Los Fonemas en cabeza
Un poco de fonética
Con ocasión de una puesta a punto del trabajo logopédico de un miembro de la red, el análisis sonográfico de algunos fonemas fue realizado por el Profesor Tomatis en su laboratorio parisino.
Las diferenciaciones fonéticas forman incontestablemente parte de las preocupaciones profesionales de los logopedas. No son, de hecho, sino diferenciaciones auditivas frente a un sonido y, a fortiori, frente al lenguaje. Este se compone de una sucesión de sonidos que determinan la cadena hablada: encadenamiento de letras, de sílabas, de palabras, que constituyen la frase de la que emerge la significación global, que surge ella misma de los valores semánticos de cada uno de los componentes verbales. La composición del contexto otorga, en definitiva, el sentido de la estructura propuesta, sostenida por el ritmo y la entonación del flujo verbal.
Es decir, cuán importante es la participación de la audición.
Nos parece útil recordar los elementos esenciales que juegan en el oído:
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Ante todo, cuando se presenta tal como debería ser, se extiende, siguiendo la curva fisiológica (de Flechter), de los graves hacia los agudos sobre un espectro que va de los 16 a los 16 000 períodos,
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se perfila en una curva que no presenta ninguna distorsión,
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puede, si se compromete a escuchar, descomponer los sonidos que le llegan, tanto los de la cadena hablada como los de la frase musical. Digamos al pasar que, sobre este punto particular, el lenguaje se construye, en cuanto a él, sobre una musicalidad específica y característica de cada uno de los idiomas,
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la selectividad debe entrar en juego. Es una cualidad importante del oído que exige algunas informaciones complementarias, por ser inhabitual. Responde a la posibilidad que posee el oído de llegar no solo a diferenciar las alturas tonales, sino también a distinguir el sentido de las variaciones de un sonido a otro. Es, en suma, el poder discriminativo frecuencial el que caracteriza esta particularidad,
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la lateralidad auditiva debe analizarse también, pues juega sobre el poder discriminativo secuencial de la frase,
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es necesario recordar que los lenguajes, cualesquiera que sean, deben adaptarse a las posibilidades de escucha de las distintas etnias.
A nadie se le ocurriría sostener que el lenguaje oral puede tener su origen en una sociedad compuesta de sordomudos. Solo ha podido ser engendrado por oyentes, mejor aún por escuchantes, por verdaderos «foneticistas». Y se recuerda la aserción de Daniel Jones en su obra «An outline of Phonetics» donde precisa que no se puede en modo alguno pretender ser foneticista sin estar dotado de un oído perfecto. En suma, de un oído que responda a las características que acabamos de señalar.
Por otra parte, las diferenciaciones fonéticas «pertinentes», puestas en evidencia por la Escuela de Praga y explicitadas por Trubetzkoy en su obra sobre la «Fonología» no hacen sino definir los «canales lingüísticos» que no son, en realidad, sino «canales» auditivos.
La prueba más flagrante la dan las deformaciones fonéticas observadas en el niño con déficits importantes de audición. En función del asiento de estos en la escala del espectro acústico, es fácil prever cuáles van a ser los defectos de pronunciación. Una deficiencia importante en los agudos es ciertamente un gran hándicap para integrar las silbantes y, por consiguiente, para reproducirlas espontáneamente.
Siendo esto así, es fácil visualizar el paralelismo que vincula la integración fonética y la percepción auditiva. El oído puede muy bien ser asimilado a un filtro que asegura la integración en función de sus potencialidades. Traducirá así los efectos provocados por los defectos de sus curvas de respuesta, aunque, en primer análisis, estos pudieran parecer menores. Es así como, aunque las deformaciones fonéticas sean poco detectables para un oído no advertido, poco experto en suma, se manifestarán obligatoriamente durante la puesta en función de los procesos más complejos como los de la lectura y de la ortografía.
Retomamos ahora el trabajo propiamente dicho de los estudios sonográficos de fonemas.
Comentarios sobre los fonemas
El estudio recae sobre fonemas de lengua francesa. El analizador adoptado es el sonógrafo.
Este permite poner en evidencia:
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El tiempo de desarrollo del fonema,
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el análisis frecuencial de este fonema en función del flujo temporal,
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la intensidad.
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El tiempo se inscribe sobre el eje de las x,
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las frecuencias sobre el eje de las «y». El análisis se hace aquí hasta los 10 kHz (véase fig. 1)
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la intensidad se lee en función de la negrura más o menos acusada del trazo frecuencial. Así, cada frecuencia se manifiesta con su intensidad relativa respecto al conjunto.
Diversos sonidos se han recogido a título de ejemplo. Por descontado, se puede a discreción aplicar lo que presentamos en una vasta escala, pero los elementos primordiales ya están puestos de relieve con los trazados elegidos.

(fig. 1)
En primer lugar, se registran las vocales: «A», «E», «I», «O» y «U».

(fig. 2)
Después, sobre estas vocales se añadirán distintas consonantes: «F», «Z», «S», «CH» y «V»

(fig. 3)
A fin de evitar una sobrecarga de documentos, nos contentaremos con añadir a estas consonantes la vocal «E», como es habitual hacer durante el aprendizaje de la lectura de las letras.
En un último momento, aportamos los sonidos resultantes de la adjunción de «N» tras «A», «O».

(fig. 4)
De este modo, la sucesión de las consonantes hay que leerla con una «E». Uno se esfuerza por percibir los sonidos consonánticos (de hecho «convoyellíticos») asociados a esta vocal, digamos, «neutra», a fin de no entrañar interferencias entre las consonantes y las vocales.
La «E» está ahí como para lanzar la vibración de encendido de las silbantes pronunciadas desde entonces: «eF», «Ze», «eS», «CHe», «Ve».
Fuera del tiempo inscrito en abscisa, las frecuencias se extienden en el eje ascendente y permiten ver, en la parte baja de cada uno de los fonemas, una zona que responde a los «formantes», también denominados «fundamentales». Atestiguan la participación laríngea.
A primera vista, es fácil constatar cuán diferente es la «zona» fundamental. Se revela, en ello, ya característica de cada uno de los distintos sonidos. En la parte alta, los gráficos se distinguen entre sí por «zonas» específicas para cada vocal. Estas zonas frecuenciales son tanto más agudas cuanto que se aventura uno hacia lo alto del despliegue del espectro de frecuencias.
La «A» aparece más rica en el nivel de los fundamentales y de los armónicos suprayacentes que la «O». La «I» es particularmente densa en los agudos, más allá del umbral de los 2 kHz.
La «Ou» se presenta como una «O» menos «brillante», por defecto equivalente en los armónicos elevados.
Las consonantes silbantes «eF», «Zed», «eS», «CHe», «Ve», se diferencian igualmente entre sí por sus caracteres propios. Sin embargo, tienen un denominador común que ya conocemos al reencontrar el grafismo de la «E».
En cambio, la parte de las silbantes se revela singular para cada una de ellas por una zona más o menos densa en los agudos, a partir de los 2 kHz.
Este conjunto de gráficos permite visualizar las exigencias relativas a la integración de los diversos fonemas.
Recordemos al pasar que integrar un sonido significa proceder a un registro de gran calidad y asegurarse de una reproducción a lo idéntico, por tanto «ad integrum». Se trata, en suma, de reproducir el modelo. Para lograrlo, dos condiciones son indispensables:
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Una que quiere que la engramación se haga sin distorsión,
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la otra que pide que la reproducción sea de una calidad idéntica, sin alteración alguna, especialmente durante la emisión.
Es, como se ve, el problema al que se enfrentan todos aquellos que tienen por objeto recoger los sonidos, la música, el habla, los ruidos, en suma el mundo sonoro. Desde el instante en que se permanece en el plano puramente material a propósito del registro, la cosa es evidente.
Pero, hecho curioso, para la transposición de estos mismos fenómenos relativos a la integración y que apelan a la adquisición del lenguaje, se erige una barrera a la comprensión como si súbitamente se ocultara el micrófono auditivo que sin embargo juega por partida doble:
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por una parte, durante el registro,
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por otra, en el momento de la emisión en tanto que captador del bucle de control.
Nos contentaremos con dar algunas vislumbres, fáciles de descifrar gráficamente, sobre los problemas más corrientes, y los que complican dramáticamente la vida escolar del niño al no permitirle absorber las señales sonoras en su «integralidad», ni tampoco reproducirlas en su plenitud.
En este contacto inicial, tomaremos el caso simple de una ausencia de escucha en los agudos, a partir de los 2 kHz por ejemplo.
Para quienes están habituados a abordar el concepto de escucha, esto significa:
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O bien presentar una deficiencia auditiva más o menos acusada del tipo perceptivo,
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o bien tener una selectividad no abierta a partir de este nivel, es decir, ser incapaz de proceder al análisis frecuencial a partir de los 2 kHz.
En los gráficos que siguen, los agudos deficientes se han representado por una zona sombreada. Se puede imaginar más o menos sombreada, por tanto más o menos acusada.

Las vocales «A», «E», «I», «O» y «U» (fig. 5) pierden brillo. Sin duda, su percepción será apagada, pero es en el nivel de la emisión donde el fenómeno es más notable. En efecto, las diferencias pertinentes pierden considerablemente sus signos distintivos. Lo que se traduce en una pronunciación defectuosa.

Para las silbantes «F», «Z», «S», «CH» y «V» (fig. 6), sus características diferenciales desaparecen, dejando subsistir solo la parte no pertinente, de modo que se vuelve, si no imposible, en todo caso delicado distinguir de manera correcta las diversas sibilantes.
Se sabe cuán frecuente es esta confusión. Se sabe también cuán bien se resuelven estos problemas cuando la selectividad se abre por una educación auditiva, sin por ello hacer otra cosa en el plano pedagógico.
En el niño, otro escollo reside en la imposibilidad de percibir la diferencia entre la «A» y la «An», la «O» y la «ON».
Allí también, los registros dan informaciones significantes, en el sentido de que ponen en evidencia los rasgos diferenciales entre cada una de las dos vocales que ya conocemos, «A» y «O», y su resultante «AN» y «ON» por adición de la «N».
Para una escucha abierta que funciona sin distorsión ni cierre de la selectividad, ningún problema. Es prácticamente imposible no percibir la diferencia.
En cambio, para una audición que aún no ha llegado a la apertura de la selectividad, como en el caso anterior, con por tanto una zona de no discriminación a partir de los 2 kHz, la confusión se vuelve evidente. (fig. 7)

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Para discernir entre «O» y «ON», es verdaderamente difícil lograrlo.
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Para «A» y «AN» la respuesta puede ser aleatoria gracias a una diferenciación aún hecha posible. Efectivamente, se descubre en ello una cierta diferencia de densificación en los formantes y las frecuencias comprendidas entre 500 Hz y 2 kHz. Si la selectividad está bloqueada a 1 kHz, entonces el análisis, incluso atento, se vuelve muy delicado.

Alfred Tomatis, París, 2 de abril de 1992