Capítulo extraído de Éducation et Dyslexie*, por el Dr Alfred A. Tomatis (Éditions ESF, colección «Science de l’Éducation»,* 1972*).*

El Oído Electrónico

Este aparato —que está en la base misma de las técnicas que utilizamos desde hace numerosos años— es un complejo electrónico cuyo objeto es ayudar al oído a adquirir su función de escucha, de captador de control y de inductor de lateralidad: tres factores que he evocado en muchas ocasiones a propósito de la imagen del niño que evoluciona normalmente hacia el lenguaje, cuando está investido de la función hablada — por tanto del poder de autocontrolarse y de lateralizarse.

Vuelto ahora, si no de uso corriente, al menos de utilización frecuente, el Oído Electrónico permite crear un condicionamiento que obliga al oído a adquirir su postura de escucha, por tensión timpánica gracias a una regulación de los dos músculos de la caja del tímpano —músculos del martillo y del estribo— que aseguran, mediante el juego de adaptación de impedancia, el paso del sonido al oído interno, lugar donde se hace el análisis en el nivel del primer relé celular de descifrado de la codificación verbal.

Comprende en particular dos canales unidos por una conmutación electrónica, que conduce al sujeto de una audición no acomodada a una audición perfectamente estructurada, al mismo tiempo que otro juego de puertas electrónicas libera preferentemente el canal auditivo derecho. Lo que no quiere decir que el canal izquierdo sea eliminado, como podría creerse, sino que significa simplemente que no asegura la misma función de vigilancia a la escucha. El conjunto se completa con un micrófono, auriculares, amplificadores que juegan sobre los dos canales, y con una fuente sonora constituida lo más a menudo por una cinta magnética grabada y montada en un magnetófono de gran calidad.

El Oído Electrónico es un aparato a la vez simple y complejo: simple para quien conoce un poco de electrónica, complejo para quien la palabra «electrónica» asusta. En realidad, se trata de un conjunto de manejo fácil, automático en todas sus funciones. Pero lo que hay que saber es que de hecho solo es y solo permanece un instrumento, y que necesita un programa que se integre en él. Dicho de otro modo, lo que ha de aprender el pedagogo usuario del Oído Electrónico es el uso que puede hacer de él, teniendo en cuenta las distintas etapas psicofisiológicas del desarrollo del oído del niño.

El enderezamiento de la dislexia se hace según esquemas idénticos que tienen en cuenta estas distintas etapas — ellas mismas función de los problemas relacionales vividos por el niño en el curso de su evolución: relación primero con la madre, luego encuentro con el padre, después por último iniciación a la vida social a través del medio escolar.

La apertura diafragmática del oído

El oído del lactante no se abre súbitamente al mundo sonoro aéreo. Lo hace progresivamente, en varias etapas — por adaptación puramente mecánica al principio, según parece, después por maduración del sistema nervioso.

Recordemos que durante la vida intrauterina, el oído del feto está conectado esencialmente a las frecuencias del medio líquido amniótico. Las tres partes del oído —externa, media e interna— están, por tanto, acústicamente adaptadas a las mismas frecuencias, que son prácticamente las del agua y que se sitúan en gran parte más allá de los 8 000 Hz.

En el nacimiento, se asiste a un verdadero parto sónico. Los dos primeros pisos del oído del lactante —el oído externo y el oído medio— van a tener que adaptarse a las impedancias del aire circundante, mientras que el tercer piso que representa el oído interno conserva su medio líquido. Esto es muy importante.

Los primeros días tras el nacimiento dejan sin embargo al niño en un estado de transición en el plano de su vida sónica. En efecto, el oído medio —y en particular la trompa de Eustaquio— guarda durante 10 días líquido amniótico. De modo que los dos pisos, oído medio y oído interno, permanecen afinados a las mismas frecuencias, las del medio líquido — que, se recordará, son las de las estimulaciones elevadas necesarias para la recarga cortical y para el tono general.

Este fenómeno muy importante podría explicar, por una parte, por qué durante 10 días tras su nacimiento el lactante hace prueba de un tono que perderá a continuación durante varias semanas en cuyo curso su oído deberá adaptarse a las impedancias del aire; por otra parte, se comprende, a la luz de estos hechos, lo que significa el notable «signo del nombre» de André Thomas. Antes de que el niño tenga 10 días, se le sienta sobre una mesa (lo que hace muy fácilmente gracias a este tono inicial), y se pronuncia su nombre. No reacciona, mientras no es su madre quien habla. Pero cuando esta se pone a pronunciar su nombre, el lactante dirige su cuerpo hacia ella y cae de su lado. Esto es un hecho constatado de forma permanente.

¿Quiere esto decir que el niño reencuentra inmediatamente, gracias a su aparato auditivo aún adaptado a las impedancias del agua, la relación sónica que tenía con su madre durante su vida intrauterina? El hecho merece en todo caso ser retenido.

La sombra sonora

Tras el décimo día, todo se apaga, me atreveré a decir. Es el gran período de sombra sonora que comienza. La trompa de Eustaquio se vacía de su sustancia líquida, el lactante pierde su percepción de los agudos, casi ya no oye. Va a tener que, durante semanas —en el curso de un largo aprendizaje— buscar aumentar el poder de acomodación de su oído medio, a fin de reencontrar poco a poco, a través del aire circundante, el contacto que tenía antes con esa voz que lo arrullaba en el fondo de su universo uterino cuando estaba aún en el seno de su madre.

Progresivamente, en torno a un eje situado entre 300 y 800 Hz, el diafragma auditivo va a abrirse al mundo sonoro. Mientras los «areu, areu!» se fabrican y luego los «mama, papa, dada», los fonemas integrados, repetidos, se deslizarán hacia las frecuencias agudas. El niño reencontrará así poco a poco una tensión timpánica que le permitirá revivir una percepción que ha conocido durante su vida sonora fetal.

El disléxico es justamente aquel que, por razones afectivas que lo han bloqueado en su evolución, no ha podido beneficiarse de este recorrido ideal. Vamos pues, gracias al Oído Electrónico, a hacerle recorrer el camino que debería haber seguido desde su concepción. Lo reencontraremos por tanto en el útero, asistiremos a su nacimiento en el mundo aéreo, después lo conduciremos muy naturalmente hacia un lenguaje bien elaborado que le permitirá entonces encontrarse con la letra.

Programación de la cura educativa

Estos distintos momentos serán pues objeto de una programación sónica que puede insertarse fácilmente en un esquema que comprende tres estadios distintos: los sonidos filtrados, el performing y el training. Que se me perdone emplear así una terminología que solo tiene valor por el uso que de ella hacen los usuarios del Oído Electrónico — pero es más práctico para nuestra demostración utilizar el vocabulario desde hace tiempo asimilado por nuestros técnicos y nuestros colaboradores en Francia y en el extranjero.

  • El período de los «sonidos filtrados» permitirá una revivencia de la vida intrauterina.

  • El estadio siguiente, llamado «performing», establecerá en presencia del educador la comunicación con el mundo exterior a través del lenguaje.

  • El «training», por último, dejará al sujeto solo consigo mismo en un universo perfectamente autocontrolado.

Ritmo y duración

La cura educativa recaerá sobre un trimestre en los casos benignos, un año en los casos severos. Quedan, por descontado, casos particulares que es imposible dirigir en el tiempo con precisión. Sin embargo, las normas que acabo de enunciar resultan válidas en la gran mayoría de los casos.

La solución más favorable consiste en prever una sesión de media hora cada dos días, es decir, tres veces por semana. Solo puede aplicarse a los niños que viven cerca del Centro equipado con Oídos Electrónicos. Para quienes residen más lejos (en las afueras por ejemplo), es preferible contemplar dispensar dos sesiones de media hora dos veces por semana. Por último, para los niños que viven muy lejos del Centro, o en el extranjero, se prevén curas aceleradas, intensivas, a razón de cuatro sesiones por día (dos por la mañana, dos por la tarde) durante períodos que van de una a cuatro semanas; esta cadencia puede sostenerse sin inconveniente.

Cualquiera que sea la solución adoptada, es muy importante velar por que el ritmo de las sesiones se observe estrictamente. Se trata, en efecto, de un entrenamiento osteomuscular del oído que, para ser eficaz, requiere una regularidad en el esfuerzo. Por ello es inútil hacer emprender a un disléxico una cura educativa si no se le puede hacer seguir las sesiones según el ritmo precisado de entrada.

Los sonidos filtrados

Se llaman «sonidos filtrados» los que hacemos pasar a través de filtros electrónicos con vistas a realizar una escucha idéntica a la que obtendríamos a través de capas de agua.

Gracias a los sonidos filtrados, solicitamos por memorización de una escucha antiguamente revelada el despertar del deseo de la relación más arcaica: la de la madre. Es ciertamente en el útero donde hay que buscarla.

Los sonidos filtrados se hacen en general a partir de la voz materna. Pueden también tener por base una modulación musical con características de las que hablaremos ulteriormente.

La voz de la madre se graba durante media hora en condiciones que deben permitir, con vistas al filtrado, la conservación de las frecuencias agudas. Por ello, la grabación debe efectuarse en un magnetófono de buen rendimiento —semiprofesional preferentemente, lineal hasta 15 000 Hz, a una velocidad de 19 cm/s— y, por descontado, en una cinta magnética de buena calidad.

Se pide a la madre que lea durante media hora un relato que, a su parecer, daría placer al niño. Cuando la voz materna es demasiado agravada —lo que ocurre frecuentemente y explica ya en parte las dificultades del niño que, para encontrarse con su madre, debe diafragmar su escucha sobre bandas pasantes demasiado graves— se efectúa la grabación a través del Oído Electrónico a fin de conservar un haz agudo con vistas al trabajo de laboratorio. Este consiste en filtrar más allá de los 8 000 Hz los sonidos de la voz materna y en realizar un montaje sonoro que reproduce una escucha a través de capas líquidas que evocan el medio uterino.

Cuando la voz de la madre falta

Esta iniciativa educativa en sonidos filtrados conserva toda su eficacia cuando se realiza a partir de la voz de la madre. Esta parece, en efecto, ser la única capaz de provocar con potencia la respuesta específica de la relación madre-hijo. Otra voz femenina da resultados mucho más aleatorios.

Sin embargo, en los casos de adopción que suscitan —se sabe— tantos problemas afectivos, nos ha ocurrido grabar la voz adoptiva y provocar la revivencia sonora intrauterina a partir de esta voz. Hemos obtenido a menudo resultados sorprendentes que nos han permitido hacer desaparecer en gran parte las tensiones y los bloqueos existentes entre la madre adoptiva y el niño adoptado. Hay ahí, pienso, una apertura muy importante para una investigación sobre el agudo problema de la adopción.

Cuando el training maternal en sonidos filtrados no puede realizarse —bien porque la madre ya no existe (fallecimiento, divorcio), bien porque el condicionamiento se hace en el seno de una colectividad (en la escuela por ejemplo)— se procede entonces a un training en música filtrada. La elección de esta última es muy importante pues no todas las músicas dan los mismos resultados. Por experiencia, los temas musicales tienen tanta más eficacia cuanto que son ricos en agudos y se acercan a los ritmos mozartianos o a los cantos gregorianos.

Veinte sesiones

El período de los sonidos filtrados corresponde a una veintena de sesiones de media hora durante las cuales se invita al niño a dibujar, a jugar, a hacer rompecabezas, a ocuparse de modo más bien lúdico — sin gran atención por su parte, a fin de no ofrecer resistencia a esa especie de descondicionamiento del que se está beneficiando sin saberlo.

Desde el principio de las sesiones en sonidos filtrados, el deseo de escuchar se manifiesta generalmente en todo el comportamiento del niño, que se despierta, se agita, quiere comunicar, se prende de un inmenso deseo de vivir y de exteriorizarse, como si esta memorización psicoanalítica sensorial le permitiera reencontrar un pasado aún virgen de todos los condicionamientos de la vida.

El parto sónico

Tras estas veinte sesiones, efectuamos lo que llamamos el parto sónico —es decir, el paso de la audición en medio acuático a la audición en medio aéreo. Esto se hace generalmente durante una sesión durante la cual se oye de modo diferente la voz de la madre, descendiendo el filtrado de 8 000 a 100 Hz.

Cuando este nacimiento se realiza, preparamos al niño para un nuevo modo de comunicación sónica —a través de capas de aire esta vez— a fin de que pueda reencontrar la relación íntima que tenía con su madre durante los últimos meses de su vida fetal. Durante algunas sesiones solamente, en un acortamiento ontogenético, utilizamos la voz de la madre teniendo en cuenta la vivencia sónica del lactante tras el 10.º día de su nacimiento. Es primero una vaguedad lo que percibe, correspondiente al «agujero» en el que se sumerge cuando el oído medio se vacía del líquido amniótico y se llena de aire. Será entonces necesario empezar el duro camino que va a llevar al oído hacia una nueva acomodación. Es así como poco a poco la niebla se atenúa, un destello sónico apunta en el horizonte, la voz materna se reencuentra a través de una apertura diafragmática que se amplifica cada día.

Gracias a la electrónica, el niño podrá así revivir, o vivir, en dos o tres sesiones ese momento crucial de su existencia humana en el curso del cual debería haber nacido al mundo por su relación materna. Digo bien «vivir» para todos aquellos que justamente no han podido reencontrar, en el momento querido, en el otro extremo de la comunicación, la voz de su madre. Una puesta en incubadora para algunos prematuros, una hospitalización para algunos otros cuyo nacimiento ha conllevado grandes dificultades, la ausencia de la madre para el abandonado, el alejamiento de esta para otros en circunstancias a veces involuntarias, inevitables, impiden esos reencuentros cuya carga afectiva sigue siendo el elemento esencial del deseo de vivir.

Performing: el encuentro con el otro

Tras estas pocas sesiones bajo Oído Electrónico —cuyo ajuste permanecerá igual al fijado durante el período de los sonidos filtrados— va a comenzar la fase activa, que llevará al niño hacia un lenguaje cada vez más elaborado. Abandonando el monólogo pasivamente absorbido, dirigimos al joven preparado para la comunicación hacia la vida social.

La relación materna, que parecía de sentido único puesto que emanaba de la sola madre, deja paso en el niño al deseo de elaborar el diálogo. Es entonces cuando el encuentro con el otro —el otro que la madre, por regla el padre— va a instituirse a través de una preparación que debe conducir la audición del niño hacia una escucha de los sonidos agudos, cada vez más controlados por el oído derecho.

Mientras determinados fonemas ricos en frecuencias agudas (lo que llamamos las silbantes truncadas) son dirigidos al niño con vistas a una repetición correcta bajo Oído Electrónico, la lateralización auditiva derecha se efectúa de forma progresiva. La dominancia del oído derecho va a precisarse cada vez más y llevar al niño hacia una escucha sólidamente autocontrolada por este lado.

Estas sesiones de silbantes truncadas, alternando con sesiones de música filtrada destinadas a relajar al niño y a tranquilizarlo mediante un baño sonoro que lo desangustia, van a preparar el encuentro con el padre — portador del Verbo y significante de la derecha.

La voz paterna

A partir de la 40.ª sesión puede intentarse la inyección de la voz paterna. Insisto en la palabra «intentarse»: pues no es exagerado decir que la presentación de la voz del padre, para algunos niños, significa el encuentro con el oso o el ogro de la leyenda, con el indeseable, con el adversario. Por ello las sesiones de voz paterna corren a veces el riesgo de terminar mal. Se asiste a reacciones agresivas muy espectaculares: el niño se enfada, llora, los auriculares vuelan al otro extremo de la sala. La educadora debe entonces intervenir para apaciguar al joven candidato. Termina la sesión con música filtrada que lo distiende y lo calma.

Es apasionante ver cuán la inyección de la voz paterna es uno de los reveladores más extraordinariamente explosivos. Su valor informacional es considerable. Refleja la imagen que el niño se hace de su padre. Es muy significativa, en particular en el niño zurdo que —por definición— es el que rechaza la derecha, el padre, el Verbo. Cómodamente instalado en su relación única con la madre, el niño rechaza deliberadamente la voz del padre, ese vínculo con el entorno, esa rampa de lanzamiento hacia el exterior que debe llevarlo a una liberación que rechaza.

Las contrarreacciones fonatorias

Se trata, pues, en este segundo tiempo que es el del performing y que sucede al período de los sonidos filtrados, de entrenar al niño a entrar en relación verbal con su entorno y a adquirir en consecuencia una escucha de buena calidad, enteramente autocontrolada. La participación del sujeto se solicita durante esta segunda fase, puesto que el niño deberá repetir lo que habrá oído.

Las contrarreacciones fonatorias en el nivel de las repeticiones que deberá hacer durante los «blancos sonoros» harán intervenir numerosos parámetros:

  • a) las primeras, audio-vocales, tendrán por objeto regular la intensidad;

  • b) las otras, audio-fónicas, yugularán el timbre;

  • c) el estadio siguiente hará intervenir el sistema audio-fonético;

  • d) mientras que en otra etapa, la regulación audio-fonemática tomará el paso;

  • e) por último, en un último tiempo, la integración será asegurada cuando el control audio-psico-fonológico sea adquirido, permitiendo así a la estructura psicolingüística elaborarse.

Lo que, en otros términos menos sabios, quiere decir que el niño va a ser obligado a hablar lo bastante fuerte para ser oído por los demás y por sí mismo; que debe ver eclosionar su timbre, firma de su personalidad naciente; conocer el flujo de su ritmo, traducción de su cadencia neuronal que se programa y de su lateralidad que se cristaliza; por último, almacenar el capital verbal hasta la utilización controlada por la conciencia de la información exterior.

Training: encontrarse a sí mismo

Esta etapa franqueada, es al «Training» a quien pedimos perfeccionar lo que se ha emprendido. El objetivo esencial buscado en el curso de este período es determinar una toma de conciencia más reforzada de los autocontroles necesarios para la buena ejecución del acto hablado — el que desemboca entonces en el dominio absoluto de la verbalización del pensamiento, y que debe llevar al niño a encontrarse a sí mismo.

Mientras que el estadio precedente lo dejaba apto para encontrar al otro, para aceptarse mejor, para practicar en cierto modo una transferencia sobre él, es a encontrarse a sí mismo, a aceptarse, a lo que deseamos en esta tercera etapa conducir al disléxico. Es tras una proyección sobre el otro como solicitamos en el sujeto una transferencia sobre sí mismo. Desde el instante en que se descubre como parte integrante de un todo, el trabajo ha terminado. El enseñante puede entonces instruir esa cabeza bien preparada para dejarse llenar, sin temor a ver deformarse el material sonoro que quiere transmitir.

Esta última fase de la cura educativa —que se sitúa en general a partir de la 60.ª sesión— exigirá pues al niño una participación aún más activa. Es solo en ese momento cuando se le podrá pedir leer bajo Oído Electrónico, leerse en cierto modo, hablarse, encontrarse. Gracias a los autocontroles que habrá adquirido, podrá entonces decodificar fácilmente y manipular el lenguaje escrito con el que podrá en lo sucesivo hacer malabares.

Durante este período, es evidente que el ajuste del Oído Electrónico deberá hacer intervenir principalmente el control por el oído derecho, que sigue siendo el oído a la escucha del lenguaje en su forma postural más idealmente adaptada. Lo que no significa que la izquierda sea abandonada, descuidada. Juega solamente un papel diferente, no interviniendo en las funciones activas de control del lenguaje.

Leer en voz alta

Sin embargo, se pedirá al niño —para consolidar los resultados adquiridos— entrenarse cotidianamente a leer y aprender sus lecciones en voz alta, informando a su cuerpo derecho, dirigiéndose a su mano derecha. Es verdaderamente lamentable que se haya perdido esa costumbre de leer en voz alta e inteligible, hasta tal punto es cierto que es ahí el modo —el más arcaico sin duda, pero también el más neurofisiológico— que permite integrar la información aportando al mismo tiempo al córtex la energía necesaria para esta integración.

Cada niño y cada adulto deberían poder ejercitarse durante al menos media hora y hasta cuatro horas por día a leer en voz alta, para hacer intervenir los circuitos que —por el canal del oído derecho— aseguran la verdadera memorización de los conocimientos adquiridos. Lo que se ha aprendido en voz alta no se olvida jamás. Tal proceso es quizá más largo que el que interviene en la lectura de los ojos, pero cuán más eficaz. ¿No sería más juicioso aprender menos, pero aprender bien?

Resultados obtenidos

En la progresión de la cura educativa, las modificaciones más notables recaen sobre la voz que se timbra, se modula; sobre una mejor inteligibilidad del discurso gracias a un control mejor asegurado.

La lateralidad se cristaliza a la derecha — incluso en el zurdo más recalcitrante — atestiguando la dominancia auditiva derecha. La movilidad de la cara acentúa la asimetría por una mayor actividad motora de este lado. Las sincinesias anteriormente señaladas en el balance inicial desaparecen; algunos movimientos subsisten sin embargo en el nivel de la pinza pulgar-índice derechos.

Los resultados obtenidos por otra parte, a raíz de estas distintas tomas de conciencia audio-vocales, se manifiestan en particular por:

  • una mayor estabilidad de comportamiento;

  • una pérdida de la agresividad;

  • un sueño más calmo, más profundo, sin pesadillas;

  • una normalización del apetito;

  • la aparición de una euforia hasta entonces desconocida.

El niño se vuelve alegre, feliz de vivir. Liberado de todos sus impedimenta, participa enteramente en las actividades que le dan la noción de existir.

En el plano de la expresión, se nota también un mayor dominio de las ideas que conlleva una mejora de las prestaciones de redacción. La recitación de los textos —prosa y poesía— se hace con soltura. El carnet escolar revela buenas notas en historia, geografía, ciencias naturales. Las nociones temporo-espaciales que se introducen paralelamente a la cristalización de la lateralidad derecha explican el enorme progreso realizado por el niño en el ámbito del cálculo y de las matemáticas.

He aquí, pues, en suma un balance muy positivo que —al liberar al niño de su pesado fardo— euforiza al mismo tiempo el entorno, modifica la estructura familiar, suprime la angustia colectiva, apacigua el hogar.

Iniciación parental

Es bueno sin embargo pedir a los padres —para quienes los únicos criterios válidos de éxito son los resultados escolares— hacer prueba de comprensión y de paciencia a lo largo de la cura educativa. Por ello será necesario informarles de todas las reacciones, a veces vivas y a menudo inesperadas, que puede tener el niño durante los pocos meses que deben liberarlo de su dislexia.

Del lado de la madre

Esta iniciación parental se dirigirá primero a la madre, que deberá aceptar durante el primer período —el de los sonidos filtrados— los asaltos del niño que se harán bien en un modo demasiado afectuoso (porque dinamizados por un reforzamiento de la pareja madre-hijo), bien en un modo agresivo, vengativo, pareciendo el niño querer liquidar un pasado del que hace a la madre la sola responsable.

Esta deberá pues dejar pasar con calma este período crítico durante el cual se establecerá un dúo de amor extraordinario, entrecortado de escenas a menudo violentas, de donde surgirá el equilibrio hasta entonces insospechado. La actitud que le aconsejamos es soportar con la sonrisa ese momento algo desagradable, sin reaccionar a las réplicas y a las molestias repetidas del niño. Toda intervención demasiado brutal bloquearía en efecto, en gran parte, la evolución de la cura por nuevos repliegues del niño culpabilizado.

Del lado del padre

Una información al padre será a continuación necesaria para ponerlo al corriente de los problemas relacionales y de sus repercusiones en la constelación familiar. Habrá que hacerle tomar conciencia también de la ayuda considerable que estará en condiciones de aportar al aceptar ese puente lingüístico que es el diálogo. El encuentro del niño con su padre sigue siendo un elemento esencial de la comunicación social. Es difícil de realizar. Exige, por parte del padre, una muy gran disponibilidad, una apertura, una amplia comprensión del psiquismo del niño.

Una palabra al enseñante

Me ocurre a menudo, a petición de la familia, ponerme en contacto con el enseñante para tenerlo al corriente de las modificaciones que pueden surgir en su alumno, y solicitar de su parte algo de paciencia redoblada de indulgencia — en particular cuando se trata de un zurdo que corre el riesgo de encontrarse, durante algunos días, en falso respecto a su lateralidad. El paso a la derecha puede conllevar, en efecto, en el plano de la escritura, dificultades pasajeras en el ritmo (el niño escribe entonces más lentamente que los demás) y en el aprendizaje gráfico.

Hacia una detección precoz

Las técnicas de educación audio-vocal que acabamos de estudiar parecen pues aportar una solución muy positiva al enderezamiento de las deficiencias pedagógicas y psicopedagógicas. No son por descontado más que una etapa, un trampolín para otras investigaciones — pero conservan, en el seno de un problema cuya urgencia no puede escapar ni a los padres ni a los enseñantes, un valor cierto por la eficacia que presentan.

La necesidad de ayudar a los niños en dificultad escolar es tanto más imperativa cuanto que la dislexia gana cotidianamente terreno, teniendo en cuenta las estructuras familiares y sociales que se instalan en el marco de la vida moderna. Los encuentros se vuelven cada vez más raros —a menudo incluso imposibles— que ponen en presencia al padre y al hijo. La madre abandona cada vez más sus actividades inherentes al hogar por un trabajo profesional exterior. El niño es confiado a un tercero desde los primeros meses de su vida. La interpretación de estos abandonos diarios que siente el lactante, o el más pequeño niño, no tiene nada de comparable con lo que el adulto termina por aceptar por necesidad.

Lo que es de desear es que en lo sucesivo se esté más avisado de la presencia de esta carencia, que se sepa buscarla, que se pueda detectarla — no solo durante la escolaridad, sino mejor aún antes de ella, en el niño no aún introducido en el ciclo de la enseñanza, en infantil por ejemplo, que me parece ser el lugar de elección de la detección y de la corrección a aportar.

Todo niño que habla mal o que no habla, que se expresa con dificultad, que presenta trastornos de lateralidad, que parece distraído, en las nubes, que no puede fijar su atención, que marca deficiencias temporo-espaciales, etc. — debería ser detectado antes incluso de que aparezcan las dificultades ante la letra como elemento revelador. Todo el cortejo de los signos de la dislexia ya está instalado, y el balance que permite verificarlo no se refiere, se ha visto, en ningún momento a la lectura.

Es más fácil, por descontado, ayudar a un disléxico preescolar que emprender la educación de un niño llegado al nivel de estudios secundarios. La cura será tanto más rápida cuanto que el niño es más joven y cuanto que no habrá acumulado los sinsabores de una escolaridad mal arrancada.

Tampoco está prohibido esperar que estas técnicas puedan próximamente ser puestas a disposición de los pedagogos, para que se efectúe en el lugar, en el seno mismo de la escuela, el enderezamiento de las deficiencias que presenta el niño en el plano de la integración. En Francia y en el extranjero, numerosas escuelas aplican en lo sucesivo estos métodos que permiten hacer desaparecer en unos meses ese hándicap «dislexia» cuyas consecuencias dramáticas para el futuro del niño se conocen ahora.

— Prof. Alfred A. Tomatis. Capítulo extraído de Éducation et Dyslexie*, Éditions ESF, colección «Science de l’Éducation», 1972.*