ya un miembro de la orquesta de pleno derecho. Los demás se contentan con afirmar que esta debacle de decibelios contribuye al «pasarse» que buscan y permite al oyente entrar tanto más fácilmente en la música cuanto que la música se encuentra a su alrededor. El hecho es que hay un placer (perverso quizá, pero no es ésa la cuestión) en escuchar «demasiado» fuerte. Sobre todo esa música.
La mayoría de la gente, sin embargo, al cabo de un cuarto de hora o media hora de este régimen, se cansa. Otros, por toda suerte de razones que no nos toca analizar, resisten y se ven incluso pronto arrastrados en una suerte de escalada masoquista hacia la intensidad.
A su pesar, los músicos deben encabezar el pelotón en esta carrera absurda. Son pues las primeras víctimas, y las más duramente afectadas, de una moda asesina que han contribuido en gran medida a lanzar: muchos se vuelven totalmente sordos, algunos están tan castigados nerviosamente que se impone un tratamiento psiquiátrico. Pero al lado de las lesiones que sufren ciertos ingenieros del sonido dedicados a los artistas rock, hay otra que reside en su edad. La mayoría de quienes se ocupan de las músicas de jóvenes, en efecto, son ellos mismos bastante jóvenes.
Por qué la juventud es más vulnerable
«Ahora bien —explica Alfred Tomatis— cuanto más joven es un sujeto, menos capaz es de relajarse. Me percaté de ello en la época de mis primeros trabajos. Cuando un obrero de edad madura era destinado a los reactores, generalmente había seguido una progresión con respecto a la exposición sonora. Había trabajado primero en los talleres, luego sobre motores más potentes, y así sucesivamente… Con el tiempo había habido una educación tal que se comportaba como un verdadero atleta en su defensa espontánea y automática contra el ruido. En cambio, quien llegaba allí del todo nuevo y recibía de golpe el trueno sobre la cabeza se hallaba aplastado. En tal sujeto podían observarse lesiones graves; los golpes de ariete del estribo habían arrancado la membrana basilar, por ejemplo.»
«Mismo fenómeno en los músicos y los cantantes. Un gran cantante de ópera desarrolla aproximadamente 150 decibelios dentro de su cráneo cuando está en plena acción. Por fortuna, ha aprendido a oírse a sí mismo de manera muy amortiguada en el momento en que canta, como si, en cierto modo, cerrara el oído a su propia emisión. Si un joven vocalista intenta de entrada cantar al máximo, se rompe él mismo el oído, en el sentido propio de la expresión.»
Los prodigios retirados demasiado pronto del cartel
«Lo mismo ocurre con un músico al que se sumergiera demasiado pronto en una orquesta sinfónica. El público se pregunta a veces por qué ciertos jóvenes prodigios, directores de orquesta admirados antes incluso de entrar en la adolescencia, han sido bruscamente retirados del cartel: es que se han vuelto sordos.»
«En una orquesta sinfónica, la intensidad sonora es bastante a menudo de 130 decibelios, y el ser humano no está hecho para vivir en medio de tal ruido, a menos de haber aprendido a defenderse de él con sus medios naturales; ¿cómo quiere usted que un músico joven, como son la mayoría de los artistas pop, tocando a plena potencia un instrumento amplificado al máximo, en medio de otros músicos no menos empeñados en producir cuantos más decibelios posibles, no acabe por sufrir un daño auditivo importante?»
«Y qué será si ese músico es un percusionista. Pues los instrumentos de percusión son capaces de provocar en una curva sonora picos intempestivos cuya medida exacta no es posible obtener, pero cuyas consecuencias sobre el aparato auditivo y el sistema nervioso son particularmente temibles.»
Lugar de esta entrevista en la serie
Esta entrevista es la octava de una serie de quince. Para el sumario completo, véase el artículo-madre de la serie.
Fuente: Alain Gerber, «Les Sons Dangereux — Alfred A. Tomatis: Avalanche de décibels, attention danger», SON Magazine n.º 37, París, abril de 1973. Digitalización: Christophe Besson, junio de 2010.