Como precisa su título, el presente trabajo no tiene la pretensión de exponer todas las resultantes del Efecto Tomatis. Solo las consecuencias relativas a la integración de las lenguas vivas serán aquí evocadas.

Para las aplicaciones cuya importancia se revela cada vez más considerable en el ámbito de la psicopedagogía, se aconseja consultar al final la bibliografía.

Léna TOMATIS, París 1965

Introducción

La necesidad cada vez más vivamente sentida a escala internacional del aprendizaje de las lenguas extranjeras ha suscitado la floración de un muy gran número de sistemas, casi todos calificados más o menos enfáticamente de audiovisuales.

Uno queda inmediatamente sorprendido, al examen de estos «métodos milagro», por la carencia de estos sistemas, muchos de los cuales no reposan en ninguna base científica, ignorando las leyes elementales de la psicofisiología del lenguaje y más especialmente las relaciones que existen entre la audición y la fonación, es decir, entre las posibilidades de oír una lengua y las de reproducirla.

Se han abordado durante demasiado tiempo las lenguas vivas como lenguas muertas, haciendo balbucear palabras a veces desaparecidas de la lengua hablada y distribuyendo al vuelo reglas de gramática trasnochadas.

Desde la última guerra, a raíz del desarrollo extraordinario de las facilidades de comunicación, el auge del turismo y del comercio internacional ha generalizado la necesidad de dirigirse a otros pueblos de manera fácil y directa. Han nacido entonces los métodos llamados «audiovisuales». Pero estos no han sido demasiado a menudo más que la transposición hablada o visualizada de un sistema de enseñanza antiguo.

Es hora ahora de pasar a la velocidad superior utilizando los últimos descubrimientos de la relación audición-fonación y superando la noción de aprender una lengua para llegar al estadio de la integración de esta lengua, acto mucho más completo y paradójicamente mucho más fácil.

El papel primordial que juega el oído durante el aprendizaje lingüístico —se trate de la lengua materna o de una lengua extranjera— no puede escapar a todos los que se interesan por el problema de la integración verbal. No se puede ignorar en efecto hoy que la gran puerta abierta sobre el lenguaje es el oído. Se aprende una lengua viva oyéndola y oyéndola correctamente.

La clave de este aprendizaje consiste, pues, en asegurar al alumno una audición de calidad. Por ello mismo, la audibilidad de la lengua estudiada se vuelve más eficiente, siendo entonces constantemente percibidos todos los matices acústicos de este idioma. Es por tanto necesario conocer por una parte las posibilidades auditivas del sujeto y permitirle por otra entrar en el universo sonoro del conjunto étnico cuyo lenguaje desea dominar.

No sabríamos insistir bastante sobre este punto. No sirve de nada hacer aprender una lengua a un sujeto que no la oye o que la oye confusamente. Los más bellos laboratorios de lenguas permanecen ineficaces cuando no tienen en cuenta este factor esencial. Por eso hablaremos en el curso de este trabajo mucho más de integrar que de aprender. Esta diferencia es para nosotros totalmente primordial.

Los aparatos llamados «Oídos electrónicos a Efecto Tomatis» permiten al alumno oír a la manera de un inglés por ejemplo, o de un alemán o de un eslavo y por consiguiente, según las leyes de Tomatis que estudiaremos en el curso de este trabajo, hablar, reproducir correctamente la lengua estudiada.

El objetivo de este folleto no es preconizar un método más que otro, sino simplemente intentar establecer los principios esenciales que deben obligatoriamente regir todo estudio serio de una lengua viva.

Las leyes que están en la base de esta presentación serán evocadas en su contexto general y en su aplicación muy particular a la enseñanza de las lenguas vivas. Pondrán de relieve el papel primordial del oído en la adquisición verbal, lo que ha hecho decir a Tomatis bajo una fórmula lapidaria: «Se habla con el oído».

Así, en una primera parte, examinaremos los principios de la relación «audición-fonación». Nuestro segundo capítulo estudiará cómo estas leyes pueden aplicarse a la integración de una lengua viva. El capítulo III determinará las «curvas de envolvente» de algunas lenguas europeas, visualizando así las principales diferencias que existen entre estos idiomas. El cuarto capítulo se consagrará a la descripción y al funcionamiento del Oído electrónico.

Los tres últimos capítulos tratarán sobre todo del empleo de estos nuevos aparatos en los métodos actuales y de las condiciones previas de este empleo (test audio-vocal).

Nuestra conclusión intentará determinar muy brevemente lo que la integración de una lengua puede aportar en el plano psicológico.

I - Las leyes de Tomatis

Fue en el ejercicio de la Medicina del Trabajo cuando el Doctor Tomatis fue llevado a emitir hipótesis que llevan en lo sucesivo el nombre de «Leyes de Tomatis» y conciernen a las relaciones existentes entre la audición y la fonación. Estos descubrimientos de una importancia considerable han permitido contemplar la modificación de una y otra de estas dos funciones esenciales, en una amplia perspectiva terapéutica y pedagógica.

Primera ley

Examinando a obreros aquejados de sordera profesional a consecuencia de largas estancias junto a máquinas ruidosas, el Doctor Tomatis pudo observar que los traumatismos del oído iban siempre acompañados de una deficiencia vocal. Se preguntó entonces si la audición defectuosa no era la causa de la alteración de la voz.

Un análisis más fino de los mecanismos que habían conllevado una disminución sensible de la percepción auditiva respecto a determinadas frecuencias le permitió constatar que las frecuencias no integradas por el oído eran justamente las que estaban ausentes del espectro vocal del sujeto. Era el primer descubrimiento fundamental, la primera ley de Tomatis enunciada de la forma siguiente.

«La voz solo contiene aquello que el oído escucha» o, en un lenguaje más específico, «la laringe solo emite los armónicos que el oído puede oír».

Es a este curioso e interesante fenómeno al que Raoul Husson, notable especialista de la psicofisiología de la voz, ha dado el nombre de Efecto Tomatis en una comunicación a la Académie des Sciences de fecha 25 de marzo de 1957 (1).

Bajo el impulso del Sr. Profesor Monnier, R. Husson pudo verificar en el Laboratorio de Fisiología de la Sorbona el hecho señalado por Tomatis en 1952 (2) y luego en 1954 (3) y expresarlo así:

«Si un sujeto emite una vocal sostenida en un micrófono cuya tensión pasa por un sistema de filtros que suprime una banda de frecuencias antes de su retorno en los auriculares colocados en los oídos, la banda suprimida desaparece del espectro de la vocal emitida por el sujeto. Asimismo, en todo sujeto que presenta un escotoma auditivo, los armónicos comprendidos en el islote auditivo afectado están ausentes en la voz del sujeto.»

Raoul Husson, en una comunicación a la Académie Nationale de Médecine en sesión del 4 de junio de 1957, retomó este estudio, bajo el título «Modificaciones fonatorias de origen auditivo y aplicaciones fisiológicas y clínicas». (4)

Esta primera ley de Tomatis pone, pues, de relieve el llamativo paralelismo que existe entre las curvas de audición y las curvas de emisión vocal de los sujetos lesionados natural o experimentalmente.

Segunda ley

La segunda ley de Tomatis es en realidad el corolario de la primera. Se enuncia así:

«Si se devuelve al Oído lesionado la posibilidad de oír correctamente las frecuencias perdidas o comprometidas, estas son instantánea e inconscientemente restituidas en la emisión vocal.»

La comparación de las curvas de emisión antes y después de la aplicación del aparato a «Efecto Tomatis» —teniendo este el papel de restablecer la audición en las zonas de frecuencias lesionadas— permite demostrar fácilmente la recuperación concomitante del esquema corporal vocal.

Raoul Husson, en su comunicación del 4 de junio de 1957 a la Académie Nationale de Médecine, señala esta segunda ley en tanto que «consecuencia de fisiología y de fisiopatología fonatoria del Efecto Tomatis».

Precisa en particular que el aporte excitotónico resultante de estimulaciones auditivas de la banda 2500-3000 hercios permite al sujeto recuperar su esquema corporal vocal habitual.

Tercera ley

La tercera ley de Tomatis, llamada «ley de remanencia», pone de relieve la posibilidad de un condicionamiento de la autoescucha que conlleva, por reflexoterapia educativa, la modificación de la fonación.

Se puede enunciar así:

«La estimulación auditiva mantenida durante un tiempo determinado modifica, por fenómeno de remanencia, la postura de autoescucha del sujeto, y por consiguiente, su fonación».

Por una parte, el funcionamiento del oído pone en acción los músculos modificadores de la posición osteomuscular del oído medio. El sistema fonatorio actúa, por otra parte, bajo el efecto de toda una serie de músculos que comandan la laringe, la cavidad bucal, la lengua y los labios. Estos músculos de la audición y de la fonación son ellos mismos comandados por un dispositivo de inervación perteneciente al mismo reino neuronal. En el adulto, este conjunto neuromuscular está perfectamente rodado para la audición étnica que corresponde a su lengua materna. En cambio, si se modifica esta audición, introduciendo en el circuito de autocontrol un «Oído electrónico» acordado en otra forma de hablar, en una lengua extranjera por ejemplo, es todo el circuito neuromuscular del sujeto el que se pone a trabajar sobre ese ritmo extranjero, y es así como se crea poco a poco una remanencia por memorización cerebral de esta nueva actividad y por entrenamiento muscular.

Esta tercera ley encuentra una amplia aplicación en el ámbito de la integración acelerada de las lenguas vivas. Apela al condicionamiento a la autoescucha necesaria para el aprendizaje de una lengua viva, en todos sus parámetros fonéticos y semánticos.

Lateralización auditiva

Uno de los descubrimientos fundamentales de Tomatis ha consistido en poner de relieve la predominancia de un oído sobre el otro en los procesos de integración del lenguaje. Ha podido así definir el papel primordial que juega el Oído director en la mira del sonido, en el control de la cadena hablada (5).

La teoría sobre la lateralización auditiva emitida por él ya en 1951 y verificada por una larga experimentación constituye uno de los fundamentos esenciales del aprendizaje lingüístico, ya se trate de la lengua materna o de una lengua extranjera.

Prosiguiendo sus investigaciones en esta vía, Tomatis pudo demostrar a continuación que la regulación del lenguaje se hacía únicamente por el oído derecho (6), detentando este siempre el papel de oído director para el control de los distintos parámetros del lenguaje: intensidad, timbre, entonación, inflexión, semántica.

Se trata ahí de un aporte considerable en el ámbito de la integración de una lengua.

Selectividad auditiva

Citemos por último la selectividad auditiva, que introduce la noción de calidad, de análisis, de finura auditiva en el interior de las bandas pasantes específicas de cada lengua.

Tomatis, tras haber constatado que «si es cierto que un individuo ya no reproduce los sonidos que ya no oye, no reproduce sin embargo todos los que oye», emitió ya en 1954 (7) la hipótesis de la existencia de una cierta facultad del oído para percibir una variación de frecuencia en el interior del espectro sonoro y para situar el sentido de esta variación.

Pudo también demostrar, en un proceso de investigación vuelto clásico, mediante el análisis de las curvas de envolvente de los espectros acústicos de cada lengua, que los distintos oídos étnicos (8) tienen bandas de selectividad muy diferentes, en las que se aglutinan las afinidades frecuenciales propias de cada una de ellas.

Es así, por ejemplo, como el oído italiano inscribe su selectividad entre 2000 y 4000 hercios, mientras que el oído francés dispone de una selectividad situada entre 1000 y 2000 hercios.

Los rusos, en cambio, gozan de una banda pasante muy extendida que va de los sonidos más graves a los sonidos más agudos. Habremos de retomar esta cuestión en el capítulo III, durante el estudio de las curvas de envolvente de cada lengua.

Las distintas leyes y teorías de Tomatis que acabamos de evocar brevemente y que suponen un verdadero condicionamiento de la emisión vocal por la audición se utilizan desde hace numerosos años en otros ámbitos, en particular para el tratamiento de diversas afecciones tales como:

Los trastornos de la fonación y de la voz hablada y cantada:

  • Trastornos del timbre: afonía, disfonía

  • trastornos de la articulación: ceceo, chicheo, schliteo

  • trastornos del ritmo: dislalia, tropiezo, bloqueo, tartamudez.

Los trastornos del lenguaje hablado y escrito:

  • Retraso de lenguaje, ausencia de lenguaje

  • dislexia

  • disortografía

Los trastornos de la expresión y del comportamiento

Los trastornos de integración escolar

Los trastornos de la audición:

  • Sordera profesional

  • sordera psíquica.

Este folleto, queremos recordarlo, no tiene la pretensión de estudiar todas las aplicaciones del Efecto Tomatis, sino solamente dar a conocer la utilización de estas leyes en el ámbito de la integración de las lenguas vivas. Limitaremos, pues, nuestro propósito mostrando cómo, en adjunción y no en competencia con los métodos clásicos de enseñanza de las lenguas, el Efecto Tomatis, por el canal de un aparato llamado «Oído electrónico», permite una mejor integración de las lenguas extranjeras suscitando una adquisición rápida de lo que se ha llamado el oído étnico.

Los ejercicios fonéticos efectuados con ayuda del aparato a Efecto Tomatis aseguran un condicionamiento del oído tal que conduce al sujeto a oír correctamente y a pronunciar con una entonación exacta los fonemas extranjeros.

Gracias a este entrenamiento, el estudiante toma espontáneamente la postura fonética y, por consiguiente, psicológica, necesaria al aprendizaje de la lengua que desea adquirir, y ello, cualquiera que sea el método empleado.

II - La integración de las lenguas y el efecto Tomatis

Y en primer lugar, ¿qué es integrar una lengua? Integrar una lengua es ser apto para restituirla «ad integrum». No se trata, se concibe, de reproducir solamente la letra, sino también el espíritu. Dicho de otro modo, poseer una lengua que se decide absorber es usar de ella hasta existir a través de ella. Pues una lengua viva no es, como se ha creído durante mucho tiempo, un ensamblaje de palabras según reglas, sino una combinación de señales, de grupos de sonidos destinados a comunicar al otro los pensamientos, los sentimientos y las voluntades de cada uno.

Una lengua, para ser significante, es decir, comprendida por aquel o aquellos con quienes se quiere comunicar, solo puede utilizar signos que remitan a las realidades que designan. Y al gramático más cortés y más amable del mundo dirigiéndose a nosotros en un lenguaje tan castizo como incomprensible, le diremos, como Pantagruel a Panurgo: «Amigo mío, no tengo ninguna duda de que sabes hablar diversos idiomas, pero dinos lo que quieras en alguna lengua que podamos entender».

Estas señales, para ser comprendidas e integradas inmediatamente, sin esfuerzo, sin análisis, sin descomposición, deben ante todo ser oídas correctamente. Pero hace falta también que el alumno esté en condiciones de reproducirlas, de pronunciarlas con la mayor exactitud en el plano de los sonidos, de los ritmos, del timbre y de la articulación.

Igual que el pianista debe ejercitarse en reproducir un trazo musical globalmente, automáticamente, como un todo que ya no se descompone, igualmente el estudiante en lengua viva debe llegar a oír y a reproducir globalmente e inconscientemente, sin analizarlos o descomponerlos, con su ritmo y sus entonaciones, los grupos sonoros que al principio le son extraños y a menudo en oposición con sus propios reflejos lingüísticos.

Se trata aquí, sin duda, de un proceso ideal de integración, raramente alcanzado de entrada salvo en sujetos dotados de un oído particularmente adaptado, abierto a las distintas frecuencias de la lengua a estudiar. Pero en la mayoría de los casos, la experiencia lingüística ofrece desde el principio tales dificultades que la cosa más simple en apariencia que es el aprendizaje de una lengua se vuelve una verdadera aventura. Obstáculos de toda clase se alzan, insuperables, y del sueño inicial mantenido en el fondo del ser, ya no queda sino un secreto deseo evanescente de comunicar, que se atenúa poco a poco ante la multiplicidad de los esfuerzos siempre vanos.

Para muchos alumnos, el babelismo surge así, confinándolos irremediablemente en el recinto infranqueable de su lengua materna, mientras que emergen de esta gran marea algunos elegidos dotados de posibilidades excepcionales que les permiten evolucionar a discreción en el lenguaje de los demás. Como si una misteriosa facultad les desatara la lengua.

Sin embargo, bien mirado, aprender una lengua extranjera debería ser cosa fácil, y el entusiasmo del niño, en su entrada en sexto curso, mientras va por fin a sumergirse en el estudio de otra lengua que la suya, muestra cuántas buenas voluntades se movilizan desde el principio. ¡Ay, cuántas decepciones, que permanecerán lo más a menudo el patrimonio del estudio de las lenguas!

¿De dónde viene pues esta ruptura que hace volatilizarse en algunas semanas la dulce esperanza del descubrimiento lingüístico? La inteligencia no es a invocar. Parecería absurdo carecer de ella esencialmente para una materia como la de las lenguas vivas. Vendrá, ciertamente, en socorro del desafortunado alumno que intentará desesperadamente acumular a través de una niebla espesa, inextricable, los rudimentos necesarios para la obtención al final de la escolaridad de una nota límite, no eliminatoria, a menudo compensada por los éxitos en otras materias. Por saturación, por ósmosis, algunos fragmentos pasarán en una atmósfera de constreñimiento y de fracaso.

Pero ¿qué quedará al salir de esta iniciación? Una pesadilla, una indecible repugnancia redoblada de una mala conciencia de haber malogrado alguna enseñanza preciosa y una secreta aprensión de estar obligado a volver a ella más tarde.

Por ello parece oportuno reconsiderar el problema del aprendizaje de las lenguas vivas intentando elucidar lo que puede ser la integración, la información verbalizada, en el sentido más general. Ya se refiera a una lengua materna o a una lengua extranjera, el proceso del mecanismo en profundidad sigue siendo en efecto el mismo.

Ya no cabe duda de que una lengua viva ve su integración hacerse por el oído. Esta adquisición auditiva, aunque ayudada por el texto y la imagen, es esencial y primordial. Es oyéndola como se aprende una lengua y oyéndola correctamente.

Pero ¿qué quiere decir oír correctamente? No se es sordo, según parece, porque se sea inepto para aprender inglés. Sin embargo, hay que resignarse a admitir que, en este caso, se es sordo electivamente al inglés.

Para comprender esta nueva noción que puede parecer desconcertante de entrada, conviene recordar que el oído solo ha sido secundariamente condicionado al lenguaje. «El lenguaje ha aparecido como el estadio último de una adaptación trascendente que ha sabido condicionar con fines acústicos un conjunto neuromuscular destinado a la deglución y a la respiración» (9).

Las posibilidades acústicas del medio ambiente han permitido al hombre manejar con finura y agilidad la gama sonora propia de su lengua. ¡Pero qué mundo acústico diferente al de otra lengua!

No hace mucho tiempo, el autor de un artículo titulado «Chinos en París» daba cuenta de la necesidad de una corrección auditiva «a medida» para los chinos particularmente refractarios al francés. Daba como razón de esta necesidad «que a fuerza de oír exclusivamente los sonidos propios de nuestra lengua materna, no solo nuestro oído, sino los centros auditivos de nuestro cerebro están condicionados».

Esta proposición, sin duda exacta, exige algunas explicaciones: estando nuestro sistema auditivo condicionado por el medio étnico, permanecemos insensibles a las entonaciones, a las variaciones sonoras que no tenemos costumbre de oír.

Nuestro lenguaje se ve privado de las consonancias extranjeras que nuestro oído no puede captar, traduciéndose obligatoriamente la carencia auditiva en una carencia vocal. Es lo que resume el Efecto Tomatis por la formulación: «La voz solo contiene los armónicos que el oído puede oír».

«Las impresiones que recibimos al oír una lengua extranjera, sin siquiera comprenderla», anotaba ya el Sr. Charles Bailly, hace algunos años (10), «provienen en gran parte de una comparación hecha inconscientemente con el sistema fonológico de nuestra propia lengua, y los sentimientos agradables o desagradables que sacamos de ello se deben a esta causa; el que habla esta otra lengua no experimenta en general nada semejante y sus impresiones acústicas son de una naturaleza totalmente distinta.

Un francés que estudia el ruso se verá impactado por la frecuencia de los sonidos palatales y sibilantes, por su contraste con los sonidos velares, por la música particular de las entonaciones, todo eso porque percibe inconscientemente una diferencia considerable entre esa pronunciación y la suya. Pero el ruso que, al hablar, produce estas impresiones en un francés no experimenta él mismo nada semejante, porque estas cosas le son habituales.»

Y otro foneticista eminente, el Sr. Pierre Fouché (11), notaba también con acierto que «la representación que nos hacemos de ordinario de una lengua viva es una representación acústica. Retenemos lo que se llama comúnmente su «acento», le atribuimos un cierto «color». Decimos aún que es sonora, dulce, monótona, etc.».

Cada uno de nosotros se encuentra, pues, así condicionado a oír de cierta manera, y el sistema fonatorio, plegándose a las mismas exigencias del medio ambiente, obliga al sujeto a pronunciar de cierta manera. «Así, escribe Wilder Penfield (12), todos los suecos hablan inglés con acento sueco y los franceses, los alemanes y los chinos hablan con su acento propio. Esto es de constatación común. Incluso si recorren el mundo, los Cockneys, los escoceses y los irlandeses, por no decir nada de los canadienses y de los americanos, traicionan, toda su vida, su origen, por un «giro de lengua» aprendido en la infancia.»

Nos encontramos, pues, en realidad, en presencia de una ley general y que por lo demás no concierne solamente a determinados pueblos. Teniendo el oído de nuestra etnia, somos todos por naturaleza más o menos refractarios, según nuestra raza, al aprendizaje de las lenguas extranjeras y precisamente en la medida, como veremos más adelante en detalle, en que están más alejadas de nuestra curva de audición.

A este respecto, somos todos, en cierto modo, «hipoacúsicos» y por eso somos pasibles de los procedimientos empleados por los foneticistas para reeducar la audición de los sujetos aquejados de trastornos auditivos. El único recurso parece ser «forzar» al oído a oír lo que no oye naturalmente, lo que solo puede efectuarse mediante dispositivos artificiales.

Puede parecer extraño, de entrada, apelar a procedimientos electrónicos allí donde solo se ve lo más a menudo un problema pedagógico que une la buena voluntad (y la voluntad sin más) a técnicas de enseñanza cada vez más perfeccionadas, sin hablar por supuesto de esos métodos «milagros» presentados mediante una publicidad hábil y atractiva, halagando la pereza y arrullando al alumno con una ilusión insidiosa que le hace creer que es posible aprender sin esfuerzo.

Cierto es que ninguna adquisición se hace sin esfuerzo. Pero tampoco basta, como Rimbaud, con encerrarse en un armario, provisto de una gramática, armado con una voluntad de hierro, y jurar que solo se saldrá tras haber dominado la lengua que se desea aprender.

Para integrar una lengua extranjera, hay que «querer» estudiarla seriamente, es cierto. Pero hay igualmente que «poder» —y esto en el sentido más físico de la palabra— aprenderla, es decir, «oírla y reproducirla», después escuchar y repetir, por último oír y escucharse repetir o reproducir (13).

Oír y reproducir, tales son los dos elementos esenciales que hace intervenir el Efecto Tomatis en su principio de regulación de la audición y de la fonación. Aplicando este principio al nivel del aprendizaje de una lengua, se desemboca en la puesta en marcha de un circuito de autocontrol que permite al alumno lingüista beneficiarse al máximo del mensaje sonoro que se le transmite y reproducirlo «ad integrum».

Al modificar la audición del sujeto, al enseñarle a oír de otra manera que aquella a la que está acostumbrado por su lengua materna, se desencadena otra forma de hablar, otro modo de expresión característico de la lengua a estudiar.

Este efecto audiovocal conlleva modificaciones que recaen sobre el timbre, sobre la organización del aparato fonatorio, sobre el uso de las cavidades resonantes laríngeas suprayacentes y subyacentes, sobre el tono laríngeo, sobre la respiración, sobre la mímica, tantas modificaciones que reaccionan en cadena por encendido reflejo extendiéndose de cerca en cerca a toda la estructura morfológica del sujeto.

Estas modificaciones ponen, pues, claramente en evidencia, durante la integración de una lengua, la influencia capital del captador auditivo respecto a la vez al comportamiento corporal y gestual, a la inversión psicológica, al accionamiento y luego a la elaboración de circuitos de inducción de origen psicosomático.

Es fácil, a partir de estos datos, evaluar las importantes consecuencias de tal proceso.

III - Curvas de envolvente y lenguas vivas

Como hemos dicho en el capítulo I, Tomatis ha demostrado experimentalmente, gracias a las contrarreacciones audiovocales que son los fundamentos de sus leyes, que toda modificación del esquema corporal auditivo conllevaba sin excepción una modificación del gesto vocal. De modo que se puede concluir que todo gesto vocal responde, con certeza, a un gesto auditivo determinado.

A partir de este principio, Tomatis ha podido aislar audiciones étnicas que responden a características muy precisas, que vamos a evocar en este capítulo.

Un análisis detallado de los distintos elementos de la cadena hablada ha podido realizarse gracias a las imágenes recogidas con ayuda de analizadores panorámicos y sonógrafos capaces de descomponer los sonidos, como el prisma logra dispersar la luz en un arcoíris espectral. Con ayuda de estos aparatos, ha sido posible visualizar distintas frecuencias de sonidos respetando cuantitativamente los valores relativos de cada una de ellas e individualizando los distintos elementos de una frase, en frecuencias, en intensidad y en duración. En los fonogramas y sonogramas así obtenidos, se han podido encontrar las curvas de envolvente (Fig. 1) de los valores medios de las frecuencias a menudo encontradas en el análisis de las frases recogidas en los mismos grupos étnicos.

Facsímil

Fig. 1. — Ejemplo de fonograma con aparición de la curva de envolvente.

Por ejemplo, el lugar de elección de la mayor aglutinación frecuencial para el francés se encuentra en torno a 800 a 1800 hercios, mientras que para el inglés se extiende de 2000 a 12000 hercios. Y esta simple constatación científica permite ya presentir que todo ocurre como si un francés se volviera prácticamente sordo cuando oye inglés.

Asimismo, el estudio histórico de las lenguas nos muestra cómo la evolución de los grupos humanos a lo largo de las edades ha conducido a cada uno de ellos a adoptar de forma totalmente involuntaria un cierto mecanismo vocal compuesto de vocales y de consonantes, cuya pronunciación y timbre están nítidamente diferenciados de un grupo a otro.

Desde la infancia, el oído modela su sensibilidad sobre los sonidos que oye y se puede pronto detectar, por el estudio audiométrico, que la curva de sensibilidad auditiva se emparienta estrechamente con la curva de emisión fonatoria del grupo étnico.

Dicho de otro modo, para percibir correctamente esos cúmulos de frecuencias, sin riesgo de introducir en ellos distorsiones por el captador auditivo que funciona desde entonces como un filtro, hay que acomodar, o mejor condicionarse, a percibir de tal forma que nuestra selectividad óptima alcance la de las frecuencias deseadas en nuestra emisión. Así, por el juego del autocontrol «audición-fonación», el oído étnico del sujeto le impone su fonación étnica. A una forma de hablar corresponde, recordémoslo, una forma de oír.

Tomatis ha demostrado y verificado a continuación que actuando sobre la forma de oír se podía modificar la forma de hablar.

Antes de exponer este proceso de modificación, vamos a intentar precisar cuál es esta «forma de oír».

Esta se caracteriza en el plano científico por la curva de sensibilidad del oído respecto a las distintas frecuencias que este puede oír. Esta curva es llamada por nosotros «etnograma». Reproducimos a continuación, a título de ejemplo, los etnogramas característicos de algunos grupos étnicos.

La figura 2 representa la curva de audición específica del francés; es superponible, en su conjunto, al fonograma de esta lengua, al linguograma en cierto modo. Se obtiene integrando el mayor número posible de curvas de respuesta auditiva en una etnia dada.

Lengua francesa

Facsímil

Fig. 2 — Curva francesa

El francés, aquí en cuestión, se perfila típicamente con dos puntas —de hecho dos zonas con puntos culminantes— una situada a 250 hercios en los graves (g), la otra a 1.500 hercios en una zona aguda (a) comprendida entre 1000 y 2000 hercios. La diferencia de intensidad sonora entre estos dos niveles es de aproximadamente 20 decibelios. Esta última emergencia a 1500 hercios justifica, por la caída relativa que conlleva hacia los agudos, la aparición de las nasales en la lengua francesa. Por contrarreacción, la presencia de esta nasalización en el idioma hablado conlleva ipso facto la aparición en el etnograma correspondiente de una punta característica a 1500 hercios.

Lengua inglesa

Facsímil

Fig. 3 — Curva inglesa

Para la lengua inglesa, se puede constatar en el perfil que la característica esencial de este tipo de audición es la gran sensibilidad a los sonidos agudos. Efectivamente, ya desde los 2000 hercios, la curva marca una nítida progresión del orden de 6 decibelios por octava, que va prolongándose más allá de 10000 hercios, lo que confiere a tal audición una curva de respuesta que recuerda la de los montajes de amplificación de alta fidelidad.

Las consecuencias hacen que la percepción de los agudos más allá de 2000 hercios alcance una sensibilidad tan excepcional que las modulaciones en este nivel se ven más particularmente afinadas. La riqueza en silbantes de la lengua inglesa es la consecuencia. Por añadidura, en la lengua misma, la atracción hacia los agudos de todo el esquema vocal por contrarreacción auditiva explica la diptongación sistemática de las vocales. Estas, aunque existentes en el espectro inicial, se deslizan del sonido fundamental hacia la banda frecuencial situada más allá de 2000 hercios.

En efecto, la banda pasante de los agudos, que percibe el oído inglés, impone al aporte bucofaríngeo, por contrarreacción audiovocal, una estructura tal que el sonido fundamental que se encuentra necesariamente en los graves —dadas las posibilidades limitadas de la laringe (300 hercios)— no puede ser mantenido en su emisión inicial puesto que el oído no lo «selecta». Se asiste así a un verdadero deslizamiento hacia los agudos, fenómeno en el origen de la diptongación (14). Si, por otra parte, se intenta acercar esta banda auditiva a la precedente, es decir, si se quiere comparar el oído inglés al oído francés, se cae por su propio peso que su encuentro es difícil. No es un secreto para nadie, en efecto, que para el oído francés el inglés es difícil de percibir.

Cabe anotar que la lengua americana, que ofrece una banda más baja que el inglés con una punta culminante a 1500 hercios, es mejor percibida por el oído francés que el inglés de Oxford. Se percibe en cada una de las dos lenguas —francesa y americana— una nasalización que marca una selectividad aumentada en el nivel de la misma banda pasante.

Lengua alemana

Facsímil

Fig. 4 — Curva alemana

La figura 4 es la de la curva media de la audición alemana. Se observa en ella la amplia banda pasante que parte de los graves y se escalona hasta 3000 hercios. La sensibilidad se halla sobre todo acusada desde los 250 hercios para alcanzar los 2000 hercios con amplitud más importante entre 500 y 1000 hercios. La amplitud de la banda pasante alemana le permite integrar con soltura los fonemas pertenecientes a otras lenguas, con tal de que estos fonemas se inscriban en su banda de registro.

A esta amplia banda pasante se añade una muy importante característica del oído alemán: un tiempo de latencia relativamente largo (15). Estos dos parámetros —amplitud de banda y tiempo de latencia— implican en la emisión vocal un empuje faríngeo propio del alemán.

Este empuje faríngeo está por lo demás para nosotros asociado al reflejo postural observado en esta etnia.

Este reflejo audiopostural no es por lo demás observable solamente en los alemanes. Se puede decir que cada etnia tiene la postura de su lenguaje, consecuencia, recordémoslo, de su manera de oír.

Lengua española

Facsímil

Fig. 5 — Curva española

El diagrama de la figura 5 es el de la audición española. Se descubre en él la gran sensibilidad de esta audición en el interior de una amplia banda grave (g) que se extiende hasta 500 hercios y, a un nivel de intensidad menos elevado, en una estrecha banda que va de 1500 a 2500 hercios, que acusa una cima hacia 1800 hercios. La sensibilidad se halla muy reducida en los agudos. La cima a 250 hercios introduce, en la reacción audiovocal, la «Jota», mientras que la ausencia de permeabilidad en los agudos más allá de 2500 hercios hace comprender la pesadez de las silbantes españolas: el deslizamiento de las f en h aspirada. Las dificultades que encuentra un español para integrar determinadas lenguas extranjeras se hallan aquí justificadas por simple lectura de este diagrama.

Hemos expuesto en el capítulo I la teoría de la selectividad auditiva. Si se profundiza más experimentalmente el estudio de estas distintas lenguas, se advierte que existen igualmente muy grandes diferencias en lo que concierne a la selectividad propia de cada oído étnico. Algunos pueblos tienen una selectividad muy restringida, otros al contrario una selectividad muy extendida. He aquí por ejemplo, figuras 6 y 6 bis, una comparación del oído italiano y del oído francés en el plano de su selectividad respectiva.

Como puede constatarse, el oído italiano ve su selectividad inscribirse entre 2000 y 4000 hercios. Es nula entre 1000 y 2000 hercios, mientras que el oído francés al contrario es rico entre 1000 y 2000 hercios y puede explicar la aparición, ya señalada, de las nasales en la lengua francesa.

Facsímil

Fig. 6 — Selectividad de un oído italiano: la banda pasante se inscribe entre 2000 y 4000 hercios

Facsímil

Fig. 6 bis — Banda de selectividad de un oído tipo francés limitada entre 1000 y 2000 hercios

Los eslavos en cambio tienen una selectividad muy extendida con una afinidad mayor hacia los graves. Su voz es amplia y cálida. Su riqueza selectiva muy extendida, contrariamente a la de los franceses y de los italianos, les permite percibir todas las consonancias. Para convencerse de ello, basta con examinar la figura que representa el campo selectivo de un oído ruso, que se extiende de los sonidos graves a los sonidos extremadamente agudos (figura 7).

Facsímil

Fig. 7 — Campo selectivo de un oído eslavo que se extiende de los sonidos graves a los sonidos extremadamente agudos.

Es esta facultad la que permite a los eslavos registrar toda la gama de los sonidos lingüísticos. Se sabe por lo demás con qué facilidad aprenden las lenguas extranjeras. Este fenómeno, que puede dejarnos a menudo admirados y ligeramente despechados, se debe simplemente a su gran permeabilidad auditiva.

Para no sobrecargar este trabajo, es voluntariamente como nos limitamos a citar algunos ejemplos. Es evidentemente indispensable estudiar, en el plano audio-psico-fonológico, todos los idiomas empleados por el ser humano. Nuestras investigaciones, que han recaído hasta ahora sobre centenares de lenguas, solo nos han permitido detectar 12 maneras diferentes de oír, presentando cada grupo una combinación diferente de los dos parámetros: banda pasante y tiempo de latencia.

Así por ejemplo, la lengua árabe se caracteriza por una banda pasante del tipo español y un tiempo de latencia del tipo alemán. La lengua portuguesa tiene las características de la lengua eslava (banda pasante y tiempo de latencia), de modo que resuena como un español autocontrolado por un oído eslavo.

Experimentalmente, resulta divertido verificar este hecho haciendo pasar una frase portuguesa a través de filtros cuya curva de respuesta es la de un oído español. Para quien comprende el español, la frase portuguesa se vuelve entonces muy fácilmente comprensible.

Este análisis rápido de algunos etnogramas permite concebir las diferencias fundamentales que existen entre las distintas formas de oír en sujetos que hablan lenguas diferentes.

A partir de estos diagramas, se han puesto a punto técnicas de condicionamiento auditivo teniendo en cuenta, por una parte, las curvas específicas de cada lengua y, por otra, el tiempo de acomodación más o menos rápido y complejo, característico de la lengua estudiada. Cada lengua posee, en efecto, un tiempo medio de emisión de cada sílaba llamado «tiempo de latencia», condicionando la respuesta de la adaptación laringo-resonancial, origen de la entonación.

IV - El oído electrónico a efecto Tomatis

Ya en 1950, como prueba y aplicación de sus teorías, el Doctor Tomatis concentró sus esfuerzos de investigación en la puesta a punto de un aparato susceptible de modificar la manera de oír y, por consiguiente, la forma de hablar de un sujeto.

Su preocupación fue también crear un verdadero condicionamiento audiovocal que obligara al oído a utilizar un modo de acomodación que determinara una forma de oír típica de una lengua y arrastrara el gesto vocal correspondiente.

Alfred Tomatis en una comunicación a la Académie Nationale de Médecine (16) expuso en 1960 los principios fundamentales del condicionamiento audiovocal puesto en marcha con ayuda de este aparato. Reproducimos a continuación un resumen de esta comunicación.

«Sea un gesto vocal G1 correspondiente a una emisión E1 y que responde a una audición global A1. Para sustituir a la emisión E1 y por tanto al gesto vocal G1 un gesto vocal G2 y una emisión E2, hay que condicionar la audición a un nuevo modo de acomodación que determine la manera de oír A2.

Para realizar este condicionamiento, se ha realizado el siguiente montaje (figura 8).

Facsímil

Figura 8

  • Un micrófono M ataca un amplificador del que emanan dos circuitos diferentes, realizando estos dos circuitos dos canales que no funcionan simultáneamente.

  • Para una intensidad dada, modificable a voluntad, el canal C1 queda solo abierto. Está regulado de modo que pone al oído en estado de relajación completa. El tímpano está entonces en su mínimo de tensión, en un estado de no-acomodación. Se puede decir entonces, procediendo por analogía con la visión, que está en su «punctum remotum». Alcanza así una posición de relajación total antes de tensarse en la escucha determinada por el ajuste del canal superior. En efecto, desde la emisión de un sonido por parte del sujeto o de otra fuente sonora proveniente por ejemplo de un magnetófono, en cuanto se añade al ruido ambiente preexistente una intensidad complementaria, el canal C1 se cierra y solo el canal C2 se abre. Este segundo canal electrónico va a constreñir al oído a otro modo de control elegido previamente y que responde a la emisión de la lengua a estudiar.

La apertura del canal C2 se hace por un sistema llamado «de conmutación», que permite pasar automáticamente de la manera A1 de oír, inherente al gesto G1, a la manera de oír A2, propia del gesto G2 buscado.

Terminada la emisión sonora, la intensidad reducida en consecuencia hace conmutar el sistema en sentido inverso y C1 se abre mientras C2 se desvanece. Este ciclo recomienza cada vez que el sujeto quiere hablar y el condicionamiento aparece muy rápido. Desde los primeros días, tras una sesión de media hora, subsiste una remanencia de media hora aproximadamente. Al cabo de dos semanas, permanece permanente.

Por lo demás, este juego de conmutación puede volverse rápidamente un fenómeno consciente y determinar a voluntad la posibilidad de oír lo que se quiere.

Con el fin de modificar a continuación el ritmo y la entonación de la lengua elegida, se han determinado tiempos de accionamiento de la conmutación correspondientes al tiempo de latencia característico de la lengua. Cada lengua posee en efecto, recordémoslo, un tiempo medio de emisión de cada sílaba: 0,15 segundos para el francés, 0,20 para el inglés, etc.

Para aquellos a quienes esta exposición bastante austera haya repelido, se puede decir menos científicamente que el Oído electrónico a Efecto Tomatis permite sobreimponer a todo sujeto, incluso refractario, una audición predeterminada, obligándolo así a oír según una acomodación deseada.

¿Cómo se realiza esta «educación»?

El Oído electrónico es esencialmente un aparato de educación auditiva. Ahora bien, se sabe que la audición humana solo es el resultado de una amplia utilización del VIII par de nervios craneales. Este, que se origina en el nivel del órgano sensorial del oído, se sitúa en el oído interno y se proyecta sobre el telencéfalo en el nivel de los centros de adquisición del lenguaje.

Este órgano sensorial por excelencia se comporta por lo demás como un trozo de piel diferenciada, altamente especializada para la detección de las variaciones de presiones acústicas. Pero solo vale por el uso que se sabe hacer de él. Asimismo, una vista excelente no serviría de nada si los párpados permanecieran cerrados; mejor aún, una retina impecable rendiría bien poco servicio si el cristalino correspondiente no permitiera la concentración de la imagen. En otros términos, el nervio óptico —la retina en este caso— solo vale porque sabemos servirnos de él.

Es lo mismo para el captador auditivo que debe adaptarse al medio sonoro que lo rodea. Es al oído medio al que revierte esta posibilidad de acomodación y es a él a quien nos dirigimos al utilizar el Oído electrónico.

La adaptación del oído medio se hace mediante el juego de las contracciones del músculo del martillo y del músculo del estribo, actuando el primero sobre la convexidad impuesta al tímpano, que se comporta entonces como una lente acústica, suerte de cristalino auditivo, regulando el segundo, el del estribo, el juego del oído interno que sabe, a la manera de un prisma cuyo ángulo en el vértice es de 2 a 3 vueltas de espiras, extender la gama de los sonidos en un espectro acústico, en un arcoíris sonoro.

Esta acomodación más o menos rápida, más o menos compleja, determina la posición espacial de la cadena osicular y permite abrir tal o cual banda pasante auditiva, ampliar según las necesidades el diafragma de apertura.

El Oído electrónico impone este juego al oído humano. Al modificar a voluntad la banda pasante, se «abre» —la palabra no es excesiva— el oído a los sonidos electivos de una lengua. Por lo demás, ya se trate de la asimilación de una lengua materna o de la integración de una lengua extranjera, el proceso sigue siendo el mismo. Abrirse al lenguaje es ante todo conectarse en las longitudes de onda de ese lenguaje. Pero para ser integrado y luego reproducido correctamente, el mensaje oral debe ante todo ser bien oído, y es lo que permite el Oído electrónico.

Mediante un juego de filtros, este aparato ofrece en primer lugar la posibilidad de una apertura diafragmática auditiva sobre tal o cual banda pasante, simple hecho que determina ya una respuesta laringo-resonancial adaptada al uso de los filtros impuestos. En segundo lugar, hace aparecer el tiempo de latencia inherente a la acomodación elegida, que condiciona el tiempo de respuesta de la adaptación laringo-resonancial, origen de la entonación, como ya hemos señalado en el capítulo III, in fine.

El Oído electrónico permite pues sobreimponer a todo sujeto, incluso refractario, esta manera de oír, obligándolo así a percibir los sonidos según una acomodación deseada, función de la apertura diafragmática de la audición sobre la banda pasante electiva y del tiempo de latencia inherente a esta acomodación.

Esta preparación es esencial en el aprendizaje de una lengua extranjera. En cuanto el mensaje es percibido correctamente, la integración es inmediata y la reproducción perfecta puesto que la fonación está estrechamente ligada al modo de percepción auditiva y que toda modificación de la audición conlleva ipso facto una modificación de la fonación en sus distintos parámetros: ritmo, timbre, intensidad, melodía, etc.

Las estructuras acústicas de estos parámetros imprimen en el oído su penetración en función de la codificación que llegan a determinar. Despiertan los condicionamientos que preparan las células sensoriales a ser excitadas electivamente a tal o cual frecuencia.

Si pues se introduce en el circuito de autocontrol de la audición un Oído electrónico acordado en otra forma de hablar, en una lengua extranjera en este caso, todo el circuito neuromuscular del sujeto se pone a trabajar sobre ese ritmo extranjero. Es esta gimnasia, pues lo es en definitiva, lo que nos vuelve aptos para oír y hablar «de cierta manera».

El esquema siguiente muestra cómo el autocontrol «audición-fonación» se ve comprometido por la intervención del Oído electrónico en un mimetismo inconsciente (fig. 9).

Facsímil

Figura 9

Quien llega a este «automatismo auditivo» queda definitivamente condicionado. Todo su circuito neuromuscular que ha trabajado sobre un ritmo extranjero va a establecerse poco a poco en un estado de remanencia, por la memorización cerebral de esta nueva actividad y por el entrenamiento muscular. En lo sucesivo, el sujeto se verá por así decir constreñido a oír perfectamente y a pronunciar con una corrección total y una entonación exacta los fonemas y los semantemas extranjeros, ya se le propongan como modelos a imitar, ya tenga que hablar la lengua extranjera sin otra guía que la imagen sonora que le proporciona su memoria auditiva.

En breve, es como si se le hubiera dado lo que otros se complacen en llamar el don de las lenguas. Pero ese don de hablar las lenguas, que es el don bien conocido y el privilegio de los eslavos y que hemos leído claramente en el etnograma del oído ruso, no es en definitiva sino el hecho de una audición particularmente extendida cuyo diafragma, ampliamente abierto, permite incluir sin dificultad las bandas pasantes de las otras lenguas. Del don de las lenguas, aureolado de su misterio, llegamos a la aptitud, innata o adquirida, que puede llamarse el don de oír las lenguas.

En lo sucesivo, el americano de Brooklyn o el «Cockney» de Londres, tocado con los auriculares y colocado ante el micro del Oído electrónico, terminará por hablar el inglés «del Rey» con el más puro acento de Oxford, en cuanto el sistema de filtros le haya impuesto esa forma de oír.

Es por lo demás lo que debería ocurrir, pero con una intensidad mucho menor, en el estudio tradicional de las lenguas. Se sabe cuán provechoso es, si no siempre eficaz, aprender la lengua en el país de origen: es que el oído queda entonces sumergido en el ambiente étnico deseado. Pero solo se ve excepcionalmente a un francés transportado a Londres tomar instantáneamente el acento inglés, mientras que este fenómeno es rápidamente acusado por el empleo del Oído electrónico y esto permaneciendo en Francia.

En cuanto el sujeto habla, en cuanto pone en marcha la cadena hablada, su audición se ve modificada de tal manera que todos los sonidos pasan obligatoriamente por un canal selectivo que se acuerda de forma predeterminada con las características de la lengua a estudiar. La máquina tiene por objeto imponer al sistema auditivo de un sujeto una audición conforme a la de los autóctonos del país cuya lengua estudia y para ello abrir su oído a las bandas de frecuencias que no oía anteriormente. El Efecto Tomatis explica que la iniciación fonética se halle por ello mismo instantáneamente realizada, y ello sin que se pida al alumno lingüista esfuerzo alguno para reproducir los sonidos y los grupos sonoros que hasta entonces le eran extraños. Todo ocurre como si los órganos de su sistema audiovocal y todas las zonas cerebrales interesadas estuvieran inmediatamente adaptados, ejercitados y reforzados.

Es ahí una de las experiencias más espectaculares a las que sea dado asistir. Una frase inglesa, por ejemplo, emitida por el profesor a través de estas técnicas, se halla casi de entrada reproducida por el alumno con una fidelidad asombrosa. El fenómeno más llamativo que se asocia a ello es la liberación psíquica que hace aparecer tal procedimiento.

En los sistemas antiguos de aprendizaje de las lenguas, se observaba en efecto en el individuo en condicionamiento, una inhibición por miedo al ridículo que provenía de su incapacidad para reproducir «ad integrum» los sonidos propuestos. El empleo del Oído electrónico permite hoy no solo evitar esta molestia suplementaria sino además euforizar al estudiante.

Este condicionamiento al que el oído es sometido en el curso del período de integración de la lengua viva elegida puede operarse de dos formas:

  • O bien el sujeto, tocado con un casco conectado a un conjunto «Oído electrónico y dispositivo de enseñanza» que asegura una audición correcta, repite lo que el profesor le transmite, operándose la integración auditiva paralelamente al estudio propiamente dicho de la lengua.

  • O bien trabaja solo para adquirir este condicionamiento, transmitiéndole el aparato directamente elementos fónicos provenientes de un magnetófono y abriendo el oído a la audición correcta de la lengua extranjera.

La experiencia muestra que basta, para un sujeto normal, con cincuenta a cien medias horas de trabajo con el Oído electrónico para que, por la memorización cerebral y por el entrenamiento muscular puesto en marcha, se cree una remanencia definitiva, y para que se pueda considerar que esta aptitud —este «don»— sea en lo sucesivo permanente respecto a la lengua estudiada.

De ello se derivan varias consecuencias:

  1. Como la expresión oral está ligada, sin contradicción posible, a un cierto comportamiento físico y a una cierta mímica, se puede, con razón, pensar que al mismo tiempo que el poder de expresión, el sujeto condicionado ha adquirido más o menos el comportamiento físico de aquellos cuya lengua aprende.

  2. Por otra parte, la formación intelectual, sensible, moral y social de un individuo es, en gran parte, el resultado de hábitos lingüísticos que representan lo adquirido de los siglos pasados, a imagen del carácter nacional. De la misma manera, este comportamiento físico, consecuencia y expresión de una actitud mental particular, predispone al alumno lingüista a adaptarse progresivamente al comportamiento de los extranjeros cuyo lenguaje asimila, en espera de que la comprensión profunda y refleja de los semantemas le haga penetrar más adentro en el conocimiento de su alma y le conduzca a comprender íntimamente su forma de pensar, de sentir y de actuar.

  3. Por la soltura misma que, gracias al empleo del Oído electrónico, cada uno experimenta para pronunciar bien, se sigue una mejora de la memoria auditiva, cualidad esencial e indispensable para el estudio de una lengua. Es evidente que no hay que minimizar la contribución que el sujeto debe aportar bajo forma de esfuerzo personal. Pero su motivación, que sigue siendo incontestablemente un elemento mayor, debe estar sostenida por la supresión de las inhibiciones iniciales. Estas inhibiciones provienen de la ininteligibilidad de la lengua hablada estudiada y, por consiguiente, de la incapacidad fundamental en la que el sujeto se halla de reproducirla.

Sin este condicionamiento, la ininteligibilidad misma vuelve al alumno inerte ante toda tentativa de emisión articulada que sabe incapaz de controlar correctamente. Le parece vano, en efecto, agotarse en repetir sonidos sin poder determinar y regular su reproducción con soltura.

En conclusión, si hubiera que resumir los méritos del Oído electrónico en su papel de prolegómenos indispensables a todo estudio de lengua extranjera, retomaríamos los términos que usó el Doctor Tomatis ante el auditorio avisado del Palacio de la UNESCO en 1960 (17):

El Oído electrónico permite crear el clima ambiente tan indispensable a la imbibición psicológica de una lengua extranjera. Por añadidura, su influencia es muy euforizante por:

  • La facilidad de elocución que procura,

  • el desencadenamiento automático que suscita en el nivel del mecanismo de los órganos de la fonación, que se adaptan inmediatamente al uso de la lengua elegida,

  • la rapidez de integración que conlleva y que resulta a menudo desconcertante.

En cierto modo, concluía Tomatis, recreamos las condiciones auditivas de integración de partida, las que nos permitieron la asimilación de nuestra lengua materna.

V - El oído electrónico y audiovisual

No sabríamos insistir bastante en el valor pedagógico de las nuevas técnicas audiovisuales puestas al servicio de la integración de las lenguas vivas.

Como lo indica precisamente el término «audiovisual», esta enseñanza apela a los dos principales órganos sensoriales del conocimiento: la audición y la visión. Pero, mientras que, en el plano visual, el objetivo se alcanza al permitir al alumno controlar por la imagen lo que representa el objeto a estudiar, subsiste, en el plano auditivo, una gran incertidumbre en cuanto a la integración del mensaje oral. Basta con verificar las distorsiones extraordinarias obtenidas en la boca del sujeto que repite, para darse cuenta hasta qué punto, en virtud de las leyes que rigen las relaciones directas audición-fonación, el mensaje no ha sido bien oído.

Es precisamente para paliar este inconveniente por lo que se ha introducido el empleo del Oído electrónico en el seno de estas nuevas técnicas. Pues si es cierto que algunas iniciativas en materia lingüística han fracasado en el curso de estos últimos diez años y que numerosos laboratorios de lenguas han caído en el abandono, no por ello queda menos cierto que podemos considerar hoy estos métodos de aprendizaje como medios activos de adquisición de un lenguaje bien estructurado, bien articulado, bien integrado.

Sin querer elevar estas técnicas al nivel de una panacea, pensamos que es necesario hacer balance y evocar las condiciones en las que debe realizarse esta iniciación lingüística. Vamos a esforzarnos por poner de relieve los distintos aspectos de la verdadera integración a fin de que las técnicas audiovisuales puedan encontrar, a los ojos y sobre todo a los oídos de nuestros lectores, el eco favorable que tienen derecho a obtener en el seno de la pedagogía moderna.

El éxito de tal empresa exige el análisis detallado de procesos psicofisiológicos puestos en juego en esta marcha que es la adquisición de una lengua extranjera.

El laboratorio de lenguas constituye, hoy en día, una ayuda preciosa para el enseñante y el enseñado por los condicionamientos que provoca en el nivel de los centros auditivos y visuales. Es voluntariamente como hemos colocado la audición antes de la visión, pues nos place recordar que, para aprender una lengua, hay ante todo que oírla.

La introducción, en el interior de esta pedagogía activa, del Oído electrónico a Efecto Tomatis sigue siendo muy importante por el aporte sensorial considerable que realiza en el ámbito de la transmisión del mensaje sonoro y de su reproducción integral. Asegura una escucha perfecta de todos los elementos de la cadena hablada específica de la lengua a estudiar y, por vía de contrarreacción, permite al alumno lingüista reproducir exactamente lo que ha perfectamente oído. Así, gracias al montaje magnetófono-Oído Electrónico, la adquisición de una lengua se vuelve cosa fácil.

Vamos ahora a abordar las condiciones en las que deben practicarse las técnicas audiovisuales que tienen por objeto, recordémoslo, aportar al alumno, no solo un recordatorio del curso fundamental del maestro, sino también ejercicios de lengua corriente bajo forma de trabajos prácticos.

El sujeto, librado a sí mismo ante el aparato, sigue con los ojos la imagen que le es proyectada, mientras el texto que se refiere a ella le es inyectado en los oídos por un casco de escucha conectado a un magnetófono. Conviene hacer notar aquí el interés de esta enseñanza individual que permite al alumno disponer de la máquina según su ritmo personal, sin intervención exterior, en una progresión determinada por su propia velocidad de integración.

Se establece así un juego de repeticiones voluntarias, fácil, agradable, divertido. ¿No sigue siendo toda adquisición lingüística el juego humano más apasionante, con poco que esté bien conducido? Pero la fragilidad que se encuentra en el lactante durante la constitución de su circuito audiovocal se ve aún acrecentada en el adulto. Y eso porque las inhibiciones son en él más grandes, más fuertes aún: su posición social le invita a tensarse, el miedo al ridículo le aleja de este juego de construcción lingüística. La costumbre que tiene de poner en obra a cada momento su inteligencia para asimilar algo nuevo, no solo no le rinde servicio, sino que además estorba su progresión.

Ahora bien, lo que importa al inicio es la puesta en marcha de ese raíl, de esa red que deben poco a poco instalar las distintas líneas y los diagramas de flujo verbales. La cristalización semántica se efectuará a continuación, sin confusión ni atropello. No sirve de nada, en efecto, querer comprenderlo todo de golpe. No es así como el hombre ha empezado el aprendizaje de su lengua materna. Sin duda la necesidad de ir rápido perturba esta primera etapa, pero ¿para qué apresurarse? Es bien evidente que el sistema fonatorio del adulto, sometido desde hace largos años al uso de la lengua materna, ya no necesita un tiempo tan largo como el necesario al lactante para elaborar sus estructuras auditivas y verbales. La maduración de la que goza el adulto le permitirá quemar las etapas, pero no le dispensará de atravesarlas.

Entre estas etapas, la de la integración auditiva sigue siendo esencial. Poco importa saber si el alumno hace de la imagen visual que se le presenta en la pantalla una imagen mental ligeramente diferente de la de su vecino. La estructura sintética de la visión dispensa a cada uno un valor global aproximadamente idéntico.

No es lo mismo para la audición. En el estado actual de las técnicas corrientes, no se sabe, en efecto, cómo funciona y analiza el captador auditivo, aparato esencial del circuito audio-fonatorio. De su regulación, y solo de ella, depende todo el juego de adquisición voluntaria de los movimientos articulatorios que solo apelan muy de lejos a los movimientos automáticos normales.

El lenguaje no está hecho —se debe siempre tenerlo presente en el espíritu— sino de movimientos secundariamente organizados, altamente elaborados, que solo son propios del hombre en tanto que este goza plenamente de sus facultades.

Si el captador auditivo es defectuoso, o solamente fijado en una posición y una sola, sin que le sea posible modificar inconscientemente su posición cinestésica, todos los medios prácticos ejercidos serán sin efecto. Todas las grabaciones, por perfeccionadas que sean, se amontonarán, como tantas otras cosas, en el fondo de un armario, esperando, bajo una película de polvo, algún nuevo impulso veleidoso.

Será menos el método en este caso lo que habrá que incriminar que los factores de integración auditiva. Toda la ingeniosidad puesta al servicio de la pedagogía no servirá de nada si la puerta de entrada, es decir, el oído, sigue cerrada al mensaje lingüístico. Hay ante todo que asegurarse de que la puerta está perfectamente abierta, de que la audición está dispuesta a recibir los sonidos particulares de la lengua que debe asimilar. Sin ello, los esfuerzos serán vanos.

Por eso el Oído electrónico debe ser asociado al magnetófono del laboratorio de lenguas. Al permitir a los factores de integración auditiva modificarse con ayuda de la conmutación electrónica que contiene, el aparato desencadena la sobreimposición de otra manera de oír, conllevando otro modo de escucha y determinando, por ello, una variante en el modo de control del que depende la puesta en marcha del fenómeno inicial.

Los resultados tan sorprendentes que nos aportan estas nuevas técnicas audio-vocales provienen simplemente del hecho de que crean electrónicamente el medio de imbibición acústica indispensable a la nueva puesta en marcha del dispositivo de autocontrol. El resto, la fonación, no puede sino derivarse de ello naturalmente.

Es cierto que los efectos de la utilización del Oído Electrónico serán tanto más eficaces cuanto que se conjuguen con el empleo de un método lógico de enseñanza de las lenguas, fundado en la adquisición progresiva y coordinada de los grupos portadores de sentido. El problema pedagógico queda entero y no se sabría insistir bastante en la necesidad de añadir a estas técnicas un método de aprendizaje que tenga en cuenta los mecanismos profundos de la integración de una lengua.

El laboratorio de lenguas tiene justamente por objeto promover estas técnicas en una amplia perspectiva de integración sensorial, sin la cual todo aprendizaje de una lengua resulta inútil.

Como se ha dicho más arriba, una lengua viva se aprende escuchándola: el papel del oído, en el acto fonatorio, ha adquirido en nuestros días una fuerza de evidencia. El oído debe, no solo captar el sonido, amasarlo, transformarlo, pesarlo, analizarlo, debe también distribuirlo en el nivel del teclado de las neuronas sensoriales cuya excitación por inducción de numerosos circuitos determina la imagen sonora definitiva. El oído es el director de orquesta del habla bajo todos sus aspectos: volumen de la voz, tono, ritmo del flujo dependen de él.

Importa pues asegurarse del perfecto comportamiento del oído ante la información inacostumbrada de la lengua a estudiar que apela a una postura auditiva diferente en todos sus puntos de aquella en la que la lengua inicial, materna, la ha fijado. El laboratorio debe permitir al oído abrir ampliamente su pabellón a la información lingüística y regular automáticamente su apertura en la banda informadora de emisión. Debe también dar la posibilidad de yugular la emisión de las repeticiones hechas por el alumno. Todo acto fonético debe, en efecto, ser controlado por el captador auditivo que guía el desarrollo articulatorio hasta la restitución integral.

Así, el alumno debe oírse a su vez. Hablar, ya lo hemos señalado en varias ocasiones, es oírse, y hablar de cierta manera es oírse de cierta manera. Durante la emisión, el oído tiene en su poder el jugar de «piloto»; de regular cibernéticamente la intensidad, el timbre, la entonación, las inflexiones, de asegurar el control semántico (18).

Hablar una lengua es adaptar la propia escucha a las frecuencias acústicas de esta lengua. El oído adopta, para lograrlo, una postura específica para cada lengua, lo que le permite modificar a voluntad las contrarreacciones articulatorias que hacen variar la emisión y por ello, el flujo verbal, testimonio de una nueva codificación neuronal.

Así, el oído perfila su audición sobre la banda pasante específica de la lengua a integrar. Resulta de ello una forma de oír que se moldea sobre la curva de envolvente de este nuevo idioma. Los sonidos emitidos en una lengua comportan, en efecto, múltiples «objetos sonoros» que tienen un aspecto, un tamaño, una morfología específicos de la lengua.

El Oído electrónico tiene justamente por objeto hacer entrar al alumno lingüista en el mundo sonoro de aquel cuyo lenguaje quiere adoptar.

La experiencia nos ha permitido desprender algunas reglas que es esencial conocer para obtener la eficacia deseada:

  1. El Oído electrónico deberá ser utilizado durante un período preliminar anterior a las primeras lecciones de enseñanza de la lengua propiamente dicha, con el objetivo exclusivo de condicionar el aparato auditivo y fonatorio.

  2. Si se tiene que ver con alumnos que ya han empezado desde hace un tiempo más o menos largo el estudio de la lengua y que tienen una pronunciación y una audición deficientes, el mejor método será partir de cero y solo retomar el estudio de la lengua propiamente dicha tras un período de utilización del Oído electrónico que apunte únicamente al condicionamiento del aparato audio-fonatorio.

  3. Si, por cualquier razón, se desea no interrumpir el estudio de la lengua, hay lugar a consagrar diez minutos o un cuarto de hora de cada lección a ejercicios puramente fonéticos bajo Oído electrónico.

  4. Cualquiera que sea la duración de la utilización del Oído electrónico, esta utilización deberá tener por objeto esencial la integración progresiva y metódica de todos los sonidos, ritmos o entonaciones específicos de la lengua estudiada, es decir, de los elementos de la cadena hablada más difíciles de adquirir en un alumno de otra nacionalidad. Su empleo será tanto más eficaz cuanto que el programa y la progresión estén adaptados a las deficiencias particulares de cada alumno, en particular con ayuda del test audiovocal previo del que se hablará más adelante.

  5. Si se tiene a que los ejercicios fonéticos efectuados con ayuda del aparato preparen más eficazmente el estudio de la lengua propiamente dicha, los grupos de sonidos elegidos para estos ejercicios podrán constituir los mecanismos esenciales del aprendizaje de partida. Aunque el alumno no los comprenda y aunque solo vea en su repetición un puro ejercicio fonético, queda sin embargo colocado en una situación idéntica a la del niño muy joven que, al mismo tiempo que adquiere progresivamente los sonidos y el comportamiento de su lengua materna, fija poco a poco en sus reflejos el sentido y el empleo de los grupos de sonidos, fonemas o semantemas que oye a su alrededor. No sería pues inútil utilizar paralelamente al ejercicio fonético una proyección sincrónica de vistas o de imágenes fijas destinadas a dar una primera noción más o menos precisa del sentido.

  6. Aunque en general una sola repetición de grupos de sonidos sea suficiente, el profesor o el monitor deberá sin embargo pedir al alumno que haga el esfuerzo de repetir cada grupo, si es necesario varias veces, hasta que haya adquirido una pronunciación inteligible y si es posible perfecta, que responda a un condicionamiento audiovocal de buena calidad.

  7. Como el alumno, gracias al Oído electrónico, oye perfectamente su propia voz, el empleo conjugado de un magnetófono de doble pista que permita el autocontrol es particularmente recomendado.

  8. Por último, no se sabría pasar bajo silencio la imperiosa necesidad de utilizar en los laboratorios de lenguas un material cuyas características respondan a normas de muy alta calidad. Todo elemento defectuoso en la cadena de montaje del sistema verbal corre el riesgo de comprometer no solo la buena transmisión del mensaje que se quiere hacer oír, sino además su integración, que puede verse vuelta tanto más difícil cuanto que las alteraciones sobrevenidas en el camino modifican enteramente su aspecto inicial.

¿Cuáles son pues las precauciones a tomar y las principales imperfecciones a evitar?

Estas últimas pueden encontrarse en todos los elementos del montaje. Por ello, la grabación deberá ser de excelente calidad. Los tiempos dejados para las repeticiones, llamados «blancos sonoros», serán juiciosamente repartidos. Los magnetófonos traducirán fielmente lo que la cinta contiene, sin distorsión alguna. La linealidad que hay que exigir es absolutamente necesaria hasta 12000 hercios, por ejemplo para el inglés. Nos ha sido dado en muchas ocasiones ver laboratorios enteros caer en el abandono, cansar a los alumnos, a causa de los magnetófonos cuyas curvas, todas diferentes unas de otras, introducían distorsiones que volvían irreconocible la señal acústica de partida.

Si se le pide al alumno en postura de escucha corregir o atrapar a cada momento, al precio de grandes esfuerzos, el mensaje sonoro que se le transmite, se le vuelve entonces imposible alcanzar la integración buscada. El abuso de los magnetófonos baratos ha creado, en este ámbito, amontonamientos de juguetes nefastos. Se ha visto en efecto (cap. III) la plasticidad de una curva auditiva que sabe modelarse sobre la curva impuesta y sobre el mensaje que se ha querido confiar a la franja sonora; se comprenderá entonces que un aparato cuya curva está truncada a partir de 3000 o 4000 hercios puede engendrar un condicionamiento auditivo inverso al buscado.

Nos ha sido incluso dado efectuar verificaciones sobre magnetófonos —cuyo destino era sin embargo educar el oído— para los que todo empezaba a desvanecerse desde los 500 hercios o incluso 300 hercios. Las normas actualmente admitidas que permiten una caída desde los 5000 hercios solo pueden defenderse con fines comerciales; pero no son sin peligro y permanecen en el ámbito de la ineficacia.

Sin querer extendernos desmesuradamente sobre estas cuestiones técnicas, podemos sin embargo afirmar que, en el ámbito del audiovisual, el aproximadamente en materia de aparatos conduce ineluctablemente a un fracaso total.

Además, debemos insistir en el hecho de que el alumno debe participar activamente en esta iniciación lingüística mediante un aporte de voluntad y de esfuerzo.

Si en lo sucesivo se ha verificado que el rendimiento de los métodos de pedagogía activa se decuplica por la utilización del Oído electrónico, no por ello queda menos cierto que una vez condicionado el aparato auditivo y fonatorio, queda por aprender la lengua con su gramática y su vocabulario.

No hay que minimizar pues el esfuerzo a aportar por el estudiante. Sin embargo, es bueno igualmente precisar que su motivación, que sigue siendo sin discusión un elemento mayor, se ve ampliamente facilitada por la abolición de las inhibiciones de partida que residen en la ininteligibilidad de la lengua hablada y, por consiguiente, en la imposibilidad de reproducirla.

Las técnicas audiovisuales cuyos principios acabamos de evocar deben así —y esa será la conclusión de este capítulo— poder rendir un amplio servicio al profesor permitiendo a sus alumnos abrir perfectamente sus oídos a la enseñanza que les es prodigada. No se trata ya entonces de un «diálogo de sordos», sino de un intercambio fructífero entre individuos capaces de comunicar por medio de un mismo lenguaje correctamente transmitido.

El profesor, aliviado de una tarea singularmente pesada, está entonces en condiciones de hacer integrar a sus alumnos todas las sutilezas, todos los elementos específicos de la lengua de la que es el «portavoz». Sobre un terreno perfectamente condicionado, podrá transmitir con soltura la cultura y la psicología que emana de la etnia que representa.

Como hemos señalado al principio de este capítulo, no está en nuestras intenciones presentar estas técnicas como una panacea. Deben ciertamente seguir siendo medios al servicio de la pedagogía, pero constituyen una ayuda indispensable para el profesor de lenguas vivas.

VI - El test audiovocal

Las leyes fundamentales de Tomatis así como los corolarios estudiados más arriba hacen aparecer la necesidad de un conocimiento preciso de las posibilidades auditivas de toda persona que desee estudiar una lengua extranjera.

Esta medida de la audición puede efectuarse fácilmente con ayuda de una batería de tests que apelan a la vez directamente a las facultades auditivas del sujeto e indirectamente, por contrarreacción basada en el principio del Efecto Tomatis, a sus posibilidades vocales.

Se pueden distinguir dos clases de exámenes:

  1. — El examen auditivo

Este se efectúa con ayuda de un aparato llamado «audiómetro» (19). Este comprende generadores de sonidos, suerte de «diapasones electrónicos» de frecuencias puras, estables, sin armónicos, y de intensidad mensurable.

Los sonidos emitidos por el audiómetro van de 125 Hz (20) a 8000 Hz, de octava en octava. Cada una de las frecuencias presenta una intensidad variable que puede extenderse de −10 dB a +100 dB (21), yendo de 5 en 5 dB.

El examen se efectúa con ayuda de un casco de escucha y de un vibrador. Se procede haciendo oír sucesivamente cada frecuencia y anotando, para cada una de ellas, el umbral de agudeza auditiva. Se obtienen así 4 curvas, 2 para cada oído (la conducción aérea y la conducción ósea).

El test así realizado permite obtener una curva de umbrales, es decir, umbrales mínimos o, mejor aún, umbrales de mínimo audible.

Cuando se ha obtenido así un diagrama que pone de relieve la sensibilidad del oído del sujeto a las frecuencias puras, se procede a un estudio de la selectividad auditiva. Este test tiene por objeto dar a conocer las zonas, las bandas pasantes en las que el sujeto sabe efectuar un análisis perfecto de los sonidos recibidos. Se puede así saber si es más sensible a los sonidos graves, a los sonidos intermedios o a los sonidos agudos o al conjunto de las frecuencias.

El test de espacialización sucede en tercer lugar a la búsqueda de la selectividad. Consiste en establecer de qué lado (derecha o izquierda) llegan los sonidos enviados por conducción ósea. Ocurre a menudo, para las personas que tienen una mala espacialización, que determinadas frecuencias emitidas a la izquierda sean oídas a la derecha y viceversa. Los errores se anotan entonces en el diagrama en el nivel de cada frecuencia. Los resultados obtenidos indican la capacidad «estereofónica» del examinado.

Por último, un estudio de la lateralidad auditiva hecho con ayuda de un aparato especialmente concebido para esta prueba (el audio-laterómetro) permite determinar el oído dominante del sujeto, el que asegura el control del flujo verbal.

Con ayuda de los resultados obtenidos por estos distintos exámenes de la audición, se pueden entonces evaluar las predisposiciones del individuo respecto a una o varias lenguas extranjeras:

  1. — El examen vocal

Permite completar la medida de las capacidades auditivas del sujeto. Efectivamente, siguiendo el principio de la contrarreacción audiovocal (Efecto Tomatis), el análisis de la voz indica con precisión la forma de oír correspondiente.

Para un oído particularmente ejercitado, la escucha de la voz hablada puede ya dar indicaciones muy preciosas que pueden ser confirmadas a continuación por análisis instrumentales. El examinador puede apreciar el timbre de la voz, la intensidad, la modulación, la lateralidad facial (juzgando si la persona habla a la derecha o a la izquierda), otros tantos elementos que le indican las capacidades de análisis acústico del sujeto en la prueba. Una voz bien timbrada, por ejemplo, emitida con una intensidad suficiente y que moviliza la cara derecha, indica posibilidades importantes de análisis y de control del lenguaje.

Como se ha indicado más arriba, estas primeras investigaciones sobre la voz pueden ser profundizadas mediante exámenes instrumentales hechos en analizadores panorámicos, sonógrafos o con ayuda de un nuevo aparato llamado «fono-integrador». La voz del sujeto grabada se descompone entonces según distintos procesos que permiten individualizar cada uno de los elementos característicos en frecuencias, intensidad, duración y obtener así las características espectrales de la voz correspondientes, se recordará, a las de la audición del sujeto.

Estas últimas investigaciones solo se hacen en realidad en laboratorio. Tests más simples se han puesto a punto, como los efectuados con ayuda del audiómetro y que permiten tener una idea precisa de las posibilidades de integración auditiva de un individuo respecto al aprendizaje de una lengua extranjera.

Que se nos permita insistir en la utilidad de tales exámenes que permiten evitar enojosos errores de orientación y por ello mismo una pérdida de tiempo considerable, tanto para el niño como para el adulto.

Estos tests audiovocales, a nuestro entender, deberían aplicarse sistemáticamente antes de todo aprendizaje de una lengua viva. Ahorrarían muchas malaventuras al futuro candidato lingüista dispensándolo de comprometerse en el estudio de una lengua que no es apto para oír, es decir, para integrar.

En verdad, gracias al Oído electrónico a Efecto Tomatis, una gran parte de estas dificultades se allanan. Efectivamente, no oír una lengua es no poseer la banda pasante de la lengua que se quiere integrar. Ahora bien, el Oído Electrónico, mediante una preparación auditiva, conlleva una modificación de la curva, una ampliación de la banda pasante y vuelve así al alumno capaz de tomar tal o cual postura auditiva que debe provocar ipso facto tal o cual postura de todo el aparato bucofaríngeo.

El test audiovocal tiene justamente por objeto dar a conocer cómo se debe condicionar al niño para que pueda a continuación acceder a la lengua elegida.

En caso de defecto de selectividad o de espacialización o de lateralización, un tratamiento previo bajo Oído electrónico deberá contemplarse a fin de levantar la barrera constituida por el defecto inicial. La repetición de los ejercicios entraña además una modificación profunda y duradera del modo de escucha del sujeto, liberándolo de su inadaptación auditiva de partida.

La soltura aportada al estudio se redobla de una percepción de los más mínimos matices fonéticos de la lengua y procura una mayor perfección del acento.

Tests sucesivos, a intervalos regulares, permiten al sujeto medir objetivamente sus progresos y al educador corregir los ajustes del aparato hasta la obtención de una curva auditiva que entraña una pronunciación perfecta.

El aporte de tales investigaciones para la orientación de los estudios de lenguas extranjeras constituye una de las aplicaciones prácticas más espectaculares y también, hay que reconocerlo, de las más insospechadas del Efecto Tomatis. Es solo en la hora actual cuando se realiza cuán necesaria es una medida auditiva antes del estudio de una lengua, al mismo título que un examen de la visión antes del pilotaje de un avión.

Séanos permitido, a este respecto, desear que la Orientación escolar, cuya necesidad ni beneficios nadie hoy piensa ya en discutir, quiera tomar en consideración la importancia de hacer pasar a los alumnos de nuestros establecimientos escolares tests audiovocales previamente al estudio de toda lengua extranjera.

VII – Conclusión

Llegados al término de esta exposición, o más bien de esta exposición de estudios sobre el Efecto Tomatis y sus aplicaciones en el ámbito de la integración lingüística, nuestro deseo más querido es que el lector que ha querido seguirnos hasta el final, esté profundamente convencido de que «oír» y oír bien está situado en el centro de los problemas del lenguaje y más particularmente, aquí, del estudio de las lenguas extranjeras. Creemos haber insistido lo suficiente en este punto para no volver a él.

Asimismo, es en una nota de esperanza con la que quisiéramos terminar estas páginas; no hace tanto tiempo aún, se podía escribir, hablando de la facilidad que experimentan los niños jóvenes para aprender las lenguas extranjeras: «Esta maravillosa aptitud decrece bastante rápidamente alrededor del décimo año y la mayoría de los pedagogos o de los psiquiatras concuerdan en afirmar que a partir de los 14 años, un verdadero bilingüismo ya no es posible». Esta imposibilidad, el Efecto Tomatis nos permite hacer retroceder sus límites.

Ya no es por tanto excluido, hoy, para un adulto pensar en aprender otra lengua que la suya hasta el punto de integrarla como su lengua materna; esta afirmación, que reposa sobre teorías científicamente establecidas y verificadas por una larga experimentación, pone de relieve el papel esencial de la audición en el estudio lingüístico. Al modificar la audición de un sujeto, hemos dicho y repetido a lo largo de este opúsculo, y al imponerle la curva auditiva típica «étnica» de la lengua que ha elegido estudiar, se le asegura, por ello mismo, la integración.

Si se admite —y quién en nuestros días no comprende esto— que más allá de las palabras de una lengua extranjera hay todo un proceso de pensamiento, todo un conjunto de conceptos psicofilosóficos que solo un dominio de ese lenguaje distinto al suyo permite adquirir, se convendrá que, mucho más que al estudio banal de una lengua, es a una verdadera entrada en un universo sonoro y psicológico nuevo a lo que invitamos a nuestros lectores.

Léna TOMATIS, París 1965.

Léxico

(1) R. Husson: «Étude expérimentale des modifications éventuelles de la fourniture vocalique sous l’influence de fournitures auditives stimulatrices concomitantes».

Nota presentada por M. Pierre P. Grasse.

(2) Alfred Tomatis: «Incidences observées dans les lésions auriculaires constatées chez le personnel de bancs d’essai et les professionnels de la voix».

Bulletin du Centre d’Études et de Recherches médicales de SFECMAS (Nord-Aviation) septiembre de 1952.

(3) Alfred Tomatis: «Rôle directeur de l’oreille dans le déterminisme des qualités de la voix normale (parlée et chantée) et dans la genèse de ses troubles».

Actualités Oto-rhino-laryngologistes Masson, París 1954, p. 264.

(4) Nota presentada por M. Moulonguet.

Extractos del Bulletin de l’Académie Nationale de Médecine, tomo 141, n.º 19 y 20.

(5) Alfred Tomatis: «L’Oreille directrice».

Bulletin du Centre d’Études et de Recherches médicales de la SFECMAS, julio de 1953.

(6) Alfred Tomatis: «La dyslexie».

Éditions du Centre du Langage, pp. 46 a 49.

(7) Alfred Tomatis: «Études sur la sélectivité auditive».

Bulletin du Centre d’Études et de Recherches médicales de la SFECMAS, octubre de 1954.

(8) Esta palabra se emplea aquí en su sentido más banal: no significa ninguna adhesión a tal o cual doctrina etnológica; designa simplemente la pertenencia a una colectividad lingüística determinada. Es posible que el oído inglés sea congénito en los ingleses como un cierto tez o un cierto comportamiento; es posible también que haya sido «aprendido» bajo el efecto de constreñimiento de orden sociohistórico. In André Le Gall — Inspector general de la Instrucción pública: Le redressement de certaines déficiences psychologiques et psycho-pédagogiques, par l’appareil à Effet Tomatis.

(9) Alfred Tomatis: «L’oreille et le langage».

Éditions du Seuil. Colección «Le Rayon de la Science», n.º 17, 1963.

(10) Charles Bailly: «Le langage et la vie», pp. 94-95.

(11) Pierre Fouché: «L’état actuel du phonétisme français».

Revue des Cours et Conférences. 15 de abril de 1937, p. 38.

(12) Wilder Penfield y Lamar Roberts: «Langage et mécanismes cérébraux». P.U.F. 1963, p. 270.

(13) Alfred Tomatis: «L’oreille et le langage».

Noticia bibliográfica

(14) Nota importante: la distancia que existe entre el sonido fundamental —inicialmente el mismo en todas las lenguas y siempre grave— y la banda pasante selectiva de una lengua dada explica la diferencia más o menos grande entre la reproducción escrita de una lengua y su pronunciación. Esta modificación es tanto más grande cuanto que la diferencia es más importante: por ejemplo el español, fijado principalmente en los sonidos graves (como veremos más adelante), se escribe prácticamente tal como se pronuncia, mientras que el inglés presenta un máximo de distorsiones entre el lenguaje hablado y su reproducción escrita.

(15) Nota importante: desarrollaremos más adelante lo que entendemos por «tiempo de latencia». Podemos decir simplemente aquí que se trata del tiempo que tarda un sujeto en autoescucharse.

(16) Alfred Tomatis: «Conditionnement audiovocal».

Bulletin de l’Académie de Médecine. Tomo 144, n.º 11 y n.º 12. 1960, pp. 197 a 200. Presentación del Profesor A. Moulonguet.

(17) Congreso de los Profesores de Lenguas vivas «L’électronique au service des langues vivantes».

Conferencia dada en la UNESCO el 11 de marzo de 1960 ante la Association des Professeurs de Langues vivantes (APLV).

Aparecida en el boletín de la Union des Associations des Anciens Élèves des Lycées et Collèges français. Marzo de 1960.

(18) E incluso de modular las cargas afectivas extralingüísticas. El estudio de este último punto desbordaría el marco del presente trabajo.

(19) Aparato de test puesto a las normas Tomatis.

(20) Hz = Hercio = ciclo/segundo = unidad de frecuencia.

(21) dB = decibelios = unidad de intensidad.

Noticia bibliográfica

Bailly Charles

  • «Le langage et la vie», pp. 94/95

Fouché Pierre

  • «L’état actuel du phonétisme français — II», Revue des Cours et Conférences — 15 de abril de 1937, p. 38

Husson Raoul

  • «Étude expérimentale des modifications éventuelles de la fourniture vocalique sous l’influence de fournitures auditives stimulatrices concomitantes». Nota presentada por M. Pierre Grasse Académie des Sciences, sesión del 25 de marzo de 1957

  • «Modifications phonatoires d’origine auditive et applications physiologiques et cliniques». Comunicación presentada por A. Moulonguet a la Académie Nationale de Médecine, Bulletin de l’Académie Nationale de Médecine, 121.º año, 3.ª serie, 141, n.º 19-20 Sesión del 28 de mayo y del 4 de junio de 1957.

Le Gall André

  • «Le redressement de certaines déficiences psychologiques et psycho-pédagogiques par l’appareil à Effet Tomatis». Marzo de 1961

Penfield Wielder y Robertz Lamar

  • «Langage et mécanismes cérébraux». P.U.F. 1963 p. 270

Alfred Tomatis

  • «Incidences observées dans les lésions articulaires constatées chez le personnel des bancs d’essai et les professionnels de la voix». Bulletin du Centre d’Études et de Recherches médicales de la SFECMAS (Nord-Aviation) septiembre de 1952.

  • «L’oreille directrice». Bulletin du Centre d’Études et de Recherches médicales de la SFECMAS (Nord-Aviation) julio de 1953.

  • «Rôle directeur de l’oreille dans le déterminisme des qualités de la voix normale (parlée ou chantée) et dans la genèse de ses troubles». Actualités Oto-rhino-laryngologiques — Masson, París 1954.

  • «La sélectivité auditive». Bulletin du Centre d’Études et de Recherches médicales de la SFECMAS (Nord-Aviation) octubre de 1954.

  • «Relations entre l’audition et la phonation». Annales des Télécommunications, tomo I, n.º 7-8 Cahiers d’Acoustique, julio-agosto de 1956.

  • «Audiométrie objective: résultats des contre-réactions phonation-audition». Journal français d’Oto-rhino-laryngologie, n.º 3 pp. 379 a 391, Imprimerie R. Gauthier: Lyon, mayo-junio de 1957.

  • «Rééducation automatique». École Polytechnique de l’Université de Lausanne, septiembre de 1958. Annales du GALF (Groupement des Acousticiens de Langue française).

  • «L’électronique au service des langues vivantes». Conferencia dada en la UNESCO el 11 de marzo de 1960. Aparecida en el boletín de la Union des Associations des Anciens Élèves des Lycées et Collèges français, marzo de 1960.

  • «Conditionnement audiovocal». Bulletin de l’Académie Nationale de Médecine, tomo 44, n.º 11 y 12, 1960, pp. 197 a 200. Presentación del Profesor A. Moulonguet.

  • «La voix». Revue musicale — edición especial consagrada a «Médecine et Musique» (1962).

  • «L’oreille et le langage». Colección Microcosme — Le Rayon de la Science n.º 17 Éditions du Seuil (1963), 192 páginas ilustradas.